El segundo anillo de poder. 1ª parte

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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EL SEGUNDO
ANILLO DE PODER

 

Carlos Castaneda

 

 

 


PREFACIO

 

Mi último encuentro con don Juan, don Genaro y sus otros dos aprendices, Pablito y Néstor, tuvo como escenario una plana y árida cima de la vertiente occidental de la Sierra Madre, en México Central. La solemnidad y la trascendencia de los hechos que allí tuvieron lugar no dejaron duda alguna en mi mente acerca de que nuestro aprendizaje había llegado a su fin y que en realidad veía a don Juan y a don Genaro por última vez. Hacia el desenlace, nos despedimos unos de otros y luego Pablito y yo saltamos de la cumbre de la montaña, lanzándonos a un abismo.
Antes del salto, don Juan había expuesto un principio de importancia fundamental en relación con todo lo que estaba a punto de sucederme. Según él, tras arrojarme al abismo me convertiría en percepción pura y comenzaría a moverme de uno a otro lado entre los dos reinos inherentes a toda creación, el tonal y el nagual.
En el curso de la caída mi percepción experimentó diecisiete rebotes entre el tonal y el nagual. Al moverme dentro del nagual viví mi desintegración física. No era capaz de pensar ni de sentir con la coherencia y la solidez con que suelo hacer ambas cosas; no obstante, como quiera que fuese, pensé y sentí. Por lo que a mis movimientos en el tonal respecta, me fundí en la unidad. Estaba entero. Mis percepciones eran coherentes. Consecuentemente, tenía visiones de orden. Su fuerza era a tal punto compulsiva, su intensidad tan real y su complejidad tan vasta, que no he logrado explicarlas a mi entera satisfacción. El denominarlas visiones, sue­ños vívidos o, incluso, alucinaciones, poco ayuda a clarificar su naturaleza.
Tras haber considerado y analizado del modo más cabal y cuidadoso mis sensaciones, percepciones e inter­pretaciones de ese salto al abismo, concluí que no era racionalmente aceptable el hecho de que hubiese tenido lugar. No obstante, otra parte de mi ser se aferraba con firmeza a la convicción de que había sucedido, de que había saltado.
Ya no me es posible acudir a don Juan ni a don Ge­naro, y su ausencia ha suscitado en mí una necesidad apremiante: la de avanzar por entre contradicciones aparentemente insolubles.
Regresé a México con la intención de ver a Pablito y a Néstor y pedirles ayuda para resolver mis conflictos. Pero aquello con lo que me encontré en el viaje no puede ser descrito sino como un asalto final a mi razón, un ata­que concentrado, planificado por el propio don Juan. Sus discípulos, bajo su dirección ‑aun cuando él se hallase ausente‑, demolieron de modo preciso y metódico, en el curso de unos pocos días, el último baluarte de mi capa­cidad de raciocinio. En ese lapso me revelaron uno de los aspectos prácticos de su condición de brujos, el arte de soñar, que constituye el núcleo de la presente obra.
El arte del acecho, la otra faz práctica de su brujería, así como también el punto culminante de las enseñanzas de don Juan y don Genaro, me fue expuesto en el curso de visitas subsiguientes: se trataba, con mucho, del cariz más complejo de su ser en el mundo como brujos.

1

LA TRANSFORMACIÓN DE DOÑA SOLEDAD

Intuí de pronto que ni Pablito ni Néstor estarían en casa. Mi certidumbre era tal que detuve mi coche. Me encontraba en el punto en que el asfalto acaba abruptamente, y deseaba reconsiderar la conveniencia de continuar ese día el recorrido del escarpado y áspero camino de grava que conduce al pueblo en que viven, en las montañas de México Central.
Bajé la ventanilla del automóvil. El clima era bastante ventoso y frío. Salí a estirar las piernas. La tensión debida a las largas horas al volante me había entumecido la espalda y el cuello. Fui andando hasta el borde del pavimento. El campo estaba húmedo por obra de un aguacero temprano. La lluvia seguía cayendo pesadamente sobre las laderas de las montañas del sur, a poca distancia del lugar en que me hallaba. No obstante, exactamente delante de mí, ya fuese que mirara hacia el Este o hacia el Norte, el cielo se veía despejado. En determinados puntos de la sinuosa ruta había logrado divisar los azulinos picos de las sierras, resplandeciendo al sol a una gran distancia.
Tras pensarlo un momento, decidí dar la vuelta y regresar a la ciudad, porque había tenido la peculiar impresión de que iba a encontrar a don Juan en la plaza del mercado. Después de todo, eso era lo que había hecho siempre, hallarle en el mercado, desde el comienzo de mi relación con él. Por norma, si no daba con él en Sonora, me dirigía a México Central e iba al mercado de la ciu­dad del caso: tarde o temprano, don Juan se dejaría ver. Nunca le esperé más de dos días. Estaba tan habituado a reunirme con él de ese modo que tuve la más absoluta certeza de que volvería a hallarle, como siempre.
Aguardé en el mercado toda la tarde. Recorrí las na­ves una y otra vez, fingiendo buscar algo que adquirir. Luego esperé paseando por la plaza. Al anochecer com­prendí que no vendría. Tuve entonces la clara impre­sión de que él había estado allí. Me senté en uno de los bancos de la plaza, en que solía reunirme con él, y traté de analizar mis sentimientos. Desde el momento de mi llegada a la ciudad, la firme convicción de que don Juan se encontraba en sus calles me había llenado de alegría. Mi seguridad se fundaba en mucho más que el recuerdo de las incontables veces en que le había hallado allí; sa­bía físicamente que él me estaba buscando. Pero enton­ces, en el momento en que me senté en el banco, experi­menté otra clase de extraña certidumbre. Supe que él ya no estaba allí. Se había ido y yo le había perdido.
Pasado un rato, dejé de lado mis especulaciones. Lle­gué a la conclusión de que el lugar estaba comenzando a afectarme. Iba a caer en lo irracional, como siempre me había sucedido al cabo de unos pocos días en la zona.
Fui a mi hotel a descansar unas horas y luego salí nuevamente a vagar por las calles. Ya no tenía las mis­mas esperanzas de hallar a don Juan. Me di por vencido y regresé al hotel con el propósito de dormir bien duran­te la noche.
Por la mañana, antes de partir hacia las montañas, recorrí las calles en el coche; no obstante, de alguna ma­nera, sabía que estaba perdiendo el tiempo. Don Juan no estaba allí.
Me tomó toda la mañana llegar al pueblo en que vi­vían Pablito y Néstor. Arribé a él cerca del mediodía. Don Juan me había acostumbrado a no entrar nunca al pueblo con el automóvil, para no excitar la curiosidad de los mirones. Todas las veces que había estado allí, me había apartado del camino, poco antes de la entrada al pueblo, y pasado por un terreno llano en que los mu­chachos solían jugar al fútbol. La tierra estaba allí bien apisonada y permitía alcanzar una huella de caminantes lo bastante ancha para dar paso a un automóvil y que llevaba a las casas de Pablito y de Néstor, situadas al pie de las colinas, al sur del poblado. Tan pronto como alcancé el borde del campo descubrí que la huella se había convertido en un camino de grava.
Dudé acerca de qué era lo más conveniente: si ir a la casa de Néstor o a la de Pablito. La sensación de que no estarían allí persistía. Opté por dirigirme a la de Pablito; tuve en cuenta el hecho de que Néstor vivía solo, en tanto Pablito compartía la casa con su madre y sus cuatro hermanas. Si él no se encontraba allí, las mujeres me ayudarían a dar con él. Al acercarme, advertí que el sendero que unía el camino con la casa había sido ensanchado. El suelo daba la impresión de ser firme y, puesto que había espacio suficiente para el coche, fui en él casi hasta la puerta de entrada. A la casa de adobe se había agregado un nuevo portal con techo de tejas. No hubo perros que ladrasen, pero vi uno enorme, que me observaba alerta, sentado con calma tras una cerca. Una bandada de polluelos, que hasta ese momento habían estado comiendo frente a la casa, se dispersó cacareando. Apagué el motor y estiré los brazos por sobre la cabeza. Tenía el cuerpo rígido.
La casa parecía desierta. Pensé por un instante en la posibilidad de que Pablito y su familia se hubiesen mudado y alguna otra gente viviese allí. De pronto, la puerta delantera se abrió con estrépito y la madre de Pablito salió como si alguien la hubiese empujado. Me miró distraídamente un momento. Cuando bajé del coche pareció reconocerme. Un ligero estremecimiento recorrió su cuerpo y se apresuró a acercarse a mí. Lo primero que se me ocurrió fue que habría estado dormitando y que el ruido del motor la habría traído a la vigilia; y al salir a ver qué sucedía, le hubiese costado comprender en un primer momento de quién se trataba. Lo incongruente de la visión de la anciana corriendo hacia mí me hizo sonreír. Al acercarse, experimenté cierta duda fugaz. El modo en que se movía revelaba una agilidad que en modo alguno se correspondía con la imagen de la madre de Pablito.
‑¡Dios mío! ¡Qué sorpresa! ‑exclamó.
‑¿Doña Soledad? ‑pregunté, incrédulo.
‑¿No me reconoces? ‑replicó, riendo.
Hice algunos comentarios estúpidos acerca de su sorprendente agilidad.
‑¿Por qué siempre me tomas por una anciana indefensa? ‑preguntó, mirándome con cierto aire de desafío burlón.
Me reprochó abiertamente el hecho de haberla apodado «Señora Pirámide». Recordé que en cierta oportunidad había comentado a Néstor que sus formas me recordaban las de una pirámide. Tenía un ancho y macizo trasero y una cabeza pequeña y en punta. Los largos vestidos que solía usar contribuían al efecto.
‑Mírame ‑dijo. ¿Sigo teniendo el aspecto de una pirámide?
Sonreía, pero sus ojos me hacían sentir incómodo. Intenté defenderme mediante una broma, pero me interrumpió y me interrogó hasta obligarme a admitir que yo era el responsable del mote. Le aseguré que lo había hecho sin ninguna mala intención y que, de todos modos, en ese momento se la veía tan delgada que sus formas podían recordarlo todo menos una pirámide.
‑¿Qué le ocurrió, doña Soledad? ‑pregunté‑. Está transformada.
‑Tú lo dijiste ‑se apresuró a responder‑. ¡He sido transformada!
Yo lo había dicho en sentido figurado. No obstante, tras un examen más detallado, me vi en la necesidad de admitir que no había lugar para la metáfora. Francamente, era otra persona. De pronto, me vino a la boca un sabor metálico, seco. Tenía miedo.
Puso los brazos en jarras y se quedó allí parada, con las piernas ligeramente separadas, enfrentándome. Lle­vaba una falda fruncida verdosa y una blusa blanqueci­na. La falda era más corta que aquellas qué solía usar. No veía su cabello; lo llevaba ceñido por una cinta an­cha, una tela dispuesta a modo de turbante. Estaba des­calza y golpeaba rítmicamente el suelo con sus grandes pies, mientras sonreía con el candor de una jovencita. Nunca había visto a nadie que irradiase tanta energía. Advertí un extraño destello en sus ojos, un destello tur­bador pero no aterrador. Pensé que era posible que nun­ca hubiese observado su aspecto cuidadosamente. Entre otras cosas, me sentía culpable por haber dejado de lado a mucha gente durante los años pasados junto a don Juan. La fuerza de su personalidad había logrado que todo el mundo me pareciese pálido y sin importancia.
Le dije que nunca había supuesto que pudiese ser dueña de tan estupenda vitalidad, que mi indiferencia no me había permitido conocerla en profundidad y que era indudable que debía replantearme el conjunto de mis relaciones con la gente.
Se me acercó. Sonrió y puso su mano derecha en la parte posterior de mi brazo izquierdo, dándome un lige­ro apretón.
‑De eso no hay duda ‑susurró a mi oído.
Su sonrisa se heló y sus ojos se pusieron vidriosos. Estábamos tan cerca que sentía sus pechos rozar mi hombro izquierdo. Mi incomodidad aumentaba a medi­da que hacía esfuerzos por convencerme de que no ha­bía razón alguna para alarmarme. Me repetía una y otra vez que realmente nunca había conocido a la ma­dre de Pablito, y que, a pesar de lo extraño de su con­ducta, lo más probable era que estuviese actuando se­gún los dictados de su personalidad normal. Pero una parte de mi ser, atemorizada, sabía que ninguno de esos pensamientos servía para otra cosa que no fuese darme fuerzas, que carecían de fundamento, porque, más allá de la poca o mucha atención que hubiese prestado a su persona, no sólo la recordaba muy bien, sino que la ha­bía conocido muy bien. Representaba para mí el arque­tipo de una madre; la suponía cerca de los sesenta años, o algo más. Sus débiles músculos arrastraban con extre­ma dificultad su voluminoso físico. Su cabello estaba lleno de hebras grises. Era, en mi recuerdo, una triste, sombría mujer, con rasgos delicados y nobles, una ma­dre abnegada y sufriente, siempre en la cocina, siempre cansada. También recordaba su amabilidad y su gene­rosidad, y su timidez, una timidez, que la llevaba inclu­so a adoptar una actitud servil con todo aquel que ha­llase a su alrededor. Tal era la imagen que tenía de ella, reforzada por años de encuentros casuales. Ese día, había algo terriblemente diferente. La mujer que tenía frente a mí no se correspondía en lo más mínimo con mi concepción de la madre de Pablito, y, no obstan­te, se trataba de la misma persona, más delgada y más fuerte, veinte años menor, a juzgar por su aspecto, que la última vez que la había visto. Sentí un escalofrío.
Dio un par de pasos delante de mí y me miró de frente.
‑Déjame verte ‑dije. El Nagual nos dijo que eras un demonio.
Recordé entonces que ninguno de ellos ‑Pablito, su madre, sus hermanas y Néstor‑ gustaba de pronunciar el nombre de don Juan, y le llamaban «el Nagual», tér­mino que yo también había adoptado para las conversa­ciones que sosteníamos.
Osadamente, puso las manos sobre mis hombros, cosa que jamás había hecho. Mi cuerpo se puso tenso. En realidad, no sabía qué decir. Sobrevino una larga pausa, que me permitió considerar mis posibilidades. Tanto su aspecto como su conducta me habían aterrado a tal pun­to que había olvidado preguntarle por Pablito y Néstor.
‑Dígame, ¿dónde está Pablito? ‑le pregunté, expe­rimentando un súbito recelo.
‑Oh, se ha ido a las montañas ‑me replicó con tono evasivo, a la vez que se apartaba de mí.
‑¿Y Néstor?
Desvió la mirada, tratando de aparentar indife­rencia.
‑Están juntos en las montañas ‑dijo en el mismo tono.
Me sentí aliviado y le dije que había sabido, sin la menor sombra de duda, que se encontraban bien.
Me miró y sonrió. Hizo presa en mí una oleada de fe­licidad y entusiasmo y la abracé. Audazmente, respondió a mi gesto y me retuvo junto a sí; la actitud me resultó tan sorprendente que quedé sin respiración. Su cuerpo estaba rígido. Percibí una fuerza extraordinaria en ella. Mi corazón comenzó a latir a toda velocidad. Traté de apartarla con gentileza y le pregunté si Néstor seguía viendo a don Genaro y a don Juan. En el curso de nues­tra reunión de despedida, don Juan había manifestado ciertas dudas acerca de la posibilidad de que Néstor es­tuviese en condiciones de finalizar su aprendizaje.
‑Genaro se ha ido para siempre ‑dijo, separándo­se de mí.
Jugueteaba, nerviosa, con el dobladillo de la blusa.
‑¿Y don Juan?
‑El Nagual también se ha ido ‑respondió, frun­ciendo los labios.
‑¿A dónde fueron?
‑¿Quieres decir que no lo sabes?
Le dije que ambos me habían despedido hacía dos años, y que todo lo que sabía era que por entonces esta­ban vivos. A decir verdad, no me había atrevido a espe­cular acerca del lugar al que habían ido. Nunca me ha­bían hablado de su paradero, y yo había llegado a aceptar el hecho de que, si deseaban desaparecer de mi vida, todo lo que tenían que hacer era negarse a verme.
‑No están por aquí, eso es seguro ‑dijo, frunciendo el ceño‑. Y no están en camino de regreso, eso también es seguro.
Su voz transmitía una extrema indiferencia. Empe­zaba a fastidiarme. Quería irme.
‑Pero tú estás aquí ‑dijo, trocando el ceño en una sonrisa‑. Debes esperar a Pablito y a Néstor. Han de estar muriéndose por verte.
Aferró mi brazo firmemente y me apartó del coche. Considerando su talante de otrora, su osadía resultaba asombrosa.
‑Pero primero, permíteme presentarte a mi amigo ‑mientras lo decía me arrastraba hacia uno de los la­dos de la casa.
Se trataba de una zona cercada, semejante a un pe­queño corral. Había en él un enorme perro. Lo primero en llamar mi atención fue su piel, saludable, lustrosa, de un marrón amarillento. No parecía ser un perro peli­groso. No estaba encadenado y la valla no era lo bastan­te alta para impedirle salir. Permaneció impasible cuando nos acercamos a él, sin siquiera menear la cola.
Doña Soledad señaló una jaula de considerable ta­maño, situada al fondo. En su interior, hecho un ovillo, se veía un coyote.
‑Ése es mi amigo ‑dijo‑. El perro no. Pertenece a mis niñas.
El perro me miró y bostezó. Yo le caía bien. Y tenía una absurda sensación de afinidad con él.
‑Ven, vamos a la casa ‑dijo, cogiéndome por el brazo para guiarme.
Vacilé. Cierta parte de mí se hallaba en estado de total alarma y quería irse de allí inmediatamente y, sin embargo, otra porción de mi ser no estaba dispuesta a partir por nada del mundo.
‑No me tendrás miedo, ¿no? ‑me preguntó, en tono acusador.
‑¡Claro que sí! ¡Y mucho! ‑exclamé.
Sofocó una risita y, con tono tranquilizador, se refi­rió a sí misma, sosteniendo que era una mujer tosca, primitiva, que tenía muchas dificultades con las pala­bras y que apenas si sabía cómo tratar a la gente. Me miró francamente a los ojos y dijo que don Juan le ha­bía encomendado ayudarme, porque yo le preocupaba.
‑Nos dijo que eras poco formal y andabas por allí causando problemas a los inocentes ‑afirmó.
Hasta ese momento, sus aseveraciones me habían resultado coherentes, pero no me parecía concebible que don Juan dijese cosas tales sobre mí.
Entramos a la casa. Quería sentarme en el banco en que solía hacerlo en compañía de Pablito. Ella me detuvo.
‑Ése no es el lugar para ti y para mí ‑dijo‑. Va­mos a mi habitación.
‑Preferiría sentarme aquí ‑dije con firmeza‑. Co­nozco este lugar y me siento cómodo en él.
Chascó la lengua, manifestando su desaprobación. Actuaba como un niño desilusionado. Contrajo el labio superior hasta que adquirió el aspecto del pico de un pato.
-Aquí hay algún terrible error -dije‑. Creo que me voy a ir si no me explica lo que está sucediendo.
Se puso muy nerviosa y arguyó que su problema re­sidía en el hecho de no saber cómo hablarme. Le plan­teé la cuestión de su indudable transformación y le exi­gí que me dijera qué había ocurrido. Necesitaba saber cómo había tenido lugar tal cambio.
‑Si te lo digo, ¿te quedarás? ‑preguntó, con una vocecilla infantil.
‑Tendré que hacerlo.
‑En ese caso, te lo diré todo. Pero tiene que ser en mi habitación.
Durante un instante, sentí pánico. Hice un esfuerzo supremo para serenarme y fuimos a su habitación. Vi­vía en el fondo, donde Pablito había construido un dor­mitorio para ella. Yo había estado allí una vez, cuando se hallaba en construcción, y también después de termi­nado, precisamente antes de que ella lo habitase. El lu­gar estaba tan vacío como yo lo había visto, con la ex­cepción de una cama, situada exactamente en el centro, y dos modestas cómodas, junto a la puerta. El jalbegue de los muros había dado paso a un tranquilizador blan­co amarillento. También la madera del techo había ad­quirido su pátina. Al mirar las tersas, limpias paredes, tuve la impresión de que cada día las fregaban con una esponja. La habitación guardaba gran semejanza con una celda monástica, debido, a su sobriedad y ascetismo. No había en ella ornamento de especia alguna. En las ventanas había postigos de madera, sólidos y abatibles, reforzados por una barra de hierro. No había sillas ni nada en que sentarse.
Doña Soledad me quitó la libreta de notas, la apretó contra su seno y luego se sentó en la cama, que consta­ba tan sólo de dos colchones; no había somier. Me orde­nó sentarme cerca de ella.
‑Tú y yo somos lo mismo ‑dijo, a la vez que me tendía la libreta.
‑¿Cómo?
‑Tú y yo somos lo mismo ‑repitió sin mirarme.
No llegaba a comprender el significado de sus pala­bras. Ella me observaba, como si esperase una res­puesta.
‑¿Qué es lo que se supone que yo deba entender, doña Soledad? ‑pregunté.
Mi interrogación pareció desconcertarla. Era eviden­te que esperaba que la hubiese comprendido. Primero rió, pero luego, cuando volví a decirle que no había en­tendido, se enfadó. Se puso tiesa y me acusó de ser des­honesto con ella. Sus ojos ardían de ira; la cólera la lle­vaba a contraer los labios en un gesto muy feo, que la hacía parecer extraordinariamente vieja.
Yo estaba francamente perplejo e intuía que, dijese lo que dijese, iba a cometer un error. Lo mismo parecía ocurrirle a ella. Movió la boca para decir algo, pero el gesto no pasó de un estremecimiento de los labios. Fi­nalmente murmuró que no era impecable actuar como yo lo hacía en un momento tan trascendente. Me volvió la espalda.
‑¡Míreme, doña Soledad ‑dije con energía‑. No estoy tratando de desconcertarla en absoluto. Usted debe saber algo que yo ignoro por completo.
‑Hablas demasiado ‑me espetó con enojo‑. El Nagual me dijo que no debía dejarte hablar nunca. Lo tergiversas todo.
Se puso en pie de un salto y golpeó el suelo con fuerza, como un niño malcriado. En ese momento tomé conciencia de que el piso de la habitación era diferente. Lo recordaba de tierra apisonada, del mismo tono oscuro que tenía el conjunto de los terrenos de la zona. El nuevo era de un rosa subido. Dejé de lado mi enfrentamiento con ella y anduve por la estancia. No lograba explicarme el hecho de que el piso me hubiese pasado desapercibido al entrar. Era magnífico. Primero pensé que se trataría de arcilla roja, colocada como cemento mientras estaba suave y húmeda, pero luego vi que no presentaba una sola grieta. La arcilla se habría secado, apelotonado, agrietado, y alguna gramilla habría crecido allí. Me agaché y pasé los dedos con delicadeza por sobre la superficie. Tenía la consistencia del ladrillo. La arcilla había sido cocida. Comprendí entonces que el piso estaba hecho con grandes losas de arcilla cocida, asentadas sobre un lecho de arcilla fresca que hacía las veces de matriz. Las losas estaban distribuidas según un diseño intrincado y fascinante, aunque muy difícilmente visible a menos que se le prestase especial atención. La precisión con que cada losa había sido colocada en su lugar me reveló un plan perfectamente concebido. Me interesaba averiguar cómo se había hecho para cocer piezas tan grandes sin que se combasen. Me volví, con la intención de preguntárselo a doña Soledad. Desistí inmediatamente. No habría comprendido aquello a lo que yo me iba a referir. Di un nuevo paseo. La arcilla era un tanto áspera, casi como la piedra arenisca. Constituía una perfecta superficie antideslizante.
‑¿Fue Pablito quien instaló este piso? ‑pregunté.
No me respondió.
‑Es un trabajo magnífico ‑dije‑. Debe usted de sentirse orgullosa de él.
No me cabía la menor duda de que el autor había sido Pablito. Nadie más habría tenido la imaginación ni la capacidad necesarias para concebirlo. Supuse que lo habría hecho durante mi ausencia. Pero no tardé en recordar que yo no había entrado en la habitación de doña Soledad desde la época en que había sido construida, seis o siete años atrás.
‑¡Pablito! ¡Pablito! ¡Bah! ‑exclamó con voz áspera y llena de enfado‑. ¿Qué te hace pensar que sea el único capaz de hacer cosas?
Cambiamos una larga mirada, y súbitamente comprendí que era ella quien había hecho el piso, y que don Juan la había inducido a ello.
Estuvimos de pie en silencio, contemplándonos durante largo rato. Yo sabía que habría sido completamente superfluo preguntarle si mi suposición era correcta.
‑Yo me lo hice ‑dijo al cabo, en un tono seco‑. El Nagual me dijo cómo.
Sus palabras me pusieron eufórico. La cogí y la alcé en un abrazo. Sosteniéndola así, dimos unas vueltas por la habitación. Lo único que se me ocurría era bombardearla con preguntas. Quería saber cómo había hecho las losas, qué significaban los dibujos, de dónde había sacado la arcilla. Pero ella no compartía mi exaltación. Permanecía serena e imperturbable, y de tanto en tanto me miraba desdeñosamente.
Volví a recorrer el piso. La cama había sido situada en el punto exacto de convergencia de varias líneas. Las losase de arcilla estaban cortadas en ángulos agudos, de modo de dar lugar a un motivo de diseño fundado en líneas convergentes que, en apariencia, irradiaban desde debajo de la cama.
‑No encuentro palabras para expresarle lo impresionado que me hallo -dije.
‑¡Palabras! ¿Quién necesita palabras? ‑dijo, cortante.
Tuve un destello de lucidez. Mi razón me había estado traicionando. Había una sola explicación probable para su magnífica metamorfosis; don Juan debía haberla tomado como aprendiz. ¿De qué otro modo podía una vieja como doña Soledad convertirse en ese ser fantástico, poderoso? Tendría que haberme resultado obvio desde el momento en que la vi, pero esa posibilidad no formaba parte del conjunto de mis expectativas respecto de ella.
Deduje que el trabajo de don Juan con ella debía haberse realizado en los dos años durante los cuales yo no la había visto, si bien dos años parecían constituir un lapso demasiado breve para tan espléndido cambio.
-Ahora creo comprender lo que le ha sucedido ‑dije, en tono alegre y despreocupado‑. Acaba de hacerse cierta luz en mi mente.
‑Ah, ¿si? ‑dijo, sin el menor interés.
‑El Nagual le está enseñando a ser una bruja, ¿no es cierto?
Me miró desafiante. Percibí que lo que había dicho era precisamente lo menos adecuado. Había en su rostro una expresión de verdadero desprecio. No iba a decirme nada.
‑¡Qué cabrón eres! -exclamó de pronto, temblando de ira.
Pensé que su cólera era injustificada. Me senté en un extremo de la cama, mientras ella, nerviosa, daba golpecitos en el suelo con el talón. Luego fue a sentarse al otro extremo, sin mirarme.
‑¿Qué es exactamente lo que usted quiere que haga? ‑pregunté con tono firme, intimidatorio.
‑¡Ya te lo he dicho! ‑aulló‑. Tú y yo somos lo mismo.
Le pedí que me explicase lo que quería decir y que no pensase, ni por un instante, que yo sabía algo. Tales palabras la irritaron aún más. Se puso en pie bruscamente y dejó caer su falda al suelo.
‑¡Esto es lo que quiero decir! ‑chilló, acariciándose el pubis.
Mi boca se abrió sin que mediase mi voluntad. Era consciente de que la estaba contemplando como un idiota.
‑¡Tú y yo somos uno aquí! ‑dijo.
Yo estaba mudo de asombro. Doña Soledad, la anciana india, madre de mi amigo Pablito, estaba realmente semidesnuda, a pocos pasos de mí, mostrándome sus genitales. La miré, incapaz de expresar idea alguna. Lo único que sabía era que su cuerpo no correspondía a una vieja. Tenía hermosos muslos, oscuros y sin vello. Sus caderas eran anchas debido a su estructura ósea, pero no tenían gordura alguna.
Debió de haber advertido mi examen y se echó sobre la cama.
‑Ya sabes qué hacer ‑dijo, señalándose el pubis‑. Somos uno aquí.
Descubrió sus robustos pechos.
‑¡Doña Soledad, se lo ruego! ‑exclamé‑. ¿Qué le sucede? Usted es la madre de Pablito.
‑No, ¡no lo soy! ‑barbotó‑. No soy madre de nadie.
Se incorporó y me miró fieramente.
‑Soy lo mismo que tú, una parte del nagual ‑dijo‑. Estamos hechos para mezclarnos.
Abrió las piernas y yo me aparté de un salto.
‑¡Espere un momento, doña Soledad! ‑dije‑. Déjeme decirle algo.
Por un instante me dominó un miedo salvaje y por mi mente cruzó una idea loca. ¿Sería posible, me preguntaba, que don Juan estuviese oculto por allí, desternillándose de risa?
‑¡Don Juan! ‑aullé.
Mi chillido fue tan fuerte y profundo que doña Soledad saltó de su cama y se cubrió a toda prisa con su falda. Vi cómo se la ponía mientras yo volvía a bramar:
‑¡Don Juan!
Anduve por toda la casa, profiriendo el nombre de don Juan, hasta que tuve la garganta seca. Doña Soledad, en el ínterin, había salido corriendo y aguardaba junto a mi automóvil, contemplándome, perpleja.
Me acerqué a ella y le pregunté si don Juan le había ordenado hacer todo aquello. Asintió con un gesto. Le pregunté si él se encontraba en los alrededores. Respon­dió que no.
‑Dígamelo todo ‑dije.
Me explicó que se limitaba a seguir instrucciones de don Juan. El le había ordenado cambiar su ser por el de un guerrero con la finalidad de ayudarme. Aseveró que había pasado años esperando para cumplir esa promesa.
‑Ahora soy muy fuerte -dijo con suavidad‑. Sólo para ti. Pero en la habitación no te gusté, ¿no?
Me encontré explicándole que no se trataba de que no me gustase, que contaban en mucho mis sentimien­tos hacia Pablito; entonces comprendí que no tenía la más vaga idea de lo que estaba diciendo.
Doña Soledad parecía entender lo embarazoso de mi posición y afirmó que era mejor olvidar nuestro in­cidente.
‑Debes estar hambriento ‑dijo con vivacidad‑. Te prepararé algo de comer.
‑Aún hay muchas cosas que no me ha explicado ‑se­ñalé‑. Le seré franco: no me quedaría aquí por nada del mundo. Usted me asusta.
‑Estás obligado a aceptar mi hospitalidad; aunque sea una taza de café ‑dijo, sin inmutarse‑. Vamos, ol­videmos lo sucedido.
Me indicó con un gesto que fuese hacia la casa. En ese momento oí un gruñido sordo. El perro se había le­vantado y nos miraba como si comprendiese lo que con­versábamos.
Doña Soledad clavó en mí una mirada aterradora. Luego se serenó y sonrió.
‑No hagas caso de mis ojos dijo‑. Lo cierto es que soy vieja. Últimamente me mareo. Creo que necesi­to gafas.
Se echó a reír y comenzó a hacer payasadas, mirando entre sus dedos, colocados de modo de fingir gafas.
‑¡Una vieja india con gafas! Será el hazmerreír ‑comentó, sofocando una carcajada.
Me preparé mentalmente para comportarme con brusquedad y salir de allí sin dar explicación alguna. Pero antes de partir quería dejar algunas cosas para Pablito y sus hermanas. Abrí el portaequipajes para sacar los regalos que les había llevado. Me incliné hacia el interior con el objeto de alcanzar los dos paquetes colocados junto al respaldo del asiento posterior, al lado de la rueda de recambio. Había cogido uno y estaba a punto de asir el otro cuando sentí en la nuca una mano suave y peluda. Emití un chillido involuntario y me golpeé la cabeza contra la tapa levantada del coche. Me volví para mirar. La presión de la mano peluda me impidió completar el movimiento, pero alcancé a vislumbrar fugazmente un brazo, o una garra, de tonalidad plateada, suspendido sobre mi cuello. El pánico hizo presa en mí, me aparté con esfuerzo del portaequipajes, y caí sentado, con el paquete aún en la mano. Todo mi cuerpo temblaba, tenía contraídos los músculos de las piernas y me vi levantándome de un brinco y corriendo.
‑No pretendía asustarte ‑dijo doña Soledad, en tono de disculpa, mientras yo la miraba desde una distancia de más de dos metros.
Me mostró las palmas en un gesto de entrega, como si tratase de asegurarme que lo que yo había sentido no era una de sus manos.
‑¿Qué me hizo? ‑pregunté, tratando de aparentar calma y soltura.
No se podría decir si estaba muy avergonzada o totalmente desconcertada. Murmuró algo y sacudió la cabeza como si no pudiese expresarlo, o no supiera a qué me refería.
-Vamos, doña Soledad -dije, acercándome a ella‑, no me juegue sucio.
Parecía hallarse al borde del llanto. Yo deseaba con­solarla, pero una parte de mí se resistía. Tras una pau­sa brevísima le dije lo que había sentido y visto.
‑¡Eso es terrible! ‑su voz era un grito.
Con un movimiento sumamente infantil, se cubrió el rostro con el antebrazo derecho. Pensé que estaba llo­rando. Me acerqué a ella e intenté rodear sus hombros con el brazo. Pero no conseguí hacer el gesto.
-Ahora, doña Soledad ‑dije‑, olvidemos todo esto y reciba estos paquetes antes de que yo parta.
Di un paso para situarme frente a ella. Alcancé a ver sus ojos, negros y brillantes, y parte de su rostro tras el brazo que me lo ocultaba. No lloraba. Sonreía.
Salté hacia atrás. Su sonrisa me aterraba. Ambos permanecimos inmóviles largo tiempo. Mantenía cu­bierta la cara, pero yo le veía los ojos y sabía que me ob­servaba.
Allí parado, casi paralizado por el miedo, me sentía completamente abatido. Había caído en un pozo sin fon­do. Doña Soledad era una bruja. Mi cuerpo lo sabía, y, sin embargo, no terminaba de aceptarlo. Prefería creer que había enloquecido y la tenían encerrada en la casa para no enviarla a un manicomio.
No me atrevía a moverme ni a quitarle los ojos de encima. Debimos haber permanecido en la misma posi­ción durante cinco o seis minutos. Ella mantuvo el bra­zo alzado inmóvil. Se encontraba junto a la parte trase­ra del coche, casi apoyada en el parachoques izquierdo. La tapa del portaequipaje seguía levantada. Pensé en precipitarme hacia la puerta derecha. Las llaves esta­ban en el contacto.
Me relajé un tanto con el objeto de decidir el momen­to más adecuado para echar a correr. Pareció advertir mi cambio de actitud inmediatamente. Bajó el brazo, dejando al descubierto todo su rostro. Tenía los dientes apretados y los ojos fijos en mí. Se la veía cruel y vil. De pronto, avanzó hacia donde yo me encontraba, tamba­leándose. Se afirmó sobre el pie derecho, al modo de un esgrimista, y alargó las manos, cual si se tratase de garras, para aferrarme por la cintura mientras profería el más escalofriante de los alaridos.
Mi cuerpo dio un salto hacia atrás, para no quedar a su alcance. Corrí hacia el coche, pero con inconcebible agilidad se echó ante mí, haciéndome dar un traspié. Caí boca abajo y me asió por el pie izquierdo. Encogí la pierna derecha, y le habría propinado un puntapié en la cara si no se hubiese separado de mí, dejándose caer de espaldas. Me puse en pie de un salto y traté de abrir la portezuela del auto. Me arrojé sobre el capó para pasar al otro lado pero, de algún modo, doña Soledad llegó a él antes que yo. Intenté retroceder, siempre rodando sobre el capó, pero en medio de la maniobra sentí un agudo dolor en la pantorrilla derecha. Me había sujetado por la pierna. No pude pegarle con el pie izquierdo; me tenía sujeto por ambas piernas contra el capó. Me atrajo hacia ella y le caí encima. Luchamos en el suelo. Su fuerza era magnífica y sus alaridos aterradores. Apenas si podía moverme bajo la inmensa presión de su cuerpo. No era una cuestión de peso, sino más bien de potencia, y ella la tenía. De pronto oí un gruñido y el enorme perro saltó sobre su espalda y la apartó de mí. Me puse de pie. Quería entrar al coche pero mujer y perro luchaban junto a la puerta. El único refugio era la casa. Llegué a ella en uno o dos segundos. No me volví a mirarlos: me precipité dentro y cerré la puerta de inmediato, asegurándola con la barra de hierro que había tras ella. Corrí hacia el fondo y repetí la operación con la otra puerta.
Desde el interior alcanzaba a oír los furiosos gruñidos del perro y los chillidos inhumanos de la mujer. Entonces, súbitamente, el gruñir y el ladrar del animal se trocaron en gañidos y aullidos, como si experimentase dolor, o algo que lo atemorizase. Sentí una sacudida en la boca del estómago. Mis oídos comenzaron a zumbar. Comprendí que estaba atrapado en la casa. Tuve un acceso de terror. Me sublevaba mi propia estupidez al correr hacia la casa. El ataque de la mujer me había desconcertado a tal punto que había perdido todo sentido de la estrategia y me había comportado como si escapase de un contrincante corriente del que fuera posible deshacerse por medio del simple expediente de cerrar una puerta. Oí que alguien llegaba hasta la puerta y se apoyaba en ella, tratando de abrirla por la fuerza. Luego hubo violentos golpes y estrépito.
‑Abre la puerta ‑dijo doña Soledad con voz seca‑. Ese condenado perro me ha herido.
Consideré la posibilidad de dejarla entrar. Me vino a la memoria el recuerdo de un enfrentamiento con una bruja, que había tenido lugar años atrás, la cual, según don Juan, cambiaba de forma con el fin de enloquecerme y darme un golpe mortal. Evidentemente, doña Soledad no era tal como yo la había conocido, pero yo tenía razones para dudar que fuese una bruja. El elemento tiempo desempeñaba un papel preponderante en relación con mi convicción. Pablito, Néstor y yo llevábamos años de relación con don Juan y don Genaro y no éramos brujos; ¿cómo podía serlo doña Soledad? Por grande que fuese su transformación, era imposible que hubiera improvisado algo que cuesta toda una vida lograr.
‑¿Por qué me atacó? ‑pregunté, hablando con voz lo bastante fuerte como para ser oído desde el otro lado de la maciza puerta.
Respondió que el Nagual le había dicho que no me dejase partir. Le pregunté por qué.
No contestó; en cambio, golpeó la puerta furiosamente, a lo que yo respondí golpeando a mi vez con más fuerza. Seguimos aporreando la puerta durante varios minutos. Se detuvo y comenzó a rogarme que le abriera. Sentí una oleada de energía nerviosa. Comprendí que si abría, tendría una oportunidad de huir. Quité la tranca. Entró tambaleándose. Llevaba la blusa desgarrada. La banda que sujetaba su cabello se había caído y las largas greñas le cubrían el rostro.
‑¡Mira lo que me ha hecho ese perro bastardo! ‑au­lló‑. ¡Mira! ¡Mira!
Respiré hondo. Se la veía un tanto aturdida. Se sen­tó en un banco y comenzó a quitarse la blusa hecha jiro­nes. Aproveché ese momento para salir corriendo de la casa y precipitarme hacia el coche. Con una velocidad que sólo podía ser hija del miedo, entré en él, cerré la por­tezuela, conecté el motor automáticamente y puse la marcha atrás. Aceleré y volví la cabeza para mirar por la ventanilla posterior. Al hacerlo sentí un aliento cáli­do en el rostro; oí un horrendo gruñido y vi en un ins­tante los ojos demoníacos del perro. Estaba en el asien­to trasero. Vi sus terribles dientes junto a mis ojos. Bajé la cabeza. Sus dientes alcanzaron a cogerme el cabello. Debo de haberme hecho un ovillo en el asiento, y, al ha­cerlo, retirado el pie del embrague. La sacudida que dio el coche hizo perder el equilibrio al animal. Abrí la por­tezuela y salí a toda prisa. La cabeza del perro asomó también por la portezuela. Faltaron pocos centímetros para que me mordiera los tobillos y alcancé a oír el rui­do que hacían sus dientes al cerrar firmemente las mandíbulas. El coche comenzó a deslizarse hacia atrás y yo eché a correr nuevamente, esta vez hacia la casa. Me detuve antes de llegar a la puerta.
Doña Soledad estaba allí parada. Se había vuelto a recoger el pelo. Se había echado un chal sobre los hom­bros. Me miró fijamente por un instante y luego se echó a reír, muy suavemente al principio, como si hacerlo le provocase dolor en las heridas, y luego estrepitosamente, Me señalaba con un dedo y se sostenía el estómago mientras se retorcía de risa. Se movía hacia delante y hacia atrás, encorvándose e irguiéndose, como para no perder el aliento. Estaba desnuda por encima de la cin­tura. Veía sus pechos, agitados por las convulsiones de la risa.
Me sentí perdido. Miré el coche. Se había detenido tras retroceder un metro o metro y medio; la portezuela se había vuelto a cerrar, atrapando al perro en el interior. Veía y oía a la enorme bestia mordiendo el respaldo del asiento delantero y dando zarpazos contra las ventanillas.
La situación me obligaba a tomar una muy singular decisión. No sabía a quién temer más, si a doña Soledad o al perro. Concluí, tras un instante de reflexión, que el perro no era más que una bestia estúpida.
Volví corriendo al coche y me subí al techo. El ruido encolerizó al perro. Le oí desgarrar el tapizado. Tendido sobre el techo, conseguí abrir la portezuela del lado del conductor. Tenía la intención de abrir las dos, y deslizarme del techo al interior del automóvil a través de una de ellas, tan pronto como el perro hubiese salido por la otra. Me estiré nuevamente, para abrir la puerta derecha. Había olvidado que estaba asegurada. En ese momento, la cabeza del perro asomó por la portezuela abierta. Sentí pánico ciego ante la idea de que pudiese salir del auto y ganar el techo de un salto.
Tardé menos de un segundo en saltar al suelo y llegar a la puerta de la casa.
Doña Soledad aguardaba en la entrada. El reír le exigía ya esfuerzos supremos, en apariencia casi dolorosos.
El perro se había quedado dentro del coche, aún espumajeando de rabia. Al parecer, era demasiado grande y no lograba hacer pasar su voluminoso cuerpo por sobre el respaldo del asiento delantero. Fui hasta el coche y volví a cerrar la portezuela con delicadeza. Me puse a buscar una vara cuya longitud me permitiese maniobrar para quitar el seguro de la puerta derecha.
Busqué en la zona de delante de la casa. No había por allí siquiera un trozo de madera. Doña Soledad, entretanto, se había ido adentro. Consideré mi situación. No tenía otra alternativa que recurrir a su ayuda. Presa de gran agitación, crucé el umbral, mirando en todas direcciones y sin descartar la posibilidad de que estuviese escondida tras la puerta, esperándome.
‑¡Doña Soledad! ‑grité.
‑¿Qué diablos quieres? ‑gritó a su vez, desde su habitación.
‑¿Me haría el favor de salir y sacar a su perro de mi coche? ‑dije.
‑¿Estás bromeando? ‑replicó‑. Ese perro no es mío. Ya te lo he dicho; pertenece a mis niñas.
‑¿Dónde están sus niñas? ‑pregunté.
‑Están en las montañas ‑respondió.
Salió de su habitación y se encaró conmigo.
‑¿Quieres ver lo que me ha hecho ese condenado perro? ‑preguntó en tono seco‑. ¡Mira!
Se quitó el chal y me mostró la espalda desnuda.
No encontré en ella marcas visibles de dientes; había tan sólo unos pocos, largos rasguños que bien podía haberse hecho frotándose contra el áspero suelo. Por otra parte, podía haberse arañado al atacarme.
‑No tiene nada ‑dije.
‑Ven a mirarlo a la luz dijo, y cruzó la puerta.
Insistió en que buscase cuidadosamente marcas de los dientes del perro. Me sentía estúpido. Tenía una sensación de pesadez en torno de los ojos, especialmente sobre las cejas. No le hice caso y salí. El perro no se había movido y comenzó a ladrar en cuanto traspuse la puerta.
Me maldije. Yo era el único culpable. Había caído en esa trampa como un idiota. En ese preciso momento se me ocurrió la posibilidad de ir andando al pueblo. Pero mi cartera, mis documentos, todas mis pertenencias, se hallaban en el piso del coche, exactamente bajo las patas del perro. Tuve un acceso de desesperación. Era inútil caminar hasta el pueblo: El dinero que tenía en los bolsillos no alcanzaba siquiera para una taza de café. Además no conocía un alma allí. No tenía más alternativa que hacer salir al perro del auto.
‑¿Qué clase de alimentos come este perro? ‑grité desde la puerta.

‑¿Por qué no pruebas dándole una pierna? ‑respondió doña Soledad, también gritando, desde su habitación, a la vez que soltaba una risa aguda.
Busqué algo de comer en la casa. Las ollas estaban vacías. No podía hacer otra cosa que volver a encararla. Mi desesperación se había trocado en cólera. Irrumpí en su habitación, dispuesto a una lucha a muerte. Estaba echada en la cama, cubierta con el chal.
‑Por favor, perdóname por haberte hecho todas esas cosas ‑dijo con sencillez, mirando al techo.
Su audacia dio por tierra con mi cólera.
‑Debes comprender mi posición ‑prosiguió‑. No podía dejarte ir.
Rió suavemente y, con voz clara, serena y muy agra­dable, dijo que la llenaba de remordimiento el ser ávida y torpe, que había estado a punto de ahuyentarme con sus bufonadas, pero que la situación, de pronto, había variado. Hizo una pausa y se sentó en la cama, cubrién­dose los pechos con el chal; agregó luego que una extra­ña confianza había ganado su cuerpo. Levantó la vista al techo e hizo con los brazos un movimiento misterioso, rítmico, semejante al de los molinos de viento.
‑Ya no hay modo de que te vayas ‑dijo.
Me examinó atentamente, sin reír. Mi sentimiento de ira era menos violento, pero mi desesperación era más intensa que nunca. Comprendía que, en términos de fuerza bruta, me era imposible competir, tanto con ella como con el perro.
Dijo que nuestro encuentro estaba acordado desde hacía muchos años, y que ninguno de los dos contaba con el poder necesario para abreviar el lapso que debía­mos pasar juntos, ni para separarse del otro.
-No derroches energías en tentativas de irte ‑dijo‑. Es tan inútil que trates de hacerlo como que yo trate de retenerte. Algo que se encuentra más allá de tu voluntad te liberará, y algo que se encuentra más allá de mi vo­luntad te retendrá aquí.
De algún modo, su confianza no sólo la había dulcifi­cado, sino que la había dotado de un gran dominio sobre las palabras. Sus aseveraciones eran convincentes y muy claras. Don Juan siempre había dicho que yo era un alma crédula cuando se entraba en el terreno de las palabras. Me sorprendí pensando, mientras ella habla­ba, que en realidad no era tan temible como yo creía. Daba la impresión de no estar ni siquiera resentida. Mi razón se sentía casi a gusto, pero otra parte de mi ser se rebelaba. Todos mis músculos estaban tensos como alambres, y, sin embargo, me veía forzado a admitir que, a pesar de que me había asustado hasta el punto de sacarme de mis cabales, la encontraba muy atracti­va. Me miró fijamente.
‑Te demostraré la inutilidad de tratar de escapar ‑dijo, saltando de la cama‑. Voy a ayudarte. ¿Qué ne­cesitas?
Me contemplaba con ojos extrañamente brillantes. La pequeñez y blancura de sus dientes daban a su sonri­sa un toque diabólico. La cara, mofletuda, se veía extraordinariamente tersa, sin la menor arruga. Dos lí­neas bien definidas iban de los lados de su nariz a las comisuras de sus labios, dando al rostro una apariencia de madurez, sin envejecerlo. Al levantarse de la cama dejó caer descuidadamente el chal, poniendo en descu­bierto la plenitud de sus senos. No se cuidó de cubrirse. Por el contrario, aspiró profundamente y alzó los pechos.
‑Ah, lo has advertido, ¿no? ‑dijo, y meció su cuer­po como si estuviese satisfecha de sí misma‑. Siempre llevo el cabello recogido. El Nagual me lo recomendó. Al llevarlo tirante, mi rostro es más joven.
Yo estaba seguro de que se iba a referir a sus pe­chos. Su salida me sorprendió.
‑No quiero decir que la tirantez del cabello me haga parecer más joven ‑prosiguió, con una sonrisa encantadora‑. Sino que me hace realmente más joven.
‑¿Cómo es posible? ‑pregunté.
Me respondió con otra pregunta. Quiso saber si yo había entendido correctamente a don Juan cuando él decía que todo era posible si uno tenía un firme propósi­to. Yo pretendía una explicación más precisa. Me inte­resaba saber qué hacía, además de estirarse el pelo, para parecer tan joven. Dijo que se tendía sobre la cama y se vaciaba de toda clase de pensamientos y sentimien­tos y permitía que las líneas del piso de su alcoba se lle­varan las arrugas. Le exigí más detalles: impresiones, sensaciones, percepciones que hubiese experimentado en esos momentos. Insistió en que no sentía nada, en que ignoraba el modo de acción de las líneas del piso, y en que lo único que sabía era cómo impedir que los pensamientos interfiriesen.
Me puso las manos sobre el pecho y me apartó con suma delicadeza. Al parecer, quería indicarme con ese gesto que ya le había preguntado lo suficiente. Salió por la puerta trasera. Le dije que necesitaba una vara lar­ga. Se dirigió a una pila de leña, pero allí no había va­ras largas. Le sugerí que me consiguiese un par de cla­vos, con la finalidad de unir dos trozos de esa madera. Buscamos clavos infructuosamente por toda la casa. Como último recurso, hube de quitar la vara más larga que encontré, una de las que Pablito había empleado en la construcción del gallinero del fondo. El madero, si bien algo endeble, parecía hecho para mi propósito.
Doña Soledad no había sonreído ni bromeado en el curso de la búsqueda. Aparentemente, estaba dedicada por entero a ayudarme. Tal era su concentración que llegué a pensar que me deseaba éxito.
Fui hasta el coche, munido del palo largo y de otro, de menores dimensiones, cogido del montón de leña. Doña Soledad permaneció junto a la puerta de la casa.
Comencé por distraer al perro con el más corto de los palos, sostenido con la mano derecha, a la vez que, con la otra, intentaba hacer saltar el seguro del lado opuesto, valiéndome del más largo. El perro estuvo a punto de morderme la mano derecha; hube de dejar caer el madero corto. La irritación y la fuerza de la enorme bestia eran tan inmensas que me vi al bor­de de soltar también el largo. El animal estaba a punto de partirlo en dos cuando doña Soledad acudió en mi ayuda; dando golpes en la ventanilla posterior, atrajo la atención del perro, haciéndolo desistir de su intento.
Alentado por su maniobra de distracción, me lancé de cabeza sobre el asiento de delante, deslizándome hacia el lado opuesto; de algún modo, me las arreglé para quitar la traba de seguridad. Intenté una retirada inmediata, pero el perro cargó sobre mí con todas sus fuerzas y logró introducir su macizo lomo y sus zarpas delanteras en la parte anterior del coche, descargándolas sobre mí antes de que me fuese posible retroceder, Sentí sus patas en la espalda. Me arrastré. Sabía que me iba a destrozar. Bajó la cabeza con intenciones asesinas, pero, en vez de atacarme, mordió el volante. Conseguí escurrirme y, en un solo movimiento, trepé, al capó primero y al techo luego. Estaba lleno de magulladuras.
Abrí la portezuela derecha. Pedí a doña Soledad que me alcanzara la vara larga y, valiéndome de ella, moví la palanca que aseguraba el respaldo. Supuse que quizá molestando al perro, lo obligaría a empujarlo hacia de­lante y tendría así más espacio para salir del coche. No obstante no se movió. En cambio, mordió furiosamente la vara.
En ese momento, doña Soledad ganó el techo de un salto y se tendió cerca de mí. Quería ayudarme a moles­tar al perro. Le dije que no podía quedarse allí porque en cuanto el animal saliera yo iba a meterme en el co­che y largarme. Le agradecí su apoyo y le expresé que lo más conveniente era que volviese a la casa. Se encogió de hombros, puso pie en tierra y regresó a la puerta. Nuevamente, oprimí la manecilla y provoqué al perro con mi vara, agitándosela ante los ojos y el hocico. La furia de la bestia superaba todo lo que yo había visto, pero no se la veía dispuestas a abandonar el lugar. Sus sólidas mandíbulas terminaron por arrebatarme el palo de las manos. Me bajé para recogerlo de debajo del au­tomóvil. De pronto oí el grito de doña Soledad.
‑¡Cuidado! ¡Sale!
Levanté la vista hacia el coche. El perro pasaba por sobre el asiento. Sus patas posteriores estaban atrapa­das por el volante; de no ser por ello, habría salido.
Me lancé hacia la casa y logré entrar en ella exacta­mente a tiempo para evitar que el animal me derribase. Su ímpetu era tal que dio contra la puerta.
A la vez que trancaba la puerta con la barra de hie­rro, doña Soledad hablaba, con voz chillona.
‑Te dije que era inútil.
Se aclaró la garganta y se volvió a mirarme.
‑¿No puede atar al perro? ‑pregunté.
Estaba seguro de que me daría una respuesta caren­te de sentido, pero, para mi asombro, dijo que debía in­tentarlo todo, incluso atraer al perro a la casa y ence­rrarlo allí.
Su idea me sedujo. Abrí con sumo cuidado la puerta. El animal no se hallaba lejos. Me arriesgué a salir, aun­que sin alejarme demasiado. No se lo veía. Tenía la es­peranza de que hubiese regresado a su corral. Estaba dispuesto a lanzarme hacia el coche cuando oí un sordo gruñido, y divisé la sólida cabeza del animal en el inte­rior del mismo. Había trepado al asiento delantero.
Doña Soledad tenía razón: era inútil intentarlo. Me invadió una oleada de tristeza. De algún modo, presen­tía que mi final estaba cerca. En un súbito acceso de ab­soluta desesperación, dije a doña Soledad que iba a bus­car un cuchillo a la cocina y que estaba dispuesto a matar al perro, o a que él me matara. No lo hice porque no había un solo objeto metálico en toda la casa.
‑¿Acaso no te enseñó el Nagual a aceptar tu desti­no? ‑preguntaba doña Soledad mientras me seguía los pasos‑. Ese, el de allí fuera, no es un perro corriente. Ese perro tiene poder. Es un guerrero. Hará lo que ten­ga que hacer. Incluso matarte.
Por un momento experimenté un sentimiento de frustración incontrolable, la cogí por los hombros y gru­ñí. No se mostró sorprendida ni molesta por mi súbito arranque. Se volvió y dejó caer el chal. Su espalda era fuerte y hermosa. Sentí un irreprimible deseo de gol­pearla, pero, en cambio, deslicé la mano por sus hom­bros. Tenía una piel suave y tersa. Tanto sus brazos como sus hombros eran fornidos, sin llegar a ser grue­sos. Aparentemente, una mínima capa de gordura con­tribuía a redondear sus músculos y dar tersura a la parte superior de su cuerpo; cuando, con las yemas de los dedos, llegué a hacer presión sobre esas partes, al­cancé a sentir la solidez de invisibles carnes bajo la lím­pida superficie. No quise mirar sus pechos.
Se dirigió a un lugar techado, en la parte trasera de la casa, que hacía las veces de cocina. La seguí. Se sentó en un banco y, con tranquilidad, se lavó los pies en un barreño. Mientras se ponía las sandalias corrí hasta un nuevo cobertizo que había sido construido en los fondos. Cuando regresé, la hallé de pie junto a la puerta.
‑A ti te gusta hablar ‑dijo despreocupadamente, mientras me llevaba hacia la habitación‑. No hay pri­sa. Podemos conversar hasta siempre.
Sacó mi libreta de notas del cajón superior de la có­moda y me la tendió con exagerada delicadeza. Ella misma debía de haberla puesto allí. Luego retiró la col­cha, la dobló cuidadosamente y la colocó encima de la misma cómoda. Advertí entonces que las dos cómodas eran del mismo color que las paredes, blanco amarillen­to, y que la cama, sin colcha, era de un rosa subido, muy semejante al del piso. La colcha, por su parte, era de tono castaño oscuro, al igual que la madera del techo y la de los postigos de las ventanas.
‑Conversemos ‑dijo, sentándose cómodamente en la cama tras quitarse las sandalias.
Recogió las piernas hasta ponerlas en contacto con sus pechos desnudos. Parecía una niña. Sus maneras agresivas y dominantes se habían mitigado, trocándose en una actitud encantadora. En aquel momento era la antítesis de lo que había sido antes. Dado el modo en que me instaba a tomar notas, no pude menos de reír­me. Me recordaba a don Juan.
‑Ahora tenemos tiempo ‑dijo‑. El viento ha cambiado. ¿Te has dado cuenta?
Me había dado cuenta. Dijo que la nueva dirección del viento era para ella la más benéfica, de modo que el viento se había convertido en su auxiliar.
-¿Qué sabe usted del viento, doña Soledad? ‑pregunté, y me senté con la mayor serenidad a los pies de la cama.
‑Únicamente lo que me enseñó el Nagual ‑dijo‑. Cada una de nosotras, las mujeres, posee su dirección singular, un viento personal. Los hombres, no. Yo soy el viento del Norte; cuando sopla, soy diferente. El Nagual decía que un guerrero puede usar su viento particular para lo que mejor le plazca. Yo lo he empleado para embellecer mi cuerpo y renovarlo. ¡Mírame! Soy el viento del Norte. Siénteme entrar por la ventana.
Un fuerte viento se abrió paso por la ventana, estratégicamente situada cara al Norte.
‑¿Por qué cree usted que los hombres no poseen un viento? ‑pregunté.
Tras pensarlo un momento, respondió que el Nagual nunca había mencionado la causa.
‑Querías saber quién hizo este piso ‑dijo, cubriéndose los hombros con la manta‑. Yo misma. Me llevó cuatro años colocarlo. Ahora, este piso es como yo.
Mientras ella hablaba, advertí que las líneas convergentes del piso estaban orientadas de tal modo que hallaban su origen en el Norte. Los muros, no obstante, no se correspondían con precisión con los puntos cardinales; por ello la cama formaba extraños ángulos con los mismos, e igual cosa sucedía con las líneas de las losas de arcilla.
‑¿Por qué hizo el piso de color rojo, doña Soledad?
‑Es mi color. Yo soy roja, como tierra roja. Traje la arcilla roja de las montañas de por aquí. El Nagual me indicó dónde buscarla, y también me ayudó a acarrearla, y lo mismo hicieron los demás. Todos me ayudaron.
‑¿Cómo coció la arcilla?
‑El Nagual me hizo cavar un hoyo. Lo llenamos de leña y luego apilamos las losas de arcilla encima, con trozos chatos de roca entre una y otra. Cubrimos el hoyo con una capa de barro y prendimos fuego a la madera. Ardió durante días.
‑¿Cómo hicieron para que las losas no se torcieran?
‑Eso no lo conseguí yo. Lo hizo el viento; el viento del Norte, que sopló mientras el fuego estuvo encendido. El Nagual me enseñó cómo hacer para cavar el hoyo de modo que mirase al Norte y al viento del Norte. También me hizo hacer cuatro agujeros para que el viento del Norte se introdujese en el pozo. Luego me hizo hacer un agujero en el centro de la capa de lodo, para dar salida al humo. El viento hizo arder la madera durante días; una vez todo se hubo enfriado, abrí el hoyo y empecé a pulir y nivelar las losas. Tardé un año en hacer todas las losas que necesitaba para mi piso.
‑¿Cómo se le ocurrió el dibujo?
‑El viento me enseñó eso. Cuando hice mi piso, el Nagual ya me había enseñado a no oponerme al viento. Me había mostrado el modo de entregarme a mi viento y dejar que me guiase. Tardó muchísimo en hacerlo, años y años. Yo era una vieja muy difícil, muy necia al principio; él mismo me lo decía, y tenía razón. Pero aprendí pronto. Tal vez porque era vieja y ya no tenía nada que perder. Al comenzar, lo que hacía todo más problemático era el miedo que sentía. La sola presencia del Nagual me hacía tartamudear y desvanecerme. El Nagual surtía el mismo efecto sobre los demás. Era su destino ser tan temible.