Nace Afrodita
Los cánticos subieron en intensidad. El cielo del crepúsculo se tiñó de inminencia: presentí que algo estaba por
suceder. Una nube violeta cambió de color mezclándose con otra naranja y desde el mar ascendió una cortina
rojo sangre.
Sentí en mi cuerpo una fuerza volcánica y ardiente. De pronto, vi una barca acercándose hacia la orilla. Iba
escoltada por cuatro sacerdotisas. Sus vestidos blancos estaban completamente mojados, noté que el agua
llegaba hasta sus cinturas y que la barca... estaba vacía.
El silencio entre los presentes era total, sólo se escuchaba el sonido de las olas rompiendo en la playa. La brisa
volvió a soplar suavemente, agitando los cabellos negros de las sacerdotisas y sus vestidos transparentes. Sus
movimientos eran admirables, distinguidos... espléndidos. Sus cuerpos eran perfectos.
Repentinamente, vi a un ángel suspendido sobre la barca. Era uno de esos bebés con alas, pícaro y regordete.
Sostenía un arco tensado con una flecha de oro.
-Es Eros -dijo Gabriel en mi oído-. No te confundas, no es un ángel, sólo se lo representa como tal. Es un dios
griego. También se lo llama Cupido y es hijo de la diosa del amor. Ten cuidado de no ser blanco de sus
flechas: caerías rendida ante el hechizo de alguna pasión.
Cuando Gabriel terminó de decir estas palabras se abrió un espacio entre los peregrinos, como si alguien
hubiera descendido sobre la playa e iniciara una caminata por la arena.
-Gabriel -murmuré, perturbada -. ¿Qué ves?
-Shh... -dijo-. Unos ven, otros no. No tiene importancia...
Sobre la blanca arena se marcaron claramente unas pisadas... Las vírgenes arrojaron flores sobre las huellas,
eran rosas rojas como el cielo del crepúsculo. Yo no podía despegar los ojos de la arena: las marcas eran de
unos pies perfectos. Los turistas y peregrinos siguieron el cortejo, que se dirigía ahora hacia la escalera del
acantilado.
Mientras tanto, Cupido sobrevolaba la escena con gesto divertido, apuntando a varios peregrinos con su
temible flecha de oro.
-¿Adónde van? -pregunté a Gabriel tratando de reponerme.
-Hacia el lugar donde se encuentra el santuario. Año tras año, en el ritual del nacimiento de Afrodita, se repite
aquel momento magnífico e inolvidable después del desembarco. Seguida por su séquito de fieras salvajes y
por los que han confiado en las profecías, la diosa asciende por el acantilado -dijo, como siguiéndola con la
vista-. Está completamente desnuda, es bellísima, magnífica. Sus pasos alborotan las aves, desatan los
vientos, encienden el deseo. Tiene el fuego del cielo y el magnetismo de la tierra. Hechiza por igual a los
dioses y a los mortales con sus formas perfectas y su libertad perturbadora.
Noté que Gabriel, al hablar, estaba relatándome todo... tal como lo veía.
-Hereda de su madre tierra, Gea -continuó, mientras miraba la escalinata del acantilado por donde ascendían
las sacerdotisas escoltando a la misteriosa e invisible presencia-, el don de la fertilidad y la belleza de la
naturaleza. De su padre, Urano, hereda en cambio la desmesura del cielo. Es irresistible...
Lo miré de reojo: tenía al expresión característica del varón hechizado por los encantos femeninos. "El de
ahora y el de hace mil años", pensé. "No hay diferencia."
-La mujer atrae, subyuga, marea -siguió Gabriel con voz seductora-. La mujer, consciente de su ser femenino,
sabe que tiene consigo la fuerza concreta de la Madre Tierra y la inmensidad del Padre Cielo. La mujer es un
abismo infinito dentro de una forma terrena apresada en la materia -murmuró.
-Y el hombre... -dije, mirándolo embelesada.
-El hombre es fuego creador. Rayo que penetra y fecunda, es potencia, es deseo de creación. La mujer es
materia que resiste y otorga consistencia. Lo masculino conquista y lucha. Lo femenino atrae y espera.
-Por eso lo uno no existe sin lo otro -dije, y enseguida me arrepentí...
****
-Lo masculino sale a buscar el objeto de su deseo -dijo el griego clavándome sus ojos negros-. Lo femenino
sabe qué es ese objeto sagrado. ¿Qué movería al hombre si no hubiera resistencia -me preguntó Gabriel,
tomándome del brazo-, secreto escondido, tesoro para conquistar? ¿Qué esperaría la mujer si no existiera el
rayo del cielo para encender su fuego?
-La verdad es que no sé -dije con un hilo de voz.
Sentí que estaba a punto de desmayarme... Levanté la vista. No podía ser, pero vi claramente a Cupido
detenido sobre nosotros, aleteando y acomodando la flecha de oro para no fallar su puntería.
Sin embargo, Gabriel continuó hablando como si no lo hubiera visto:
-Éste es uno de los grandes secretos de cómo se engendra la vida física en el universo. La vida espiritual sigue
el mismo principio. Somos lo femenino con respecto a Dios. Él nos fecunda, nos persigue sin pausa. Nos
busca, nos conquista. Nosotros le ofrecemos resistencia y al mismo tiempo somos la sustancia que Él requiere
para su creación. Dios es quien desea, nosotros somos lo deseado. Dios nos expande y abre espacios adentro
de nosotros para que por ellos circule su cielo.
Gabriel hablaba con tanta pasión y el atardecer era tan deslumbrante... Respiré profundamente anhelando que
este momento fuera mío para siempre.
-Gabriel -dije, entregada-, ¿dónde vamos ahora?
-Seguiremos la procesión hacia el templo -dijo, indicándome que lo siguiera-. No lejos de aquí, a unos cinco
kilómetros, está el lugar marcado por la Piedra Negra. ¡Pongámonos en marcha!
Los peregrinos habían dejado en lo alto canastos con flores, frutos y granos que llevaban como ofrendas para
el segundo día de las fiestas afrodisíacas. Observé que los alzaban sobre sus cabezas, sin dejar de entonar los
cánticos rituales.
-El cielo siempre marca con una señal los lugares de la tierra donde las puertas que comunican los dos
mundos están abiertas -dijo Gabriel-. Tú conoces algunos sitios: Santiago de Compostela en España, Fátima
en Portugal, Notre Dame en París, Czestochowa en Polonia. Todos están construidos sobre antiguos lugares
paganos. Esto es natural, las nuevas religiones toman para sí la fuerza sagrada de la tierra y la energía
acumulada por otros ritos. Ahora nos dirigimos a uno de los que permaneció intacto, a un sitio sagrado,
netamente pagano.
Caminando entre los peregrinos sentí la presencia de las hadas y los gnomos... ¿Entonarían las mismas
canciones? ¿Pisarían las mismas piedras? ¿Respirarían el mismo aire que respirábamos nosotros?
La noche nos cubrió con un azul profundo. Sólo había estrellas en el cielo de Chipre, la luna nueva estaba en
su rito de amor con el sol.
-Ésta es una tierra sagrada, por eso forma parte del Camino de los Misterios -me explicó Gabriel, imperturbable
ante la romántica caminata-. En sus entrañas late el yacimiento de cobre más rico del mundo. El cobre está
asociado con Venus, es un metal femenino, receptivo y conductor. De allí proviene el nombre de la isla: cuprus,
"Cyprus". Desde el primer día, los peregrinos de todos los tiempos sienten la perturbadora certeza de estar en
un lugar mágico...
-Me pregunto en qué tiempo estaremos.
-En el presente -contestó Gabriel-. Esto es gracioso y difícil de entender, pero siempre estamos en el presente.
Como te contaba, apenas los peregrinos descendieron de sus barcas, provenientes de todas las tierras que
baña el Mediterráneo, descansaron por un día en los jardines sagrados de Yeroskipos.
Caminábamos por un sendero elevado. El mar murmuraba allá abajo secretas canciones. Tan secretas como
los cánticos rituales que acompañaban a la peregrinación encabezada por una diosa, cuyas huellas yo había
visto marcarse en la arena con mis propios ojos. Miré hacia arriba: Cupido había desaparecido. ¿Habría
alcanzado a lanzar la flecha?
La misteriosa caravana seguía avanzando tras las pisadas de la diosa del amor, del placer y de la belleza. Yo
marchaba junto a un hombre de ojos encendidos, vestido de blanco, acompañada de aldeanos, turistas, hadas
y gnomos, bajo un cielo preñado de estrellas, en la primera noche de la luna nueva. El perfume de las flores y
las frutas se mezcló con el sabor marino de la brisa nocturna. Mientras tanto, Cupido, en la oscuridad de la
noche, revoloteaba planeando historias de amores apasionados, ardientes, imposibles de ser resistidos por los
seres humanos, aunque ellos no se dieran cuenta.
Me pregunté por María de Varsovia, y vi a todos mis amigos con los ojos del amor.
La alquimista descansaba por unos instantes de su atenta vigilancia a la obra alquímica. Había aceptado un té
de rosas que Marysia acababa de preparar.
-Ana tiene una madre y una hija -dijo María con voz pausada, sorbiendo la infusión, y mí corazón dio un vuelco
de alegría-. En este momento, están marchando junto con ella hacia el templo de Afrodita. Puedo verlas
claramente -susurró mientras miraba los espejos donde se reflejaba la peregrinación.
-¿Cómo es que esto está sucediendo? -preguntó Marysia asombrada.
-Cuando damos los pasos hacia la iniciación en los misterios femeninos, toda nuestra línea genética viene con
nosotros. Lo que procede del pasado y lo que sigue hacia el futuro, no es ni más ni menos que una línea
continua -explicó la alquimista, sin apartar los ojos de los espejos.
-¿Pero, también hicieron el viaje con Ana? -intervino Marysia.
-Nada de eso. Quiero que miren bien en los espejos para comprender que se trata de presencias sutiles. Lo
que vemos son, en realidad, cadenas energéticas.
-Sin embargo la iniciación se cumple de distinta manera -dijo Jurek.
-La iniciación femenina tiene dos etapas decisivas -explicó María-. Vayan aprendiéndolo. En la primera se
descubre nuevamente el cuerpo y se despiertan los sentidos. El cuerpo es la vasija sagrada que contiene el
alma. Es un atanor alquímico y también es la materia prima sobre la que trabaja el adepto. ¡Oh, qué tesoro tan
codiciado! Nunca envejecer...
Así me sentía yo en ese momento: nunca envejecería...
María esbozó una misteriosa sonrisa.
-Los chinos -dijo- descubrieron el elixir de la juventud eterna y la aplicaron a su cuerpo restableciendo para
siempre su estado original de frescura y belleza. Amir trajo pócimas de este preciado elixir a Varsovia, lo
recuerdo como si hubiera sido hoy. El cuerpo tiene puertas secretas que nos comunican con el cielo que
llevamos dentro -murmuró la alquimista mirando al joven de ojos asombrados.
-¿Los chacras? -preguntó Jurek.
-No solamente -contestó María-. Cuando se despiertan nuestros sentidos sutiles descubrimos que el cuerpo es
mágico y que está conectado con el cielo.
-¿Mágico? -preguntó Marysia algo incrédula.
-¡Ah! -dijo María-, el cuerpo está encantado. Por ejemplo, es bueno saber que las manos son misteriosas, que
tienen el poder de mover los éteres y producir acontecimientos. ¿Sabías que los cabellos acumulan energía?
¿Que hay una enigmática línea de fuego que corre por la espalda y que llega hasta Dios? ¿Que el oído es una
gruta iniciática?
-¿Y por qué Ana está ahora en los rituales de Afrodita? -quiso saber Jurek-. ¿Cuál es su relación con el
Camino?
-Se trata de volver a las fuentes de los misterios femeninos. La caravana que avanza bajo las estrellas de
Chipre sigue las huellas de la diosa madre primera, la que tiene las claves perdidas durante siglos y que es
preciso recuperar porque son patrimonio de la humanidad.
Jurek y Marysia se sintieron conformes con la explicación.
Seguí caminando con Gabriel por las orillas del Mediterráneo, y llegamos al templo... Mientras la procesión se
dispersaba entre las ruinas, vi que las columnas estaban caídas y que todo parecía haber sido abandonado
desde hacía mucho tiempo. Las piedras diseminadas hablaban de los siglos transcurridos desde el cierre oficial
de los templos en honor de Afrodita, efectuado, según me informó Gabriel, en el siglo IV d.C. ¿Se trataría de
una reconstrucción similar a la del laboratorio de Varsovia? ¿Es que la humanidad, siguiendo una misteriosa
consigna, estaba rescatando, lugar por lugar, los antiguos sitios de poder? Tal vez pronto lo sabría,
Las sacerdotisas rodearon una gran Piedra Negra de forma cónica y prepararon una hoguera. Después, se
sentaron en semicírculo frente a la imponente marca de la diosa. Parecían percibir una presencia...
Gabriel se acercó al grupo, que ahora encendía decenas de velas y untaba ritualmente la piedra con aceite.
Intercambió unas palabras en griego, hizo un gesto con la cabeza, como honrando una presencia invisible y
magnífica. Cuando regresó a mi lado, mí curiosidad me traicionó.
-Gabriel, ¿por qué tú ves a la Diosa y yo no logro distinguirla?
-Porque la visión externa es sólo un reflejo de la visión interna -contestó Gabriel-. El día en que tu poderoso ser
femenino emerja de las aguas del inconsciente, verás también a Afrodita como yo la veo viendo, sentada en su
magnífico trono delante de la Piedra Negra.
-¿Mi ser femenino? ¿Quién es? ¿Es la mujer que está vestida de fiesta? ¿Tiene algo que ver con una imagen
que aparece fugazmente reflejada en los espejos?
-Si, es ella -respondió Gabriel-. La mujer que tú eres está preparada para participar en la fiesta de la vida. Es
hermosa y conoce su propio valor, porque es verdaderamente una reina. Uno tiene que empezar a parecerse a
su alma.
-Qué curioso -dije-. Son las mismas palabras de Miguel, el guardia de la cueva del dragón.
Gabriel no me contestó. Los peregrinos armaban ahora pequeños lugares para dormir al aire libre, bajo las
estrellas y bajo la presencia protectora de su Diosa.
-Las sacerdotisas se quedarán en vela vigilando el fuego sagrado -aclaró Gabriel-. Mañana te despertarás con
una sorpresa.
No podía dormir, aun cuando nos habíamos acomodado muy cerca del fuego del altar sagrado, en el lugar
preparado para el descanso de los peregrinos. A pesar de que los plumones y las almohadas de raso
proporcionadas por las sacerdotisas eran agradables y suaves, estaba inquieta...
Desde la explanada del templo se divisaba el Mediterráneo, allá abajo, azul, oscuro, profundo. De pronto,
presté atención a un extraño sonido proveniente del mar. Era como un rugido amortiguado, un sordo murmullo.
Gabriel también lo oyó", pensé con inquietud al ver que miraba atentamente en dirección al acantilado. Las
sacerdotisas, que estaban sentadas en posición de loto sobre grandes almohadones rojos, no parecieron
inmutarse. Seguían con los ojos entrecerrados mirando el horizonte estrellado. Sus manos descansaban sobre
sus rodillas, con las palmas abiertas en dirección al cielo.
-Están recibiendo energía -dijo Gabriel en voz baja.
En ese momento, el rugido recrudeció y al mismo tiempo se escuchó un fuerte batir de olas y de aguas
revueltas. Sentí un frío estremecimiento, Gabriel notó mi perturbación.
-Tranquila -dijo-, es el Tifón; no creo que salga del mar esta noche. Si lo hiciera, vendrán Zeus y Atenea para
aplacarlo.
-¿El Tifón? -dije pálida, poniéndome de pie y asomándome al escarpado acantilado. Las aguas se veían
turbulentas, con extraños remolinos. Algo se movía en las profundidades.
-¿El Tifón es un viento? -pregunté tontamente a Gabriel.
-No, es un monstruo mitológico. No temas. Te contaré su historia.
-Te escucho -dije, temblando.
-Este ser medio humano, medio bestia, tiene gigantescas alas negras y de sus manos brotan cien cabezas de
dragón en lugar de dedos. Su enorme cuerpo está ceñido de víboras desde el ombligo hasta los tobillos, su
parte inferior es semejante a la de un inmenso pez. Su parte superior es casi humana, a no ser por las llamas
de fuego que despiden sus ojos llenos de ira. Y su tamaño... ese sí que es un tema: Tifón es tan grande, tan,
tan grande, que con sus brazos extendidos puede tocar los dos extremos del mundo, Oriente y Occidente al
mismo tiempo.
-Y se comenta -acotó una sacerdotisa- que el monstruo crece día a día.
Un sudor frío me recorrió la espalda.
-Tifón es hijo de Hera- siguió diciendo Gabriel-, una de las diosas más conocidas del panteón griego. Hera,
esposa de Zeus, engendró al coloso como consecuencia de un terrible ataque de envidia,
-¿De envidia? -pregunté, sorprendida por esta característica que suponía exclusivamente humana. La voz me
temblaba. ¿Por qué los demás no se habrían alterado con los rugidos como yo?
-Los dioses griegos -continuó Gabriel- son espejos de pasiones y comportamientos humanos. Pero,
convengamos, con ciertos toques excéntricos. Son formas casi psicológicas, arquetipos. Por eso... aún siguen
vivos.
Las aguas se revolvían allá abajo; miré en dirección al templo para encontrar un escape rápido en caso de
urgencia. No dudaría en huir si la terrible aparición intentaba poner una de sus garras en tierra firme. El rugido
del monstruo marino se había hecho más fuerte y atravesó la noche estrellada haciendo vacilar las llamas de la
fogata encendida en honor a Afrodita. Tifón se revolvía en el fondo del mar sin dar tregua a mi terror.
-Tranquila -dijo Gabriel-. Siempre está la contrapartida del mal.
-¿Por qué lo dices?
-Porque nosotros mismos podemos librarnos del Tifón: Atenea, la diosa de la inteligencia, es la otra cara del
monstruo.
Gabriel tenía razón, pero de más está decir que no pude pegar un ojo hasta que amaneció. Eso sí: ni una sola
vez me di vuelta en dirección a las ruinas; lo único que hice durante toda la noche fue mirar fija,
obsesivamente, las sospechosas olas.
Las sacerdotisas
Cuál sería mi sorpresa cuando al darme vuelta en dirección al templo, luego de la extraña noche de
perseverante vigilancia, vi que estaba totalmente reconstruido. "Alguien" había colocado prolijamente todas las
ruinas en su lugar y un intenso movimiento rodeaba la Piedra Negra. Sendas columnas había sido instaladas a
su alrededor, reproduciendo la forma del altar del templo de Afrodita, como si jamás hubiera sido derruido por
el tiempo. Dos columnas principales flanqueaban la Piedra Negra, y otras dos secundarias la custodiaban a los
costados. Una medía luna de oro abierta hacia el cielo coronaba el altar que rodeaba la piedra, símbolo de la
diosa primera.
-La memoria ha sido recuperada -dijo el griego.
Yo no lograba salir de mi asombro a pesar de haber visto tantas cosas extrañas en los últimos tiempos. El
fuego sagrado seguía ardiendo como hace siglos y en algún lugar, entre la piedra y el fuego, aunque yo no
consiguiera verla, estaba sentada Afrodita, en su trono de oro, jade, perlas y esmeraldas.
-Hace más de tres mil años se colocaron los cimientos del primer templo dedicado a la diosa -me explicó
Gabriel, sorbiendo el humeante té de rosas endulzado con miel de la isla-. ¡Qué maravilla poder verlo ahora,
reconstruido en todo su esplendor!
Me pregunté qué nuevas maravillas tendrían lugar.
-El tercer día está dedicado a las ofrendas -informó el griego y, después de paladear la infusión con verdadero
placer, agregó-. Esta bebida aclara la visión sutil. Si fuera té de menta despertaría la agudeza de los
pensamientos.
Desde el amanecer, los adoradores del amor fueron depositando oro, vino y trigo a los pies de la diosa. Y
siguieron ofrendándole, durante todo el día, flores, panes, frutas y cereales, perfumes de oriente, joyas,
inciensos.
Allí mismo los peregrinos eran untados con óleo por las sacerdotisas en enigmáticos rituales.
-El óleo simboliza la pureza -me explicaba Gabriel-. Es usado en forma de aceite para alimentar la luz de las
lámparas que iluminan la noche. ¿Ves la analogía entre el mundo concreto y el reino sutil? El óleo es al mismo
tiempo purificador y protector. ¡Ah sí!, el óleo es fijo por naturaleza, es impermeable. Y, al ser aplicado sobre
los chacras o centros vitales, los sella impidiendo que penetre el mal.
-¿Qué significan el vino y el trigo? -pregunté a Gabriel cuando vi a los peregrinos llevar canastas repletas de
granos y odres rebosantes de vino.
-El vino es el azufre de la obra alquímica, el elemento fijo. El trigo es el mercurio, el elemento volátil. Unidos,
luego forman el pan y el vino de las tradiciones cristianas. La misa es también una obra alquímica. Amir te
explicará muchas cosas en la Capadocia.
Vi que los peregrinos se postraban para hacer las ofrendas, apoyando su cabeza sobre la tierra en un gesto
que yo conocía de los rituales ortodoxos griegos y musulmanes.
-¿Qué hacen?
Se rinden, entregan su mente racional, sus pensamientos, adoran a la diosa con el corazón -dijo Gabriel en voz
baja. Unen su cabeza con la tierra, con la fuente primaria de la vida. Esta posición se llama postración y fue
adoptada por los hesicastas, los monjes poetas que hablan con Dios a través del cuerpo.
-¿Dónde están esos monjes? -pregunté con curiosidad.
-En Chipre hay muchos monasterios de hesicastas, todos pertenecientes a la tradición oriental. Gregorio, el
maestro de los colores, es de esta orden.
Un viento cálido y persistente comenzó a agitar los vaporosos velos de las sacerdotisas, a serpentear entre las
ofrendas y a envolvernos con un delicioso aroma a frutas maduras.
-¿Hueles los frutos? -dijo Gabriel aspirando el aire perfumado y señalándome las ofrendas-. Son símbolos de
abundancia y manjares usuales en todos los banquetes de los dioses. Los higos tienen un simbolismo muy
antiguo, los eremitas egipcios y luego los cristianos se alimentaban ritualmente con ellos. Se los asocia al
conocimiento iniciático. También a las ceremonias de fecundidad. Buda obtiene la iluminación bajo una
higuera. Adán y Eva, al verse desnudos, se tapan con hojas de higuera simbolizando la búsqueda de la
perfección perdida.
-¿Y la manzana? -pregunté, fascinada por los simbolismos de las frutas.
-La manzana tiene diversos significados: en alquimia, si es de oro, representa el azufre; desde la antigüedad es
la fruta de la magia, de la ciencia y de la revelación. Tiene también la tradición de ser regeneradora y dadora de
nueva vida. Las granadas son las frutas de Afrodita, así como entre las flores lo son las rosas. Es una fruta
sensual y tentadora, símbolo de la fertilidad y afrodisíaca por excelencia. En la cristiandad pasa a ser un
símbolo de fecundidad espiritual.
Vi que el incienso ofrendado por los peregrinos se elevaba suavemente entre las flores y los frutos haciendo
más mágico el momento.
-¿Ves? -continuó Gabriel, El incienso lleva las plegarias al cielo, los peregrinos están haciendo sus pedidos.
-¡Qué hermoso!
Gabriel me miró a los ojos y se puso muy serio.
-¿Cuál sería, para ti, Ana, la mayor ofrenda que harías a la divinidad? ¿Qué te costaría más entregar? ¿Cuál
sería el don más preciado en tu vida moderna?
La respuesta surgió enseguida:
-Mi tiempo -contesté.
Gabriel me miró desde el fondo de sus ojos negros, dos carbones profundos como abismos,
-Un ángel te sopló la respuesta -dijo-. No podía ser más verdadera. Ésta es la mayor carencia de la cultura
occidental, no hay tiempo para el diálogo con la divinidad. Se considera un gran sacrificio dar esta ofrenda al
cielo.
Estábamos sentados muy cerca del lugar de las ofrendas, sobre una piedra plana que debería de haber
pertenecido al templo original. Los inciensos se elevaban en la noche como espirales perfumadas. Las fogatas
y las velas iluminaban el apuesto rostro de Gabriel... ¿Quién sería el que me miraba de esa manera que
encendía el alma? No podía evitar la pregunta, pero dudaba en hacérsela.
¿Quién sería Gabriel? Veía a mí lado a un asceta, luego me parecía ver a un apasionado joven griego. Por
instantes era un ser lejano y etéreo, en otros momentos era terrenal y magnético.
-¿Quién eres, Gabriel? -me animé finalmente a preguntar-. ¿Cuál es tu verdadero rol en la Conspiración?
-Soy monje -contestó-, discípulo de Gregorio el Iconógrafo, el maestro de los colores. Hice votos de castidad,
obediencia y permanencia. Soy, por supuesto, alquimista y Conspirador de la Gracia.
Gabriel debió de haber visto mi expresión perturbada y desvié la mirada hacia el mar en un intento de disimular
el bochorno. Tenía ganas de agarrar a Cupido por su delicado cuello y encerrarlo en una jaula: él era el
responsable de mí confusión. En ese momento me pareció escuchar una risita ahogada, exactamente detrás
de unas columnas que adornaban el fastuoso templo de Afrodita. Cuando me volví hacia la dirección de donde
provenía la risa, con la decisión absoluta de vengarme del gracioso hijo de Hermes y Afrodita, Cupido ya había
desaparecido dejando una estela luminosa.
-Por un momento me enamoré de ti -le dije en voz baja mirando las piedras del piso.
-El amor que está marcado en tu destino te espera un poco más adelante -susurró Gabriel, impasible.
-¿Cómo lo sabes? -pregunté, balbuceando atropellada-. ¿Qué sabes?
Pero esta vez no pudo contestarme. En ese momento, todos los asistentes se habían puesto de pie y
entonaban un cántico a Afrodita. Me quedé pensando...
-Antes del amor está la virginidad -susurró Gabriel en mi oído-. En este renacimiento de la obra en blanco
encontrarás una nueva forma para todo, también para el amor. Te faltan todavía algunos pasos para la obra en
rojo, la RUBEDO. Allí te encenderás con un fuego tan ardiente, que toda tu visión del mundo cambiará y
también tu manera de estar en él. Es inútil que te explique lo que te espera, no lo entenderías.
Los inciensos perfumaban el aire de esa mágica noche de Chipre… Me quedé mirando, resignada, las danzas
rituales que ahora realizaban las sacerdotisas en honor a Afrodita, acompañadas por hermosos jóvenes con
aspecto de sacerdotes, todos vestidos de blanco. Sus cuerpos se movían al ritmo de los cánticos, con pasos
elásticos, felinos, magníficos.
"Así que Gabriel era un monje", pensé. " ¡ Haberlo sabido de antemano! "
Me reí de mí misma, no estaba tan equivocada al sentirme atraída por él. Después de todo, un monje debe
haber conocido el amor en algún momento de su vida y Gabriel era encantador. "Pero no importa", pensé, “lo
que estoy viviendo es igualmente fascinante y supera cualquier fantasía". Era lógico que me enamorara de mi
acompañante... ¡si me estaba enamorando locamente de la vida! jamás pensé que existían estas revelaciones,
estas experiencias, estos...
-… misterios -aclaró Gabriel sonriendo.
Paré mi diálogo interno. Estaba corriendo un serio peligro de hacer el ridículo: Gabriel podía leer todos mis
pensamientos. En un solo instante dejé de hacer conjeturas y de sacar conclusiones...
-¡Te va a hacer bien! -acotó mi compañero-. La mente interfiere en experiencias como esta. Y es una mala,
muy mala consejera.
De pronto me estremecí: sopló un viento cálido y las hadas se alteraron.
-María -invocaron, inquietas, cerrando los ojos para poder ver mejor a la alquimista-, escúchanos desde tu
lejana Varsovia, no te distraigas ni un segundo. Hay presencias indeseables en la fiesta de la diosa del amor.
¡Debes conjurar este peligro!
Las hadas se quedaron despiertas durante toda la noche. Y a lo largo de todo ese tiempo, yo presentí que,
ocultas en las sombras, misteriosas presencias que nada tenían que ver con las fiestas de Afrodita preparaban
sus trampas y sus engaños. ,
Estaba amaneciendo... el cálido viento sur despertó a los peregrinos, que se sintieron inquietos sin saber por
qué.
Hoy era el día culminante, el cuarto y último de las fiestas afrodisias y la curiosidad me devoraba. Tomamos el
habitual desayuno servido por las sacerdotisas, que esta vez consistía en té de azahares y pan hecho con un
oscuro trigo cultivado en la isla.
-Gabriel -dije-, quisiera hacerte una pregunta respecto de algo que siento a cada instante.
-Adelante, Ana.
-¿Cómo se logra reconciliar la seguridad y la libertad a la vez?
-Elevando el nivel de conciencia -contestó Gabriel-. En los tiempos de la Diosa Madre, única y poderosa, se
buscaba intensamente4a seguridad. Por eso se adoraban las características de la tierra: la fertilidad, su
capacidad de dar vida, que es una de las formas del Amor. En esa época era necesario afirmarse en la tierra y
aprender rápidamente los secretos y las leyes de la materia, aunque fuera todavía en forma intuitiva. Luego del
anclaje de los seres humanos en el planeta, vendría, siglo tras siglo, el lento desarrollo de la conciencia.
Aparecieron entonces los dioses, que reflejaban el despertar del espíritu oculto en la materia. Los dioses
siempre se escondieron en la tierra.
-También ellos?
-Es que ellos eran los heraldos de la libertad. Nunca olvides estas dos fuerzas que habitan en ti y que se
reflejan mutuamente. La materia merece respeto: es una fuerza poderosa, pero no debes subordinarte a ella.
Es el espíritu quien dirige y ordena la vida y, para manifestarse necesita a la materia, que también es sagrada.
La historia de la humanidad es el largo relato de la relación de estas dos fuerzas. Entre ellas vibra una tercera,
que penetra los dos mundos. Esa fuerza es...
-¿El amor?
Gabriel asintió, sonriente, quedándose en uno de esos silencios que son más elocuentes que las palabras.
-Ya sabes -prosiguió- que del encuentro de energías tan dispares como lo son el cielo y la tierra, nace Afrodita,
primera diosa entre los dioses, que representa el Amor consciente. Afrodita tiene varios amantes, y de cada
uno de ellos nacen hijos que nos dicen mucho sobre nuestras propias historias... ¿Acaso no somos todos hijos
del amor entre el cielo y la tierra? Afrodita y Hefestos, el dios del fuego y del metal, el mago que conoce los
secretos de la alquimia, engendran a Hermes, Mercurio, dios de la sabiduría.
-Sí, lo recordamos -comentaron las hadas entre ellas, acercándose lo más que podían a nosotros-. ¡Ah, qué
romance tan extraño! La hermosa diosa y el herrero cojo. Envolvamos a ambos en nuestros velos para
protegerlos de las presencias extrañas -dijeron, mirando con disimulo hacia los costados.
-Afrodita, diosa del amor, y Ares, dios de la guerra y de la fuerza -continuó Gabriel-, gestan a Eros, el dios del
amor que alborota la sangre, el dios de la pasión.
_¿El Cupido que vi en la playa?
-¡Ese mismo! -Gabriel sonrió ante mi pregunta -. Pero ahora te contaré un poco de la historia de nuestra amada
isla. Ven, sentémonos aquí hasta que se calme un poco este viento tan caluroso. Mil años antes de Cristo
llegaron los fenicios, procedentes de las costas sirias, trayendo consigo el comercio y la cultura de occidente.
Un poco más tarde lo hicieron los griegos desde Creta y Tesalónica. Después, cien años más tarde,
desembarcaron los asirios. Cada uno de ellos y los que les siguieron nutrieron nuestras tradiciones religiosas,
luego llamadas paganas. Los misterios iniciáticos fueron introducidos por los egipcios en el siglo vi a.C. Pero
trataré de ser breve para no cansarte con tanta historia, Ana.
-No, no, puedes seguir -dije.
-No, no, puedes seguir -repitieron unas vocecitas-. Nos interesa muchísimo.
-¿Quién está hablando? -pregunté, conociendo la respuesta.
-Las hadas que, sentadas a nuestro lado, siguen atentamente mis relatos -comentó Gabriel, señalando a las
criaturas fantásticas, de ojos verdes (bueno, más bien parecían celestes... ¿o eran dorados?)-. Les encanta la
historia. Para ellas es como una anécdota conocida. Viven muchos años.
-Por favor, continúa -pidió el hada con suma cortesía.
-Bien -dijo Gabriel sin inmutarse-. En el siglo v a.C. arriban los persas con su lujo y refinamiento. A través de
ellos se conocen los secretos de Zoroastro, su máximo sacerdote e iniciado. En el año 332 a.C. llega Alejandro
Magno, el gran conquistador griego. Con él desembarcan todos los dioses de las últimas generaciones del
Panteón. Los dioses griegos tienen una particularidad, sobre ellos se proyectan tanto las características
humanas como las divinas. Son dioses alquímicos y grandes maestros para nuestros días. Sus historias
contienen todas las posibles situaciones que vivimos o viviremos en algún momento de nuestras vidas.
-Y tienen historias increíbles -interrumpió un hada-, más extrañas todavía que las nuestras.
-Ya lo creo -Gabriel miró con ternura al hada que estaba reclinada sobre una roca, con su vaporoso vestido
celeste prolijamente acomodado sobre las piedras.
-Afrodita estaba en su apogeo cuando los romanos invadieron violentamente la Isla del Amor. Se quedarían
aquí casi cuatrocientos años. Paphos, el centro del culto a Afrodita, fue consagrada como la nueva capital de
Chipre. En esa época, Marco Antonio ofreció a Cleopatra la isla por considerarla de una belleza superior a
cualquier otro territorio conquistado.
-¡Ah!, ese incidente fue ampliamente comentado -acotó el hada-. Cleopatra amaba a las hadas y sabía que
cientos de nosotras vivíamos aquí, al igual que lo hacían las sirenas y las ondinas. Fue muy feliz con este
regalo. Pero, pobrecita. ¿Por qué la hermosa reina del Nilo tuvo que terminar en forma tan trágica?
-¿Qué pasó exactamente con ella? -pregunté a las hadas, que estaban consternadas.
-¡Oh!, fue una verdadera tragedia, todas nosotras la recordamos -el hada debió de haberse puesto
verdaderamente triste porque sus ojos se volvieron de color violeta-. Ella, una de las siete reinas de Egipto,
célebre por su belleza... Ella, que cautivó por igual a César y a Marco Antonio, no pudo soportar la derrota de
su amante. En una triste noche de luna llena, se dio muerte haciéndose morder por un áspid.
-Gabriel -interrumpí-, ¿la Conspiración ya existía?
El monje sonrió y, sin decir palabra tomó su medalla de la Virgen Negra. Un rayo de sol la encendió con un
reflejo repentino. Luego dijo, mirando la imagen:
-La Conspiración es muy antigua. Noé fue el primer alquimista; María Virgen siguió la tradición del antiguo arte
y recibió todos los conocimientos para poder hacer su propia transmutación. Más tarde vino el período
bizantino, que se extendió entre los años 330 al 1131 d.C. Los monasterios se establecieron en esta etapa
como custodios de los conocimientos iniciáticos de la religión cristiana y también de la alquimia. Ellos se llaman
a sí mismos los custodios de la estrella, del poder.
-¿Cuál? -pregunté con un hilo de voz.
La mirada de Gabriel era tan intensa que apenas podía sostenerla:
-El Amor -susurró-. Pero para comprenderlo es preciso retornar a la inocencia.
-¿Cómo ser inocentes otra vez? -volví a preguntar, cada vez más intrigada.
-Naciendo de nuevo, volviéndose niño. No se trata de ser irresponsables, o de ilusionarnos con falsas
expectativas. Se puede ser inocente siendo completamente realista.
-¿Cómo? -volví a insistir.
-Con la verdadera iniciación femenina. Tú vas hacia esa experiencia, que sucederá en la aldea. Cada parte
tuya ansía ser inocente, liberarse de las cargas y de las trabas. Cada célula ansia ser virgen... borrar las
marcas del tiempo. Nuestra cultura tiene esta necesidad profunda y no sabe por qué. El rito de la eterna
juventud tiene su origen en el deseo inconsciente de recuperar la inocencia. Los alquimistas chinos sintieron la
misma ansiedad y elaboraron el elixir de la eterna juventud. Los alquimistas occidentales descubrieron otra
manera, otra forma para renacer.
-¿Por qué lo ocultaron? -pregunté.
-Sí, ¿por qué?, ¿por qué? -insistieron las hadas, indignadas y con los ojos centelleantes.
-No lo ocultaron -dijo Gabriel tranquilizando a las hadas-, transmitieron los conocimientos sólo a los verdaderos
buscadores. Debían llegar los tiempos previstos por la Conspiración para revelarlos al mundo entero. La
humanidad tenía que pasar por la NIGREDO, caer en el dominio absoluto del dinero, para poder sentir, como
una daga clavada en el pecho, la necesidad de Dios. Este tiempo es el que estamos viviendo, ahora vendrá el
renacimiento; estamos en un mundo de polaridades, aprendemos más sobre Dios si lo sentimos como una
ausencia desgarradora.
-O sea -dije- que fue necesario llegar al estado actual de deterioro y de angustia para volver a ansiar la
inocencia y buscar la información.
Gabriel y las hadas me miraron con asombro.
-Vemos que comprendes rápidamente -dijo una de ellas.
Gabriel siguió con mi iniciación:
-Lo femenino -dijo-, la regeneración, el amor, la parte blanda de la vida, comienza ahora a tener mucho valor en
nuestra existencia concreta. Un viento de frescura y alivio soplará en los finales del milenio... ¡Ya lo verás!
Luego de siglos de rígida cultura patriarcal, la Madre, la Mater, retornará ahora para envolvernos en sus brazos
tiernos, cálidos y protectores y conducirnos al renacimiento. Algunos la llaman Maria, otros Sophía, otros
simplemente Madre Cósmica. Es seguro que, cuando caigas en los brazos de la madre, será inevitable tu
transmutación. Esto sucedió y sucederá en todos los tiempos.
-Pero, y aquellos que no la conocen por no pertenecer a una religión, ¿dónde la encuentran?
- ¡Oh! -contestaron las hadas a mi pregunta con la sabia sencillez de los seres sutiles-. Pueden sentirla en la
naturaleza... Bajo la sombra frondosa de un árbol. En contacto con la tierra... En el agua del mar… que lava
todas las penas.
Gabriel miró en dirección al altar. Sentí el irrefrenable impulso de acercarme a la Piedra Negra para recibir su
fuerza. No era la única: varios peregrinos se habían reunido junto al altar mientras las sacerdotisas danzaban al
compás de cantos rituales.
Llegué hasta la Piedra Negra y la abracé intensamente con todo mi cuerpo, apoyando también mi cabeza sobre
su superficie. Recibí una oleada de calor y de energía de tal intensidad que apenas pude sostenerme en pie.
Sentí la vida circulando por mis venas y respiré profundamente, apropiándome de este momento. Perdí la
noción del tiempo, mi cuerpo se disolvió en el abrazo de algo o alguien que me sostenía y fortalecía más allá
de toda medida.
-La memoria de la raza humana está conservada en su interior -dijo Gabriel.
María estaba volcando una pequeña cantidad de licor alquímico en diminutas copas de oro.
-¡Solve et coagula! -dijeron al unísono María, Anancestral, Jurek y Marysia a manera de celebración-. Se
disuelve la debilidad y la duda. Se encarna el poder de Mujer y Madre, eterno, inmutable, irresistible.
El licor dio calor a sus cuerpos y los reconfortó para seguir adelante en la obra de laboratorio. Quedaron tan
fortalecidos como yo misma, que había recibido, en un profundo abrazo, la fuerza original de la Madre primera,
la Magna Mater en sus varias formas: Como Afrodita, me dio amor libre y generoso. Como Ishtar, potencia vital.
Como Cibeles, energía telúrica. Corno Démeter, fertilidad. Como Perséfone, transmutación. Corno Sophía,
sabiduría.
Ahora iba a comprender realmente a María. La más audaz y reveladora, la iniciada, la alquimista, la dueña de
todas las fuerzas, más una completamente nueva.
-Sin embargo es preciso estar atentos -dijo María, redoblando la vigilancia-. Las hadas me advirtieron de
presencias indeseables en la fiesta de Afrodita, y además está soplando el inquietante viento norte.
Gabriel se acercó silenciosamente y, desprendiéndome del abrazo a la Piedra Negra, señaló unos pequeños
grupos circulares que se estaban formando en el acceso a lo que fuera el templo.
1 ¡Vamos! -dijo con voz calma y profunda-. Las sacerdotisas están explicando a los peregrinos las fórmulas
alquímicas de origen egipcio, hindú, babilonio y griego. Tenemos poco tiempo disponible antes de partir: el
viento ha amainado y la aldea nos espera. ¿Quieres aprender algunos de los secretos de Afrodita?
-Todos -dije con los ojos brillantes de expectativa.
Comenzamos a pasearnos entre los círculos. Sentadas en el piso, las sacerdotisas revelaban en ese único día
del año las propiedades mágicas de las plantas, de las especies, de los aceites y de las tinturas alquímicas.
-Acércate al grupo que más te llame la atención -susurró Gabriel en mi oído-. Allí estará la información que
necesitas. Las hadas irán contigo.
Me intrigó el delineado de los círculos, parecían dibujados en el piso de piedra con... sal. Recordé las
propiedades protectoras y la barrera impenetrable que forma la sal si se esparce en forma de círculo. Sabía
que al entrar en ese recinto se puede tener la seguridad de evitar toda clase de perturbaciones.
Las hadas también se quedaron tranquilas:
-Dentro del círculo, no hay peligros -murmuraron entre ellas-. Además, las presencias inquietantes han
desaparecido.
No alcancé a completar el recorrido de los siete círculos. En el tercero me sentí absolutamente fascinada con la
explicación que estaba dando una sacerdotisa, acerca de cómo confeccionar una almohada mágica.
Me senté con los peregrinos y una aparente turista, viendo mi interés, me alcanzó una hoja y una lapicera,
gracias a lo cual pude conservar intacta la receta. La sacerdotisa había extendido un gran paño de seda blanco
y sobre él desparramaba una infinidad de pétalos frescos, de rosas rojas. A ambos lados de la tela blanca,
había colocado varias bolsitas de seda que contenían hierbas, polvos y hojas secas.
-La naturaleza nos otorga sus poderes -dijo-, si se lo pedimos deliberadamente y actuamos en nombre del
amor. Afrodita tenía una almohada confeccionada por ella misma, en colaboración estrecha con las hadas.
Miré alrededor, nadie levantaba la vista pero allí deberían estar, con ojos titilantes y multicolores, sentadas
como simples peregrinas.
-La almohada del amor se renueva una vez por año y sus hierbas se queman ritualmente, esparciendo luego
las cenizas sobre la tierra o la arena de la playa. Las hierbas y las flores contienen las energías más poderosas
que puedan imaginarse -continuó la sacerdotisa-. Nuestra almohada será hecha del más puro algodón, el más
blanco y el más suave, para contener a las aliadas mágicas. Colocamos ahora una buena cantidad de pétalos
de rosas rojas como base... Estamos haciendo una almohada encantada, el componente más importante son
los pétalos de rosa. Recuerden que esta fórmula pertenece a los secretos de Afrodita, la diosa del amor.
Agregamos ahora: Doce hojas de eucalipto, infalible para curar recuerdos y cerrar viejas heridas. Doce hojas
de laurel para la victoria -dijo, tomando un puñado de una de las bolsitas de seda y esparciéndolas sobre la
mezcla-. Un ramito de azules flores de lavanda hará que esta almohada sea un imán para atraer la felicidad.
Doce hojas de menta, infalibles para conservar la frescura, la alegría y la inocencia.
Un suave aroma a menta impregnó a los que estábamos dentro del círculo. Respiré profundamente la alegría y
la inocencia.
-Tres hojas de ruda -siguió diciendo la sacerdotisa tomándolas de otra bolsita- para alejar los pensamientos
sombríos. Un puñado de semillas de amapola, para aumentar las visiones y los sueños proféticos. No debe
faltar una pizca de nuez moscada, para que el soñador esté siempre rodeado de bienestar y riqueza.
Finalmente, una pizca de sándalo en polvo hará que los ángeles permanezcan muy cerca de nosotros,
protegiéndonos.
-Ahora -dijo, extendiendo la mano derecha sobre la mezcla de hierbas, flores y especias-, ¡las encantaremos! O
sea: les pediremos que nos transmitan sus fuerzas sutiles a través de nuestros sueños. Y también que atraigan
a nuestras vidas las circunstancias que ellas simbolizan.
La sacerdotisa mezcló todos los componentes con la mano derecha, cerrando los ojos y pronunciando algunas
palabras secretas. Luego colocó todo en una funda rectangular y comenzó a cerrar, con un fino hilo de seda, el
lado abierto.
También anoté rápidamente los componentes de una Almohada Especial para Ahuyentar la Tristeza.
Debía dormirse, en esas circunstancias, con las ventanas abiertas. A los pétalos de rosa, que siempre eran la
base, debía agregarse: Tres cucharadas de mirra en polvo. Tres de sándalo. Doce hojas de laurel y doce de
ruda.
-Es infalible -aseguró la sacerdotisa.
Me acerqué a otro círculo, en el que enseñaban cómo hacer los aceites perfumados para unciones.
-Antiguamente -explicaba la sacerdotisa- se preparaban en las lunas nuevas calentando las hierbas o flores
aromáticas en aceite durante varios días, hasta que quedaran impregnadas con el perfume deseado. Ahora
utilizamos esencias que combinaremos con algún aceite. Podrá ser de almendras, de coco, de avellana, de
semillas de uva. 0 el potente aceite de girasol, flor mágica por excelencia. Haremos la mezcla del aceite y de
las esencias con una varilla de plata o de oro. En su defecto, usaremos una ramita seca, girando en el sentido
de las agujas del reloj.
Su voz era un murmullo cuando explicó como hacer el Aceite de la Pasión:
-Si colocamos unas gotas de este aceite mágico en el centro energético de la frente, la garganta y el pecho,
despertará en nosotros la fuerza de la vida, si acaso estuviera dormida.
La sacerdotisa tomó un frasco de cristal exquisitamente labrado y vertió en él aceite de almendras. Tres gotas
-de esencia de cardamomo, que despiertan el fuego de la pasión. Una gota de extracto de vainilla, que agrega
la protección de las hadas -la llamada "suerte" en el lenguaje de los no iniciados en los misterios de Afrodita.
Una gota de almizcle, que haría magnético a ese aceite.
De pronto, vi a Gabriel acercándose al círculo de los aceites mágicos. Sin entrar me hizo una seña, debíamos
partir de inmediato.
Alcancé a anotar rápidamente los ingredientes para el Aceite de la Energía: Al aceite base se debe agregar..
Cuatro gotas de esencia de naranja, para el brillo interior, lo recuerdo bien. Dos gotas de esencia de limón,
para la fuerza de la juventud. Una gota de cardamomo, para la pasión. Tres gotas de aceite de laurel, para la
victoria.
-En la aldea guardamos estos conocimientos -dijo Gabriel-, no te preocupes. Podrás llevarte todas las fórmulas
alquímicas con sólo pedirlas. ¡Partamos! -ordenó con los ojos brillantes, inquieto-. Nos esperan en la aldea, no
debemos Regar tarde al encuentro, no podemos quedarnos un minuto más aquí. ¡Vamos! -insistió, al ver que
un grupo de mujeres sentadas a un costado del camino me había llamado la atención.
-¿Quiénes son?-le pregunté, intrigada.
Algunos peregrinos se habían arremolinado en torno a ellas formando una pequeña multitud.
-Son profetisas que adivinan el futuro aprovechando la energía que circula en esta fecha. Pero cuidado: no las
conozco.
-Siento una tentación irresistible de preguntarles por mis próximas peripecias.
-¡Ni se te ocurra! Quedarías fija a una suposición, hay varios futuros que están determinados por el destino. La
profetisa es capaz de captar uno solo y te lo describe como si fuera el único. Los alquimistas sabemos que hay
muchos caminos posibles y creamos aquel que todavía no existe. No hay posibilidad de error al ser guiados
paso a paso, instante por instante en el presente, en cada tramo del camino. Sigamos nuestro recorrido.
Algo me decía que Gabriel tenla razón; pero una parte insidiosa, insistente, me empujaba a consultar a las
profetisas. Aprovechando un descuido de Gabriel me deslicé lentamente hacia el lugar prohibido.
Las hadas, que preparaban con una sacerdotisa un aceite especial para encantamientos de poetas, no notaron
mi ausencia del círculo.
-Hasta nosotras tenemos un descuido de vez en cuando -dirían después de aquel recordado incidente.
Las profetisas estaban sentadas en el suelo, cubiertas por velos y mantillas. Decían algo en secreto al oído de
los peregrinos. Sentí una punzante sensación en el estómago, sin embargo la curiosidad era más fuerte que la
advertencia.
De pronto se levantó un viento cálido y seco que agitó con fuerza los velos de las profetisas. Rápidamente
elegí a una de ellas, la que casi no tenía clientes en espera. Estaba sentada frente a una piedra plana sobre la
que tenía apoyado un recipiente de cerámica Reno de arena. Completamente envuelta en velos de colores,
resultaba imposible distinguir su rostro.
A su lado, un pequeño incensario envolvía la escena con un penetrante humo de almizcle y opio. Un grupo de
sacerdotes se había sentado cerca pero, aparentemente ajenos a la tarea de las adivinas, conversaban entre
ellos. El viento era cada vez más fuerte...
Recordé un cuenco de arena, similar al que tenían las profetisas, en manos de un brujo africano. Uno de mis
viajes me había llevado a Banjul, capital de Gambia, un pequeño país musulmán que se extiende a lo largo del
río del mismo nombre, en África Occidental.
El vidente, recordé mientras esperaba ser atendida, habitaba una humilde choza con cortinas de telas en lugar
de puertas y con un húmedo piso de tierra apisonada, en una aldea muy alejada del circuito turístico. Mil
arrugas surcaban su rostro negro e inexpresivo, haciendo imposible precisar su edad.
El Sahara estaba cerca, las doradas dunas del desierto eran muy propicias para las alucinaciones y los estados
alterados de conciencia.
-La arena del cuenco contiene el conocimiento del desierto -me había explicado el hechicero-. La arena te
revela todos los caminos del futuro. Por eso, si dejas las huellas de tus manos en este pequeño trozo de
desierto, sabré qué camino transitarán tus pies. Qué cuerpos acariciarán tus manos, qué hombre te encenderá
la sangre, qué paisajes deslumbrarán tus ojos...
Observé que Gabriel hablaba con un peregrino, le daba indicaciones mostrándole un plano. Me quedé
tranquila, por el momento todo estaba controlado.
En cada uno de mis viajes, siempre se me había cruzado con un brujo o una bruja. Algunas experiencias no
fueron muy tranquilizadoras. Sin embargo, pensé, perdiéndome en los recuerdos, la del hechicero africano
había sido fascinante.
-El desierto te enseña a conocer el poder del silencio -había dicho-. Allí aprendí a escuchar lo que nadie
percibe... allí hay voces que te hablan al oído y te revelan quién eres y hacia dónde vas.
Leyó entonces las huellas en la arena, asegurándome que un amor apasionado y total iba a aparecer en mi
vida en el momento menos esperado.
-Tiene ojos magnéticos. Te perderás en su mirada, será un fuego ardiente que te encenderá el alma.
Desde entonces busqué esos ojos... Debían ser como llamaradas. "¿Será verdad todo esto?", me seguí
preguntando durante mucho tiempo.
La vida tiraba tan fuerte dentro de mí, reflexioné, esbozando una sonrisa. Era como un tropel de caballos
salvajes. De pronto recordé dónde estaba y sentí una extraña inquietud. Yo misma había convocado estas
experiencias, desde el momento en que empecé a estudiar aquellos temas. Sí, pensé, me apasionan los
alquimistas porque viven plenamente en el mundo cotidiano, y también trabajaban en secreto en sus
laboratorios subterráneos... Realmente todo su mundo es fascinante, pero, ¿qué estoy haciendo aquí?, terminé
por preguntarme, realmente angustiada.
Cuando llegó mi turno, una voz profunda y conocida me sacó de mis pensamientos. Viendo mi inquietud, con
toda amabilidad preguntó:
-¿Qué quieres saber, peregrina?
El viento sur despertó preguntas impostergables, recuerdos de amores apasionados, cuestiones relacionadas
con unos misteriosos ojos de fuego...
-Dime cuándo vendrá el amor a mi vida -susurré, mareada por el incienso-. ¿Quién está en mi camino?
La sacerdotisa acercó el cuenco de arena.
-Apoya tus dos manos aquí, leeré las huellas. ¡Ah, vienes de un largo viaje! Veo a tu padre, un castillo, una
guerra... Y, en Estambul, un hombre rico te espera...
¿Cómo sabe lo de mi viaje?", me pregunté, ansiosa por más información.
-¡Ah!, tienes suerte -rió entre sus velos la profetisa con una carcajada extrañamente familiar-, ese hombre te
hará dejar tu estúpido camino. Te ofrecerá oro, una hermosa residencia, sirvientes, bienestar, joyas, vestidos,
fiestas. En fin, todas cosas concretas, tangibles y valiosas.
Yo dudaba, ¿sería eso lo que realmente quería de la vida?
-¡No dejes pasar la oportunidad! Vete con él apenas lo encuentres en Estambul. Escucha mi consejo: no sigas
buscando quimeras.
-¿Estambul? -pregunté con un hilo de voz-. Dime más... ¿Cómo es él? ¿Dónde lo conoceré? ¿Estás segura de
lo que me dices?
-Espera, espera -dijo la profetisa mirando el cuenco de arena-. Veo un espléndido palacio, mucha gente. Él te
hechiza con la mirada y tú sólo debes darle obediencia o algo que se le parezca.
-Pero eso no es amor -balbuceé.
-¿No? -dijo la profetisa con voz firme-. ¿Todavía crees en estúpidas novelas?
-¿Estás segura de lo que ves? -dije, confundida, buscando sus ojos tras los velos.
La mujer ejercía sobre mí una influencia hipnótica. Despertaba mis miedos, ofuscaba mi percepción, me hacía
dudar de mí misma. El viento cálido parecía llevarse mis pensamientos, estaba cada vez más confundida. ¿Si
todo esto fuera una locura de mi imaginación? ¿Y si estuviera dormida? ¿Y si esto sólo fuera un sueño?
-¿Sí estoy segura? -contestó con autoridad-. ¡Por supuesto, el futuro no tiene misterios para mí! Escríbeme tu
nombre en este papel, y haré un conjuro ahora mismo, si me das ese hermoso ámbar que traes sobre tu cuello,
para obligar a tu hombre a casarse contigo...
Llevé automáticamente mi mano hacía el cuello para desabrochar la cadena, cuando de pronto un resplandor
tras los velos me heló la sangre.
Esos ojos eran inconfundibles.
-¡Mara! -grité con todas mis fuerzas-. ¡Tú eres Mara! ¡Ayuda, María... Gabriel... ángeles! ¡Ayúdenme!
En un instante, estuve rodeada por varias personas. Un sacerdote de Afrodita, o que parecía serlo, giró hacia
mí con un rápido movimiento…
-¡Roger! -balbuceé al reconocer el brillo metálico de sus ojos.
Mara reía a carcajadas.
-¡Por fin eres nuestra! -chilló.
Tan lejos de las arenas doradas de Chipre, María escribió una carta. Presa de un súbito marco, las letras se le
borraron. Sin perder un segundo se asomó al atanor y vio agitarse el fuego. Una sola mirada a los espejos fue
suficiente.
-¡Las palomas! -exclamó-. Debo enviarlas en su ayuda, algo anda muy mal. ¡Peligra la obra! Ana puede
confundirse.
Me vi envuelta repentinamente por una bandada de palomas blancas. Mara, ofuscada y enceguecida por el
batir de las alas, daba órdenes a sus ayudantes, gritando como una posesa.
-¡No la dejen escapar! ¡Jamás encontrarás a Amir! ¡Busquen las oraciones!
Entonces intervinieron las hadas: envolvieron a Mara y a sus ayudantes con sus velos, impidiéndoles moverse.
Corrí lo más rápido que pude hacia la salida del templo, tratando de no escuchar los gritos. Las palomas
formaron una nube protectora a mi alrededor. Corrí y corrí hasta perder la noción del tiempo, hasta quedarme
sin aliento. Finalmente caí exhausta a un costado de la ruta. Anochecía y pude ocultarme entre unas rocas, sin
animarme a asomar la nariz. Sin pausa, una y otra vez, repetía el Padre Nuestro, rogando que Gabriel viniera a
rescatarme.
Tres palomas habían permanecido a mi lado como vigías, mirando el cielo sin luna, quizá para captar algún
mensaje de María de Varsovia. Observé que una de ellas tenía atada a su pata un pequeño rollo de papel
blanco. Se lo saqué con cuidado, a pesar de que todo mi cuerpo temblaba y no lograba coordinar bien mis
movimientos.
Al abrirlo encontré una corta nota, escrita en caracteres muy pequeños pero conocidos. Era de Amir, El
Alquimista. |