El don del águila. Carlos Castaneda. 1ª parte

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
1ª parte 2ª parte 3ª parte 4ª parte 5ª parte 6ª parte 7ª parte 8ª parte

 

EL DON DEL ÁGUILA 

Carlos Castaneda

 

PRÓLOGO

A pesar de que soy antropólogo, ésta no es, estrictamente, una obra de antropología; sin embargo, tiene sus raíces en la antropología cultural, puesto que se inició hace años como una investigación de campo en esa disciplina. En aquella época yo estaba interesado en estudiar los usos de las plantas medicinales entre los indios del suroeste de los Estados Unidos y del norte de México.
Mi investigación, con los años, se transformó en algo más, como consecuencia de su propio impulso y de mi propio crecimiento. El estudio de las plantas medicinales fue desplazado por el aprendizaje de un sistema de creencias que daba la impresión de abarcar cuando menos dos culturas distintas.
El responsable de este cambio de enfoque en mi trabajo fue un indio yaqui del norte de México, don Juan Matus, quien más tarde me presentó a don Genaro Flores, un indio mazateco del México central. Los dos eran adeptos practicantes de un antiquísimo conocimiento, que en nuestros días se le llama, comúnmente, brujería y que se considera una forma primitiva de ciencia médica y psicológica, siendo en realidad una tradición de practicantes insólitamente disciplinados y de prácticas extraordinariamente sofisticadas.
Los dos hombres se convirtieron en mis maestros más que en mis informantes, pero yo aún así persistía, de una manera desordenada, en considerar mi tarea como un trabajo antropológico; pasé años tratando de deducir la matriz cultural de ese sistema; perfeccionando una taxonomía, un patrón clasifica­torio, una hipótesis de su origen y diseminación. Todos resul­taron esfuerzos vanos ante el hecho de que las apremiantes fuerzas internas de ese sistema descarrilaron mi búsqueda in­telectual y me convirtieron en su participante.
Bajo la influencia de estos dos hombres poderosos mi obra se ha transformado en una autobiografía, en el sentido de que me he visto forzado, a partir del momento en que me volví participante, informar lo que me ocurre. Se trata de una auto­biografía peculiar porque yo no estoy tratando con lo que me sucede como hombre común y corriente, ni tampoco con los estados subjetivos que experimento durante mi vida cotidiana. Más bien, he informado sobre los eventos que se despliegan en mi vida, como resultado directo de la adopción que hice de un conjunto de ideas y de procedimientos ajenos a mí. En otras palabras, el sistema de creencias que yo quería estudiar me ha devorado, y para proseguir con mi escrutinio tengo que pagar un extraordinario tributo diario: mi vida como hombre de este mundo.
Debido a estas circunstancias, ahora me enfrento al proble­ma especial de tener que explicar lo que estoy haciendo. Me encuentro muy lejos de mi punto de origen como hombre occidental común y corriente o como antropólogo, y antes que nada debo reiterar que éste no es un libro de ficción. Lo que describo es extraño a nosotros; por eso, parece irreal.
A medida que penetro más profundamente en las compleji­dades de la brujería, lo que en un principio parecía ser un sis­tema de creencias y de prácticas primitivas ha resultado ahora un mundo enorme e intrincado. Para poder familiarizarme con ese mundo. y para poder reportarlo; tengo que utilizar mi persona de modos progresivamente complejos y cada vez más refinados. Cualquier cosa que me ocurre ya no es algo que pueda predecir, ni algo congruente con lo que los demás an­tropólogos conocen acerca del sistema de creencias de los indios mexicanos. Consecuentemente me encuentro en una posición difícil; todo lo que puedo hacer bajo las circunstan­cias es presentar lo que me sucede a mí, tal como ocurrió. No puedo dar otras garantías de mi buena fe, salvo reafirmar que no vivo una vida dual y que me he comprometido a seguir los principios del sistema de don Juan en mi existencia cotidiana.
Después de que don Juan Matus y don Genaro Flores juzga­ron que me habían explicado su conocimiento a satisfacción suya, me dijeron adiós y se fueron. Comprendí que a partir de entonces mi tarea consistía en reacomodar yo solo lo que aprendí de ellos.
A fin de cumplir con esta tarea regresé a México y supe que don Juan y don Genaro tenían otros nueve aprendices: cinco mujeres y cuatro hombres. La mayor de las mujeres se llamaba Soledad; la siguiente era María Elena, apodada la Gor­da; las tres restantes: Lidia, Rosa y josefina, eran más jóvenes y se les conocía como "las hermanitas". Los cuatro hombres, en orden de edades, eran Eligio, Benigno, Néstor y Pablito; a los tres últimos les llamaban "los Genaros" porque estuvieron muy allegados a don Genaro.
Yo ya sabía que Néstor, Pablito y Eligio, quien había desa­parecido del todo, eran aprendices, pero me habían hecho creer que las cuatro muchachas eran hermanas de Pablito, y que So­ledad era su madre. Conocí a Soledad superficialmente a tra­vés de los años y siempre la llamé doña Soledad, como signo de respeto, ya que en edad era la más cercana a don Juan. También me habían presentado a Lidia y a Rosa, pero nues­tra relación fue demasiado breve y casual para permitirme comprender quiénes eran en realidad. A la Gorda y a Josefina sólo las conocía por su nombre. Conocí a Benigno, pero no te­nía idea de que estaba relacionado con don Juan y don Genaro.
Por razones incomprensibles para mí, todos ellos parecían haber estado aguardando, de una manera u otra, mi retorno a México. Me informaron que se suponía que yo debía de tomar el lugar de don Juan como su líder, su nagual. Me dijeron que don Juan y don Genaro habían desaparecido de la faz de la tierra, al igual que Eligio. Las mujeres y los hombres creían que los tres no habían muerto, sino que habían entrado en otro mundo distinto al de nuestra vida cotidiana, pero igualmente real.
Las mujeres -especialmente doña Soledad- chocaron violentamente conmigo desde el primer encuentro. Fueron, no obstante, el instrumento que produjo una catarsis en mí. Mi contacto con ellas me llevó a una efervescencia misterio­sa en mi vida. A partir del momento en que las conocí, cambios drásticos tuvieron lugar en mi pensamiento y en mi comprensión.
Sin embargo, nada de eso ocurrió en un plano consciente: si acaso, después de visitarlas por primera vez me descubrí más confuso que nunca, pero no obstante, dentro del caos encontré una base sorprendentemente sólida. Gracias al impacto de nuestro enfrentamiento descubrí en mí, recursos que jamás imaginé poseer.
La Gorda y las tres hermanitas eran ensoñadoras consuma­das; voluntariamente me dieron consejos y me mostraron sus propios logros. Don Juan había descrito el arte de ensoñar, co­mo la capacidad de utilizar los sueños ordinarios de uno y de transformarlos en una conciencia controlada mediante una forma especializada de atención, que don Genaro y él llama­ban la segunda atención.
Yo esperaba que los tres Genaros me enseñarían sus logros en el otro aspecto de las enseñanzas de don Juan y don Genaro: “el de acechar”: Este me había sido explicado como un conjunto de procedimientos y actitudes que le permitían a uno extraer lo mejor de cualquier situación concebible. Pero todo lo que los Genaros me dijeron acerca de acechar no tenía ni la cohesión ni la fuerza que yo había anticipado. Concluí que los hombres no eran en verdad practicantes de ese arte o que, simplemente, no querían mostrármelo.
Suspendí mis indagaciones para permitir que todos ellos pudieran sentirse a gusto conmigo, pero tanto los hombres co­mo las mujeres se imaginaron, puesto que ya no les formulaba preguntas, que al fin yo actuaba como nagual. Cada uno de ellos exigió mi guía y mi consejo.
Para acceder a esto me vi obligado a llevar a cabo una recapi­tulación total de todo lo que don Juan y don Genaro me habían enseñado, y de penetrar aún más en el arte de la brujería.

PRIMERA PARTE: EL OTRO YO

I. La fijeza de la segunda atención

 

Era de tarde cuando llegué a donde vivían la Gorda y las her­manitas. La Gorda estaba sola, sentada afuera de la puerta, contemplando las montañas distantes. Se pasmó al verme. Me explicó que había estado completamente absorta en un recuer­do y que en un momento estuvo a punto de recordar algo muy vago y que tenía que ver conmigo.
Esa noche, después de cenar, la Gorda, las tres hermanitas, los tres Genaros y yo nos sentamos en el suelo del cuarto de la Gorda. Las mujeres se acomodaban juntas.
Por alguna razón, aunque tenía la misma familiaridad con cada uno de ellos, había inconscientemente elegido a la Gorda como recipiente de toda mi atención. Era como si los demás no existieran para mí. Especulé que quizá se debía a que la Gorda me recordaba a don Juan, y los demás, no. Existía algo gracioso en ella, pero esa gracia no se hallaba tanto en sus accio­nes como en mis sentimientos hacia ella.
Querían saber qué estuve haciendo antes de llegar. Les dije que acababa de estar en la ciudad de Tula, Hidalgo, donde había visitado las ruinas arqueológicas. Me impresionó notablemente una hilera de cuatro colosales figuras de piedra, con forma de columna, llamadas "los Atlantes", que se hallaban en la parte superior plana de una pirámide.
Cada una de estas figuras casi cilíndricas, que miden cinco metros de altura y uno de diámetro, está compuesta de cuatro distintas piezas de basalto talladas para representar lo que los arqueólogos creen ser guerreros toltecas que llevan su parafer­nalia guerrera. A unos siete metros detrás de cada uno de los atlantes se encuentra otra hilera de cuatro columnas rectangu­lares de la misma altura y anchura de las primeras, también he­chas con cuatro piezas distintas de piedra.
El impresionante escenario de los atlantes fue encarecido aún más para mí por lo que me contó el amigo que me había llevado al lugar. Me dijo que un guardián de las ruinas le reve­ló que él había oído, durante la noche, caminar a los atlantes, de tal forma que debajo de ellos el suelo se sacudía.
Pedí comentarios a los Genaros. Se mostraron tímidos y emitieron risitas. Me volví a la Gorda, que se hallaba sentada junto a mí, y le pedí directamente su opinión.
-Yo nunca he visto esas figuras -aseguró-. Nunca he esta­do en Tula. La mera idea de ir a ese pueblo me da miedo.
-¿Por qué te da miedo, Gorda?-pregunté.
-A mí me pasó una cosa muy rara en las ruinas de Monte Albán, en Oaxaca -contestó-. Yo me iba mucho a andar por esas ruinas, a pesar de que el nagual Juan Matus me dijo que no pusiera un pie allí. No sé por qué pero me encantaba ese lugar. Cada vez que llegaba a Oaxaca iba allí. Como a las viejas que andan solas siempre las molestan, por lo general iba con Pablito, que es muy atrevido. Pero una vez fui con Néstor. Y él vio un destello en el suelo. Cavamos un poco y encontramos una pie­dra muy extraña que cabía en la palma de mi mano. Habían hecho un hueco bien torneado en la piedra. Yo quería meter el dedo ahí y ponérmela como anillo, pero Néstor no me dejó. La piedra era suave y me calentaba mucho la mano. No sabía que hacer con ella. Néstor la puso dentro de su sombrero y la cargamos como si fuera un animal vivo.
Todos empezaron a reír. Parecía haber una broma oculta en lo que la Gorda me decía.
-¿A dónde la llevaste? -le pregunté.
-La trajimos aquí, a esta casa -respondió, y esa aseveración generó risas incontenibles en los demás. Tosieron y se ahoga­ron de reír.
-La Gorda es la que pagó por el chiste -explicó Néstor-. Tienes que verla como es, terca como una mula. El nagual ya le había dicho que no se metiera con piedras, o con huesos, o con cualquier cosa que encontrara enterrada en el suelo. Pero ella se escurría como ladrón cuando él no se daba cuenta y re­cogía toda clase de porquerías.
"Ese día, en Oaxaca, la Gorda se emperró en que debíamos llevarnos esa maldita piedra. Nos subimos con ella al camión y la trajimos hasta aquí, hasta este pueblo, y luego hasta este mismo cuarto.
-El nagual y Genaro estaban de viaje -prosiguió la Gorda-. Me sentí muy audaz, metí el dedo en el agujero y me di cuenta de que esa piedra había sido cortada para llevarla en la mano. Ahí nomás empecé a sentir lo que sentía el dueño de esa piedra. Era una piedra de poder. Me puso de mal humor. Me entró mie­do. Sentía que algo horrible se escondía en lo oscuro de la casa, algo que no tenía ni forma ni color. No podía quedarme sola. Me despertaba pegando gritos y después de un par de días ya nomás no pude ni dormir. Todos se turnaban para acompañar­me, de día y de noche.
-Cuando el nagual y Genaro regresaron -dijo Néstor-, el nagual me mandó con Genaro a poner de nuevo la piedra en el lugar exacto donde había estado enterrada. Genaro se llevó tres días en localizar el lugar exacto. Y lo hizo.
-Y a ti, Gorda ¿qué te pasó, después de eso? -pregunté.
-El nagual me enterró. Durante nueve días estuve desnuda dentro de un ataúd de tierra.
Entre ellos tuvo lugar una explosión de risa.
-El nagual le dijo que no podía salirse de allí -explicó Nés­tor-. La pobre Gorda tenía que mear y hacer caca dentro del ataúd. El nagual la empujó dentro de una caja que hizo con ra­mas y lodo. Había una puertita en un lado para la comida y el agua. Todo lo demás estaba sellado.
-¿Por qué la enterró? -indagué.
-Es la única forma de proteger a cualquiera -sostuvo Nés­tor-. La Gorda tenía que ser puesta bajo el suelo para que la tierra la curara. Nadie cura mejor que la tierra; además, el na­gual tenía que desviar el sentido de esa piedra que estaba enfo­cado en la Gorda. La tierra es una pantalla, no deja que nada pase por ningún lado. El nagual sabía que la Gorda no podía empeorar por estar enterrada nueve días, a fuerza tenía que mejorar. Y eso pasó.
-¿Qué sentiste al estar enterrada así, Gorda? -le pregunté.
-Casi me vuelvo loca -confesó-. Pero eso nomás era mi vi­cio de consentirme. Si el nagual no me hubiera puesto ahí, me habría muerto. El poder de esa piedra era demasiado grande para mí; su dueño había sido un hombre de tamaño enorme. Podía sentir que su mano era el doble de la mía. Se aferró a esa roca porque en ello le iba la vida, y al final alguien lo mató.
"Su terror me espantó. Pude sentir que algo se acercaba a mi para devorar mi carne. Eso fue lo que sintió ese hombre. Era un hombre de poder, pero alguien todavía más poderoso que él lo atrapó.
"El nagual dijo que una vez que tienes un objeto de ésos, el desastre te persigue, porque su poder entra en pelea con el po­der de otros objetos de ese tipo, y el dueño o se convierte en perseguidor o en víctima. El nagual dijo que la naturaleza de esos objetos es estar en guerra, porque la parte de nuestra aten­ción que los enfoca para darles poder es una parte belicosa, de mucho peligro.
-La Gorda es muy codiciosa -aseguró Pablito-. Se imaginó que si podía encontrar algo que de por sí ya tuviera mucho poder, ella saldría ganando porque hoy en día ya nadie está interesado en desafiar al poder.
La Gorda asintió con un movimiento de cabeza.
-Yo no sabía que uno puede recoger otras cosas aparte del poder que esos objetos tienen. Cuando metí el dedo por prime­ra vez en el agujero y agarré la piedra, mi mano se puso caliente y mi brazo empezó a vibrar. Me sentí de verdad grande y fuerte. Como siempre, y a escondidas, nadie se dio cuenta, de que yo traía la piedra en la mano. Después de varios días empezó el ver­dadero horror. Podía sentir que alguien se las traía con el dueño de la piedra. Podía sentir su terror. Sin duda se trataba de un brujo muy poderoso y quien fuera el que andara tras él no sólo quería matarlo sino también quería comerse su carne. Esto de veras me espantó. En ese momento debí tirar la piedra, pero esa sensación que estaba teniendo era tan nueva que seguía agarrándola en mi mano como una recontra pendeja que soy. Cuando finalmente la solté, ya era demasiado tarde: algo en mí había sido atrapado. Tuve visiones de hombres que se acercaban, ves­tidos con ropas extrañas. Sentía que me mordían, desgarraban la carne de mis piernas con sus dientes y con pequeños cuchi­llos filosos. ¡Me puse frenética!
-¿Y cómo explicó don Juan esas visiones? -pregunté.
-Dijo que ésta ya no tenía defensas -intervino Néstor-. Y que por eso podía recoger la fijeza de ese hombre, su segunda atención, que había sido vertida en esa piedra. Cuando lo esta­ban matando se aferró de la piedra para así poder juntar toda su concentración. El nagual dijo que el poder del hombre se desplazó del cuerpo a la piedra; sabía lo que estaba haciendo y no quería que sus enemigos se beneficiaran devorando su car­ne. El nagual también dijo que los que lo mataron sabían todo esto y por eso se lo comieron vivo, para poder adueñarse de todo el poder que le quedara. Deben haber enterrado la piedra para evitarse problemas. Y la Gorda y yo, como dos pendejos, la encontramos y la desenterramos.
La Gorda asintió, tres o cuatro veces. Tenía una expresión sumamente seria.
-El nagual me dijo que la segunda atención es la cosa más feroz que hay -declaró-. Si se le enfoca en objetos, no hay nada más horrendo.
-Lo que es horrible es que nos aferremos -dijo Néstor-. El hombre que era dueño de la piedra se aferraba a su vida y a su poder, por eso se horrorizó tanto cundo sintió que le quitaban la carne a mordidas. El nagual nos dijo que si ese hombre hubiera dejado de ser posesivo y se hubiese abando­nado a su muerte, cualquiera que fuese, no habría sentido ningún temor.
La conversación se apagó. Les pregunté a los demás si tenían algo que decir. Las hermanitas me miraron con fuego en los ojos. Benigno rió quedito y escondió su rostro con el sombrero.
-Pablito y yo hemos ido a las pirámides de Tula -convino finalmente-. Hemos ido a todas las pirámides que hay en Méxi­co, nos gustan.
-¿Y para qué fueron a todas las pirámides? -pregunté.
-Realmente no sé a qué fuimos -respondió-. A lo mejor fue porque el nagual Juan Matus nos dijo que no fuéramos.
-¿Y tú, Pablito?
-Yo fui a aprender -replico, malhumorado, y después rió-. Yo vivía en la ciudad de Tula. Conozco esas pirámides como la palma de mi mano. El nagual me dijo que él también vivió allí. Sabía todo acerca de las pirámides. El mismo era un tolteca.
Advertí entonces que algo más que curiosidad me había he­cho ir a la zona arqueológica de Tula. La razón principal por la que acepté la invitación de mi amigo fue porque la primera vez que visité a la Gorda y a los otros, me dijeron algo que don Juan nunca me había mencionado: que él se consideraba un descendiente cultural de los toltecas. Tula fue el antiguo epi­centro del imperio tolteca.
-¿Y qué, piensan que los atlantes caminen de noche? -le pregunté a Pablito.
-Por supuesto que caminan de noche -enfatizó-. Esas co­sas han estado ahí durante siglos. Nadie sabe quién construyó las pirámides; el mismo nagual Juan Matus me dijo que los españoles no fueron los primeros en descubrirlas. El nagual ase­guró que hubo otros antes que ellos. Dios sabrá cuántos.
-¿Y qué crees que representen esas figuras de piedra? -in­sistí.
-No son hombres, sino mujeres -dijo-. Y esas pirámides donde están es el centro del orden y de la estabilidad. Esas fi­guras son sus cuatro esquinas, son los cuatro vientos, las cuatro direcciones. Son la base, el fundamento de la pirámide. Tienen que ser mujeres, mujeres hombrunas si así las quieres llamar. Como ya sabes, nosotros los hombres no somos tan calientes. Somos una buena ligadura, un pegol que junta las cosas, y eso es todo. El nagual Juan Matus dijo que el misterio de la pirámi­de es su estructura. Las cuatro esquinas han sido elevadas hasta la cima. La pirámide misma es el hombre, que está sostenido por sus mujeres guerreras: un hombre que ha elevado sus so­portes hasta el lugar más alto. ¿Entiendes?
Debo haber tenido una expresión de perplejidad en el rostro. Pablito rió. Se trataba de una risa cortes.
-No, no entiendo, Pablito -reconocí-, porque don Juan nunca me habló de eso. El tema es completamente nuevo para mí. Por favor, dime todo lo que sepas.
-Lo que se conoce como atlantes son el nagual; son mujeres ensoñadoras.Representan el orden de la segunda atención que ha sido traída a la superficie, por eso son tan temibles y mis­teriosas. Son criaturas de guerra, pero no de destrucción.
"La otra hilera de columnas, las rectangulares, representan el orden de la primera atención, el tonal.Son acechadoras, por eso están cubiertas de inscripciones. Son muy pacíficas y sa­bias, lo contrario de la hilera de enfrente.
Pablito dejó de hablar y me miró casi desafiante; después, sonrió.
Pensé que iba a explicar lo que había dicho, pero guardó si­lencio como si esperara mis comentarios.
Le dije cuán perplejo me hallaba y le urgía que continuara hablando. Pareció indeciso, me miró un momento y respiró lar­gamente. Apenas había comenzado a hablar cuando las voces de los demás se alzaron en un clamor de protestas.
-El nagual ya nos explicó todo eso a nosotros -advirtió la Gorda, impacientemente-. ¿Por qué tienes que hacerlo repe­tir?
Traté de hacerles comprender que en verdad yo no tenía la menor idea de lo que hablaba Pablito. Le rogué que continua­ra con su explicación. Surgió otra oleada de voces que hablaban al mismo tiempo. A juzgar por la manera como las hermanitas me fulminaban con la mirada, se estaban encolerizando aún más, Lidia en especial.
-No queremos hablar de esas mujeres -objetó la Gorda con un tono conciliatorio-. Nomás de pensar en las mujeres de la pirámide nos ponemos muy nerviosas.
-¿Qué les pasa a todos ustedes? -pregunté-. ¿Por qué actúan así?
-No sabemos -respondió la Gorda-. Es nomás una sensa­ción que nos da a todos, una sensación muy inquieta. Todos estábamos bien hasta hace un rato, cuando empezaste a pregun­tar sobre esas mujeres.
Las aseveraciones de la Gorda fueron como una señal de alar­ma. Todos ellos se pusieron de pie y avanzaron amenazantes hacia mí, hablando muy fuerte.
Me tomó un buen rato calmarlos y hacer que volvieran a to­mar asiento. Las hermanitas se hallaban muy molestas y su mal humor parecía influenciar el de la Gorda. Los tres hombres mostraban mayor control. Me enfrenté a Néstor y le pedí lisa y llanamente que me explicara por qué las mujeres se habían agitado tanto. Era obvio que yo me hallaba, involuntariamente, haciendo algo que las exasperaba.
-Yo verdaderamente no sé lo que es -respondió-. Es que ninguno de nosotros aquí sabe lo que nos sucede. Todo lo que sabemos es que nos sentimos mal y nerviosos.
-¿Es porque estamos hablando de las pirámides? -le con­sulté.
-Debe ser por eso -respondió, sombrío-. Yo mismo no sa­bía que esas figuras fuesen mujeres.
-Claro que lo sabías, idiota -exclamó Lidia.
Néstor pareció intimidarse ante ese estallido. Retrocedió y me sonrió mansamente.
-A lo mejor lo sabía -concedió-. Estamos pasando por un periodo muy extraño en nuestras vidas. Ya ninguno de nosotros puede estar seguro de nada. Desde que llegaste a nuestras vi­das ya no nos conocemos a nosotros mismos.
Un humor muy opresivo nos poseyó. Insistí en que la única manera de ahuyentarlo era hablando de esas misteriosas colum­nas de las pirámides.
Las mujeres protestaron acaloradamente. Los hombres se mantuvieron en silencio. Tuve la sensación de que en principio estaban de acuerdo con las mujeres, pero que en el fondo que­rían discutir el tema, al igual que yo.
-¿Don Juan no te dijo algo más sobre las pirámides, Pablito? -pregunté.
-Dijo que una pirámide en especial, allí en Tula; era un guía -respondió Pablito, al instante.
Del tono de su voz deduje que en verdad tenía deseos de ha­blar. Y la atención que prestaban los demás aprendices me con­venció de que secretamente todos ellos querían intercambiar opiniones.
-El nagual dijo que era un guía que llevaba a la segunda atención -continuó Pablito-, pero que fue saqueada y todo se destruyó. Me contó que algunas de las pirámides eran gigan­tescos no-haceres. No eran sitios de alojamiento, sino lugares para que los guerreros hicieran su ensueño y ejercitaran su se­gunda atención. Todo lo que hacían se registraba con dibujos y figuras que esculpían en los muros.
"Después debe haber llegado otro tipo de guerrero, una especie que no estaba de acuerdo con lo que los brujos de la pi­rámide hicieron con su segunda atención, y que destruyó la pirámide con todo lo que allí había.
"El nagual creía que los guerreros debieron ser guerreros de la tercera atención. Así como él mismo era. Guerreros que se horrorizaron con lo maligno que tiene la fijeza de la segunda atención. Los brujos de las pirámides estaban excesivamente ocupados con su fijeza, para darse cuenta de lo que ocurría. Cuando lo hicieron, ya era demasiado tarde.
Pablito tenía público. Todos en el cuarto, incluyéndome a mí, estábamos fascinados con lo que nos relataba. Pude com­prender las ideas que presentaba, porque don Juan me las llegó a explicar.
Don Juan me había dicho que nuestro ser total consiste en dos segmentos perceptibles. El primero es nuestro cuerpo físi­co, que todos nosotros podemos percibir; el segundo es el cuer­po luminoso, que es un capullo que sólo los videntes pueden percibir y que nos da la apariencia de gigantescos huevos lumi­nosos. También me dijo que una de las metas más importantes de la brujería era alcanzar el capullo luminoso; una meta que se logra a través del sofisticado uso del ensueño y mediante un esfuerzo riguroso y sistemático que él llamaba no-hacer. Don Juan definía no-hacer como un acto insólito que emplea a nues­tro ser total forzándolo a ser consciente del segmento luminoso.
Para explicar estos conceptos, don Juan hizo una desigual división tripartita de nuestra conciencia. A la porción más pe­queña la llamó "primera atención" y dijo que era la conciencia que toda persona normal ha desarrollado para enfrentarse al mundo cotidiano; abarca la conciencia del cuerpo físico. A otra porción más grande la llamó la "segunda atención" y la descri­bió como la conciencia que requerimos para percibir nuestro capullo luminoso y para actuar como seres luminosos. Dijo que la segunda atención se queda en el trasfondo durante toda nuestra vida, a no ser que emerja a través de un entrenamiento deliberado o a causa de un trauma accidental, abarca la concien­cia del cuerpo luminoso. A la última porción, que era la mayor, la llamó la "tercera atención": una conciencia de los cuerpos físico y luminoso.
Le pregunté si había experimentado la tercera atención. Dijo que se hallaba en la periferia de ella y que si llegaba a entrar completamente yo lo sabría al instante, porque todo él se con­vertiría en lo que en verdad era: un estallido de energía. Agregó que el campo de batalla de los guerreros era la segunda aten­ción, que venía a ser algo como un campo de entrenamiento para llegar a la tercera atención; un campo un tanto difícil de alcanzar, pero muy fructífero una vez obtenido.
-Las pirámides son dañinas -continuó Pablito-. En espe­cial para brujos desprotegidos como nosotros. Pero son todavía peores para guerreros sin forma, como la Gorda. El nagual dijo que no hay nada más peligroso que la fijeza maligna de la se­gunda atención. Cuando los guerreros aprenden a enfocarse en el lado débil de la segunda atención, ya no hay nada que pueda detenerlos. Se convierten en cazadores de hombres, en vampi­ros. No importa que ya no estén vivos, pueden alcanzar su presa a través del tiempo, como si estuvieran presentes aquí y ahora; porque en presas nos convertimos si nos metemos en una de esas pirámides El nagual las llamaba trampas de la segunda atención.
-¿Exactamente qué dijo que le pasaría a uno? -preguntó la Gorda.
-El nagual dijo que quizás podríamos aguantar una visita a las pirámides -explicó Pablito-. En la segunda visita sentíamos una extraña tristeza; como una brisa que nos volvería desaten­tos y fatigados: una fatiga que pronto se convierte en la mala suerte. En cuestión de días nos volveríamos unos salados. El nagual aseguró que nuestras oleadas de mala suerte se debían a nuestra obstinación al visitar esas ruinas a pesar de sus reco­mendaciones.
"Eligio, por ejemplo, nunca desobedeció al nagual. Ni a ra­tos te lo encontrabas allí; tampoco encontrabas este nagual que está aquí, y los dos siempre tuvieron suerte, mientras que el resto de nosotros traemos la sal, en especial la Gorda y yo. ¿No nos mordió el mismo perro? ¿Y no las mismas vigas del techo de la cocina se pudrieron dos veces y se nos cayeron encima?
-El nagual nunca me explicó esto -refutó la Gorda.
-Claro que sí -insistió Pablito.
-Si yo hubiera sabido lo malo que era todo eso, jamás habría puesto un pie en esos malditos lugares -protestó la Gorda.
-El nagual nos dijo a todos las mismas cosas -dijo Néstor-. El problema es que todos aquí no lo escuchábamos atentamen­te, o más bien que cada uno de nosotros lo escuchaba a su mane­ra, y oíamos lo que queríamos oír.
"El nagual explicó que la fijeza de la segunda atención tiene dos caras. La primera y la más fácil es la cara maléfica. Sucede cuando los soñadores usan su ensueño para enfocar la segunda atención en las cosas de este mundo, como dinero o poder so­bre la gente. La otra cara es la más difícil de alcanzar y ocurre cuando los soñadores enfocan su atención en cosas que ya no están en este mundo o que ya no son de este mundo, así como el viaje a lo desconocido. Los guerreros necesitan una impeca­bilidad sin fin para alcanzar esta cara.
Les dije que estaba seguro de que don Juan había revelado selectivamente ciertas cosas a algunos de nosotros; y otras, a otros. Por ejemplo, yo no podía recordar que don Juan alguna vez hubiera discutido conmigo la cara maléfica de la segunda atención. Después les hablé de lo que don Juan me había dicho referente a la fijeza de la atención en general.
Empezó por dejar en claro que para él todas las ruinas ar­queológicas de México, especialmente las pirámides, eran dañi­nas para el hombre moderno. Describió las pirámides como desconocidas de pensamiento y de acción. Dijo que cada parte, cada diseño, representaba un esfuerzo calculado para registrar aspectos de atención absolutamente ajenos a nosotros. Para don Juan no eran solamente las ruinas de antiguas culturas las que contenían un elemento peligroso en ellas; todo lo que era objeto de una preocupación obsesiva tenía un potencial dañino.
Una vez discutimos esto en detalle. Fue a causa del hecho de que yo no sabía qué hacer para poner a salvo mis notas de campo. Las veía de una manera muy posesiva y estaba obse­sionado con su seguridad.
-¿Qué debo hacer? -le pregunté.
-Genaro te dio la solución una vez -replicó-. Tú creíste, como siempre, que estaba bromeando. Pero él nunca bromea.
"Te dijo que deberías escribir con la punta de tu dedo en vez de lápiz. No le hiciste caso porque no te puedes imaginar que ése sea el no-hacer de tomar notas.
Argüí que lo que me estaba proponiendo tenía que ser una broma. Mi imagen propia era la de un científico social que ne­cesitaba registrar todo lo que era hecho o dicho, para extraer conclusiones verificables. Para don Juan, una cosa no tenía que ver con la otra. Ser un estudiante serio no tenía nada que ver con tomar notas. Yo, personalmente, no podía ver el valor de la sugerencia de don Genaro; me parecía humorística, pero no una verdadera posibilidad. ,
Don Juan llevó más adelante su punto de vista. Dijo que to­mar notas era una manera. de ocupar la primera atención en la tarea de recordar, que yo tomaba notas para recordar lo que se decía y hacía. La recomendación de don Genaro no era una broma, porque escribir con la punta de mi dedo en un pedazo de papel, siendo el no-hacer de tomar notas, forzaría a mi segunda atención a enfocarse en recordar, y ya no acumularía hojas de papel. Don Juan creía que a la larga el resultado sería más exacto y más poderoso que tomar notas. Nunca se había hecho, en cuanto a lo que él sabía, pero el principio era sólido.
Por un corto tiempo, me presionó para que lo hiciera. Me sentí perturbado. Tomar notas no sólo me servía como recurso mnemotécnico, también me aliviaba. Era mi muleta más útil. Acumular hojas de papel me daba una sensación de propósito y de equilibrio.
-Cuando te pones a cavilar en lo que vas a hacer con tus hojas -explicó don Juan-, estás enfocando en ellas una parte muy peligrosa de ti mismo. Todos nosotros tenemos ese lado peligroso, esa fijeza. Mientras más fuertes llegamos a ser, más mortífero es ese lado. La recomendación para los guerreros es no tener nada material en qué enfocar su poder, sino enfocarlo más bien hacia el espíritu, en el verdadero vuelo a lo descono­cido, no en salvaguardas triviales. En tu caso, las notas son tu salvaguarda. No te van a dejar vivir en paz.
Yo creía seriamente que no había manera alguna sobre la faz de la tierra, que me disociara de mis notas. Pero don Juan concibió una tarea para llevarme a ese fin. Dijo que para alguien que era tan posesivo como yo, el modo más apropiado de libe­rarme de mis cuadernos de notas sería revelándolos, echándo­los a lo abierto, escribiendo un libro. En esa época pensé que ésa era una broma mayor aún que tomar notas con la punta del dedo.
-Tu compulsión de poseer y aferrarte a las cosas no es única -sostuvo-. Todo aquel que quiere seguir el camino del guerre­ro, el sendero del brujo, tiene que quitarse de encima esa fijeza.
"Mi benefactor me dijo que hubo una época en que los gue­rreros sí tenían objetos materiales en los que concentraban su obsesión. Y eso daba lugar a la pregunta de cuál objeto sería más poderoso, o el más poderoso de todos. Retazos de esos objetos aún existen en el mundo, las trazas de esa contienda por el poder. Nadie puede decir qué tipo de fijeza habrán recibi­do esos objetos. Hombres infinitamente más poderosos que tú virtieron todas las facetas de su atención en ellos. Tú apenas empiezas a desparramar tu minúscula preocupación en tus no­tas. Todavía no has llegado a otros niveles de atención. Piensa en lo horrible que sería si al final de tu sendero de guerrero te en­contraras cargando tus bultos de notas en la espalda. Para ese entonces, las notas estarían vivas, especialmente si aprendieras a escribir con la punta del dedo y todavía tuvieras que apilar hojas. Bajo esas circunstancias no me sorprendería que alguien encontrara tus bultos caminando solos.
-Para mí es fácil comprender por qué el nagual Juan Matus no quería que tuviéramos posesiones -señaló Néstor, después de que concluí de hablar-. Todos nosotros somos ensoñado­res. No quería que enfocáramos nuestro cuerpo de ensueño en la cara débil de la segunda atención. Yo no entendí sus manio­bras en aquellos días; me chingaba el hecho de que me hizo deshacerme de todo lo que tenía. Pensé que era injusto. Creí que estaba tratando de evitar que Pablito y Benigno me tuvie­ran envidia, porque ellos no poseían nada. En comparación, yo era pudiente. En esa época, yo no tenía idea de que el nagual estaba protegiendo mi cuerpo de ensueño.
Don Juan me había descrito el ensoñar de diversas maneras. La más oscura, ahora me parece que lo define mejor. Dijo que ensoñar intrínsecamente es el no-hacer de dormir. En este senti­do, el ensueño permite al practicante el uso de esa porción de su vida que se pasa en el sopor. Es como si los ensoñadores ya no durmiesen, y sin embargo esto no resulta en ninguna enfer­medad. A los ensoñadores no les falta el sueño, pero el efecto de ensoñar parece ser un incremento del tiempo de vigilia, de­bido al uso de un supuesto cuerpo extra: el cuerpo de ensueño.
Don Juan me había explicado que, en ciertas ocasiones, el cuerpo de ensueño era llamado el "doble" o el "otro", porque es una réplica perfecta del cuerpo del ensoñador.Inherente­mente se trata de la energía del ser luminoso, una emanación blancuzca, fantasmal, que es proyectada mediante la fijeza de la segunda atención en una imagen tridimensional del cuerpo. Don Juan me advirtió que el cuerpo de ensueño no es un fan­tasma, sino que es tan real como cualquier cosa con la que trata­mos en el mundo. Dijo que, inevitablemente, la segunda aten­ción es empujada a enfocar nuestro ser total como campo de energía, y que transforma esa energía en cualquier cosa apro­piada. Lo más fácil, por supuesto, es la imagen del cuerpo físi­co, con la cual estamos completamente acostumbrados en nuestras vidas diarias, gracias al uso de nuestra primera aten­ción. Lo que canaliza la energía de nuestro ser total, para pro­ducirse cualquier cosa que pueda hallarse dentro de los límites de lo posible, es conocido como voluntad.Don Juan no podía decir cuáles eran esos límites, salvo que al nivel de seres lumi­nosos nuestro alcance es tan amplio que resulta vano tratar de establecer límites: de modo que la energía de un ser luminoso puede transformarse en cualquier cosa mediante la voluntad.
-El nagual aseguró que el cuerpo de ensueño se mete y se engancha en cualquier cosa -expuso Benigno-. No tiene juicio. Me dijo que los hombre son más débiles que las mujeres porque el cuerpo de ensueño de un hombre es más posesivo.
Las hermanitas demostraron su acuerdo al unísono, con un movimiento de cabeza. La Gorda me miró y sonrió.
-El nagual me dijo que tú eres el rey de los posesivos -inter­vino-. Genaro decía que hasta te despides dé tus mojones cuando se los lleva el río.
Las hermanitas se revolcaron de risa. Los Genaros hicieron obvios esfuerzos por contenerse. Néstor, que se hallaba sentado junto a mí, me palmeó la rodilla.
-El nagual y Genaro nos contaban historias sensacionales de ti -dijo-. Nos entretuvieron durante años con las historias de un tipo raro que conocían. Ahora sabemos que se trataba de ti.
Sentí una oleada de vergüenza. Era como si don Juan y don Genaro me hubieran traicionado, riéndose de mí enfrente de los aprendices. La tristeza me envolvió. Empecé a protestar. Dije en voz alta que a ellos los habían predispuesto en mi contra para tomarme como un tonto.
-No es cierto -dijo Benigno-. Estamos muy contentos de que estés con nosotros.
-¿Estamos? -replicó mordazmente Lidia.
Todos se enredaron en una discusión acalorada. Los hombres y las mujeres se habían dividido. La Gorda no se unió a ningún grupo. Permaneció sentada junto a mí, mientras los otros se ponían en pie y gritaban.
-Estamos pasando por momentos difíciles -susurró la Gor­da-. Hemos hecho bastante ensueño y sin embargo no es su­ficiente para lo que necesitamos.
-¿Qué necesitan ustedes, Gorda? -pregunté.
-No sabemos. Todos tenían la esperanza de que tú nos lo dijeras.
Las hermanitas y los Genaros tomaron asiento nuevamente para escuchar lo que la Gorda me decía.
-Necesitamos un líder -continuó ella-. Tú eres el nagual, pero no eres líder.
-Toma tiempo llegar a ser un nagual perfecto -proclamó Pablito-. El nagual Juan Matus me dijo que él mismo fue un fracaso en su juventud, hasta que algo lo sacó de su compla­cencia.
-¡No lo creo! -gritó Lidia-. A mí nunca me dijo eso.
-A mí me dijo que era un tarugo -añadió la Gorda, en voz baja.
-El nagual me contó que en su juventud era un salado igual que yo -precisó Pablito-. Su benefactor también le requirió que jamás pusiera el pie en esas pirámides, y nomás por eso, prácticamente vivía allí hasta que lo corrió una horda de fan­tasmas.
Al parecer nadie conocía esa historia. Todos se avivaron.
-Eso se me había olvidado completamente -comentó Pabli­to-. Hasta ahorita lo acabo de recordar. Fue como lo que le pasó a la Gorda. Un día, después de que el nagual finalmente se había convertido en un guerrero sin forma, la fijeza maligna de esos guerreros que habían hecho sus ensueños y otros no-­haceres en las pirámides, se le vinieron encima. Lo encontraron cuando trabajaba en el campo. Me contó que vio que una ma­no salía de la tierra floja de un surco fresco, para agarrarle el vuelo de sus pantalones. El creyó que se trataba de un compa­ñero trabajador que había sido enterrado accidentalmente. Trató de desenterrarlo. Entonces se dio cuenta de que estaba metiendo las manos en un ataúd de tierra, y que había un hom­bre enterrado allí. Era un hombre muy delgado y moreno y no tenía pelo. Frenéticamente, el nagual trató de componer el ataúd de tierra. No quería que sus compañeros vieran lo que estaba pasando, ni tampoco quería hacer daño al hombre de­senterrándolo contra su voluntad. Se puso a trabajar tan duro que ni siquiera se dio cuenta, que los demás trabajadores lo estaban rodeando. Para entonces, el nagual dijo que el ataúd de tie­rra se había desecho y que el hombre moreno se encontraba tendido en el suelo, desnudo. Trató de ayudarlo a levantarse y pidió a los hombres que le dieran una mano. Se rieron de él. Pensaron que estaba borracho, que le había dado el delirium tremens, porque ahí, en ese campo, no habían ni hombre ni ataúd de tierra ni nada por el estilo.
"El nagual dijo que se quedó aterrado, pero que no se atre­vió a contarle a su benefactor nada de eso. No importó, porque en la noche toda una banda de fantasmas llegó por él. Fue a abrir la puerta de la calle después de que alguien había tocado y una horda de hombres desnudos, con ojos amarillos y brillan­tes, se metieron en la casa. Lo tiraron al suelo y se apilaron encima de él. Y le hubieran pulverizado todos los huesos de no haber sido por la veloz reacción de su benefactor. Vio a los fantasmas y empujó al nagual hasta ponerlo a salvo en un hueco en la tierra, que siempre tenia convenientemente abierto en la parte de atrás de su casa. Enterró allí al nagual mientras los fantasmas se acurrucaron alrededor esperando su oportunidad.
"El nagual admitió que se espantó tanto, que todas las no­ches él solito se metía otra vez a su ataúd de tierra a dormir, hasta mucho después de que los fantasmas desaparecieron.
Pablito cesó de hablar. Todos parecían estar impacientes; cambiaron de posición repetidamente como si quisieran dar a entender que estaban cansados de estar sentados.
Para calmarlos les dije que yo había tenido una reacción muy perturbadora al oír las aseveraciones de mi amigo acerca de los atlantes que caminaban de noche en la pirámide de Tula.
No me había dado cuenta de la profundidad con que acepté lo que don Juan y don Genaro me habían enseriado, hasta ese día. A pesar de que mi mente estaba bien claro que no había posibilidad alguna de que esas colosales figuras de piedra pudie­ran caminar, porque tal cuestión no entraba en el ámbito de la especulación seria, yo suspendí mi juicio por completo. Mi reacción fue una total sorpresa para mí.
Les expliqué extensamente que yo había aceptado la idea de que los atlantes caminaran de noche, como un claro ejemplo de la fijeza de la segunda atención. Había llegado a esa conclu­sión siguiendo las siguientes premisas: Primero, que no somos solamente aquello que nuestro sentido común nos exige que creamos ser. En realidad somos seres luminosos, capaces de volvernos conscientes de nuestra luminosidad. Segundo, que como seres luminosos conscientes de nuestra luminosidad podemos enfocar distintas facetas de nuestra conciencia, o de nuestra atención, como don Juan le llamaba. Tercero, que ese enfoque podía ser producido mediante un esfuerzo deliberado, como el que nosotros tratábamos de hacer, o accidentalmente, a través de un trauma corpóreo. Cuarto, que había habido una época en que los brujos deliberadamente enfocaban distintas facetas de su atención en objetos materiales. Quinto, que los atlantes, a juzgar por su espectacular apariencia, debieron haber sido objetos de la fijeza de los brujos de otro tiempo.
Dije que el guardia que le dio la información a mi amigo, sin duda había enfocado otra faceta de su atención: él podía haberse convertido, involuntariamente, aunque sólo por un mo­mento, en un receptor de las proyecciones de la segunda aten­ción de los brujos de la antigüedad. No era tan desmedido para mí entonces que ese hombre hubiera visualizado la fijeza de aquellos brujos.
Si ellos eran miembros de la tradición de don Juan y de don Genaro, debieron haber sido practicantes impecables, en cuyo caso no habría límite para lo que podrían llevar a cabo con la fijeza de su segunda atención. Si su intento era que los atlantes caminaran de noche, entonces los atlantes caminaban de noche.
Mientras yo hablaba, las hermanitas se pusieron muy enoja­das y nerviosas conmigo. Cuando concluí, Lidia me acusó de no hacer nada más que hablar. Se pusieron en pie y se fueron sin siquiera despedirse. Los hombres las siguieron, pero se de­tuvieron en la puerta para estrecharme la mano. La Gorda y yo nos quedamos en el cuarto.
-Hay algo que anda muy mal con esas mujeres -censuré.
-No. Nada más están cansadas de hablar -disculpó la Gor­da-. Esperan que tú actúes en vez de hablar.
-¿Y cómo es que los Genaros no están cansados de hablar? -pregunté.
-Porque son mucho más pendejos que las mujeres -replicó secamente.
-¿Y tú, Gorda? ¿Tú también estás cansada de hablar?
-No te podría decir -eludió solemnemente-. Cuando estoy contigo no me canso, pero cuando estoy con las hermanitas me siento cansadísima, igual que ellas.

Durante los siguientes días, los cuales pasaron sin acontecimien­tos, resultó obvio que las hermanitas estaban completamente enemistadas conmigo. Los Genaros a duras penas me toleraban. Sólo la Gorda parecía alinearse conmigo. Me causó sorpresa. Se lo pregunté antes de volverme a Los Ángeles.
-No sé cómo es posible, pero estoy acostumbrada a ti -ad­mitió-. Es como si tú y yo estuviéramos unidos, y las herma­nitas y los Genaros estuvieran en un mundo distinto.