EL CONOCIMIENTO DEL AURA

RAY STANFORD
Este libro fue pasado a formato digital para facilitar la difusión, y con el propósito de que así como usted lo recibió lo pueda hacer llegar a alguien más. HERNÁN

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“ELEVEN” – Biblioteca del Nuevo Tiempo
Título del original inglés: WHAT YOUR AURA TELLS ME
Publicado en 1977 por:
DOUBLEDAY & COMPANY, Inc.,
Carden City, New York, USA.
Copyright © 1977 by Ray Stanford.
ÍNDICE
PREFACIO
CAPITULO I— ¡Oh, Dios! ¿Qué es lo que veo?
CAPITULO II — Pensamientos revoloteantes y auras revueltas
CAPITULO III— Lo que algunos otros dicen
CAPITULO IV— ¡La culpa es de mi abuela!
CAPITULO V— ¿Las auras son objetivas o proyectivas?
CAPITULO VI — Las auras a través del tiempo
CAPITULO VII— El ojo aúrico del inconsciente
CAPITULO VII—Las formas que adquieren los pensamientos
CAPITULO IX — La verdad desnuda
CAPITULO X — Ver el cuerpo tal cual es
CAPITULO XI— Respuesta a algunas preguntas
CAPITULO XII-Y por lo tanto
Este libro está dedicado al acrecentamiento de la conciencia del espectro total que pueda abarcar la percepción humana.
PREFACIO
He tratado de describir lo mejor posible mis experiencias personales relacionadas con el aura. Para ello, no vacilé en utilizar expresiones tales como "aura" y "forma mental" porque su aceptación es corriente. Hubiera preferido palabras con menor carga preconceptual para expresar las extrañas cosas experimentadas; no obstante, consideré que la aventura emprendida por mí, vale decir, la visión de luces y formas significativas en torno de las personas, debía describirse en términos accesibles a todos.
Por lo tanto, espero que mis amigos científicos me perdonen las libertades semánticas que me he permitido; no tienen otro objeto que la comunicación simplificada de algunas percepciones personales sumamente intensas.
CAPITULO I
¡OH, DIOS! ¿QUE ES LO QUE VEO?
—En condiciones naturales, el aura de las mujeres sólo muestra el color rosa cuando están embarazadas. En torno al bajo vientre de la futura madre parecen asentarse nubes de luz rosada que habitualmente se forman a pocas horas de la concepción.
—Por supuesto —agregué con conocimiento de causa—, eso nunca les sucede a los hombres.
El grupo de distinguidos psicólogos y psiquiatras se echó a reír y uno de ellos se adelantó.
— ¿El color .rosa o la preñez, señor Stanford? —preguntó divertido.
—Téngalo por seguro. Si llega a ver a un "hombre" con un aura rosa, se trata en realidad de una travestI embarazada.
Una vez establecido ese hecho, los siguientes veinte minutos aproximadamente los invertí en tratar de explicar qué significan los otros colores que veo en el aura humana.
Sin embargo, la tarea inmediata era para mí participar en el "experimento informal" que consistía en describir el aura de cada uno de los investigadores de la Universidad de Virginia y deducir, a partir de ella, "algo probatorio". Mi hermano gemelo, el doctor Rex G. Stanford, conocido psicólogo y parapsicólogo, había preparado cuidadosamente el experimento de modo tal que yo nada sabía acerca de las personas reunidas, ni siquiera su carrera o su campo de investigación.
—De este modo —dijo Rex—, si "ves" algún marco de referencia en la llamada aura de alguno de ellos, por lo menos sabremos que no obtuviste la información de nada que te haya dicho.
Lentamente y con toda la confianza de que podía disponer ante el examen tan escéptico a que estaba siendo sometido, recorrí el aura de todos los presentes.
—Por supuesto —dije dándome tiempo para localizar la más intensa y activa del grupo para facilitar la iniciación de la experiencia—, no leeré el aura de mi hermano ni la de su mujer. De cualquier manera, lo que no resulta desconcertante o no constituye un desafío, despierta muy poco mi interés.
Al otro extremo del cuarto, hacia mi derecha, estaba sentado un hombre de agradable aspecto que tendría unos cuarenta y cinco años, según mis cálculos. Me había sido presentado como Bob Van de Castle, pero su aura lucía más interesante aún que su cara o su inusitado nombre.
Como portavoz del grupo, Rex me había dicho:
—Ninguno de nosotros, está convencido de la realidad objetiva de lo que llamas aura. No obstante, estamos científicamente interesados por el espectro del cuerpo y la mente humanos. Por lo tanto, para que podamos examinar tu pretendida capacidad de leer auras en el contexto de lo que éstas puedan indicarte acerca de una persona desconocida para ti, por favor, no nos ocultes ninguna de tus impresiones. Aun cuando creas ver algo sumamente personal, dínoslo todo.
Pude haber clausurado la "experiencia informal" con ese agradable comentario, pero no lo hice. La conciencia del aura de los allí presentes me asaltaba veloz e intensamente. Me sentía como un jugador de póquer que no puede abandonar la partida.
La obtención de buenos resultados en la lectura de auras, sin embargo, me parece depender en un 50 por ciento aproximadamente de la visión de los colores y las formas en torno de una persona; en un 30, del conocimiento de lo que los colores y las formas específicos significan habitual-mente y en un 20 por ciento, de la percepción intuitiva de la significación de fenómenos áuricos no observados nunca antes.
En la "lectura" del aura de Van de Castle, sólo la intuición de las significaciones me había fallado, quizá por el desconcierto que me produjo algo por entero inesperado. Extrañamente, no obstante, fue por esa misma razón que los doctores encontraron tan interesante la demostración.
Si bien el aura de Van de Castle era la más sorprendente que hubiera nunca observado, de ningún modo resultaba la más diversificada o extrañamente formada con que me hubiera topado. De hecho, quizá el mejor método para presentar el tema de las auras y las significaciones de sus colores y formas, extremadamente variados, sea el mismo por el que yo aprendí acerca de ellas: la experiencia.
Al describir algunas de mis experiencias áuricas más sorprendentes o, cuando menos, más fascinantes, es de justicia señalar con franqueza que no sé con seguridad si la naturaleza de los fenómenos áuricos es de carácter subjetivo u objetivo. A medida que la exposición de mis experiencias avance, el lector que sienta necesidad de clasificar el fenómeno se encontrará en mejor posición para evaluarlo sobre la base de los acontecimientos descritos.
Desde muy temprana edad los colores me interesaron y me afectaron en gran medida. Sin embargo, no puedo decir con certeza si ese hecho fue el que me hizo ver auras, o si la visión de las auras fue la causa de que atribuyera significación especial a ciertos colores.
El amarillo, por ejemplo, siempre me fue de gran utilidad para enterarme de la capacidad intelectual y el carácter de personas que me eran anteriormente desconocidas.
Por cierto, normalmente no evoco corbatas de moño en relación con las mujeres. Sin embargo, una noche de 1964, en una fiesta celebrada en Phoenix, Arizona, donde había reunidas unas 400 personas, no pude evitar sentirme fascinado por el aura intensamente amarilla que irradiaba desde ambos lados del cuello de una mujer desconocida. Parecía casi una corbata de moño de tres pies de largo.
La mujer tenía algo más de treinta años y no me cabe duda de que la fijeza de mi mirada centrada en su cuello la había puesto algo nerviosa. Pensaba quizá que yo era un vampiro que contemplaba su vena yugular. Sin embargo, su aura no manifestaba la menor señal de temor.
Me disculpé por mi indiscreción, le expliqué el motivo por el que encontraba su cuello (o, mejor dicho, su aura) tan interesante, y añadí:
—De modo, pues, que no me diga nada acerca de usted. Sólo déjeme observar esas extrañas emanaciones de intenso amarillo que salen de la zona vocal unos pocos minutos, y trataré de decirle por qué su aura resulta tan inusitada.
Casi de inmediato, al dirigir interiormente mi atención en busca de la significación deseada, comenzaron a hacerse presentes algunas imágenes.
Primero, la vi a la edad de 17 años y luego a la de 22. De algún modo sabía exactamente las edades, y la "vi" en el claustro de una universidad del Este. Luego, delante de un atril mientras cantaba la partitura de un aria de ópera. — ¡Lo tengo! —exclamé ante la mujer, ya a esta altura totalmente intrigada—. Entre los 17 y los 22 años usted centró intensamente su intelecto (color amarillo en el aura) en estudios vocales con la esperanza de desarrollar una voz verdaderamente operística. Eso parece haber tenido lugar en una universidad del Este, razón por la cual el amarillo, aún ahora, al cabo de más de diez años, emana todavía de la zona vocal o laringe.
—Es increíble que pueda obtener información de ese modo —dijo la mujer algo más serena—, pero todo lo que me dijo es exacto. ¿Está seguro de que nadie se lo contó?
—Contéstese usted misma —repliqué— ¿No es cierto que no hay nadie aquí, excepto usted y yo que pudiera conocer todos los hechos a los que me referí, incluida la edad en la que se dedicó a un estudio intenso de canto?
—Ahora que lo pienso, tiene razón. ¿Qué más puede decirme?
Esa pregunta y "¿podría usted leer por favor mi aura, señor Stanford? " me son tan familiares que ya a esta altura me fatigan. Si la gente supiera, empero, lo que las auras son capaces de decirme cuando me encuentro verdaderamente "sintonizado" y me tomo tiempo para mirarlas de cerca, los pedidos se harían escasos y espaciados, ya que pueden resultar devastadoramente reveladoras, aun de los secretos más silenciados. Puedo ver con mayor facilidad lo que ha sido reprimido u olvidado que lo que se ofrece libremente a mi conocimiento.
El rojo se destaca tanto en un aura como el popular pulgar herido de las historietas. Un ejemplo los describirá mejor.
Durante un evento destinado a reunir fondos para una organización cultural en Scottsdale, Arizona, se me pidió que leyera auras a cambio del pago de una entrada. Acepté, pues mi intervención significaría una ayuda, sin sospechar el vasto número de personas que requerirían mis servicios.
La única condición que impuse a la organización fue no vender entradas a nadie que me fuera conocido. Sólo deseaba el desafío de lo ignorado. ¿Qué interés tiene decirle a la gente cosas que ella ya sabe que uno sabe?
Mi primer sujeto de esa noche fue un hombre de unos 45 años, cuyo nombre no difundiré por razones obvias. Cuando entró en el cuarto, el rojo visible de su aura me alarmó.
A partir del plexo solar del hombre y de la zona de las glándulas suprarrenales, el rojo parecía impregnar el interior de su cuerpo. Luego se derramaba por sobre los hombros, descendía por los brazos y fluía por las manos, en especial la derecha.
Antes aún de que se sentara, vi un puño áurico cerrado. Su mano física, por supuesto, no lo estaba; sólo la pseudo mano "astral" de su aura. Instantáneamente vi la cabeza y los hombros de alguien que por intuición identifiqué como su mujer.
¡Paf! El rojo puño astral se elevó en el aire y golpeó a la mujer.
Disgustado ante el espectáculo, y como soy persona sin pelos en la lengua, le pedí al hombre que se sentara y, después de describirle lo que acababa de ver, lo insté a que no siguiera mostrándose violento con su mujer.
El confirmó entonces que, en efecto, una hora antes de llegar al lugar de recolección de fondos, se había enojado mucho y había golpeado a su mujer. El hecho evidente de que los abusos a que sometió a su esposa no eran ya un secreto de familia, pareció apaciguarlo.
Además, la próstata del mismo hombre estaba rodeada de rojo. Le aconsejé que visitara a un médico por temor de que se le desarrollara algún mal de cuidado. Dijo no saber si padecía de la próstata. Pero cuando insistí, agregó que sí, que últimamente había padecido dificultades para orinar, cosa que hacía muy lentamente. Le comuniqué que esto tendía a confirmar la observación áurica de una próstata dilatada e inflamada que ejercía presión sobre la uretra.
Ante mi insistencia, el hombre visitó a un médico a la semana siguiente y me informó luego que mi diagnóstico había sido muy exacto.
La exposición que precede demuestra las dos significaciones corrientes de la aparición del rojo en el aura: la cólera y la inflamación de los tejidos. Con sólo un poco de experiencia es fácil dilucidar cuándo el rojo es efecto de causas exclusivamente físicas. Un indicio es la ubicación de la emanación, pero otro factor significativo es la forma de la luz roja que emana del cuerpo o lo rodea.
Pero las formas están incluidas bajo el encabezamiento "formas mentales" y se analizan en un capítulo posterior, pues las formas que los colores asumen pueden ser mucho más diversificadas que los colores mismos.
Vale la pena compartir el modo en que llegué a conocer el significado de los colores 4uricos más oscuros, como el anaranjado, por ejemplo.
Una noche de 1960, en el curso de una reunión de grupo, advertí que un hombre de algo más de 30 años exhibía un resplandor anaranjado o anaranjado rojizo que parecía emanar del píloro.
De ordinario habría atribuido tal emanación al padecimiento de una úlcera por parte del individuo en cuestión. Lo que me intrigó fue el intenso color anaranjado, ya que normalmente las úlceras ofrecen una coloración roja, sin el menor matiz anaranjado.
Le confié en privado mi observación y le pregunté cuál podría ser su significado.
—Bien, tengo una úlcera en el sitio donde ve anaranjado en lugar de rojo. ¿Podría el anaranjado relacionarse con el orgullo?
__ Según pudo averiguarse, un jefe que constantemente hería la autoestima y el orgullo del hombre, había contribuido no poco a la formación de la úlcera. En adelante, me puse a la búsqueda de cualquier correlación entre actitudes de orgullo y la presencia del color anaranjado en las auras
Un hermoso anaranjado dorado ocasionalmente se muestra en lo que llamo el aura de un intenso sentimiento de bienestar, incluso euforia. La amapola de California y las flores cosmos comunes ejemplifican el más positivo de los colores anaranjados que se ven en las auras. Estos colores, empero, son los menos frecuentes.
Una noche de enero de 1957 vi una de las auras más sórdidas con que me haya topado. Un grupo de amigos se hallaba reunido para discutir un futuro viaje al Perú del que yo participaría. Una mujer de unos 60 años se encontraba en el cuarto; externamente estaba tan serena y complacida como era posible estarlo. En el curso de esa reunión su aura se convirtió en "un espectáculo para la mirada enferma", sólo que para enfermarla más todavía.
Un espantoso verde-arveja rodeaba a la mujer desde la cabeza hasta las caderas. Su aspecto era tan opaco y grumoso como la famosa sopa. El verde amarillento estaba moteado literalmente por manchas de repugnante aspecto, negras y rojas, cuyo tamaño oscilaba entre lo casi invisible y un centímetro o dos de extensión.
Al advertir ese espectáculo sin precedentes, me pareció percibir una mente inmersa en infundada suspicacia, resentimiento, celos y aun malicia de la especie más paranoide.
Terminada la reunión, un amigo íntimo me llevó aparte y me comunicó:
— ¡Tuve una experiencia espantosa esta noche! Nunca vi auras ni las tomé muy seriamente. Pero de pronto miré a la señora y vi colores de terrible aspecto que flotaban a su alrededor.
El joven, que tenía mi edad, describió luego precisamente los colores y las formas que yo había observado.
Unas seis semanas más tarde, de regreso del Perú, me enteré de cuál era la base concreta de la horrible aura de la mujer.
Acababa de llegar a la casa de mis padres, cuando mi madre mencionó a la mujer que había exhibido esa aura más bien pútrida.
—La señora X debe de estar loca —dijo—. Después que tú partiste, los del FBI se pusieron en contacto conmigo. Me dijeron que esa mujer los había llamado y les había aconsejado investigar tus actividades en el Perú. El agente me dijo que la mujer les había dicho que no podía concebir porqué tú y tus amigos se habían dirigido repentinamente al Perú, a no ser que estuvieran implicados en alguna conspiración comunista. Me preguntaron si habías estado leyendo: literatura comunista antes de partir, y yo les aseguré que de ningún modo tenías esos intereses o estabas inmiscuido en tales actividades.
Así, pues, parecía que la señora X se había sentido excluida. Podría haberse permitido el gasto de viajar al Perú con nosotros, pero no había sido invitada. Como consecuencia, algún elemento de paranoia debe de haber aflorado por celos y envidia: ni siquiera la habíamos tenido en cuenta para el viaje al sur del Ecuador. La llamada al FBI fue con seguridad la forma de venganza de esa mujer madura.
Su aura verde-arveja había hecho que se evocara con justicia el viejo dicho "verde de envidia". El rojo había sido prueba de hostilidad y el negro revelado una malicia directa.
Al cabo de los años he tenido oportunidad de atisbar auras tanto rebajadas como casi sublimes, aunque no en la misma persona. En este libro no sólo describiré estos extremos, sino todo un espectro intermedio.
Luego, provistos de la comprensión de las cosas vistas y sus condiciones, estaremos más capacitados para considerar no sólo si cualquiera puede aprender a ver auras y, si ello es posible, de qué manera, sino además para examinar los interrogantes fundamentales que habrán de plantearse a medida que avancemos.
CAPITULO II
PENSAMIENTOS REVOLOTEANTES Y AURAS REVUELTAS
Por sobre la cabeza de la mujer baja y regordeta que estaba sentada frente a mí revoloteaba una extraña figura de forma almendrada que sólo resplandecía ligeramente. No, resplandecer es una palabra demasiado positiva. Parecía más bien que, con un paño de lustrar, se hubiera pulido la superficie de la figura. Dése a esa forma el pálido color amarillento del huevo revuelto y se tendrá una idea bastante aproximada de lo que vi aquella noche en Phoenix, Arizona.
Una vez más estaba actuando en beneficio de una organización cultural, divirtiendo a personas enteramente desconocidas con la descripción de cosas que la mayor parte de la gente no ve de modo consciente, pero de las que quiere tener conocimiento.
Supuse que el trabajo al que se dedicaba la mujer sentada frente a mí la aburría tanto que su intelecto, tal como lo reflejaba la falta de brillo del color exhibido por su aura, estaba opacado y empobrecido.
Sin pronunciar una palabra, le pregunté silenciosa y telepáticamente a la señora Weirdaura:
—Por favor, dígame, ¿a qué clase de trabajo se dedica que produce una forma mental tan intensa?
Inmediatamente comencé a ver la imagen volátil de jóvenes cuya edad oscilaba entre los 14 y los 18 años, que aparecían en diversos lugares del aura de la mujer. Los jóvenes eran de ambos sexos. Algunos de ellos parecían desagradables o, cuando menos, desdichados.
Luego advertí que cada vez que surgía la forma menta
de un joven, del plexo solar de la señora Weirdaura emanaba un rojo relampagueo de enojo.
No cabían ahora dudas acerca de la profesión de la mujer que tenía por delante. Después de dedicar algún tiempo a la consideración de cómo decírselo sin ofenderla, le describí lo que había visto. Luego le expliqué:
—De modo que le diré que es usted maestra. Pero me molesta que cada vez que aparece la forma mental de algún joven usted parece ponerse tensa, fastidiada y aun desconfiada, como si estuviera llamándolos mentirosos o estafadores. Si es maestra, le aconsejo que comience a confiar más en sus alumnos. No puedo darme cuenta por qué no parece creerles nunca. Dígame, ¿estoy en lo cierto o me equivoco? ¿Es usted maestra, o no?
La airada mujercita se me rió directamente en la cara.
— ¡Dios es testigo de que no soy maestra!
—Usted. ¿No es maestra? – exclamé- Dígame, ¿qué es entonces?
Una vez más se echó a reír.
—Sepa, señor- Stanford, que soy INSPECTORA DE ASISTENCIA ESCOLAR.
Una y otra vez la capacidad de ver auras me ha procurado experiencias estimulantes e instructivas. Sin embargo, en algunas ocasiones me canso de ver las condiciones físicas y psicológicas y los secretos de la gente que, literalmente, flotan a su alrededor. En consecuencia, trato de mantener mi atención perceptual e interpretativa a un bajo nivel. Pero casi tan rápidamente como esto ha sido logrado, aparece alguien con un aura tan extraña, rara o aun espantable, que una vez más abro las compuertas de mi mente, que vuelve a manar por sus canales naturales de percepción intuitiva.
En 1971 visité la oficina de un amigo empresario, sólo para descubrir que estaría ausente durante toda la tarde. Sentado al escritorio principal, estaba un hombre alto y corpulento, de unos 40 años quizá, a quien no había visto nunca. Su aura realmente me molestó.
Al volver a casa, el recuerdo de la desagradable aura del desconocido no dejó de hacérseme presente una y otra vez. De su plexo solar y de su boca se desprendían abundantes rayos rojos, lo cual significaba que era capaz de ventilar su cólera mediante palabras hostiles. Peores aún eran las formas mentales de un amarillo sólo moderado, acompañado de manchas de un sucio anaranjado parduzco, verdes desagradables y negros sombríos que se batían en torno a su cabeza, pero que siempre se retrotraían sobre sí mismas como un caldero hirviente lleno de inmadura auto conmiseración, negativo egoísmo, codicia y malignidad. Periódicamente, de la nube que rodeaba la cabeza recién descrita, irradiaban rojos rayos adicionales.
Tan perturbadora me había resultado el aura del desconocido, que a la mañana siguiente llamé sin dilación a mi amigo.
Después de describir al hombre que había estado en su oficina, le dije:
—Creo que es tu socio pero, sin que te pida que lo confirmes, por favor, déjame decirte algo. Sea el hombre quien fuere, no es una buena persona. Tú o quienquiera que se asocie con él en empresa alguna puede verse involucrado en dificultades legales sumamente graves. Tengo además la impresión de que puede llegar a ser acusado de cargos federales. Hay un vasto grado de autoengaño en él, y no sabe cómo conducir una empresa con honestidad. El empresario me contestó:
—Después de lo dicho, detesto admitirlo, pero sí, estoy asociado con él en un asunto. . . Bien, es mejor que te lo diga. Se trata de un asunto muy importante. Creo que no es mal tipo.
No te preocupes, pues.
Durante casi dos años y medio nada más supe del hombre o de la empresa en cuestión. Luego, un día, mi amigo empresario me llamó.
—Ray, ¿te pidió alguien alguna vez que lo ayudaras a cerrar la puerta después que casi la mayoría de los caballos ya han escapado del granero?
De algún modo comencé a saber lo que mi amigo tenía in mente.
—Escucha, Ray. ¿Recuerdas haberme llamado hace dos años para advertirme en contra de un hombre con una muy mala aura que habías visto en mi oficina?
Bien, en contra de tus consejos, me comprometí cada vez más con él respecto de un gigantesco plan de desarrollo de tierras en el Valle de Río Grande. Resulta que —me es penoso admitirlo ante ti— los fondos de los inversores, que por contrato habíamos acordado colocarlos en depósito, fueron malversados por el socio contra el cual me hiciste tan justas advertencias. De modo que tanto él como yo fuimos acusados de varios cargos federales. No tengo deseos de entrar en detalles, pero sólo quiero decirte que si tienes alguna impresión que yo deba saber, por favor, llámame. Tenme también presente en tus oraciones. Voy a necesitar ayuda. Fue una verdadera tontería de mi parte haberme envuelto en este terrible asunto. No importa qué veredicto se dé en la Corte, toda mi carrera y mi reputación están por tierra.
La Corte consideró a mi amigo culpable de los delitos federales que se le adjudicaron, pero como su culpa se debía sólo a negligencia y no era intencional, fue puesto en libertad bajo vigilancia.
La visión de las auras me demostró que las mentiras son bastante fáciles de detectar si el observador se mantiene atento a los pequeños detalles, a los cambios de las emanaciones áuricas y a las formas mentales de la persona que hace una afirmación.
Los signos delatores de mentiras se me hicieron evidentes por primera vez mediante la observación escrupulosa del aura ubicada en torno a la cabeza de los mentirosos compulsivos y recurrentes. Una vez aprendidas las estructuras áuricas de tales personas —y descubierta su ausencia en las personas veraces que yo conocía— pude buscar signos delatores de mentiras semejantes, exhibidos temporariamente en personas que, por lo común no mienten, pero sí lo hacen en raras ocasiones.
Al cabo de una conferencia sobre los OVNI pronunciada por mí en Washington D.C., una mujer de agradable aspecto (¡si no hubiera visto su aura!), de unos 50 años, se me acercó. Mientras estaba allí de pie esperando que le prestara atención, el aura en torno de su cabeza ofrecía un aspecto
titilante. Ella no lo sabía, pero yo había estado observándola durante varios minutos antes de darle oportunidad de hablar.
—Señor Stanford, hace años que quiero hablar con usted.
Sólo un pequeño temblor en el amarillo de mediano valor y también en el aura física incolora en torno a su garganta y a su boca, se hizo evidente en ese momento. Continuó:
—Hace varios años, a mediados de la década del 60, el difunto George Adamski, que mantenía contacto regular con gente amistosa proveniente del espacio, y yo filmamos una nave exploradora que voló por sobre el patio de mi casa.
A esta altura, tremendos temblores áuricos se produjeron en torno de la laringe, la boca y las mejillas de la mujer, en especial en la mejilla izquierda.
Sacó de la cartera la fotografía tomada de una película. Allí, tan cerca de la cámara que todas las sombras profundas y oscuras y el aro frontal del disco estaba enteramente fuera de foco (por estar demasiado cerca de la cámara), aparecía la más pobre imitación de un OVNI que haya nunca visto.
—Esta hermosa nave espacial —se atrevió a seguir diciendo la mujer— sencillamente se exhibió para que nosotros la filmáramos.
A esta altura el aura facial de la mujer vibraba y temblaba a un ritmo frenético. En torno de su cara apareció un feo color verde parduzco. Antes de que hubiera sacado la fotografía de la cartera, ya había reconocido el aura de un mentiroso compulsivo. El "aura de la mentira" habría sido aún más pronunciada si la mentira hubiera sido dicha por una persona no acostumbrada a vivir falsedades.
Si el lector desea adquirir una habilidad similar para detectar mentiras, puedo ofrecerle una útil sugerencia para descubrir a los mentirosos crónicos y compulsivos; por supuesto, si no es capaz de ver auras.
Lo que causa el titileo áurico en torno de la garganta, la boca y las mejillas son las emociones que resultan del conflicto producido por la emisión de una mentira que se correlaciona con una tensión de los nervios y los músculos.
Observé que el temblor incoloro del aura parece relacionarse con los nervios del cuerpo, incluso los que controlan el movimiento muscular de la cara.
En muchos mentirosos crónicos se puede observar un estremecimiento ocasional en el músculo localizado sobre los pómulos. Por razones que no está en mi competencia explicar, ese estremecimiento se produce siempre en la mejilla izquierda de los mentirosos compulsivos. No lo vi nunca en la mejilla derecha. De modo que, aunque es mucho más raro que el "aura de los mentirosos" y menos confiable como detector de mentiras, busque una mejilla estremecida si es incapaz de ver auras y sospecha que no se le está diciendo la verdad.
Al mencionar la porción incolora del aura recuerdo una útil experiencia que tuve en Phoenix en 1964.
Una vez más leía auras con motivos de beneficencia. Frente a mí estaba sentado en una silla un hombre con aspecto de campesino, en una de esas sillas con asiento de caña entretejida cuyas patas frontales terminan en la parte superior en unos nudos ligeros. Había estado sentado allí por lo menos media hora, con la silla apoyada sobre las dos patas traseras y los pies en el aire. Que se le leyera el aura no parecía afectar su serenidad.
Al cabo de un tiempo vi un tipo de aura que no había observado nunca. A lo largo de la parte interna de los muslos del hombre -en toda su extensión— aparecían ondas minúsculas de alta frecuencia de una vibración incolora. A decir verdad, me recordaban las ondas de calor que se ven por sobre los calentadores, pero las vibraciones áuricas del nombre eran mucho más veloces que las del calentador y se movían horizontalmente en torno de los muslos, y no de modo vertical.
Como no había visto nunca nada parecido, quedé perplejo. De manera que le expliqué a ese hombre sereno lo que veía y tanto me desconcertaba.
- ¡Cáspita! -dijo, y se echó a reír— A mí no me resulta desconcertante. ¿Ve los nudos de esta silla? Bien, me están presionando el interior de las piernas [muslos] aquí y aquí. Acaba de ver mis piernas dormidas, y los nervios hace ya diez minutos que se sacuden como locos.
Ese incidente, junto con otros que pude observar de vez en cuando, me hace pensar que por lo menos parte de lo que veo y llamo aura puede tener una existencia objetiva y real, totalmente fuera de las capacidades simbolizadoras de mi propio inconsciente. Sin embargo, otras observaciones áuricas, aunque revelan hechos acerca de las personas pueden ser de naturaleza subjetiva y proyectiva, relacionada con la tendencia simbolizadora de la mente inconsciente. |