Capítulo VIII
LOS PUNTOS EXTREMOS
La fuerza de los imanes está en sus dos polos extremos, y su punto equilibrante es la mitad de los
mismos.
La acción de un polo, es equilibrada por la del contrario, tal como sucede con el movimiento del
péndulo: el desvío a la izquierda del punto central corresponde a igual desvío hacia la derecha.
Esta ley del equilibrio físico es también la del equilibrio moral: las fuerzas están en las
extremidades y convergen en el punto central. Entre los extremos y el medio sólo encontramos la
fragilidad.
Los débiles y los tibios son aquellos que se dejan llevar por el movimiento de los otros, y que son
incapaces de movimiento propio.
Los extremos se asemejan y se tocan por la ley de analogía de los contrarios.
Constituyen el poder de la lucha porque no podrían confundirse.
Si, por ejemplo, vienen a mezclarse lo frío y lo caliente, dejan de ser caliente y frío
respectivamente, dando por resultado la tibieza.
-¿Qué puedo hacer yo por ti?- pregunta Alejandro a Diógenes. -Quitarte del sol- responde el
cínico. Entonces exclama el conquistador: -Si no fuese Alejandro, querría ser Diógenes. He aquí dos
orgullos que se comprenden y que se tocan, aunque colocados en dos extremidades de la escala social.
¿Por qué fue Jesús a buscar a la Samaritana, cuando había tantas mujeres de bien en la Judea?
¿Por qué recibe las caricias y las lágrimas de la Magdalena, que era una pecadora pública? ¿Por
qué? El mismo lo dice: porque ella amó mucho. ¿No reserva su preferencia para las personas de
mala fama, como los publicanos y los hijos pródigos? Oyéndolo hablar, se comprende que una sola
lágrima de Caín es para El más preciosa que toda la sangre de Abel.
Los santos decían, con razón, que se consideraban iguales a los más temibles malvados. Los
perversos y los santos son iguales, en el sentido en que lo son los platos opuestos de una misma
balanza. Unos a otros se apoyan en los puntos extremos, y hay tanta distancia entre un malvado y un
sabio como entre un sabio y un malvado.
Son exageraciones de la vida que , combatiéndose mutuamente sin cesar, producen el
movimiento equilibrado de la existencia. Si el antagonismo cesase en la manifestación de las
fuerzas, todo quedaría suspendido en el equilibrio inmóvil, lo que equivaldría a la muerte universal. Si
todos los hombres fuesen sabios; dejarían de existir los ricos y pobres, siervos y señores, reyes y
vasallos; la sociedad desaparecería. Este mudo es una casa de locos, en la que los sabios son los
enfermeros; pero un hospital está hecho, sobre todo, para los enfermos. Es una escuela de
preparación para la vida eterna; y lo que primero necesita una escuela es alumnos. La sabiduría es el
fin por alcanzar, es el premio puesto en concurso. Dios la da a quien la merece, ninguno la trae al
nacer. El poder equilibrante está en el punto central; sin embargo, el poder motor se manifiesta
siempre en las extremidades. Son los locos quienes comienzan las revoluciones y los sabios los que las
terminan.
En las revoluciones políticas, decía Danton, el poder pertenece siempre al más perverso. En las
revoluciones religiosas, son los más fanáticos los que, necesariamente, arrastran a los demás.
Los grandes santos y los grandes malvados son, igualmente, poderosos magnetizadores, de
voluntades exaltadas por actos contra la naturaleza. Marat fascinaba a la Convención, donde todos le
odiaban y le obedecían maldiciéndolo. Mandrin saqueaba las ciudades en pleno día y nadie osaba
perseguirlo. ¡Lo juzgaban mágico!..., estaban persuadidos de que llevándolo a la horca haría lo que
Polichinela, y ahorcaría en su lugar al verdugo; y probablemente que lo habría hecho, si no hubiese
mermado su prestigio en una aventura amorosa, dejándose prender como otro Sansón a los pies de
una Dalila.
El amor de las mujeres es la victoria de la naturaleza. Es la gloria de los sabios, aunque para los
salteadores y los santos es el más pernicioso de los escollos.
Los salteadores sólo deben apasionarse por la guillotina, a la que Lacenaire llamaba su bella
novia, y los santos, sólo deben besar las cabezas de los difuntos.
Los perversos y los santos son hombres igualmente exagerados y enemigos de la naturaleza. Por
esto los confunde muchas veces la leyenda popular, atribuyendo a los santos actos de monstruosa
crueldad y a los bandidos célebres, actos de filantropía.
San Simón Stillita fue visitado por su madre en su columna; quería abrazarlo antes de morir. El
faquir cristiano no sólo no desciende, sino que esconde el rostro para no verla. La pobre mujer
extingue su vida en lágrimas, llamando a su hijo, y el indiferente santo la deja morir. Si nos contaran
tal cosa de Cartouche o de Schinderhannes hallaríamos que, intencionalmente, sobrecargaban el
cuadro de sus crímenes. Verdad es que Cartouche y Schinderhannes, no eran santos sino simples
bandidos.
¡Oh, tontería, necedad, estulticia humana!
Los desórdenes en el orden moral producen desórdenes en el orden físico, y es a eso que el vulgo
llama milagros. Es preciso ser Balaam para oír hablar una jumenta; la imaginación de los tontos
alimenta los prodigios. Cuando un hombre bebe en exceso, cree que los otros titubean y que la
naturaleza se desvía para dejarlo pasar.
por tanto, vosotros que buscáis lo extraordinario, vosotros que queréis hacer prodigios, sed
extravagantes. La sabiduría nunca es notable porque siempre está en orden, en calma, en armonía y
paz.
Todos los vicios tienen sus inmortales que, a fuerza de excesos, ilustran su infamia. El orgullo de
Alejandro, si no fuere Diógenes o Esróstrato; la ira de Aquiles; la envidia de Caín o Tharsis; la
lujuria de Mesalina; la gula Vitelio; la pereza Sardanápalo; la avaricia del rey Midas. Oponed a estos
héroes ridículos otros héroes y, por medios contrarios, obtendréis igual resultado. San Francisco, el
Diógenes cristiano que, a fuerza de humildad, se hace pasar por igual que Jesucristo; S. Gregorio
VII, que con sus transportes desconcierta a Europa y compromete al papado; San Bernardo, el lívido
perseguidor de Abelardo cuya gloria eclipsaba la suya; San Antonio, cuya imaginación impura
superaba las orgías de Tiberio y de Trimalción; los hambrientos del desierto, siempre entregados a
los sueños ávidos de Tántalo; y lo mismo estos pobres monjes, tan ávidos de dinero. Los extremos
se tocan, como se ha dicho, y lo que no es sabiduría no puede ser virtud. Los puntos extremos son los
focos de la locura y, a pesar de los sueños del ascetismo y de los olores de la santidad, la locura,
finalmente, trabaja siempre para el vicio.
Voluntarias o involuntarias, las evocaciones son crímenes. Los hombres que el magnetismo del
mal atormenta, y a los cuales aparece bajo formas visibles, traen consigo el castigo de sus ultrajes a la
naturaleza. Una religiosa histérica no es menos impura que una mujer depravada, una vive en un
túmulo y otra en un lupanar; y, generalmente, la mujer del túmulo trae en el corazón un lupanar, y la
mujer del lupanar esconde en su pecho un sepulcro.
Cuando el infeliz Urbano Grandier, expiado cruelmente el error de sus votos temerarios,
maldecido como presunto hechicero y despreciado como sacerdote libertino, caminaba a la muerte
con la resignación de un sabio y la paciencia de un mártir, las piadosas monjas Ursulinas de Loudon,
retorciéndose como bacantes y colocando el crucifijo entre los pies, se abandonaban a las
demostraciones más sacrílegas y obscenas. ¡Atormentábase a estas inocentes víctimas! Y Grandier,
sujeto a la picota en que las llamas lo devoraban lentamente, sin que una queja saliese de su boca,
era considerado como un verdugo.
Cosa increíble, eran las religiosas las que representaban al principio del mal, lo verificaban, lo
encarnaban en sí mismas; ellas blasfemaban, injuriaban, acusaban y, sin embargo, ¡era al objeto de su
pasión sacrílega a quien se enviaba a la muerte! Ellas y sus exorcistas habían evocado a todo el
infierno, pero Grandier, que ni siquiera podía hacerlos callar, era condenado como hechicero y como
señor de los demonios.
El célebre cura de Ars, el sabio señor de Vianney, era, en el decir de sus biógrafos, perseguido
por el demonio, que vivía con él en una especie de familiaridad. El buen cura era hechicero sin
saberlo; hacía invocaciones involuntarias. ¿Pero cómo? Un coloquio que le atribuyen lo va a
explicar: “¡Conozco alguien que quedaría bien engañado, si no existiesen recompensas eternas!”.
¿Cómo? ¿Entonces él habría cesado de hacer el bien si no tuviese esperanza de recompensa? ¿Se
quejaba de la naturaleza en el fondo de su conciencia? ¿Se sentía injusto para con ella?
¿No trae la vida de un verdadero sabio su recompensa en sí misma? ¿Para él no comienza en esta
tierra la eternidad feliz? ¿La verdadera sabiduría es entonces un escarnio? Bravo, hombre, si eso
dijiste, es que sientes exageración en vuestro celo. Que vuestro corazón deplora honestos gozos
perdidos. Que la madre Naturaleza se quejaba de ti como de un hijo ingrato. ¡Felices los corazones a
los que la naturaleza nada reprueba! ¡Felices los ojos que saben hallar la belleza en todas partes!
¡Felices las manos que saben derramar en todo lugar beneficios y caricias! ¡Felices los hombres que
debiendo escoger entre dos vinos prefieren el mejor, pero se sienten más dichosos de ofrecerlo a otro
que de beberlo! ¡Felices los rostros graciosos cuyos labios están siempre llenos de sonrisas y de besos!
Estos nunca serán escarnecidos, porque después de la esperanza de amar lo que de mejor hay en el
mundo perdura el recuerdo de haber amado; y sólo esto: el recuerdo que constituye una felicidad,
merece llamarse inmortal.
Capítulo IX
EL MOVIMIENTO PERPETUO
El movimiento perpetuo es la ley eterna de la vida.
En todas partes se manifiesta, como la respiración en el hombre, por acción y repulsión.
Toda acción provoca una reacción, toda reacción es proporcional a la acción.
Una acción armoniosa produce su correspondiente en armonía. Una acción discordante necesita de
una reacción en apariencia disconforme, pero en la realidad equilibrante.
Si oponéis la violencia a la violencia, perpetuáis la violencia, pero si opusieras a la violencia la
fuerza de la dulzura, haréis triunfar la dulzura destruyendo la violencia.
Hay series de verdades que parecen mutuamente opuestas porque el movimiento perpetuo las
hace triunfar una por vez.
El día existe y la noche también existe, y ambos existen simultáneamente, pero no en el mismo
hemisferio.
Hay sombra en el día, hay claridades en la noche, y la sombra en el día lo torna más potente,
como la claridad en la noche hace aparecer a la noche más oscura.
El día visible y la noche visible sólo existen así para los ojos. La luz eterna es invisible a los ojos
mortales y llena de inmensidad.
El día en las almas es la verdad, la noche es para ellas la mentira.
Toda verdad supone y necesita una mentira, a causa del límite de las formas, y toda mentira
supone y necesita una verdad en las rectificaciones de lo finito por lo infinito.
Toda mentira contiene cierta verdad, que es la precisión de la forma, y toda verdad está, para
nosotros, envuelta en una cierta mentira, que es lo finito de su apariencia.
Así también será verdad, o solamente probable, que exista un inmenso individuo (o tres que
hacen uno), invisible y que recompensa a los que le sirven dejándose ver; que está presente en todas
partes, incluso en el infierno, donde tortura a los condenados privándolos de su presencia; que
quiere la salvación de todos, pero dispensa su gracia a un pequeñísimo número; impone la ley del
terror y consiente en todo lo que la haga dudosa. ¿Puede existir semejante Dios? No, no; y
ciertamente que no. La existencia de Dios presentada y afirmada en esta forma es una verdad
disfrazada, envuelta totalmente en mentiras.
Debemos reconocer que todo existió y existirá, que la sustancia eterna se basta a sí misma y que la
forma está determinada por el movimiento perpetuo; que de otro modo todo sería fuerza y materia y
no existiría el alma, siendo el pensamiento apenas un producto del cerebro, y Dios, nada más que la
fatalidad del ser. Rotundamente no; porque esta negación absoluta de la inteligencia repugnaría aun
a los instintos de los animales. Es evidente que la afirmación contraria necesita la creencia de Dios.
¿Este Dios se manifestó fuera de la naturaleza, personalmente a los hombres, y les impuso ideas
contrarias a la naturaleza y la razón?
Ciertamente no, porque el hecho de tal revelación, si existiese, sería manifiesta para todos; y,
además, aunque el hecho de una manifestación exterior proveniente de un desconocido fuese de una
realidad incuestionable, si tal ente aparece en contradicción con la razón y la naturaleza, no puede
ser Dios. Moisés, Mahoma, el papa y el gran Lama dicen, que Dios les habló a cada uno de ellos con
exclusión de los otros, y aseguran, a cada cual, que otros son farsantes. Y entonces, ¿son todos
mentirosos? No, se engañan cuando se dividen y dicen la verdad cuando concuerdan.
Mas, ¿les habló Dios o no? Dios carece de boca y de lengua para hablar a la manera de los
hombres. Si habla, es en las conciencias, y todos nosotros podemos oírlo.
Es El quien aprueba en nuestros corazones la palabra de Jesús, la de Moisés cuando es sabia, y la
de Mahoma cuando es bella. Dios no está lejos de cada uno de nosotros, dice San Pablo, pues es en El
que vivimos, nos movemos y estamos.
“Felices los corazones puros, porque verán a Dios”, proclamó el Cristo. Luego, ver a Dios, que es
invisible, es sentirlo en la propia conciencia, es oírlo en el propio corazón.
El Dios de Hermes, el de Pitágoras, de Orfeo, de Sócrates, de Moisés y de Jesucristo, es el único y
mismo Dios que habló a todos. Cleanto de Lycos era inspirado como David, y la leyenda de Krishna
es tan bella como el Evangelio de San Mateo. Hay páginas admirables del Corán; pero en las
teologías de todos los cultos hay otras que son horribles y estúpidas.
El Dios de la Cábala, el de Moisés y de Job, el Dios de Jesucristo, de Orígenes y de Synesio, no
puede ser el de los autos – de – fe.
Los misterios del cristianismo, como los entienden San Juan Evangelista y los sabios padres de la
Iglesia, son sublimes; mas los mismos misterios explicados, o más bien vueltos inexplicables por los
Garassus, los Escobar, los Veuillot, son ridículos e inmundos. El culto católico es espléndido o
piadoso, según los sacerdotes y los templos.
Podemos, pues, así decirlo, con igual verdad, que el dogma es verdadero y que es falso, que Dios
habló y que no habló, que la Iglesia es infalible y que se engaña todos los días, que ella destruye la
esclavitud y conspira contra la libertad, que eleva al hombre y que lo embrutece.
Podemos encontrar creyentes admirables entre aquellos que ella llama ateos, y ateos entre los que
para ella pasan como creyentes. ¿Cómo salir de estas contradicciones flagrantes? Recordándonos que
hay sombras en el día y clarores en la noche, no olvidando de encontrar el bien que muchas veces se
halla en el mal, y guardándonos el mal que puede mezclarse con el bien.
El Papa Pío IX dio, bajo el nombre de Syllabus, una serie de proposiciones que reprueba, y cuya
mayoría puede ser incuestionablemente verdadera, desde el punto de vista de la ciencia y la razón.
Con todo, cada una de estas proposiciones contiene y encubre un sentido falso que es legítimamente
condenado. ¿Debemos, por eso, renunciar al sentido verdadero y natural que presentan a primera
vista? Cuando la autoridad juega lo encubre y reencubre; búsquela quien quiera, que por nuestra
parte nos basta reconocerlo cuando se muestra.
El inteligente obispo de Orleáns, el belicoso señor Dupanloup, probó, oponiendo el Papa a sí
mismo, que el Syllabus, no significa y no podría significar lo que parece decir. Si fuera un
logogrifo, vamos adelante, pues no somos iniciados en las profundidades de la corte de Roma.
¿Cómo grandes verdades están ocultas bajo fórmulas dogmáticas, oscuras en apariencia hasta el
ridículo? ¿Quieren ejemplos? Si contasen a un filósofo chino, que los europeos adoran como Dios
Supremo de los universos a un judío muerto en el último suplicio, que creen resucitarlo todos los
días, y lo comen en carne y hueso, en forma de un panecillo, el discípulo de Confucio no tendrá
dificultad en suponer capaces de tales atrocidades a pueblos para él bárbaros, aunque no
completamente salvajes; y si le añadiéramos, que el judío nació por la incubación de un espíritu,
cuya forma es de palomo, de una mujer que antes y en el parto fue físicamente virgen, y que ese
espíritu es el mismo Dios, tal como el judío, ¿no creéis, vosotros, que su asombro y su desprecio iría
hasta el disgusto? Y si reteniéndolo por la manga, le gritásemos al oído, que el judio-Dios vino al
mundo a morir atormentado para aplacar a su padre, el Dios de los judíos, quien estaba contrariado
41 Syllabus: Lista de las 80 principales herejías modernas formada por orden de Pío IX y publicada en 1864. (N. del
T.)
por el poco judaísmo de sus hijos, y que con motivo de la muerte de su hijo abolió el judaísmo que él
mismo juró sería eterno, ¿no estaría el chino en verdadero enojo?
Todo dogma verdadero, para ser accesible, debe ocultar bajo la fórmula enigmática un sentido
eminentemente razonable. Debe tener dos caras, como la cabeza divina del Zohar: una de luz y otra de
sombra.
Si el dogma cristiano explicado en su espíritu no fuese aceptable para un israelita piadoso y
esclarecido, había que decir que tal dogma es falso y su razón es simple, pues que en la época en el
que el cristianismo se originó en el mundo, el judaísmo era la verdadera religión, y que el propio
Dios rehusaba, y debe rehusar siempre, lo que esta religión no admitía. Es imposible que podamos
adorar a un hombre o a una cosa cualquiera. Debemos atenernos, ante todo, al Teísmo puro y al
espiritualismo de Moisés. Nuestra comunión de idiomas no es una confusión de la naturaleza;
adoramos a Dios en Jesucristo y no a Jesucristo en lugar de Dios. Creemos que Dios se revela en la
propia humanidad, que está en todos nosotros como el espíritu del Salvador, y esto, ciertamente,
nada tiene de absurdo. Creemos que el espíritu del Salvador es el espíritu de la caridad, el espíritu de
la piedad, el espíritu de inteligencia, el espíritu de ciencia y del buen consejo, y nada veo en todo esto
que se asemeje al fanatismo ciego. Nuestros dogmas de la Encarnación, de la Trinidad y de la
Redención son tan antiguos como el mundo, y hasta provienen de esa doctrina oculta que el
Mosaísmo reservaba a sus doctores y sus sacerdotes. El árbol de los Sephirotes es una exposición
admirable del misterio de la Trinidad. La caída del gran Adán, esta concepción gigantesca de la
decadencia de toda la humanidad, exigirá un reparador no menos grande, que deberá ser el Mesías,
pero que se manifestará con la bondad del parvulito que juega con los leones y llama a los pajarillos.
El cristianismo bien comprendido es el más perfecto judaísmo, menos la circuncisión y la sujeción
rabínica, pero sí la fe y la caridad en una admirable comunión.
Está bien averiguado, por las personas instruidas, que los sabios egipcios no adoraban ni a los
perros, ni a los gatos, ni a las legumbres. El dogma secreto de los iniciados era precisamente el de
Moisés y el de Orfeo. Un solo Dios universal, inmutable como la ley, fecundo como la vida,
revelado en toda la naturaleza, pensando en todas las inteligencias, amando en todos los corazones,
causa y principio del ser y los seres, sin confundirse con ellos, invisible, inconcebible, pero con
certeza de existente, puesto que nada podría existir sin El.
No pudiendo verlo, los hombres lo soñaron y la diversidad de dioses no es más que la diversidad de
sus sueños.
Si no sueñas como yo, serás eternamente reprobado, se dicen unos a otros los sacerdotes de los
diferentes cultos. No razonemos como ellos; esperemos la hora del despertar.
Sobre el título que Michelet ya lanzó a publicidad, podría hacerse un bellísimo libro. Sería una
concordancia de la Biblia, de los Puranas, de los Vedas, de los libros de Hermes, de los himnos de
Homero, de las máximas de Confucio, del Corán de Mahoma y hasta de los Edda de los
escandinavos
Esta compilación, cuyo resultado sería ciertamente católico, podría llamarse legítimamente Biblia
de la Humanidad. Desgraciadamente, esta anciano muy galante y atrayente, en vez de hacer el
trabajo solamente lo indicó y esbozó ligeramente su prefacio.
La religión, en su esencia, nunca varió, pero en cada edad como en cada nación, tiene sus
preconceptos y sus errores. Durante los primeros siglos del cristianismo temían que el mundo fuera a
acabarse y despreciaban todo lo que embellecía la vida. Las ciencias, las artes, el patriotismo, el
amor de la familia, todo caía en el olvido ante los sueños del cielo. Unos corrían al martirio, otros al
desierto, y el imperio caía en ruinas. Después vino la locura de las disputas teológicas y los
cristianos se degollaban mutuamente por palabras que no entendían. En la Edad Media, la
simplicidad de los Evangelios dio lugar a las argucias de la escuela y las supersticiones pulularon.
Al Renacimiento reapareció el materialismo, fue desconocido el gran principio de la unidad, y el
42 Puranas. Vedas. Eddas. Purana: cada uno de los 18 poemas sánscritos que contienen la teogonía y cosmogonía de la
India antigua. Vedas: del sánscrito véda, ciencia, conocimiento; libros sagrados primitivos de la misma India. Eddas,
colecciones de las tradiciones mitológicas y legendarias de los antiguos pueblos escandinavos. (N del T.)
protestantismo sembró en el mundo iglesias de fantasía. Los católicos fueron inmisericordes y los
protestantes, implacables.
Vino enseguida el sombrío Jansenismo con sus tétricos dogmas, el Dios que salva y condena por
capricho, el culto de la tristeza y de la muerte. La Revolución impuso luego la libertad por el terror, la
igualdad a golpes de hacha y la fraternidad en la sangre. Siguió una reacción cobarde y pérfida. Los
intereses amenazados tomaron la máscara de la religión y las arcas llenas hicieron alianza con la
cruz. Y es así como aún aquí estamos. Los ángeles custodios del Santuario son sustituidos por
zuavos, y el reino de Dios, que sufre violencia en el cielo, resiste la violencia en la tierra, mas no
con desprendimiento y oraciones, pero sí con dinero y bayonetas. Judíos y protestantes aumentan el
dinero de San Pedro. La religión ya no es más una cosa de fe, es una cuestión de partido.
Es muy cierto que el cristianismo aún no fue comprendido y que, al fin, reclama su lugar; por eso
todo cae y todo caerá, mientras no quede establecido en toda su verdad y en todo su poder, para fijar el
equilibrio del mundo.
Por consiguiente, las agitaciones que presenciamos nada tienen de extraño, son el resultado del
movimiento perpetuo que derriba todo lo que los hombres quieren oponer a las leyes de su eterna
balanza.
Las leyes que gobierna el mundo rigen también los destinos de todos los individuos humanos: el
hombre nació para el descanso, pero no para la ociosidad. El descanso para él es la conciencia de su
propio equilibrio, mas no puede renunciar al movimiento perpetuo, porque el movimiento es la vida.
Es preciso sufrirlo o dirigirlo: cuando lo sufrimos, nos destruye, cuando lo dirigimos, nos regenera.
Debe haber equilibrio y no antagonismo entre el espíritu y el cuerpo. La sed insaciable del ama es tan
funesta como los apetitos desordenados de la carne. La concupiscencia, lejos de calmarse, se irrita
por las privaciones insensatas. Los sufrimientos del cuerpo vuelven triste e impotente el alma, y ella
sólo es efectivamente reina cuando los órganos, sus súbditos, están perfectamente libres y
tranquilos.
Hay equilibrio y no antagonismo entre la gracia y la naturaleza, porque la gracia es la dirección
que el propio Dios da a la naturaleza. Es por la gracia del Altísimo que las primaveras florecen, los
veranos producen las espigas y los otoños las uvas. ¿Por qué, pues, despreciaríamos las flores que
embelesan nuestros sentidos, el pan que nos sustenta y el vino que nos fortifica? El Cristo nos
enseña a pedir a Dios el pan de cada día. Pidámosle también las rosas de cada primavera y las sobras
de cada verano. Pidámosle, para cada corazón, al menos una verdadera amistad y para cada
existencia un honesto y sincero amor.
Hay equilibrio y nunca debe haber antagonismo entre el hombre y la mujer. La ley de unión,
entre ellos, es la consagración mutua. La mujer debe cautivar al hombre por la atracción, y el
hombre, emancipar a la mujer por la inteligencia. Este es el equilibrio inteligente, fuera del cual se
cae en el egoísmo fatal.
Al aniquilamiento de la mujer por el hombre corresponde el envilecimiento del hombre por la
mujer. Haced de la mujer una cosa que se compra, ella se encarece y os arruina. Haced de ella una
criatura de carne y fuego, y ella os corrompe y os mancha.
Hay equilibrio y no podría haber antagonismo entre el orden y la libertad, entre la obediencia y la
dignidad humana.
Ninguno tiene derecho al poder despótico y arbitrario. No, ninguno, ni el mismo Dios. Nadie es
señor absoluto del otro. Ni el mismo pastor es señor de su perro. La ley del mundo inteligente es la
tutela; aquellos que deben obedecer sólo obedecen para su bien; se dirige su voluntad sin
subyugarla; se puede comprometer su voluntad, pero no alienarla.
Ser rey, es consagrarse a proteger los derechos del rey contra los del pueblo, y cuanto más
poderoso es el rey tanto más libre en realidad es el pueblo. Porque la libertad sin disciplina y sin
protección es la peor de las servidumbres; se vuelve entonces anarquía, que es la tiranía de todos en el
conflicto de las facciones. La verdadera libertad social es el absolutismo de la justicia.
La vida del hombre es alternada; vela y duerme alternativamente, sumergido por el sueño en la
vida colectiva y universal; sueña con su existencia personal, sin tener conciencia del tiempo y del
espacio. Entrando en la vida individual y responsable, en estado de vigilia, sueña con su conciencia
colectiva y eterna. El sueño es la claridad en la noche. La fe en los misterios religiosos es la sombra
que aparece en pleno día.
Probablemente que la eternidad del hombre también es alternada como su vida y debe
componerse de vigilias y de sueños. Sueña cuando cree vivir en el imperio de la muerte, vela cuando
continúa su inmortalidad y se recuerda de sus sueños.
Dios, dice el Génesis, envió el sueño a Adán y en cuanto éste dormía sacó de él a Chavat, a fin de
darle un auxiliar semejante y Adán exclamó: “Esta es carne de mi carne y hueso de mis huesos”.
No olvidemos que, en el capítulo precedente, el autor del libro sagrado declara, que “Adán había
sido creado macho y hembra”, lo que expresa claramente que Adán es el individuo aislado tomado
por la humanidad entera. ¿Qué es entonces esa Chavat o Eva, que sale de él durante su sueño para
servirle de auxiliar y que, más tarde, debe llevarlo a la muerte? ¿No será la misma cosa que la Maya de
los Indianos, el recipiente corpóreo, la forma terrestre que es la auxiliar y algo como la forma del
espíritu pero que se separa de él, que él se despierta, lo que llamamos la muerte?
Cuando el espíritu adormece, después de un día de vida universal, hace por sí mismo su Chavat;
lanza alrededor de sí su crisálida, y sus existencias, en el tiempo, son para él apenas sueños, que lo
alivian de los trabajos de su eternidad.
Sube así por la escala de los mundos durante su sueño solamente, gozando en su eternidad de
todo lo adquirido en conocimientos y fuerzas nuevas en sus ayuntamientos con la Maya, de quien
debe servirse, pero sin esclavizarse de ella jamás. Pues la Maya triunfante echaría en su alma un
velo que sólo el despertar rasgarías, y por acariciar pesadillas, expuesto a despertar en la locura, lo
cual es el verdadero misterio de la vida eterna.
¿Qué seres hay más dignos de lástima que los locos? La mayoría de ellos todavía no siente su
terrorífica desgracia. Swedenborg osó decir algo que, con ser peligroso, no nos parece menos
concerniente. Dice, que “los réprobos toman los horrores del infierno por bellezas, sus tinieblas por
luces y sus tormentos por placeres”. Como los condenados al suplicio de Oriente, embriagados con
narcóticos antes de ser entregados al verdugo.
“Dios no puede impedir la pena que alcance a los violadores de su ley mas, como la muerte
eterna ya es mucho, no quiere aumentarles su dolor. No pudiendo desviar el chicote de las furias,
vuelve insensibles a los infelices que ellas han de castigar.”
No podemos admitir estas ideas de Swedenborg, porque sólo creemos en la vida eterna. Estos
alucinados e idiotas condenados, deleitándose en las sombras infectas, recogiendo hongos venenosos
que toman por flores, nos parecen inútilmente castigados, puesto que no tienen conciencia de su
castigo.
Este infierno, que sería un hospital de corrompidos, es menos bello que el de Dante, abismo
circular que vuelve más estrecho a medida que desciende y que termina atrás de tres cabezas de la
serpiente simbólica, por un camino estrecho, de donde basta retroceder para subir a la luz.
La vida eterna es el movimiento perpetuo y, para nosotros, la eternidad no puede ser más que la
infinidad del tiempo.
Suponiendo que toda la felicidad del cielo consista en decir Aleluya, con una palma en la mano y
una corona en la cabeza, que después de cinco millones de Aleluyas se tenga que recomenzar
43 Chavat, nombre ternario de Eva, que agregado al de Adam forma el nombre de Jehova. Adam es el tetragrama
humano que se resume en el Jod misterioso, imagen del falo cabalístico. Unidos forman el tetragrama divino, la palabra
misteriosa que el Gran Sacerdote pronunciaba: Jodchéva, y que se pronuncia separadamente: Iod, Hé, Vau, Hé. Nombre
santo, principio de la vida y del amor. Es la palabra que los Israelitas nunca pronunciaban y que se halla inscrita en el
vértice de todas las iniciaciones, la que irradia en el centro del triángulo flamígero del grado 33 del Rito Masónico
Escocés y que, en otra forma, se ostenta en la cima de los portales de nuestras catedrales, y significa El ser que fue, que es y
que será. No debiendo ser pronunciado por los profanos se lo sustituía por la palabra Tetragrammaton (“cuatro letras”),
o por Adonay (señor). El Jod, principio creador es el falo ideal, o Jakin, la unidad, representa el principio masculino, la
fuerza, el hombre, el sol, todo lo activo y positivo. Chavat o Eve, el principio creado, el cteis formal, o Bohas, el binario,
que significa el principio femenino, la hermosura, la mujer, la luna, todo lo pasivo y negativo, lo que aún no vive una vida
personal, pero que irradia una fuerza recibida para transmitirla a su alrededor. (N. del T.)
siempre lo mismo (¡asombrosa felicidad!) y, al fin, a cada Aleluya poderle dar un número; habrá uno
en la frente, otro después; habrá sucesión, habrá duración, en fin, será el tiempo, porque esto
comenzará.
La eternidad no tiene comienzo ni fin.
Una cosa es cierta, y es que nada sabemos de los misterios de la otra vida; más, también es
verdad que ninguno de nosotros se recuerda haber comenzado, y que la idea de no existir más nos
perturba el sentimiento y la razón.
Dice Jesucristo, que los justos irán al cielo, y llama cielo, la casa de su padre; afirma que en esta
casa hay innumerables moradas; estas moradas serán evidentemente las estrellas. La idea, o si
queréis la hipótesis de las existencias renovadas en los astros; no se aparta de la doctrina de Cristo. La
vida de los sueños es esencialmente distinta de la vida real; tiene sus paisajes, sus amigos, sus
recuerdos; en ella poseemos facultades que, ciertamente, pertenecen a otras formas y otros mundos.
En ella volvemos a ver seres amados que jamás conocimos en la tierra; encontramos a los vivos
que murieron, nos sostenemos en el aire, andamos sobre el agua, como puede darse en los medios en
que el peso de los cuerpos es menor; se hablan lenguas desconocidas y se encuentran seres
gallardamente organizados; todo está ahí lleno de reminiscencias que no se refieren a este mundo,
¿no serán ellas vagas memorias de nuestras precedentes existencias?
¿Será sólo el cerebro que produce los sueños?, y si él los produce, ¿quién los inventa? Muchas
veces nos asustan y fatigan. ¿Cuál es el Callot o el Goya que trama las pesadillas?
Cuando nos pareció cometer crímenes en el sueño, nos sentimos felices si al despertar nada
tenemos que reprocharnos. Mas, ¿sería lo mismo para nuestras existencias veladas, para nuestros
sueños ocultos bajo esta cubierta de carne? Nerón, despertando sobresaltado, podría exclamar:
¡Loado sea Dios! no hice asesinar a mi madre.
La habría encontrado viva y sonriente junto a sí, pronto a contarle sus crímenes imaginarios y sus
malos sueños.
La vida presente parece, en veces, un sueño monstruoso y no más razonable que las visiones del
sueño: de continuo vemos en ella lo que no debía existir, y que lo que debía existir, no existe.
Creemos; en ocasiones, que la naturaleza hace extravagancias y que la razón se debate bajo un
Efialtes terrible. Las cosas que pasan en esta vida de ilusiones y de vanas esperanzas son,
ciertamente, tan insensatas en comparación de la vida eterna, como lo pueden ser las visiones del
sueño comparadas a las realidades de esta vida.
Al despertar, no nos reprobamos los pecados cometidos en el sueño, y si fueran crímenes, la
sociedad no pediría cuentas, al menos que hayan sido realizados efectivamente en estado de
sonambulismo, como por ejemplo, un sonámbulo, que soñando matar a su mujer, le propina un
golpe mortal. Es así como nuestros errores en la tierra pueden ser un hecho en el cielo, en
consecuencia de una especial exaltación que haría vivir al hombre en la eternidad antes de dejar la
tierra. Hay actos de la vida presente que pueden perturbar las regiones de la serenidad eterna.
Existen pecados que, como se dice vulgarmente, hacen llorar a los ángeles. Son las injusticias de los
santos, las calumnias que hacen subir al Ser Supremo, cuando presentan a éste como al déspota
caprichoso de los espíritus, como el atormentador infinito de las almas. Cuando Santo Domingo y S.
Pío V enviaban cristianos disidentes al suplicio, estos cristianos, hechos mártires y entrando por el
derecho de sangre derramada en la gran catolicidad del cielo, eran acogidos, sin duda, en el número de
los espíritus bienaventurados con gritos de terror y de piedad; y los feroces sonámbulos de la
Inquisición no serían disculpados, aunque alegaran ante el Juez Supremo las divagaciones de sus
sueños.
Falsear la conciencia humana, apagar el espíritu y calumniar la razón, perseguir a los sabios,
oponerse a los progresos de la ciencia, estos son los verdaderos pecados mortales, pecados contra el
Espíritu Santo, pecados que no pueden ser perdonados ni en este mundo ni en el otro.
44 Efialtes: Griego famoso por su traición. En tanto que Leónides defendía el paso de las Termópilas. Efialtes enseñó a los
persas un desfiladero que les permitió atacar por la espalda a los griegos. Traidor que huyó después a Tesalia, pero que
habiendo vuelto a su país recibió la muerte en manos de Atenades por una causa extraña a su traición. (N. del T.)
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