Recuperar las funciones cerebrales

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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"Podemos reprogramar nuestro cerebro para cambiar el comportamiento"

Hace algo más de veinte años, Joe Dispenza (de los maestros de “El Secreto”), fue arrollado por un  todoterreno cuando participaba en un triatlón. El diagnóstico de los
cuatro cirujanos que consultó coincidía, tenía que operarse  inmediatamente, debían implantarle barras de Harrington (de 20 a 30 centímetros desde la base del cuello hasta la base de la columna), ya que la tomografía demostraba que la médula estaba lesionada y que podría quedarse paralizado en cualquier momento.

Dispenza, que era  quiropráctico, sabía muy bien lo que eso significaba: una discapacidad
permanente y, muy probablemente, con un dolor constante. Su decisión fue arriesgada: intentaría ayudar a su cuerpo a que se recuperara de manera natural, conocía bien todo lo concerniente a huesos y músculos e ideó un plan de acción que incluía autohipnosis, meditación, una dieta que ayudara a sus huesos a regenerarse y ciertos ejercicios en el agua. Se recuperó totalmente en un tiempo récord y decidió ahondar en el tema.

Durante ocho años, estudió las remisiones espontáneas de enfermedades y le sorprendieron tanto los resultados que decidió volver a la universidad para intentar explicar científicamente lo que había descubierto: el poder de nuestro cerebro como director ejecutivo del cuerpo.

Joe Dispenza estudió Bioquímica en la Universidad Rutgers de New Brunswickle, en Nueva Jersey; obtuvo el doctorado en Quiropráctica en la Life University de Atlanta, donde se licenció magna cum laude y recibió el premio Clinical Proficiency Citation por la extraordinaria calidad de su relación con los pacientes. Miembro de la International Chiropractic Honor Society, ha cursado estudios de posgrado en neurología, neurofisiologí a, función cerebral, biología celular, genética, memorización, química cerebral, envejecimiento y longevidad. Desde 1997 ha dado conferencias ante más de diez mil personas en 17 países de los cinco continentes. A finales de mayo hablará en Madrid y Barcelona coincidiendo con la edición española de su libro Desarrolla tu cerebro.
"Podemos cambiar la mentalidad al crear nuevos cableados en el cerebro y
fortalecerlos con nuestro pensamiento"

¿Cómo empezó a interesarse por el cerebro?

He entrevistado a cientos de personas que han sido diagnosticadas con enfermedades -tumores malignos y benignos, enfermedades cardiacas, diabetes, alteraciones respiratorias, hipertensión arterial, colesterol alto, dolores músculo esqueléticos, raras alteraciones genéticas para las que la ciencia médica no tiene solución...-, pero cuyo cuerpo se ha regenerado por sí solo sin la ayuda de una intervención médica convencional, como la cirugía o los fármacos.

¿Milagro?

Observé que una de las causas principales de esas remisiones espontáneas era que habían cambiado su forma de pensar, así que volví a la universidad e hice la carrera de neurociencias para poder explicar qué es lo que ocurría. Cuando afirmo que nuestros pensamientos se convierten literalmente en materia, me baso en la más pura vanguardia científica. Básicamente, esos individuos cambiaron la arquitectura neurológica de su
cerebro.

Estimulante curiosidad la suya.

Todas esas personas que tenían una remisión espontánea compartían cuatro cualidades específicas. Lo primero es que todas aceptaron, creyeron y entendieron que había una inteligencia superior dentro de ellos, da igual si la calificaban de divina, espiritual o subconsciente. Lo segundo es que todas aceptaron que fueron sus propios pensamientos y sus propias reacciones las que crearon su enfermedad, y puedo hablar y citar estudios
sobre cualquiera de estos temas durante media hora. Hay un floreciente campo científico llamado psico-neuroinmunolo gía que demuestra la conexión existente entre la mente y el cuerpo.

Le creo, pero avancemos en sus conclusiones.

La tercera característica común es que cada persona decidió reinventarse a sí misma para llegar a ser otro, y los estudios actuales en neurociencias muestran que esto es totalmente posible. Por último, tenían en común que durante el periodo en que intentaban meditar o imaginar en qué querían convertirse, hubo tiempos largos en que perdieron la noción
del tiempo y el espacio.

¿Y eso qué significa?

El lóbulo frontal representa un 40% ciento de la totalidad del cerebro, y cuando estamos de verdad concentrados o focalizados, el lóbulo frontal actúa como un control de volumen. Como tiene conexiones con todas las demás partes del cerebro, puedo rebajar el volumen del tiempo y del espacio. En otras palabras, los circuitos que tienen que ver con mover tu
cuerpo, sentirlo, percibir lo que hay fuera y percibir el tiempo pasan a un segundo plano, y el pensamiento se convierte en la experiencia en sí, es más real que cualquier otra cosa. De este modo el lóbulo frontal elimina todo lo que no es prioritario para focalizarse en un único pensamiento, y es en ese momento en que el cerebro rehace su cableado.

¿En qué se traduce?

Aquello en lo que pensamos y en lo que concentramos nuestra atención con
más frecuencia es lo que nos define a escala neurológica.

Un reciente estudio demuestra que las grandes ideas surgen cuando uno
está relajado, pensando en otras cosas.

Entre la intención y el rendirse. Antes se creía que la parte derecha del cerebro es la parte emocional o sentimental, el lado creativo, y la izquierda, la racional o lógica. Pero de hecho, el lado derecho del cerebro es el responsable de procesar la novedad cognitiva, las nuevas ideas que, cuando ya están memorizadas, cuando se convierten en familiares, pasan al lado izquierdo del cerebro. Es lo que conocemos como rutina cognitiva.

¿Cambiar las marchas del coche?

Todas esas cosas que hacemos sin pensar, sí. Esa es la razón de que cuando un neófito escucha música la oiga con el lado derecho del cerebro, pero un músico profesional lo haga con el izquierdo. Esto significa que tenemos la oportunidad de aprender cosas nuevas y recordarlas, es la manera que tiene la evolución de hacer conocido lo desconocido. Podemos cambiar nuestra mentalidad. Al crear nuevos cableados y fortalecerlos con nuestro pensamiento, dándoles prioridad, los que no utilizamos tienden a
desaparecer.

Usted habla de inteligencia espiritual, ¿qué es eso, cómo lo explica desde un punto de vista científico?


No hay nada místico en ello. Se trata de la misma inteligencia que organiza y regula todas las funciones corporales. Esta fuerza hace que nuestro corazón lata ininterrumpidamente unas cien mil veces cada día sin que nosotros pensemos siquiera en ello, y se encarga de las sesenta y siete funciones del hígado, aunque la mayoría de la gente ni siquiera sabe que ese órgano realiza tantas tareas. Esta inteligencia sabe cómo mantener el orden entre las células, los tejidos, los órganos y los sistemas corporales, porque ha sido ella quien ha creado el cuerpo a partir de dos células individuales.

¿El poder que da origen al cuerpo es el poder que lo mantiene y lo sana?

El cerebro no puede cambiar el cerebro porque es sólo un órgano, y la mente no puede cambiar el cerebro porque es un producto del cerebro. Así que tiene que existir algo que está operando en el cerebro para que cambie la mentalidad.

¿Cómo define ese algo?

Ja, ja, ja, esa es una pregunta muy filosófica, dos botellas de vino y quizá cuatro horas, porque se trata de la búsqueda del ser. Pero por el momento es curiosamente la ciencia la que nos permite explicar que efectivamente tenemos control sobre nuestra mente y nuestro cerebro, es decir, que no somos un efecto de nuestros procesos biológicos sino una causa. Básicamente, más allá de mis estudios sobre las remisiones espontáneas de enfermedades, lo que intento transmitirle es que nuestros pensamientos provocan reacciones químicas que nos llevan a la adicción de comportamientos y sensaciones y que cuando aprendemos cómo se crean esos malos hábitos, no sólo podemos romperlos, sino también reprogramar y desarrollar nuestro cerebro para que aparezcan en nuestra vida
comportamientos nuevos.

¿Y la predestinació n genética?

La investigación científica de vanguardia está mostrando que la genética tiene la misma plasticidad que el cerebro. Los genes son como interruptores, y es el estado químico en que vivimos el que hace que algunos estén encendidos y otros apagados. Se ha realizado un estudio muy interesante en Japón con enfermos dependientes de la insulina tipo dos
que mostraba cómo los enfermos sometidos a programas de comedia normalizaban su nivel de azúcar en sangre sin necesidad de insulina. Veinticuatro genes activados sólo por el hecho de reírse. Los genes son igual de plásticos que nuestro tejido neuronal.

¿Cada vez que pensamos fabricamos sustancias químicas?

Así es, y estas sustancias a su vez son señales que nos permiten sentir exactamente cómo estábamos pensando. Así que si tienes un pensamiento de infelicidad, al cabo de unos segundos te sientes infeliz. El problema es que en el momento en que empezamos a sentir de la manera en que pensamos, empezamos a pensar de la manera en que nos sentimos, y eso produce aún más química.

Un círculo vicioso.

Sí, y así se crea lo que llamamos el estado de ser. La repetición de estas señales hace que algunos genes estén activados y otros apagados. Memorizamos este estado como nuestra personalidad, así que la persona dice: "Soy una persona infeliz, negativa, o llena de culpa", pero en realidad lo único que ha hecho es memorizar su continuidad química y
definirse como tal. Nuestro organismo se acostumbra al nivel de sustancias químicas que circulan por nuestro torrente sanguíneo, rodean nuestras células o inundan nuestro cerebro. Cualquier perturbación en la composición química constante, regular y confortable de nuestro cuerpo dará como resultado un malestar.

Estamos enganchados a nuestra química interna.

Sí, haremos prácticamente todo lo que esté en nuestra mano, tanto consciente como inconscientemente y a partir de lo que sentimos, para restaurar nuestro equilibrio químico acostumbrado. Es cuando el cuerpo ya manda sobre la mente.

¿Propone cambiar la química cerebral con nuestro pensamiento?

Es una parte de mi trabajo, no se trata sólo de cambiar la química cerebral, también los circuitos cerebrales, el cableado. Si podemos forzar al cerebro a pensar con otros patrones o secuencias, estamos creando una nueva mente. El principio de la neurociencia es que si las células neuronales se activan conjuntamente, se entrelazan creando una conexión más permanente. Una persona ante una situación, por nueva que sea, recurre a esa conexión, es decir, repite el mismo pensamiento una y otra vez y da las mismas respuestas, su cerebro no cambia, vive con la misma mente cada día.

¿Cómo interrumpir el ciclo?

A través del proceso de conocimiento y de la experiencia podemos cambiar el cerebro. Es buena idea examinar constantemente qué podemos cambiar dentro de nosotros. Si cada mañana nos planteáramos cuál es la mejor idea que podemos tener de nosotros mismos, tendríamos otro tipo de mundo.

¿Qué preguntas debemos hacernos para sentir de otra manera?

La mayoría de las personas cree que las emociones son reales.. Las emociones y los sentimientos son el producto final, el resultado de nuestras experiencias. Si no hay experiencias nuevas o vividas de otra manera, vivimos siempre en la actualización de sentimientos pasados. Se trata del mismo proceso químico vez tras vez. Una pregunta que ayudaría a cambiarnos es: ¿qué sentimiento tengo cada día que me sirve de excusa
para no cambiar? Si las personas empiezan a decirse: yo puedo eliminar la culpa, la vergüenza, las sensaciones de no merecer, de no valer....; si podemos eliminar esos estados emocionales destructivos, empezamos a liberarnos, porque son estos estados emocionales los que nos impulsan a comportarnos como animales con grandes almacenes de recuerdos. ¿Cuál es el mayor ideal de mí mismo? ¿Qué puedo cambiar de mí mismo para ser mejor persona? ¿A quién en la historia admiro y qué quiero emular?

Pero saber quién quieres ser no es suficiente para cambiar tu cableado.

No. El conocimiento es lo que precede a la experiencia. Aprender una información es personalizarla y aplicarla. Debemos modificar nuestro comportamiento para poder tener una nueva experiencia que a su vez crea nuevas emociones. El conocimiento es para la mente; la experiencia, para el cuerpo. Tenemos que enseñar al cuerpo lo que la mente ha entendido intelectualmente. Si seguimos repitiendo esa experiencia, se archiva en un sistema nuevo en el cerebro, y eso permite pasar del pensar al hacer, al ser.

El siguiente paso es cambiar hábitos de comportamiento, tiene que haber acción.

El hábito más grande que tenemos que romper es el de ser nosotros mismos, porque la neurociencia y la psicología dicen que la personalidad ya esta formada antes de los 35 años, eso significa que tenemos los circuitos hechos para poder enfrentarnos a cualquier situación y, por lo tanto, vamos a pensar, a sentir y actuar de la misma manera el resto de nuestros días. Pero los últimos estudios muestran que es posible cambiar la personalidad en todas las etapas de la vida, para eso hay que convertir el hábito inconsciente en algo consciente, llegar a tener conciencia de esos pensamientos y sentimientos inconscientes.

¿Eso son 20 años de psicoanálisis?

Aunque llegues a entender intelectualmente que tu padre era muy dominante, eso no cambia tu condición. El primer paso siempre es aprender. Mientras vamos aprendiendo nueva información y empezamos a pensarla, la contrastamos con nuestras creencias y la analizamos, estamos cambiando nuestro cableado, construyendo una nueva mente. Una vez esa nueva mente está establecida, tenemos que empezar a pensar cómo mostrarla, y ahí entra el cuerpo. Cualquier proceso de cambio requiere el desaprender y el reaprender.

Un entrenamiento adecuado permite recuperar funciones años después de
un ictus
El cerebro es más maleable de lo que se pensaba. Incluso décadas
después de un ictus, las células nerviosas son capaces de readaptarse
y crear nuevas estructuras: las parálisis desaparecen y se recupera el
habla.
Lani Bernier estaba bajo la ducha cuando todo su lado izquierdo se
tornó extrañamente lánguido. La mujer, que estaba embarazada, perdió
el equilibrio. El diagnóstico fue inequívoco: ictus. A causa de una
inflamación cardiaca, en el cuerpo de esta mujer de 33 años se había
formado un coágulo que se alojó en el cerebro.
Miles de millones de células nerviosas responsables del movimiento del
lado izquierdo del cuerpo dejaron de recibir oxígeno: la pierna
respectiva ya no respondía, el brazo izquierdo sólo se balanceaba.
Lani Bernier dio a luz a un niño sano, pero siguió imposibilitada por
las consecuencias de este ataque. Tras cuatro meses de fisioterapia,
en 1987 se dio por terminado su tratamiento porque "se habían agotado
todas las posibilidades terapéuticas".
A partir de ese momento esta química de profesión y madre de tres
niños, se acostumbró a realizar todas las tareas domésticas y del
laboratorio con la mano derecha; en la izquierda tenía siempre el puño
cerrado.
Pero ahora, 20 años después, todo ha cambiado: Bernier ha enfundado la
mano derecha sana en una manopla, y la mano izquierda afectada tiene
que asumir todo el trabajo. Con dedos rígidos coge bolas de plástico
de colores. En 45 segundos ha apilado 18. "Fantástico, nunca has
estado tan rápida", la felicita una terapeuta.
Estos ejercicios se prolongan durante tres horas en la sección de
Neurorrehabilitación de la Universidad de Alabama de Birmingham (EE
UU). Primero Bernier coloca pelotas de golf en una caja, luego coge
barajas. Por la noche está exhausta. Pero la incómoda manopla se queda
en la mano buena hasta la hora de dormir, de modo que la mano mala
siga obligada a moverse.
Esta suave tortura muestra su eficacia al cabo de pocos días. "Ahora
puedo hacer con la mano enferma muchas cosas que antes no podía",
asegura Bernier, que informa sobre sus triunfos: coger prendas de los
cajones, contestar el teléfono o accionar el interruptor de la luz,
todo con la izquierda.
El éxito reside en una terapia hasta ahora poco conocida, desarrollada
por el psicólogo Edward Taub, de la Universidad de Alabama: "Mi
objetivo es modificar el cerebro de los pacientes".
El forzarse a utilizar la mano paralizada surte efecto en pocos días
en el cerebro. Allí donde un ictus ha atrofiado un área cerebral, las
regiones adyacentes se entrenan para asumir la función motora. El
cerebro se cura a sí mismo, la parálisis retrocede o incluso
desaparece.
El entrenamiento de Taub ha demostrado su eficacia en dos estudios con
más de 300 pacientes. Un año después de la terapia, casi todos los
participantes en el estudio presentaban "mejoras clínicamente
relevantes".
Es especialmente esperanzador que para el éxito del tratamiento no
importen la edad de los pacientes ni el tiempo transcurrido desde la
pérdida de la motricidad. El hecho de que Bernier progrese tan bien
después de 20 años de su ataque no sorprende a sus terapeutas. Han
podido incluso ayudar a un paciente que había sufrido de niño un
infarto cerebral y había vivido durante más de 50 años con una parte
del cuerpo paralizada.
Las mejorías llevan emparejados grandes cambios en el cerebro, como
demuestran las investigaciones. La actividad eléctrica se duplica en
las áreas respectivas, y además se irrigan con más intensidad,
consumen más oxígeno y se expanden.
Los investigadores han descubierto recientemente un efecto adicional:
el entrenamiento de Taub modifica también la estructura del tejido en
las regiones de la corteza cerebral responsables del movimiento. Ésta
es la primera prueba de que una terapia hace surgir estructuras nuevas
en el cerebro.
El psicólogo Wolfgang Miltner, de la Universidad de Jena, descubrió
este fenómeno examinando con resonancia magnética los cerebros de 13
pacientes (hombres y mujeres) que habían sufrido un ictus. Entonces
advirtieron "una condensación del tejido nervioso".
El propio Taub llega al mismo resultado en exploraciones con
resonancia magnética. "El entrenamiento produce un aumento
considerable de sustancia gris", explica. "Y tenemos indicios que
apuntan a que ese aumento se debe al nacimiento de nuevas células
nerviosas".
Estos resultados, que próximamente se publicarán en revistas
especializadas, son prueba de la asombrosa versatilidad del cerebro
hasta una edad madura. Los cerebros de personas adultas se pueden
moldear mucho más de lo que se creía posible hasta ahora. El neurólogo
canadiense Norman Doidge escribe sobre este tema en un libro publicado
recientemente: "La naturaleza nos ha dotado de una estructura cerebral
que sobrevive en un entorno cambiante porque ella misma se modifica".
Cuanto más saben los investigadores sobre esta plasticidad neuronal,
mayor es la confianza en poder curar cerebros enfermos con nuevos
métodos. La capacidad curativa latente en la materia gris debe
despertarse para actuar contra una gran variedad de afecciones.
Entretanto, Edward Taub también está tratando en Birmingham a personas
que padecen parálisis en las manos a causa de la esclerosis múltiple,
así como a ex combatientes de guerra que han vuelto de Irak con graves
traumatismos cerebrales.
Lo más importante en cualquier terapia es practicar, practicar y
practicar. Ésta es también la experiencia de Edward Taub. Desde que
hizo firmar a sus pacientes un "contrato de comportamiento" por el
cual prometen llevar la molesta manopla en la mano sana, ha comprobado
todavía más éxitos.
Maleable como la plastilina
La nueva idea de que el cerebro es tan maleable como la plastilina se
diferencia radicalmente de la visión que siguen defendiendo muchos
terapeutas. Según ellos, se trata de una estructura rígida sobre la
que se puede influir principalmente con medicamentos, pero muy poco
con entrenamiento. Este neurodeterminismo anticuado ocasiona, por
ejemplo, que personas que han sufrido un ictus no agoten el potencial
de autocuración del cerebro. De este modo, como critica el psicólogo
Wolfgang Miltner, muchos terapeutas comunican a sus pacientes que hay
un "techo" que se alcanza algunos meses después del ictus y más allá
del cual es imposible lograr una mejoría desde el punto de vista
biológico.
Como consecuencia de ello, médicos y fisioterapeutas dan por
finalizados los tratamientos demasiado pronto y consideran inútil
buscar tentativas de curación alternativas. "No se trata a los
pacientes con la intensidad y el tiempo suficientes", sostiene
Miltner. Además, según los escépticos, muchos métodos persiguen un
objetivo equivocado, como sucede, por ejemplo, con los tratamientos a
personas con traumatismos cerebrales graves. Por tradición, la
medicina de rehabilitación se basa en técnicas que pretenden compensar
la carencia "en lugar de modificar el déficit en sí", asegura el
neurólogo Michael Selzer, de la Escuela de Medicina de la Universidad
de Pensilvania, en Filadelfia (Estados Unidos).
La plasticidad también explica por qué el cerebro aprende tan rápido a
dejar de usar un brazo enfermo. Las células nerviosas en el cerebro
responsables del manejo del brazo buscan enseguida otra tarea. Pero
esta plasticidad hace posible que el aprendizaje pueda realizarse a la
inversa.

 

 

 

A partir de los cinco años, a algunos niños les cuesta aprender,
memorizar o relacionarse con los demás, es decir, tienen dificultades
cognitivas aunque no se deba a ninguna patologíaAfecta a un 10% de la
población, y en el 80% de los casos su origen se encuentra en pequeños
daños neurológicos que se producen durante el periodo prenatal, cuando
el bebé todavía está en el vientre de la madre.
Un grupo de investigadores del Hospital Clínic de Barcelona está
desarrollando técnicas de imagen para visualizar el cerebro del feto
tan innovadoras que la fundación británica Cerebra les acaba de
conceder un fondo de 1,2 millones de euros para investigar durante
seis años cómo detectar precozmente posibles daños neurológicos.
El origen del problema se encuentra en muchos casos en anomalías
relacionadas con la placenta (insuficiencia placentaria), que hacen
que el feto reciba menos nutrientes y oxígeno. "Si el cerebro detecta
la restricción redistribuye su sangre, envía más a las áreas del
cerebro relacionadas con los automatismos fisiológicos, como la
respiración, y menos a otras áreas superiores relacionadas con tareas
cognitivas y emociones", explica Eduard Gratacós, al frente del
departamento de medicina fetal y perinatal del Clínic. La situación
influye en la configuración del cerebro del bebé.
"No hay una verdadera lesión, pero sí una reprogramación que influye
en las áreas relacionadas con las funciones cognitivas. Si se detecta
entre los 6 meses de gestación y los 2 años, el cerebro del bebé es
extraordinariamente plástico, se puede estimular y corregir". Ahora,
"se detecta a partir de los 5 años, cuando el niño ya va al colegio",
concluye Gratacós.

 

 

Los humanos son muy especiales porque cuando son todavía bebés, en su
primer año de vida, "hacen cosas poco rebuscadas, muchas tonterías,
gesticulan sin sentido y utilizan sílabas como la-la-la que no tienen
sentido", dice Friedemann Pulvermüller, neurobiólogo de la Universidad
de CambridgeAntes se consideraba que era un prelenguaje, pero con la
neurociencia creemos que es un paso importante para vincular la acción
con la percepción. Produzco un sonido, lo escucho, y luego las partes
del cerebro que procesan los sonidos se activan junto con las partes
que controlan los movimientos".
¿Cuándo se originó el lenguaje? ¿Por qué los humanos tenemos esta
capacidad, quizá una de las más importantes? Hablamos desde hace miles
de años, pero no existen todavía respuestas rotundas. Un grupo de
expertos debatió recientemente en Cosmocaixa sobre los orígenes del
lenguaje y los últimos hallazgos científicos.
Muchos investigadores hablan del papel de las neuronas espejo, que
vinculan percepciones con acciones. Los monos apenas tienen neuronas
espejo y hasta los niños pequeños son mejores para imitar y repetir
palabras. ¿Cuál es el mecanismo? "Debe de ser una unión entre lo
percibido y las representaciones: el sonido de la palabra y los
movimientos de la boca, la articulación, deben de estar unidos. Y esto
debe suceder miles de veces", añade. Cuando se entiende una palabra,
primero se activa la parte del cerebro que escucha y luego la parte
motora de forma automática, "aun cuando no sea necesario producir el
sonido, porque la representación se esparce por el cerebro".
Las redes neuronales vinculan las redes de información de percepción y
las motrices. Con técnicas como la magnetoencefalografía "hemos visto
que bastan 20 milisegundos para que esta activación se produzca".
También defiende, a través de pruebas neurofisiológicas, la existencia
de reglas sintácticas presentes en el cerebro.
Pulvermüller colabora con Marcelo Berthier, de la Universidad de
Málaga, en el desarrollo de terapias lingüísticas intensivas para
pacientes que han sufrido un accidente neurovascular. "Tratamos de
colocar las palabras en el tipo de acciones en el que normalmente se
utilizan: por ejemplo, pedir al paciente que le pase la botella de
agua para luego verterla en un vaso". La combinación de la terapia
lingüística con ciertos fármacos parece tener buenos resultados, según
un trabajo de próxima publicación.
"Lo que hace interesantes a los humanos no es el hecho de las palabras
en sí mismas, sino poder aprender y crear nuevas palabras", explica
Gary Marcus, profesor del departamento de Psicología de la Universidad
de Nueva York. Claro que, para Marcus, el lenguaje es imperfecto, con
fallos de diseño como "las frases ambiguas" o el empleo de la memoria.
Según menciona en un libro de próxima publicación, el lenguaje es un
parche similar a la columna vertebral, "un mal diseño de la evolución
para soportar el peso del cuerpo", asegura.
Marcus investiga actualmente en las raíces del lenguaje en los niños y
cómo se consigue adquirir la gramática. "Enseñamos a niños y bebés una
gramática muy simple con frases como ga-ta-ta o na-na-ta y hemos visto
que bebés de siete meses son capaces de distinguir diferencias cuando
cambiamos el orden; se muestran interesados y creemos que intentan
entender la gramática de aquello que escuchan". Marcus también trata
de responder hasta qué punto el lenguaje se aprovecha o se crea a
partir de la memoria, utilizada para otros motivos, o la separación
del lenguaje del resto de la mente.
La arqueología y paleogenética también están poniendo su granito de
arena, aunque "el idioma no se fosiliza en los yacimientos", comenta
el arqueólogo Francesco d'Errico, del Centro Nacional de Investigación
Científica (CNRS) de Francia. D'Errico forma parte de los que
defienden el desarrollo gradual del lenguaje. "Los hombres arcaicos de
Europa y de Eurasia podían tener un idioma, aunque no sabemos si era
parecido al del hombre moderno en África". Durante el último año se
han realizado varios descubrimientos arqueológicos en el continente
africano y en Europa que demuestran que había un comportamiento
simbólico en África hace más de 40.000 años.
D'Errico ha participado en el estudio de las trazas microscópicas de
los desgastes de un tipo de conchas que se utilizaban como adornos
corporales en un yacimiento en Marruecos, entre otros. En cambio, en
Europa, durante el Paleolítico Superior se llegaron a utilizar 190
especies distintas de conchas, algo que está relacionado con la
regionalización de los objetos de adorno "y que probablemente
signifique que ya había una diferenciación etnolingüística, una
regionalización de los idiomas en Europa".
La eterna pregunta: ¿hablaban los neandertales? "Tuvieron
comportamientos que nos lo hacen pensar, aunque fuera de manera
distinta al hombre moderno". Crearon sepulturas, emplearon pigmentos
oscuros para la piel y útiles óseos. También parecen corroborarlo los
últimos descubrimientos antropológicos realizados por otros
investigadores, como huesos que sugieren un aparato fonatorio, o la
presencia en los restos de la cueva El Sidrón, en Asturias, del gen
FoxP2, crucial en el desarrollo del lenguaje. "Si hablaron, esto
favorecería la hipótesis multigenética de los idiomas; los idiomas han
podido desarrollarse en varios momentos y también desaparecer",
concluye D'Errico.

 

 

Un viaje simulado en el metro ha mostrado que el 40% de las personas
tiene pensamientos paranoides
Ésa es la conclusión de un experimento realizado por investigadores
del Instituto de Psiquiatría del King's College de Londres .
Recién publicado en el British Journal of Psychiatry, el trabajo
recurrió a la realidad virtual y avatares (personajes creados) para
medir la paranoia o los miedos exagerados sobre supuestas amenazas de
los otros.
A los 200 participantes, se les colocó unos cascos de realidad
virtual. La escena en la que entraban era la de un vagón de metro en
el que aparecían otras personas. En realidad, las otras personas eran
ficticias, meros avatares. El viaje duró cuatro minutos entre estación
y estación.
Acabado el trayecto, se preguntó a los voluntarios sobre sus
pensamientos respecto a las personas que les acompañaban. El 40%
experimentó pensamientos paranoicos.
Los comentarios reflejaron varios de los miedos públicos más
recurrentes. "Hay un chico que me observa, no me gusta su cara", dijo
uno. Otro creyó ver en uno de los avatares a una carterista. Y una
mujer relató: "El hombre de al lado podría tener intenciones
sexuales".También hubo quien pensó que uno de los falsos personajes
portaba una bomba.
Para los responsables del estudio, la realidad virtual recrea las
interacciones sociales incluso "mejor que un laboratorio".

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