Cómo leer el aura. 1ª parte

 
 
 
Nuestro arco iris.. el Aura
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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COMO LEER EL AURA

ORUS DE LA CRUZ

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“ELEVEN” – Biblioteca del Nuevo Tiempo

 

Título original: COMO LEER EL AURA

Editorial: Libro Latino S.A. – Argentina
©1996

ÍNDICE

Prólogo
1.  ¿Qué es el aura
2. La anatomía del aura
3. El desarrollo de la auto percepción
4.  Cómo "ver" el aura
5. El significado de los colores
6. Medición del campo aúrico
7.  Modificaciones en las diferentes etapas de la vida
8. El aura como espejo de las enfermedades
9.  Cómo desarrollar y proteger el aura

PRÓLOGO

ABARCAR EL INFINITO

Si de algo me enorgullezco, es de haber explorado la mayor parte de los magníficos mundos que vislumbré en mi niñez.
Recuerdo que una tarde, a la temprana edad de cuatro años, me encontraba de­bajo de un árbol dibujando líneas con un palito en la tierra reseca. Muy pronto noté algo que me pro­dujo una gran angustia: más cortas o más largas, las líneas, que en mi imaginación eran caminos, se interrumpían en algún momento.
Días más tarde, caminé agachado, tal vez varios kilómetros, con la idea de marcar un cami­no infinito, y lo único que obtuve fue una línea considerablemente más larga que las otras. Yo que­ría una que no terminara nunca, y así se lo hice sa­ber a mi padre. El me aseguró que jamás lograría dibujar una línea infinita, aunque comenzara en aquel momento y continuara hasta el fin de mis días. Dado que yo mismo era finito, la línea no po­día ser infinita.
Aquella verdad tuvo para mí el carácter de una revelación: el mundo de los seres humanos era finito, y contra eso no se podía luchar. Sin em­bargo, en todas las competencias de esta clase, era yo el que hacía las líneas más largas, en tanto que mis compañeros desistían del juego apenas se les cansaban las rodillas de gatear sobre la tierra. Esa prueba también tuvo para mí el carácter de una re­velación: había quien podía llegar más lejos que los otros en su afán de infinito, y ese, precisamen­te, era yo. Puedo decir sin vergüenza que en aquel momento me sentí superior a mis compañeros de juegos, y que me propuse llegar siempre más lejos.
Visto desde el presente, creo que la so­berbia de mi actitud era perdonable, en virtud de la intensidad de mi deseo de indagación y sabidu­ría. Sin duda, aquella tarde en que dibujaba líneas rectas en la tierra bajo un árbol constituyó un pun­to de inflexión en mi vida. Por algo es que, a pe­sar de los años transcurridos, jamás la olvidé.
El segundo punto de inflexión coincidió con mi ingreso en la educación sistemática. A di­ferencia de mis compañeros, yo ya sabía leer y es­cribir al iniciar mis estudios básicos. Y como me aburría, entonces me dedicaba a escribir algunas páginas que brotaban directamente de mi corazón.
Una mañana calurosa en que el maestro nos dictaba la clase al aire libre, mientras los de­más aprendían los rudimentos de la escritura, yo escribí:
Mi compañero Abdul, que está sentado a mi lado, es verde como un ár­bol. El maestro es gris, como si estuviera cubierto de pol­vo por haber recorrido mu­chos caminos. Salima, la niña de largas trenzas, flo­ta en medio de una luz do­rada, y contemplarla me re­sulta muy grato. Me queda­ría mirándola durante ho­ras. Alrededor de mi som­brío compañero Esrael se abren pozos de oscuridad. Hoy, Babdrul, nuestro pe­rro, está azul, y de mí ema­nan destellos dorados.
El maestro consideró que era un acto de indisciplina el hecho de que me pusiera a escribir mientras el resto de mis compañeros se esforzaba, con poco éxito, para entender los caracteres que él dibujaba en un pizarrón improvisado en la cor­teza de un árbol. Aquel día, a la edad de seis años, recibí el primer sermón. El maestro leyó lo que ha­bía escrito, y quedó desconcertado.
- Tienes demasiada imaginación -me di­jo- y eso no es bueno en la vida.
En las clases de dibujo no me fue mejor: -¿Por qué insistes en dibujar a las perso­nas como nubes de colores? -me dijo el severo maestro Guiña.
- Así es como las veo -repliqué sin dudar­lo.
El maestro Guma, deponiendo un tanto su eterno gesto adusto, me puso la mano sobre la frente y sentenció que tenía fiebre. Me envió a mi casa, y ordenó que me administraran un sello de quinina.
Esa noche, acostado boca arriba en mi ca­mastro, recordé la tarde en que mi padre me había advertido acerca de la finitud de las cosas y los se­res del mundo. Pero al menos -pensé- puedo hacer que mis líneas sean más largas que las del resto de los niños. El sello de quinina no impidió que conti­nuara viendo a la gente de colores. Todo lo contra­rio: comencé a consultar los libros de los sabios. Muy pronto descubrí que los colores que yo adver­tía alrededor de las personas no eran insensatos fru­tos de mi imaginación afiebrada, sino emanaciones de energía que se extendían más allá del cuerpo fí­sico. Con el tiempo, supe también que esas emana­ciones tienen un nombre particular: aura.
Hablé con mis pequeños amigos Syntha y Rafel, quienes también veían colores por doquier, sobre todo alrededor de las personas, los animales y las cosas, sólo que, a diferencia de lo que me sucedía a mí, no le conferían mayor im­portancia. Los adultos que veían colores habían escrito sus experiencias en libros, pero la mayoría de los que caminaban por la calle eran incapaces de contestar si una persona era azul, verde o vio­leta. Ni siquiera Cashim, el pintor de mi pueblo, veía los colores que yo le mencionaba, y en cam­bio pintaba a los seres y los objetos con los sensa­tos tonos que, según él y la mayoría de las perso­nas, "realmente" tenían.
Recién cuando me convertí en un adul­to, me di cuenta de cuánto les cuesta a los adultos aceptar que los niños vean y sientan cosas que ellos no pueden ni ver ni sentir. En ese sentido, me he propuesto seguir siendo niño toda la vida, y creo que de manera imprecisa, pero muy sólida, me lo juré a mí mismo aquel lejano día en que el maestro me hizo tragar el sello de quinina para cu­rarme de mi supuesto mal. Lo mío no era paludis­mo, era una sensibilidad especial que me permitía ver el aura.
Afortunadamente, jamás renuncié a mi deseo de hacer líneas infinitas, y si bien es cierto que no lo he logrado -y probablemente no lo lo­gre nunca-, no es menos cierto que en algunos campos he conseguido dibujar líneas bastante más extensas que los otros.
Con este libro, pretendo regalarle al lec­tor algo del niño con vista multicolor que fue él mismo alguna vez, y que los años le hicieron abandonar y olvidar para siempre. Quiero ense­ñarle a sentir, a ver, a mejorar y a proteger el au­ra. O, mejor dicho, quiero que haga el camino in­verso por el río Leteo -el río del olvido-, y recuer­de lo que alguna vez supo y olvidó. Todos los niños ven el aura. Casi todos los adultos están impe­didos de verla.
En ese sentido, este libro intenta recupe­rar un bien perdido: una ínfima porción de la inna­ta sabiduría de la infancia. Cuando termine de leer­lo y practique los ejercicios que se indican, usted podrá ver' leer e interactuar con el aura, es decir que en su escéptica adultez habrá una magnífica partícula de inocencia infantil.
Hoy sé bien que abarcar el infinito es imposible, pero no por eso dejo de intentarlo cada día.
ORUS DE LA CRUZ

 

CAPITULO 1

QUE ES EL AURA?

Nuestro yo no se agota en el borde de nuestro cuerpo físico, sino que lo trasciende. Nuestro yo abarca mucho más que nuestro cuerpo.

S

i usted puede responder afirmativamente alguna de estas preguntas -y es absolutamente seguro que podrá-, entonces ha experimentado alguna vez la energía del campo áurico:

1- Cuando está rodeado de determinado tipo de personas, ¿suele sentirse agotado?
2- ¿Asocia ciertos colores con ciertas perso­nas? Por ejemplo, ¿podría llegar a decir algo así como "Elena, para mí, es una persona amarilla"?
3- ¿Ha sentido, en alguna oportunidad, inten­sa simpatía o antipatía por alguien?
4- ¿Alguna vez ha podido percibir cómo se sentía una persona a partir del modo en que actuaba?
5- ¿Alguna vez sintió la presencia de una per­sona determinada antes de escucharla o de verla?
6- ¿Existen sonidos, colores y fragancias con el poder de hacerlo sentir bien o de hacerlo sentir mal?
7- ¿Lo ponen nervioso las tormentas eléctricas?
8- ¿Sintió alguna vez que ciertas personas lo energizan más que otras?
9 - ¿Algunos lugares le producen ganas de quedarse, y otros, de abandonarlos de inme­diato?
10- ¿Alguna vez ha ignorado la primera im­presión que recibió de alguien en la seguridad de que, de todos modos, esa primera impresión terminaría por confirmarse?
11- ¿Le ha ocurrido que, en ciertas oportunidades, un mismo lugar le resultara más confortable que en otras? ¿Ha creído ad­vertir alguna vez esta misma sensación en sus padres, hermanos o hijos?

Todos tenemos aura, y todos tenemos, también, la posibilidad de ver o de experimentar de alguna manera el campo áurico de los demás. Sin embargo, la mayor parte de la gente descono­ce este tipo de experiencia, o la toma por lo que no es.
Los místicos refieren haber visto luces al­rededor de la cabeza de la gente, pero no es nece­sario ser un místico para acceder a esa posibilidad. Ver e interpretar el aura de manera efectiva es algo que se aprende, y ese proceso de aprendizaje no se vincula con la magia; implica, únicamente, una cierta predisposición, un tiempo de práctica y mu­cha perseverancia. Si usted es capaz de contestar afirmativamente una o más de las preguntas que formulamos antes, es porque ya ha experimentado -seguramente sin saberlo- la energía del aura.
Los niños tienen una facilidad particular para ver y experimentar el aura. Y a menudo trasladan estas experiencias a sus dibujos. Es frecuen­te que rodeen las figuras humanas con muchos co­lores diferentes, colores que reflejan las energías que perciben alrededor de las personas que han di­bujado.
Con cierta frecuencia, los adultos sole­mos dirigirles preguntas tales como:
¿Por qué está el cielo púrpura alrededor de mamá?
¿Por qué el gato es verde y rosado? ¿Por qué pintaste a tu hermano de azul?
Por supuesto, no existen ni personas ni animales que tengan esos colores. Sucede, simple­mente, que el niño ha experimentado los colores áuricos, y utiliza los crayones para expresar lo que de hecho vio. Lamentablemente, estos comentarios de los adultos sólo contribuyen a que los niños ter­minen por callar experiencias y conocimientos tan sutiles.
Aunque puede definírsela de muchas formas distintas, en general decimos que el aura es el campo de energía que rodea a toda mate­ria. Por lo tanto, donde hay una estructura atómi­ca hay un aura que le corresponde, es decir, un campo energético que lo rodea. Cada átomo de ca­da sustancia consta de electrones y protones en continuo movimiento. Estos electrones y protones son vibraciones de energía magnética y eléctrica. Los átomos de la materia viviente son más activos y vibrantes que los de la materia inanimada. De modo que los campos energéticos de los árboles y de las plantas, de los animales y de la gente, son más fácilmente detectados y percibidos.
El aura humana es el campo de energía que rodea al cuerpo físico, y se caracteriza por ser tridimensional. En una persona sana, el aura es elíptica, vale decir que describe alrededor del cuer­po la forma de un huevo. En el individuo prome­dio, puede tener entre 45 centímetros y varios me­tros. Se dice que el aura de los santos tiene una ex­tensión muy superior, que puede alcanzar, incluso, varios kilómetros. Se cree que esa es una de las ra­zones por las cuales siempre están acompañados por numerosos seguidores en todos los lugares adonde se trasladan. Y, generalmente, lo que se describe del aura de los santos es el halo sobre la cabeza, ya que es la zona áurica que con más faci­lidad percibe el individuo promedio.
Aunque el tamaño y la intensidad del au­ra de los santos no se pueden verificar, es sencillo deducir que, cuanto más fuerte se es desde el pun­to de vista físico y espiritual, tanto mayor es el campo energético que se abre alrededor del cuer­po físico, y cuanto más vital sea el campo áurico, tanto menos expuesto a las fuerzas exteriores esta­rá quien lo emana.

Un campo áurico débil se define, preci­samente, por la capacidad que tienen las influen­cias externas de hacer impacto sobre el individuo del que fluye. Una persona cuyo campo áurico es débil, seguramente será una persona manipulable y que se cansa con bastante frecuencia, más que aquel con un campo áurico fuerte. Un aura frágil refleja sentimientos de fracaso, problemas de salud y falta de control sobre uno o varios aspectos de la propia vida. Como se puede deducir de esta obser­vación, el control de nuestro entorno comienza con el control de nuestra energía, de modo que el for­talecimiento del aura permite mejorar varios aspec­tos de nuestra existencia. Más adelante analizare­mos dibujos de auras fuertes y auras débiles; pero, en líneas generales, el aura puede debilitarse por:
•  UNA DIETA POBRE
•  FALTA DE EJERCICIO
•  FALTA DE AIRE PURO
•  FALTA DE DESCANSO
•  ESTRÉS
•  ALCOHOL
•  DROGAS
•  TABACO
•  HÁBITOS NEGATIVOS EN GENERAL
•  ACTIVIDAD FÍSICA INAPROPIADA
El aura humana abarca dos aspectos. Por un lado, la energía de los cuerpos sutiles, como se describe en la metafísica tradicional
Los cuerpos sutiles son bandas de ener­gía de variada intensidad que rodean e interpenetran el cuerpo físico. Su función predominante es ayudarnos a coordinar y regular las actividades del alma en la vida física. Los aspectos particulares no serán abordados en este trabajo; para nuestro pro­pósito de enseñar y guiar la experiencia, basta con citarlos como partes del campo energético.
Nuestro cuerpo interactúa con la naturaleza
El aspecto del campo áurico en el que más se ha enfatizado hasta aquí es el de la energía como emanación del cuerpo físico. Vivimos en una época en que la ciencia y la tecnología tienen la ca­pacidad de verificar los campos de energía de todo ser vivo, especialmente los que emanan del hom­bre. Estas emanaciones energéticas del cuerpo im­plican, a su vez, campos magnéticos, eléctricos, electromagnéticos, sonoros y luminosos. Algunos de ellos son generados en el interior del cuerpo, otros son recibidos desde afuera y transformados por el cuerpo. Esta interacción natural entre un campo de energía y otro puede ser vista como una suerte de osmosis entre nuestras energías y las del medio que nos circunda. Nosotros absorbemos energía de las plantas, de los árboles, de las flores, de los animales y hasta del aire mismo.
Parte del significado y el poder de los tótems, tal como se los encuentra en la tradición in­dígena de América y de otras sociedades primitivas del resto del mundo, por ejemplo, consiste en la in­crementación de la energía propia a través de la energía totémica. Cuanto mayor es el contacto del individuo con el tótem, tanto más poderoso devie­ne. Como veremos al considerar las dimensiones del aura, ella es más fuerte y más grande cuando se está en contacto con un elemento natural. Si la persona está calzada, el resultado de la medición será diferente del que se obtiene si está descalza, porque el contacto directo con la tierra tiene una influencia decisiva. Vale decir que las auras son dis­tintas bajo distintas circunstancias.
Las energías de la naturaleza son, enton­ces, fácilmente absorbidas y transformadas por el cuerpo. Un modo habitual de curación consiste en hacer que el individuo que padece una enfermedad cruce el océano durante la convalecencia. El medio oceánico tiene los cuatro elementos básicos de la vida: el fuego del sol, el aire marino, el agua y la tierra. El cuerpo humano puede absorber esa ener­gía y transformarla en salud, ya que de ese modo el sistema energético en su totalidad se restablece. La asociación y el contacto con los cuatro elementos primordiales restituyen el equilibrio individual.
Sin embargo, el aura no está constituida por energía absorbida y transformada a partir de elementos de la naturaleza. Es más bien una sutil interacción entre el cuerpo y los campos de energía celestes. La influencia de los astros -tal como se describe en la astrología- es captada y transforma­da en expresiones de energía dentro del individuo. Algunas influencias planetarias pueden impactar de manera más intensa y evidente que otras. Cada per­sona tiene su propio sistema de energía y su forma individual de intercalar y trabajar con las sutiles in­fluencias que nos rodean. Con un poco de estudio, perseverancia y autoexamen, es posible incremen­tar la percepción de esas influencias y aprender a trabajar con ellas creativa y productivamente.
Es preciso que conozcamos cómo nues­tro campo áurico interactúa con las fuerzas y ener­gías exteriores, cómo nuestra aura afecta la energía de los otros y es afectada por ella. Por eso, es fun­damental que aprendamos a reconocer los límites y la fuerza de nuestro campo de energía, y a detectar los momentos en que resulta necesario desarrollar­lo, equilibrarlo, o limpiarlo.
Las características del aura
Ahora estudiaremos las propiedades que todas las auras comparten, para luego incrementar la percepción y el conocimiento de nuestra propia aura.
1- Cada aura tiene su frecuencia particular.
Cada campo de energía es único en sí mismo, pero no es absolutamente diferente de los demás, ya que entre todos los campos hay ciertas similitudes. En efecto, toda aura tiene campos so­noros, luminosos y electromagnéticos, lo que varía de individuo a individuo es la intensidad de esos campos. Es decir que cada persona tiene su propia y única frecuencia.
Cuando la frecuencia de nuestra aura se acerca a la frecuencia del aura de otra persona, sentimos hacia ella una natural inclinación o empa­tia, nos resulta fácil la comunicación. Para algunos, la empatia que se da naturalmente entre determina­das personas obedece a una posible conexión en­tre ellas en vidas pasadas. Sin embargo, estudios muy serios al respecto demuestran que, aunque es­ta idea no puede descartarse de plano, las perso­nas que experimentan empatia tienen un patrón áurico similar, lo que determina una frecuencia si­milar en los niveles físico, emocional, mental y es­piritual.
En el caso contrario, cuando la frecuen­cia del aura de una persona es muy diferente de la nuestra,   solemos   experimentar  hacia   ella   sentimientos de displacer, de incomodidad, de agita­ción. Eso no significa que con ella el entendimien­to sea absolutamente imposible, sino que nuestros campos de energía no están en consonancia. Sin embargo, lo que inicialmente se plantea como una disonancia puede convertirse en lo contrario si mantenemos con la otra persona un contacto estre­cho durante un período prolongado. Los casos de atracciones muy intensas entre individuos totalmen­te diferentes, que suelen explicarse como "atracción de los opuestos", reflejan esa circunstancia.
Las sutiles "primeras impresiones" que todos, sin excepción, recibimos de alguien son sim­plemente el producto de una armonía o un choque entre nuestras auras. Y todos, también, tenemos la posibilidad de aprender, de cambiar y ajustar la fre­cuencia de nuestra aura a través de la práctica. Cier­tos ejercicios específicos permiten, en efecto, "sin­tonizar" la frecuencia áurica del entorno y de la gente que nos rodea. En algunos casos, incluso, es­te ajuste se da de manera natural, como un meca­nismo de autoprotección. Cuando ello no sucede, es necesario ejercer un control consciente sobre la frecuencia del aura, que nos permita interactuar con otros campos de energía, de manera enfática o suave, según sea necesario. Esta forma de control también se aprende.
2- Nuestra aura puede interactuar con el campo áurico de los demás.
Dadas las fuertes propiedades electro­magnéticas del aura, constantemente expele y ab­sorbe energía. Cada vez que estamos en contacto con otra persona, hay un intercambio energético que provoca que le demos algo (por ejemplo, rela­cionado con los aspectos eléctricos del aura) y a la vez tomemos algo de ella (algo relacionado, por ejemplo, con el aspecto magnético del aura). Si interactuamos con muchas personas, tanto mayor se­rá el intercambio de energía.
A menos que seamos conscientes de ese intercambio, al final del día habremos acumulado un montón de "escombros" de energía que se ma­nifiestan en ideas, sentimientos y pensamientos ex­traños. Habrá días, incluso, en los que pensaremos si no nos estamos volviendo locos. Sensaciones de esta índole no tienen nada que ver con nuestro es­tado psíquico en sí mismo, sino con la cantidad de energía que acumulamos a través del contacto con otras personas al cabo del día.
Todos conocemos personas que absor­ben mucha más energía de la que entregan. Cuan­do conversamos con ellas, ya sea personalmente o por teléfono, quedamos exhaustos. Cuando se van, o finaliza la charla, experimentamos la sensación de haber recibido un golpe en el estómago. Esto se debe al intercambio unilateral de energía, a que "arrancan" energía de nuestra propia aura. Hay va­rios ejercicios que permiten balancear cada día la energía de nuestra aura, y prevenir el desventajoso intercambio unilateral de energía.
3- El campo de energía humano puede interactuar con el campo animal, el mineral y otros campos de energía.
Toda materia, animada o inanimada, tiene campos de energía que obedecen al carác­ter atómico de su estructura. Los campos anima­dos son más fuertes y más fácilmente detectados, pero unos y otros pueden ser utilizados para am­pliar nuestro campo energético individual.
   La interacción con la energía de la naturaleza nos permite balancear y limpiar nuestra aura. La difundida costumbre de abrazar a los ár­boles, por ejemplo, tiene su razón, ya que éstos constituyen campos dinámicos de energía, que interactúan con los campos energéticos humanos también de manera dinámica. Cada árbol tiene su propia y única frecuencia, así como la tiene cada ser humano. Por este motivo, se puede abrazar a diferentes árboles con diferentes propósitos. Abrazar a un sauce, o sentarse debajo de él du­rante cinco minutos, por ejemplo, alivia el dolor de cabeza. El pino actúa sobre la energía huma­na, limpiándola, es decir, absorbiendo del campo áurico las emociones negativas, especialmente los sentimientos de culpa. Pero, lejos de dañarse por la influencia de energía negativa, el pino la reab­sorbe como un verdadero fertilizante que redun­da en favor de su desarrollo.
Los cristales y las piedras cobraron re­novada popularidad en la década de 1980 debido, precisamente, a sus propiedades electromagnéti­cas. La energía liberada por ciertos cristales y pie­dras es absorbida fácilmente por el campo áurico humano. Una manera adecuada de comprobar el efecto de la energía de árboles, piedras y cristales en el ensanchamiento de nuestra aura es realizar ejercicios que permitan medirla, tales como los que explicaré en los capítulos siguientes.
También el aura de los animales interactúa con el aura humana. Existen serias investi­gaciones referidas a la influencia benéfica de las mascotas sobre personas enfermas o ancianas. Ayudan a balancear el aura, estabilizando las energías físicas, emocionales, mentales y espiri­tuales.
4- Cuanto mayor es el contacto, mayor es el intercambio de energía.
Nuestra aura deja su impronta en los en­tes con los que interactuamos, ya se trate de otra persona, del contexto en general o de un objeto en particular. Cuanto más prolongado y cercano sea el contacto, más enérgica será la impronta. Es el ca­rácter electromagnético del aura el que hace que magneticemos a personas, objetos y lugares. Si acostumbramos a sentarnos siempre en la misma silla, por ejemplo, dejaremos nuestra impronta en ella, las huellas de nuestra energía. La silla se trans­formará así en nuestra silla. Por la misma razón, quien ha tenido, en la infancia, un cuarto propio, recordará que la sensación de estar allí es muy di­ferente de la que se tiene en el dormitorio de los padres o de los hermanos.
Nuestra aura carga el entorno con un pa­trón de energía similar al propio. Es por esta sim­ple razón que muchas personas no logran conciliar el sueño si no están en su propia cama; las camas ajenas no tienen el patrón de energía que les resul­ta confortable. Cuando nos mudamos de domicilio, el tiempo que nos lleva adaptarnos a los cambios de casa, a los cambios de cama, etc., es el tiempo que se toma nuestra aura para magnetizar y armo­nizar el ambiente y los objetos con su propia fre­cuencia de energía.
Lo mismo ocurre cuando compramos una prenda nueva, o con cualquier otro objeto. La frazada preferida, o el juguete favorito de los chi­cos, están magnetizados con la energía de su pro­pia aura, porque la frazada y el juguete absorben esa energía. De ahí que, cuando tienen un proble­ma o sienten miedo, buscan protección en esos ob­jetos. Tenerlos en la mano, entrar en contacto con ellos, les sirve para recargar, balancear, restablecer el contacto con su propio patrón de energía. Des­pués de un día de mucha actividad, o de emocio­nes muy fuertes, el juguete o la frazada se convier­ten en una fuente de la cual extraer la energía que han perdido. Esto explica por qué los chicos se sienten tan disgustados cuando se dan cuenta de que la mamá lavó la frazada, o el juguete; en el pro­ceso de la limpieza, estos objetos pierden la ener­gía con la que han sido cargados.
Lo mismo sucede con los objetos ligados a la meditación y la oración, por ejemplo, una man­tilla. Cuanto más se los usa, más magnetizados es­tán, y ejercen influencia sobre el individuo que me­dita o que reza, en el sentido de que le resulta más fácil predisponer su mente y espíritu si tiene esos objetos que si no los tiene.
La psicometría (medición y lectura de las vibraciones de los objetos) se basa, justamente, en la interacción del aura individual con los diferentes objetos. Cuanto más prolongado sea el contacto de una persona con un objeto determinado, más fuer­temente cargado resultará con un patrón de energía similar a la del individuo. Una persona perceptiva, por lo tanto, puede tomar en sus manos un objeto y sentir la impronta de aquel a quien pertenece.
Cuanto más nos exponemos a ciertos pa­trones de energía, más somos influenciados por ellos y, a su vez, más son influenciados ellos por nosotros. Si el campo energético con el que entra­mos en relación es más fuerte que el nuestro, fácil­mente ese campo logrará que el nuestro entre en resonancia con él, y viceversa. Y aquí reside el por­qué de la gran influencia que ejerce un grupo. En efecto, la energía de un grupo es mayor que la de un individuo ordinario. Cuanto mayor sea el contacto del grupo con el individuo, más entrará el au­ra individual en armonía con el aura grupal, y más reflejará sus características.
Los contactos íntimos, como los de ca­rácter sexual, provocan un complejo intercambio energético. El sexo crea un poderoso intercambio de energía áurica entre las personas involucradas, y como la conexión energética es más prolongada y estrecha que la de cualquier contacto ordinario, no resulta fácil balancear la energía, ni una tarea rápida. Sin embargo, esas dificultades únicamente aparecen en el caso de un encuentro sexual casual; una persona acostumbrada a relacionarse íntima­mente con varias parejas a la vez entrará en rela­ción con niveles muy sutiles de energía, de perso­nas muy diversas, si no tiene tiempo de "limpiarse" de la energía anterior.
Cuanto más prolongado e íntimo es el contacto con otra persona, más sutil y poderosa es la interacción de los campos áuricos. Los padres (especialmente la madre) comparten algunas de sus energías con los hijos en el curso de sus vidas. En las relaciones muy fuertes e intensas, las ener­gías se comparten y combinan de manera dinámi­ca. Un aspecto importante del proceso de duelo por la muerte de un ser querido es la liberación, por parte de sus deudos, de las energías muertas que esa persona compartió con ellos. La duración de ese proceso es directamente proporcional al ti­po de relación que se ha mantenido con la perso­na fallecida. Incluso en las familias en que las rela­ciones no parecen ser demasiado estrechas, existe, después de un deceso, una fuerte sensación de de­bilidad, de astenia, que obedece a la pérdida de las energías del muerto que aún se encuentran en el cuerpo de los deudos.
5- El aura -y los cambios que se producen en ella-refleja los aspectos físicos, emocionales, mentales y espirituales del individuo.
Los colores, la claridad y luminosidad que manifiestan, el tamaño y la forma del aura, y todas sus características particulares, proveen in­formación acerca del ser, del individuo que la emana. Por esta razón, no basta con aprender a ver el aura; hay que aprender también a interpre­tarla, lo que es un poco más difícil. En general, un campo áurico débil nos hace más susceptibles a las influencias externas. Un buen ejemplo puede en­contrarse en nuestro lugar de trabajo. Cuando es­tamos descansados y serenos, el ruido dentro de la oficina -el murmullo, las máquinas de escribir o el tecleo más sutil de las computadoras- no nos afec­ta demasiado y podemos ignorarlo fácilmente pa­ra concentrarnos en nuestro trabajo. En cambio, cuando por alguna razón -por ejemplo, si estamos cansados- nuestra energía disminuye, también dis­minuyen nuestras vibraciones áuricas. Los ruidos del entorno ingresan en nuestro campo áurico y crean en nosotros una sensación de disgusto e in­comodidad. Cuanto más prevenidos estemos de este fenómeno, tanto más fácil nos resultará tomar las medidas para preservarnos de él, manteniendo protegida y balanceada nuestra aura.
Cada vez que tenemos una reacción emocional fuerte, se produce un cambio en nues­tra aura. Esa reacción puede afectar el color, o la forma, o cualquiera de los variados aspectos del aura. Lo mismo sucede con las respuestas menta­les o espirituales. Todas las actividades en que es­tamos involucrados se reflejan, de una manera u otra, en nuestra aura. (En un capítulo posterior aprenderemos a interpretar nuestras percepciones áuricas, especialmente las que están relacionadas con el color.)
Tanto los colores en sí mismos, como su intensidad, varían de manera contrastante a lo largo del día. Todo depende de lo que esté suce­diendo en nuestra vida.
Por lo general, hay una o dos vibracio­nes de color que son más constantes que el resto. Esta constancia refleja patrones de energía que mantenemos por ciertos períodos más o menos prolongados, que abarcan desde un mes hasta un año. La cuantificación del color durante ese perío­do puede constituir una suerte de "barómetro". Por ejemplo, la abundancia de verde en el aura con una extensión de entre 1, 20 y 1, 80 metros alrededor del cuerpo puede reflejar un período de crecimiento y cambio que se extenderá durante cuatro o seis meses. Sin embargo, no se puede ser demasiado rígido en este tipo de interpretación. En el curso de un día, puede ocurrir una amplia variedad de cambios de colores, que se sobreimprimen al patrón básico de la energía correspon­diente a ese período de nuestra vida. Dentro del verde, por ejemplo, puede haber muchos otros colores e intensidades, y todos ellos son el reflejo de diferentes aspectos de crecimiento y cambio. Por eso, la interpretación del aura presenta cierta dificultad, y requiere que se efectúe un proceso de prueba por acierto y error, a lo largo del cual se pongan en juego tanto nuestros conocimientos como nuestra intuición.
Ejercicios para "empujar" e! aura y probar la existencia del campo áurico
Hay un ejercicio que puede ser llevado a cabo fácilmente con un amigo o conocido. Consti­tuye una buena forma de testear que la energía que nos rodea está relacionada con nuestro cuerpo físi­co, y lo afecta de manera muy intensa.
1- Haga que su amigo se pare en una misma línea con usted, ofreciéndole la espalda.


2-  Ubicado a unos 90 centímetros de la espalda de su amigo, levante los brazos y las ma­nos como si estuviera empujando una pared invisi­ble.
3-  Repita los movimientos. Empuje la pared invisible, deje de empujarla y vuelva a em­pujar. Haga los movimientos de manera lenta y pausada.
4-   Cuando  usted  realiza   estos   movi­mientos, está empujando el aura de su amigo. Co­mo resultado, su cuerpo físico se balanceará hacia adelante y hacia atrás.
5-  Como su amigo le ofrece la espalda, no podrá ver sus movimientos y, por lo tanto, el movimiento de su cuerpo no podrá atribuirse al he­cho de saber que usted está empujando su aura.
6- Algunas veces, el movimiento que re­sulta del ejercicio no es fácilmente detectado por los participantes. Si esto ocurriera, incorpore a una tercera persona como observador. Debe sentarse o pararse a 1,50 metros, y de ese modo el movimien­to será detectado manifiestamente.
7- Al cabo del ejercicio, alterne con su compañero para que él empuje su aura. Por último, sitúese usted mismo en la posición de observador. Recuerde que está iniciando un proceso que con­firmará la realidad del campo áurico que rodea al cuerpo físico.
8- Cuando el movimiento que se produ­ce es muy intenso, conviene situar a otra persona adelante de aquella cuya aura está siendo empuja­da. Es el modo de prevenir posibles caídas.