EL CONOCIMIENTO SILENCIOSO
Carlos Castaneda
Desde que por vez primera se publicó mi trabajo, me han preguntado si mis libros son ficción. Y yo he manifestado continuamente que lo que he hecho en mis libros es describir fielmente las diferentes facetas de un método de instrucción utilizado por don Juan Matus -un indio mexicano brujo- para enseñarme a comprender el mundo en términos de un grupo de premisas que él llamaba brujería.
El aprender a manejar de manera inteligente el mundo de la vida cotidiana, nos toma años de adiestramiento. Nuestra preparación, ya sea en el razonamiento mundano o en temas especializados, es muy rigurosa, porque el conocimiento que se nos trata de impartir es muy complejo. Idéntico criterio puede aplicarse al mundo de los brujos; sus métodos de enseñanza, los cuales dependen de la instrucción oral y de la manipulación de la conciencia de ser, aunque diferentes de los nuestros, son igualmente rigurosos, puesto que su conocimiento es tan, o hasta quizás más, complejo que el nuestro.
INTRODUCCIÓN
En varias ocasiones, a fin de ayudarme, don Juan trató de poner nombre a su conocimiento. El creía que el nombre más apropiado era nagualismo, pero que el término era demasiado oscuro. Llamarlo simplemente "conocimiento" lo encontraba muy vago, y llamarlo "hechicería", sumamente erróneo. "La maestría del intento" y "la búsqueda de la libertad total" tampoco le gustaron por ser términos abstractos en exceso, demasiado largos y metafóricos. Incapaz de encontrar un término adecuado optó por llamarlo "brujería", aunque admitiendo lo inexacto que era.
En el transcurso de los años, don Juan me dio diversas definiciones de lo que es la brujería, sosteniendo siempre que las definiciones cambian en la medida que el conocimiento aumenta. Hacia el final de mi aprendizaje, me pareció que estaba yo en condiciones de apreciar una definición tal vez más compleja o más clara que las que ya había recibido.
-La brujería es el uso especializado de la energía -dijo, y como yo no respondí, siguió explicando-. Ver la brujería desde el punto de vista del hombre común y corriente es ver o bien una idiotez o un insondable misterio, que está fuera de nuestro alcance. Y, desde el punto de vista del hombre común y corriente, esto es lo cierto, no porque sea un hecho absoluto, sino porque el hombre común y corriente carece de la energía necesaria para tratar con la brujería.
Dejó de hablar por un momento y luego continuó.
-Los seres humanos nacen con una cantidad limitada de energía -prosiguió don Juan- una energía que a partir del momento de nacer es sistemáticamente desplegada y utilizada por la modalidad de la época, de la manera más ventajosa.
-¿Qué quiere usted decir con la modalidad de la época? -pregunté.
-La modalidad de la época es el determinado conjunto de campos de energía que los seres humanos perciben -contestó-. Yo creo que la percepción humana ha cambiado a través de los siglos. La época determina el modo de percibir; determina cuál conjunto de campos de energía, en particular, de entre un número incalculable de ellos, será percibido. Manejar la modalidad de la época, ese selecto conjunto de campos de energía, absorbe toda nuestra fuerza, dejándonos sin nada que pueda ayudarnos a percibir otros campos de energía, otros mundos.
Con un sutil movimiento de cejas, me instó a considerar todo lo dicho.
-A esto me refiero cuando digo que el hombre común y corriente carece de energía para tratar con la brujería -prosiguió-. Utilizando solamente la energía que dispone, no puede percibir los mundos que los brujos perciben. A fin de percibirlos, los brujos necesitan utilizar un conjunto de campos de energía que habitualmente no se usan. Naturalmente, para que el hombre común y corriente perciba esos mundos y entienda la percepción de los brujos, necesita utilizar el mismo conjunto que los brujos usaron. Y esto desgraciadamente no es posible porque toda su energía ya ha sido desplegada.
Hizo una pausa, como si buscara, palabras más adecuadas para reafirmar este punto.
-Piénsalo bien -continuó- no es que estés aprendiendo brujería a medida que pasa el tiempo; lo que estás haciendo es aprender a ahorrar energía. Y esta energía ahorrada te dará la habilidad de manejar los campos de energía que por ahora te son inaccesibles. Eso es la brujería: la habilidad de usar otros campos de energía que no son necesarios para percibir el mundo que conocemos. La brujería es un estado de conciencia. La brujería es la habilidad de percibir lo que la percepción común no puede captar.
-Todo por lo que te he hecho pasar -prosiguió don Juan- cada una de las cosas que te he mostrado fueron simples ardides para convencerte de que en los seres humanos hay algo más de lo que parece a simple vista.
Nosotros no necesitamos que nadie nos enseñe brujería, porque en realidad no hay nada que enseñar. Todo lo que necesitamos es un maestro que nos convenza de que existe un poder incalculable al alcance de la mano. ¡Una verdadera paradoja! Cada guerrero que emprende el camino del conocimiento cree, tarde o temprano, que está aprendiendo brujería, y lo que está haciendo es dejarse convencer de que existe un poder escondido dentro de su ser y que puede alcanzarlo.
-¿Es eso lo que usted está haciendo conmigo don Juan? ¿Está convenciéndome?
-Exactamente. Estoy tratando de convencerte de que puedes alcanzar ese poder. Yo pasé por lo mismo. Y fui tan difícil de convencer como tú.
-¿Y una vez que lo alcanzamos, qué hacemos exactamente con ese poder, don Juan?
-Nada. Una vez que lo alcanzamos, el poder mismo hará uso de esos inaccesibles campos de energía. Y eso, como ya te dije, es la brujería. Empezamos entonces a ver, es decir, a percibir algo más, no como una cosa de la imaginación sino como algo real y concreto. Y después comenzamos a saber de manera directa, sin tener que usar palabras. Y lo que cada uno de nosotros haga con esa percepción acrecentada, con ese conocimiento silencioso, dependerá de nuestro propio temperamento.
En otra ocasión don Juan me dio otro tipo de definición. Estábamos entonces discutiendo un tema enteramente ajeno cuando de repente empezó a contarme un chiste. Se rió y, con mucho cuidado, como si fuera demasiado tímido y le pareciera muy atrevido de su parte el tocarme, me dio palmaditas en la espalda, entre los omóplatos. Al ver mi reacción nerviosa soltó una carcajada.
-Tienes los nervios de punta -me dijo en tono juguetón, y golpeó mi espalda con mayor fuerza.
De inmediato me zumbaron los oídos. Perdí el aliento. Por un instante, sentí que me había hecho daño en los pulmones. Cada respiración me provocaba una gran molestia. No obstante, después de toser y sofocarme varias veces, mis conductos nasales se abrieron y me encontré respirando profunda y agradablemente. Sentía tanto bienestar, que ni siquiera me enojé con él por ese golpe tan fuerte y tan inesperado.
Don Juan empezó entonces una maravillosa explicación. En forma clara y concisa, me dio una diferente, y más precisa, descripción de lo que era la brujería.
Yo había entrado en un estupendo estado consciente. Gozaba de tal claridad mental, que era capaz de comprender y asimilar todo lo que don Juan me decía.
Dijo que en el universo hay una fuerza inmensurable e indescriptible que los brujos llaman intento y que absolutamente todo cuanto existe en el cosmos esta enlazado, ligado a esa fuerza por un vínculo de conexión. Por ello, el total interés de los brujos es delinear, entender y utilizar tal vínculo, especialmente limpiarlo de los efectos nocivos de las preocupaciones de la vida cotidiana. Dijo que a este nivel, la brujería podía definirse como el proceso de limpiar nuestro vínculo con el intento. Afirmó que este proceso de limpieza es sumamente difícil de comprender y llevar a cabo. Y que por lo tanto, los brujos dividían sus enseñanzas en dos categorías. Una es la enseñanza dada en el estado de conciencia cotidiano, en el cual el proceso de limpieza es revelado en forma velada y artificiosa; la otra, es la enseñanza dada en estados de conciencia acrecentada, tal como el que yo estaba experimentando en ese momento. En tales estados los brujos obtenían el conocimiento directamente del intento, sin la intervención del lenguaje hablado.
Don Juan explicó que, empleando la conciencia acrecentada y a través de miles de años de tremendos esfuerzos, los brujos obtuvieron un conocimiento específico y al mismo tiempo incomprensible acerca del intento; y que habían pasado ese conocimiento de generación en generación hasta nuestros días. Dijo que la tarea principal de la brujería consiste en tomar ese incomprensible conocimiento y hacerlo comprensible al nivel de la conciencia cotidiana.
A continuación me explicó el papel que desempeña el guía en la vida de los brujos. Dijo que a un guía se le llama "nagual" y que el nagual es un hombre o una mujer dotado de extraordinaria energía; un maestro dotado de sensatez, paciencia e increíble estabilidad emocional; un brujo, al cual los videntes ven como una esfera luminosa con cuatro compartimentos, como si cuatro esferas luminosas estuvieran comprimidas unas contra las otras. Su extraordinaria energía les permite a los naguales intermediar; les permite ser un viaducto que canaliza y transmite, a quien fuera, la paz, la armonía, la risa, el conocimiento, directamente de la fuente, del intento. Son los naguales quienes tienen la responsabilidad de suministrar lo que los brujos llaman la "oportunidad mínima": el estar consciente de nuestra propia conexión con el intento.
Le manifesté que mi mente estaba asimilando todo lo que él decía, y que la única parte de su explicación que me confundía era el por qué se requería dos tipos de enseñanza. Yo podía ciertamente entender cuanto me decía acerca del mundo de los brujos, aunque él había calificado como muy difícil el proceso de entender ese mundo.
-A fin de recordar lo que estás percibiendo y entendiendo en estos momentos, necesitarás una vida entera -dijo- porque todo esto forma parte del conocimiento silencioso. En unos breves instantes habrás olvidado todo. Ese es uno de los insondables misterios de la conciencia de ser.
De inmediato, don Juan me hizo cambiar niveles de conciencia con una fuerte palmada en mi costado izquierdo, en el borde de las costillas. Al instante mí mente volvió a su estado normal. Perdí, a tal extremo mi extraordinaria claridad mental que ni siquiera pude recordar el haberla tenido.
El mismo don Juan me asignó la tarea de escribir sobre las premisas de la brujería. Al poco tiempo de haber empezado mi aprendizaje, me sugirió una vez que escribiera un libro, a fin de aprovechar las cantidades de notas que yo había acumulado sin noción alguna de qué hacer con ellas.
Argüí que la sugerencia era absurda porque yo no era escritor.
-Claro que no eres escritor -dijo-. Para escribir libros tendrás que usar la brujería. Primeramente tendrás que hacer una imagen mental de tus vaivenes en la brujería, como si estuvieras reviviéndolos; después tendrás que ensoñarlos: verlos en tus sueños; y luego tendrás que ensoñar el texto del libro que quieres escribir; tendrás que verlo en tus sueños. Para ti el escribir un libro no puede ser un ejercicio literario sino, más bien, un ejercicio de brujería.
Yo he escrito de este modo acerca de las premisas de la brujería, tal como don Juan me las explicó, dentro del contexto de sus enseñanzas.
En sus enseñanzas, desarrolladas por brujos de la antigüedad, existen dos categorías de instrucción. A una de ellas se le denomina "enseñanza para el lado derecho" y se la lleva a cabo en estados de conciencia cotidianos. A la otra se le llama "enseñanza para el lado izquierdo" y se la practica solamente en los estados de conciencia acrecentada.
Las dos categorías de instrucción permiten a los maestros adiestrar a sus aprendices en tres áreas: la maestría del estar consciente de ser, el arte del acecho y la maestría del intento. Estas tres áreas también se conocen como los tres enigmas que los brujos encuentran al buscar el conocimiento.
La maestría del estar consciente de ser, es el enigma de la mente; la perplejidad que los brujos experimentan al darse cabal cuenta del asombroso misterio y alcance de la conciencia de ser y la percepción.
El arte del acecho es el enigma del corazón; el desconcierto que sienten los brujos al descubrir dos cosas: una, que el mundo parece ser inalterablemente objetivo y real debido a ciertas peculiaridades de nuestra percepción; y la otra, que si se ponen en juego diferentes peculiaridades de nuestra percepción, ese mundo que parece ser inalterablemente objetivo y real, cambia.
La maestría del intento es el enigma del espíritu, el enigma de lo abstracto.
La instrucción proporcionada por don Juan en el arte del acecho y la maestría del intento se basaron en la instrucción del estar consciente de ser: una piedra angular que consiste de las siguientes premisas básicas:
1. El universo es una infinita aglomeración de campos de energía, semejantes a filamentos de luz que se extienden infinitamente en todas direcciones.
2. Estos campos de energía, llamados las emanaciones del Aguila, irradian de una fuente de inconcebibles proporciones, metafóricamente llamada el Aguila.
3. Los seres humanos están compuestos de esos mismos campos de energía filiforme. A los brujos, los seres humanos se les aparecen como unos gigantescos huevos luminosos, que son recipientes a través de los cuales pasan esos filamentos luminosos de infinita extensión; bolas de luz del tamaño del cuerpo de una persona con los brazos extendidos hacia los lados y hacia arriba.
4. Del número total de campos de energía filiformes que pasan a través de esas bolas luminosas, sólo un pequeño grupo, dentro de esa concha de luminosidad, está encendido por un punto de intensa brillantez localizado en la superficie de la bola.
5. La percepción ocurre cuando los campos de energía en ese pequeño grupo, encendido por ese punto de brillantez, extienden su luz hasta resplandecer aún fuera de la bola. Como los únicos campos de energía perceptibles son aquellos iluminados por el punto de brillantez, a este punto se le llama el "punto donde encaja la percepción" o, simplemente, "punto de encaje".
6. Es posible lograr que el punto de encaje se desplace de su posición habitual en la superficie de la bola luminosa, ya sea hacia su interior o hacia otra posición en su superficie o hacia fuera de ella. Dado que la brillantez del punto de encaje es suficiente, en sí misma, para iluminar cualquier campo de energía con el cual entra en contacto, el punto, al moverse hacia una nueva posición, de inmediato hace resplandecer diferentes campos de energía, haciéndolos de este modo percibibles. Al acto de percibir de esa manera se le llama ver.
7. La nueva posición del punto de encaje permite la percepción de un mundo completamente diferente al mundo cotidiano; un mundo tan objetivo y real como el que percibimos normalmente. Los brujos entran a ese otro mundo con el fin de obtener energía, poder, soluciones a problemas generales o particulares, o para enfrentarse con lo inimaginable.
El intento es la fuerza omnipresente que nos hace percibir. No nos tornamos conscientes porque percibimos, sino que percibimos como resultado de la presión y la intromisión del intento.
9. El objetivo final de los brujos es alcanzar un estado de conciencia total y ser capaces de experimentar todas las posibilidades perceptuales que están a disposición del hombre. Este estado de conciencia implica asimismo, una forma alternativa de morir.
La maestría del estar consciente de ser requería un nivel de conocimiento práctico. En ese nivel don Juan me enseñó los procedimientos para mover el punto de encaje. Los dos grandes sistemas ideados por los brujos videntes de la antigüedad eran: el ensueño, es decir, el control y utilización de los sueños, y el acecho, o el control de la conducta.
Puesto que mover el punto de encaje es una maniobra esencial, todo brujo tiene que aprenderlo. Algunos de ellos, los naguales, llegan a hacerlo en otros; son capaces de desplazar el punto de encaje de su posición habitual mediante una fuerte palmada asestada directamente al punto de encaje. Este golpe que se siente como una manotada propinada en el omóplato derecho -aun cuando nunca se toca el cuerpo- produce un estado de conciencia acrecentada.
De acuerdo con su tradición, era exclusivamente en esos estados de conciencia acrecentada que don Juan impartió la parte más dramática e importante de sus enseñanzas: la instrucción para el lado izquierdo. Debido a las extraordinarias características de esos estados, don Juan me ordenó que no los discutiera con nadie hasta no haber concluido con todo su plan de enseñanzas. Esta exigencia no me fue difícil de aceptar. En esos estados únicos de conciencia, mi capacidad para entender las enseñanzas aumento en forma increíble, pero, al mismo tiempo, mí capacidad para describir o recordar las dichas enseñanzas se vio disminuida en extremo. Podía funcionar yo en esos estados con destreza y firmeza, pero una vez que regresaba a mi estado de conciencia normal, no podía recordar nada acerca de ellos.
Me llevo años el poder hacer la conversión crucial de mi memoria de la conciencia acrecentada a la memoria normal. Mi razón y mi sentido común retrasaron esta conversión al estrellarse contra la realidad absurda e inimaginable de la conciencia acrecentada y del conocimiento directo. Por años enteros, el tremendo desajuste cognoscitivo resultante me forzó a buscar desahogo en el no pensar al respecto.
Todo lo que he escrito hasta ahora acerca de mi aprendizaje de la brujería ha sido un relato de cómo me educó don Juan en la maestría del estar consciente de ser. Todavía no he descripto el arte del acecho ni la maestría del intento.
Don Juan me enseñó los principios y aplicaciones de estas dos maestrías con ayuda de dos de sus compañeros: un brujo llamado Vicente Medrano y otro llamado Silvio Manuel. Desafortunadamente, todo lo que aprendí acerca de estas dos maestrías aún permanece oculto en lo que don Juan denominó las complejidades de la conciencia acrecentada. Hasta hoy en día, me ha sido imposible describir o inclusive pensar de manera coherente acerca del arte del acecho y maestría del intento. Mi error ha sido el creer que es posible incluirlos en la memoria normal. Es posible, pero al mismo tiempo no lo es. Con el propósito de resolver esta contradicción, los he encarado indirectamente, a través del tópico final de las enseñanzas de don Juan: las historias de los brujos del pasado.
Don Juan me relató estas historias para hacer evidente lo que él llamaba los centros abstractos de sus lecciones. Pero yo fui incapaz de captar la naturaleza de esos centros abstractos, pese a sus amplias explicaciones, las cuales, ahora lo sé, estaban diseñadas para abrirme la mente más que para explicar su conocimiento de manera racional. Su modo de hablar me hizo creer, por muchos años, que sus explicaciones de los centros abstractos eran como disertaciones académicas; todo lo que yo fui capaz de hacer bajo tales circunstancias, era aceptar de manera incondicional tales explicaciones. Y así, el significado de los centros abstractos pasó a formar parte de mi aceptación tácita de las enseñanzas de don Juan, pero sin la meticulosa valoración que es esencial para entender tal significado.
Don Juan me dio a conocer dieciocho centros abstractos. He tratado aquí con la primera serie compuesta de los seis siguientes: las manifestaciones del espíritu, el toque del espíritu, los trucos del espíritu, el descenso del espíritu, los requisitos del intento, y el manejo del intento.
LAS MANIFESTACIONES DEL ESPIRITU
I. El Primer Centro Abstracto
Siempre que era pertinente, don Juan solía contarme breves historias acerca de los brujos de su linaje, en especial acerca de su maestro, el nagual Julián. No eran propiamente historias, sino relatos del comportamiento y aspectos de la personalidad de esos brujos. El fin de esos relatos era esclarecer tópicos específicos del aprendizaje.
Ya había escuchado las mismas historias de labios de los otros quince brujos, miembros del grupo de don Juan, pero no había lo suficiente en estos relatos como para darme una idea clara de sus personajes. Como no tenía forma alguna de persuadir a don Juan para que me facilitara más detalles sobre aquellos brujos, quedé resignado a la idea de nunca llegar a saber más acerca de ellos.
Una tarde, en las montañas del sur de México, después de haberme explicado intrincados detalles de la maestría del estar consciente de ser, don Juan dijo algo que me desconcertó por completo.
-Creo, que ya es hora de que comencemos a hablar de los brujos de nuestro pasado -dijo.
Don Juan explicó que yo necesitaba llegar a conclusiones claves, basándome en un examen sistemático del pasado, conclusiones acerca del mundo cotidiano así como del mundo de los brujos.
-A los brujos les interesa vivamente su pasado -dijo-. Pero no me refiero a su pasado cono personas. Para los brujos, el pasado significa lo que hicieron los brujos de otras eras. Y lo que vamos a hacer ahora es examinar ese pasado.
"El hombre común y corriente también examina su pasado; pero es siempre su pasado personal lo que examina y siempre por razones personales. Los brujos hacen todo lo contrario, consultan su pasado a fin de obtener un punto de referencia.
-Pero, ¿no es eso lo que hace todo el mundo? ¿Hundirnos en el pasado a fin de obtener un punto de referencia? -pregunté.
-¡No! -respondió enfáticamente-. El hombre común y corriente se hunde en el pasado, ya sea su propio común pasado o el pasado de su época, para justificar sus acciones del momento o sus acciones del futuro o para hallar un modelo de conducta. Sólo los brujos buscan auténticamente un punto de referencia en su pasado.
-Don Juan, quizás todo esto sería más claro si usted me dijera lo que es un punto de referencia para un brujo -dije.
-Para los brujos, obtener un punto de referencia significa examinar el intento -contestó-. Lo cual es exactamente el propósito de este último tema de instrucción. Y nada les puede proporcionar a los brujos una mejor noción del intento que el examen de las historias de los otros brujos que batallaron por entender esa fuerza.
"Hay veintiún centros abstractos en la brujería -prosiguió-. Y, basadas en esos centros abstractos, hay cantidades de historias de brujería, historias de naguales de nuestro linaje luchando por entender el espíritu. Es hora de que te hable de los centros abstractos y te cuente las historias de brujería.
Esperé con gran excitación a que don Juan empezara a contarme las historias, pero cambió de conversación y pasó a explicarme nuevamente otros intrincados detalles de la conciencia de ser.
-¡No me haga usted eso, don Juan! -protesté-. ¿Qué hubo con las historias de la brujería? ¿No me las va a contar?
-Claro que sí -dijo-. Pero no son historias que se puedan contar como si fueran cuentos. Tienes que repasarlas, y luego, pensarlas y volverlas a pensar, revivirlas, por así decirlo.
Se produjo un largo silencio. Decidí ser más cauteloso. Pensé que si insistía en pedirle que me contara las historias, me iba a enredar en algo de lo que después me arrepentiría. Pero, como siempre, mi curiosidad fue mayor que mi sentido común.
-Bien, entremos en el asunto -le dije secamente.
Don Juan, que obviamente había captado la contradicción de mi miedo y mi curiosidad, sonrió con malicia. Se puso de pie y me hizo señas de que lo siguiera. Habíamos estado sentados sobre unas rocas secas, en el fondo de un barranco. Promediaba la tarde, el cielo estaba oscuro y nublado. Nubes bajas, casi negras se cernían sobre las cimas del este. Hacia el sur, las altas nubes hacían que el cielo pareciera despejado en comparación. Algo más temprano, había llovido densamente, pero luego la lluvia parecía haberse retirado y estar escondida, dejando atrás tan sólo una amenaza.
Yo debería haberme sentido congelado hasta los huesos, puesto que hacía mucho frío, pero sentía calor. Empuñando una piedra que don Juan me había dado, noté que la sensación de calor en un clima casi helado, no me era del todo desconocida, y sin embargo, cada vez que ocurría quedaba yo aturdido. Siempre que estaba ya a punto de congelarme, don Juan me daba una rama o una piedra para que la sostuviera, o me ponía un puñado de hojas bajo la camisa, en la punta de mi esternón, lo cual era suficiente para elevar la temperatura de mi cuerpo.
Varias veces, yo había intentado inútilmente de recrear, por mi, cuenta, el efecto de sus maniobras. Don Juan me aclaro un día que no eran las maniobras, sino su silencio interno lo que me mantenía abrigado y que las ramas, las piedras, las hojas eran simples artificios para atrapar mi atención y mantenerla enfocada.
Avanzando con rapidez, trepamos por la empinada ladera oeste de una montaña, hasta alcanzar una cornisa rocosa, en la cumbre misma. Nos encontrábamos en las elevaciones menores de una alta cordillera de montañas. Desde la cornisa rocosa podía yo observar que la niebla había comenzado a cubrir el extremo sur del fondo del valle que teníamos a nuestros pies. Nubes bajas y tenues parecían lanzarse contra nosotros, deslizándose desde los altos picos verdes negruzcos del oeste. Después de la lluvia, bajo el cielo grisáceo y nublado, el valle y las montañas del sur y del este parecían estar cubiertas con un manto verdinegro de silencio.
-Este es el lugar ideal para echarnos una plática -dijo don Juan, sentándose en el suelo rocoso de una especie de cueva oculta.
El espacio en la cueva era perfecto para sentarnos uno al lado del otro. Casi tocábamos el techo con nuestras cabezas. La curva de nuestras espaldas encajaba cómodamente en la superficie de la pared rocosa, como si hubiera sido esculpida para dar sitio a dos personas de nuestro tamaño.
Luego me di cuenta de otra característica extraña de aquella cueva: al pararme sobre la cornisa, podía observar todo el valle y las cordilleras montañosas al este y al sur, pero si me sentaba quedaba completamente oculto por las rocas y sin embargo, la cornisa que creaba esta ilusión era plana y parecía estar al mismo nivel que el suelo de la cueva.
Estaba a punto de mencionar este extraño efecto a don Juan, cuando él se me adelantó.
-Esta cueva está hecha por el hombre -dijo-. La saliente esa está inclinada, pero el ojo no registra la inclinación.
-¿Quién hizo esta cueva, don Juan?
-Los antiguos brujos. Quizás tiene miles de años. Y una de sus peculiaridades es que ahuyenta a los animales, a los insectos y hasta a las personas. Los antiguos brujos parecen haberle infundido un hálito negro y amenazante que hace que cualquier ser viviente se sienta incómodo.
Lo extraño era que yo sentía en esa cueva algo diametralmente opuesto. Sin razón alguna, me sentía absolutamente contento y satisfecho. Una sensación de bienestar físico me provocaba un hormigueo en el cuerpo; era una sensación en el estómago de lo más agradable, como si les estuvieran haciendo cosquillas a mis nervios.
-Yo no me siento mal aquí -comenté.
-Yo tampoco -dijo- lo cual significa que tú y yo somos muy parecidos en temperamento a aquellos horrorosos brujos del pasado. Algo que me preocupa sobremanera.
Tuve miedo de continuar con el tema, así que esperé a que él hablara.
-La primera historia de brujería que voy a contarte se llama Las Manifestaciones del Espíritu -dijo-. El nombre es un poco confuso. Las manifestaciones del espíritu es realmente el primer centro abstracto alrededor del cual se construye la primera historia de brujería.
"Ese primer centro abstracto tiene en sí una historia particular -continuó-. La historia dice que hubo una vez un hombre, un Hombre común y corriente sin ningún atributo especial. Era, como todos los demás, un conducto del espíritu y por esta virtud, como todos los, demás, formaba parte del espíritu, parte de lo abstracto. Pero él no lo sabía. El mundo lo mantenía tan ocupado que carecía del tiempo y de la inclinación para examinar el asunto.
"El espíritu trató inútilmente de ponerle al descubierto el vínculo de conexión entre ambos. Por medio de una voz interior, el espíritu le reveló sus secretos, pero el hombre fue incapaz de comprender las revelaciones. Oía la voz interior, naturalmente, pero creía que era algo de él. Estaba convencido de que lo que él sentía eran sus propios sentimientos y que lo que pensaba eran sus propios pensamientos.
"Con el fin de sacarlo de su modorra, el espíritu le dio tres señales, tres manifestaciones sucesivas. Tres veces el espíritu, de la manera más obvia, se cruzó físicamente en el camino del hombre. Pero el hombre permanecía inconmovible ante cualquier cosa que no fuera su interés personal.
Don Juan se interrumpió y me miró como hacía siempre que esperaba mis preguntas y comentarios. Yo no tenía nada que decir. No comprendía lo que estaba tratando de expresar.
-Ese es el primer centro abstracto -prosiguió-. Lo único que puedo añadir es que debido a que el hombre se negó en absoluto a comprender, el espíritu se vio en la necesidad de usar el ardid. Y la treta se transformó en la esencia del camino de los brujos. Pero eso es otra historia.
Don Juan explicó que los brujos concebían los centros abstractos como planos previos de los hechos, o como patrones recurrentes que aparecían cada vez que el intento iba a mostrar algo significativo. Los centros abstractos, en este sentido, eran mapas completos de series enteras de acontecimientos.
Me aseguró que a través de medios que iban, más allá de la comprensión, cada detalle de cada centro abstracto se repetía con cada aprendiz nagual. Me aseguró también que él había ayudado al intento a involucrarme en todos los centros abstractos de la brujería, tal como su benefactor, el nagual Julián, y todos los naguales anteriores, habían involucrado a sus aprendices. El modo mediante el cual cada aprendiz nagual se encontraba con esos centros abstractos permitía el desarrollo de historias entretejidas alrededor de esos centros abstractos. Lo único nuevo de cada historia eran los detalles particulares de la personalidad y las circunstancias de cada aprendiz.
Dijo, por ejemplo, que yo tenía mi propia historia acerca de las manifestaciones del espíritu, tal como él tenía la suya; su benefactor también tenía una, así como el nagual que lo precedió y todos los naguales anteriores sucesivamente.
-¿Cuál es mi historia acerca de las manifestaciones del espíritu? -pregunté un tanto desconcertado.
-Si hay un guerrero consciente de sus historias, eres tú -me respondió-. Después de todo, llevas años escribiéndolas, ¿no? Sin embargo, hasta el momento, no te has dado cuenta de los centros abstractos, porque eres un hombre práctico. Todo lo que haces lo haces sólo para realzar tu parte práctica. A pesar de haber trabajado en tus historias hasta el cansancio, nunca tuviste idea de que había un centro abstracto en cada una de ellas. Todo cuanto he hecho contigo lo has clasificado como una actividad práctica y a menudo caprichosa: enseñar brujería a un aprendiz testarudo y la mayoría de las veces estúpido. Mientras lo consideres así, los centros abstractos te eludirán.
-Debe perdonarme, don Juan -dije- pero todo esto es muy confuso. ¿Qué es lo que quiere usted decir?
-Estoy tratando de ponerte al tanto de las historias de brujería -replicó-. Nunca te hablé específicamente de este tema, porque tradicionalmente se lo deja como tema oculto. Es el último artificio del espíritu. Se dice que, cuando el aprendiz comprende los centros abstractos, es como si pusiera la piedra que cierra y sella una pirámide.
Oscurecía y parecía estar a punto de llover otra vez. Yo temía que si soplaba el viento de este a oeste mientras llovía, nos empaparíamos en esa cueva. Estaba seguro de que don Juan se daba cuenta de ello, pero parecía no importarle.
-No lloverá otra vez sino hasta mañana -dijo-.
Escuchar la respuesta a mis pensamientos íntimos me hizo saltar involuntariamente y golpearme la cabeza con el techo de la cueva. Se dejó oír un golpe sordo que sonó peor de lo que se sentía.
Don Juan reía agarrándose los costados. Al cabo de un rato, empezó realmente a dolerme la cabeza y tuve que masajeármela.
-Tu presencia me divierte tanto como la mía debe haber divertido a mi benefactor -dijo y se echó a reír de nuevo.
Permanecimos callados durante varios minutos. El silencio a mi alrededor era pesado. Se me antojaba que podía escuchar el murmullo de las tenues nubes que descendían hacia nosotros desde las montañas más altas. Por fin me di cuenta de que lo que oía era un viento que recién empezaba a soplar. Dentro de la cueva, el sonido del viento asemejaba el cuchicheo de voces humanas.
-Mi increíble buena suerte fue que me enseñaron dos naguales -dijo don Juan y rompió el efecto hipnotizarte que el viento ejercía sobre mí en ese instante-. Uno fue, desde luego, mi benefactor, el nagual Julián, y el otro fue su benefactor, el nagual Elías. Mi caso fue único.
-¿Por qué fue único su caso? -pregunté.
-Porque por generaciones, los naguales han reunido a sus aprendices años después de que sus propios maestros dejaron el mundo -explicó- excepto mi benefactor. Yo pasé a ser el aprendiz del nagual Julián ocho años antes de que su benefactor dejara el mundo. Tuve ocho años de regalo. Fue lo mejor que me pudo haber sucedido, ya que así tuve la oportunidad de que me enseñaran dos temperamentos opuestos. Era como ser criado por un padre poderoso y un abuelo más poderoso aún, que no estaban de acuerdo. En tal contienda, el abuelo siempre gana. Así que yo soy, propiamente el producto de las enseñanzas del nagual Elías. Estaba más cerca de él no sólo en temperamento, sino también en el aspecto físico. Yo diría que a él le debo mi refinación. Él me filtró, por así decirlo. Sin embargo, el grueso de la obra que me transformó de un ser miserable en un guerrero impecable, se lo debo a mi benefactor, el nagual Julián.
-¿Cómo era el nagual Julián en apariencia física? -pregunté.
-Figúrate que hasta hoy en día me cuesta enfocarlo -dijo-. Sé que parece absurdo, pero de acuerdo a sus necesidades o a las circunstancias, era joven o viejo, bien parecido o de facciones ordinarias, afeminado y débil o fuerte y viril, gordo o delgado, de estatura media o sumamente chaparro.
-¿Quiere usted decir que era un actor que podía hacer papeles diferentes con ayuda de disfraces?
-No, no utilizaba ningún disfraz y no era simplemente un actor. Era un gran actor, sí, pero eso es un asunto diferente. El caso es que tenía la capacidad de transformarse y ser todos esos seres específicos y diametralmente opuestos. Ahora bien, el ser un gran actor le permitía conocer y hacer uso de las más íntimas peculiaridades que hacían que cada ser específico fuera real. Digamos que se sentía a sus anchas en todos sus cambios de ser. Como tú te sientes a tus anchas con cada cambio de ropa.
Con avidez le pedí a don Juan que me contara algo más acerca de las transformaciones de su benefactor. Dijo que alguien le había enseñado a efectuar esas transformaciones, pero que el explicarlas más a fondo lo obligaría a transbordar otras historias diferentes.
-¿Cómo era el nagual Julián cuando no se transformaba? -pregunté.
-Digamos que antes de hacerse nagual, era muy delgado y musculoso; su cabello era negro, espeso y ondulado. Tenía una nariz larga y fina; dientes blancos, grandes y fuertes; cara oval; mandíbula fuerte; ojos castaño oscuros y brillantes. Medía alrededor de un metro setenta de estatura. No era indio, ni moreno, aunque tampoco era blanco. De hecho, su tez estaba en una categoría única, sobre todo durante sus últimos años, cuando cambiaba continuamente de morena oscura a clara y luego otra vez a morena. Cuando lo conocí por vez primera, era un anciano bastante prieto, pero luego se transformó en un joven de tez clara, quizás unos cuantos años mayor que yo. Tenía yo veinte años en ese entonces.
"Pero, si sus cambios de apariencia externa eran asombrosos -continuó don Juan- los cambios de estado de ánimo y de conducta que acompañaban a cada transformación eran aún más extraordinarios. Por ejemplo, cuando era joven y gordo era alegre y sensual. Cuando era flaco y viejo, era mezquino y vengativo. Cuando era un viejo gordo, era el imbécil más grande que uno puede imaginar.
-¿Y era él alguna vez él mismo? -pregunté.
-No del modo como tú y yo somos nosotros mismos -respondió-. Como a mí no me interesan las transformaciones, yo siempre soy yo mismo. Pero él no era como yo en absoluto.
Don Juan me miró como evaluando mi fuerza interior. Sonrió, meneó la cabeza de lado a lado y rompió a reír.
-¿De qué se ríe, don Juan? -pregunté.
-Del hecho de que tú seas tan vergonzoso y sin gracia como para apreciar la naturaleza de las transformaciones de mi benefactor y su alcance total -dijo-. Sólo espero que cuando algún día te hable de ello no te mueras del susto, o caigas en una obsesión mórbida.
Por algún motivo desconocido, me sentí súbitamente incómodo y tuve que cambiar de conversación.
-¿Por qué se les llama "benefactores" a los naguales y no simplemente maestros? -pregunté-.
-Llamar benefactor a un nagual es un gesto de cortesía de sus aprendices -dijo don Juan-. Un nagual crea un tremendo sentimiento de gratitud en sus discípulos. Después de todo, el nagual los modela y los guía a través de cosas inimaginables.
Comenté que, en mi opinión, enseñar era la obra más grande y más altruista que cualquier persona pudiera hacer por otra.
-Para ti, enseñar significa hablar de moldes -dijo-, para un brujo, enseñar es lo que el nagual hace por sus aprendices. El nagual canaliza para ellos la fuerza más poderosa en el universo: el intento. La fuerza que cambia, ordena y reordena las cosas o las mantiene como están. El nagual formula y luego guía las consecuencias que esa fuerza pueda acarrear a sus discípulos. Si el nagual no moldea el intento, no habría ni reverencia ni maravilla en sus aprendices. Y en lugar de embarcarse en un viaje mágico de descubrimiento, sus aprendices sólo se limitarían a aprender un oficio; aprenderían a ser curanderos, brujos, adivinadores, charlatanes o lo que fuera.
-¿Me puede usted explicar qué es el intento? -pregunté.
-La única manera de explicar el intento -replicó- es experimentarlo en forma directa por medio de una conexión viva que existe entre el intento y todos los seres vivientes. Los brujos llaman intento a lo indescriptible, al espíritu, al abstracto, al nagual. Al intento yo preferiría llamarlo nagual, pero se confundiría con el nombre del líder, el benefactor a quien también se le llama nagual. Así es que he optado por llamarlo el espíritu, lo abstracto.
Don Juan se interrumpió abruptamente y me recomendó guardar silencio y pensar en todo lo que me había dicho en esa cueva. Para entonces, ya estaba muy oscuro. El silencio era tan profundo, que en vez de sumirme en un estado de reposo, me agitó. No podía mantener en orden mis pensamientos. Traté de concentrarme en la historia que contó, pero en lugar de hacerlo, pensé en cosas que no venían al caso, hasta que por fin me quedé dormido.
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