ISIS SIN VELO
Clave de los misterios de la ciencia y teología antigua y moderna
HELENA PETROVNA BLAVATSKY
1877
OBRA COMPLETA EN 4 TOMOS
TOMO I
Nota del Editor
Prólogo del traductor
PREFACIO
ANTE EL VELO
EL VELO DE ISIS
CAPÍTULO I
LOS LIBROS DE HERMES - LÍMITES DE LAS CIENCIAS FÍSICAS - NÚMEROS PITAGÓRICOS - COMENTADORES DE PLATÓN - EL SISTEMA HELIOCÉNTRICO EN LA INDIA - ANTIGUOS CÓMPUTOS ASTRONÓMICOS - EL ALMA DE LOS ANIMALES - EL PROTOPLASMA Y EL "MÁS ALLÁ" - DESCONOCIDOS, PERO PODEROSOS ADEPTOS - ANTIGÜEDAD DE LA MAGIA - NADA HAY NUEVO BAJO EL SOL - INVESTIGACIONES GEOMÉTRICAS - SIGNIFICADO DE LOS SÍMBOLOS - SABIDURÍA DE LOS ANTIGUOS - PRETENSIONES DE ROMA - EL CÉNTRICO SOL ESPIRITUAL - NEROSOS, YUGAS Y KALPAS - EL AÑO MÁXIMO - TIPOS Y PROTOTIPOS - LA NATURALEZA HUMANA - POSIBILIDADES DEL PORVENIR
CAPÍTULO II
VALÍA DE LAS PRUEBAS - JUICIO DE LOS CIENTÍFICOS - CONCLUSIONES DE CROOKES - LOS MONOS DE LA CIENCIA - OPINIONES DE CROOKES - AUTENTICIDAD DEL ALKAHEST - ELOGIO DE PARACELSO - EL ESPIRITISMO CLERICAL - NOMBRES NUEVOS PARA IDEAS VIEJAS - FUERZA CONTRA FUERZA - OPINIONES DE SCHOPENHAUER - LAS MESAS ROTATORIAS - LA ENERGÍA ATÓMICA - LA FUERZA MEDIUMNÍMICA - MILAGROS DE BACON - EL ESPECTRO SIN ALMA - FORMAS MATERIALIZADAS - ESPÍRITUS ELEMENTARIOS
CAPÍTULO III
EXPOSICIONES ERRÓNEAS - LA RELIGIÓN DE COMTE - NEGACIONES DEL POSITIVISMO - OPINIÓN DE HARE - FECUNDACIÓN ARTIFICIAL - LOS MONOS DE LA CIENCIA - EPIDEMIA DE NEGACIONES - LA CIENCIA ULTRAMONTANA - PANACEAS Y ESPECÍFICOS - EL DEMIURGOS - EL LIRIO DE GABRIEL - ACUSACIÓN CONTRA BRUNO - IDEAS PITAGÓRICAS DE BRUNO - ENSEÑANZAS ORIENTALES
CAPÍTULO IV
FENÓMENOS PSÍQUICOS - LA ENCICLOPEDIA DEL DIABLO - LA CIENCIA CONTRA LA TEOLOGÍA - EL VENTRILOQUISMO DE BABINET - EL METEORO FELINO - THURY CONTRA GASPARÍN - CONTRADICCIONES DE GASPARÍN - LA FUERZA ECTÉNICA - ATEÍSMO CIENTÍFICO - CONFUSIONES DE LOS CIENTÍFICOS - LOS CIENTÍFICOS RUSOS - LA GRUTA-GABINETE DE LOURDES - HUXLEY DEFINE LA PRUEBA - PROTESTA DE UN PERIÓDICO CRISTIANO
CAPÍTULO V
EL TELÉFONO DE BELL - ETIMOLOGÍA DEL MAGNETISMO - EL PODER DE JESÚS - EMBLEMA DE LA SERPIENTE - LEYENDAS COSMOGÓNICAS - TEORÍA DE LAS ONDULACIONES - SÍMBOLOS DE LA FUERZA CIEGA - LOS PRODIGIOS DEL FAKIR - EL CRECIMIENTO DE LA PLANTA - EXPERIMENTOS DE REGAZZONI - LA DOBLE VISTA - SÍMBOLOS DE LOS EVANGELISTAS - LA SERPIENTE EGIPCIA - LAS TÚNICAS DE PIEL - EL ÁRBOL MUNDANAL - SÍMBOLO DE LAS PIRÁMIDES - MITOS BISEXUALES - LA SERPIENTE SATÁNICA - LA CIUDAD SILENCIOSA - EL RAYO DE THOR
CAPÍTULO VI
EL MAGNETISMO ANIMAL - FENÓMENOS HIPNÓTICOS - LA FUERZA SIDÉREA - OPINIONES DE VAN HELMONT - LA ACADEMIA FRANCESA - OPINIÓN DE LAPLACE - INFORME SINCERO - DECLARACIONES DE HARE - LA MEMORIA RETROACTIVA - ALMA Y ESPÍRITU - LA PSICOMETRÍA - LO PRESENTE Y LO FUTURO - MODALIDADES ENERGÉTICAS - CONCEPTO DEL ÉTER - PREJUICIOS CIENTÍFICOS - PRINCIPIOS ALQUÍMICOS - EL TESTIMONIO HUMANO - HIPÓTESIS DE COX - EL CUERPO ASTRAL - FUERZA CIEGA O INTELIGENCIA - EL MÉDIUM CONDUCTOR - EL LÁPIZ Y LA REGLA
CAPÍTULO VII
OPINIÓN DE DESCARTES - MAGNETISMO UNIVERSAL - INFLUENCIA DEL AMBIENTE - LA TRÍADA MICROCÓSMICA - INFLUENCIA DE LA MÚSICA - INFLUENCIA DE LA MENTE - EL FENOMENISMO - LAS COMUNICACIONES - OBSTINACIÓN ESCÉPTICA - LÁMPARAS ALQUÍMICAS - DURACIÓN DE LAS LÁMPARAS - COMBUSTIBLES PERPETUOS - TELAS DE ASBESTO - PABILOS DE AMIANTO - DIVERGENCIA DE OPINIONES - SINCERIDAD DE JOWETT - FILOSOFÍA ANTIGUA - LA ÓPTICA DE LOS ANTIGUOS - CORRELACIÓN DE FUERZAS - MUTUAS SIMPATÍAS - UNA SESIÓN ACADÉMICA - IDENTIDAD DE TRADICIONES - LOS PLAGIOS MODERNOS - LA INMORTALIDAD DEL ALMA
CAPÍTULO VIII
LA FORMACIÓN DE LA TIERRA - LA TIERRA INVISIBLE - LA EVOLUCIÓN SEGÚN HERMES - ASTROLOGÍA Y ASTRONOMÍA - ALEGORÍAS ASTRONÓMICAS - SÍMBOLOS DE LA LUNA - LAS PIEDRAS PRECIOSAS - OBSERVATORIO DE BELO - NO HAY CASUALIDAD - NATURALEZA DEL SOL - INFLUENCIAS LUNARES - MÚSICA DE LAS ESFERAS - EL HOMBRE DUAL - FENÓMENOS HISTÉRICOS - EL PODER DEL ALMA - MAGNETISMO PLANETARIO - RIDICULECES APARENTES - LOS ELEMENTALES - EL MORADOR DEL UMBRAL - LA MENTE UNIVERSAL - EL NIRVANA - LA IMPERSONALIDAD
La autora dedica esta obra a la
SOCIEDAD TEOSÓFICA. Fundada
En el año 1875, en Nueva York,
para estudiar las materias de que se trata.
NOTA DEL EDITOR
Isis Velo es una obra que hemos deseado editar hace años, pero que por circunstancias sobradamente conocidas por todos, solamente ahora podemos realizar en España.
Consultada la opinión de eruditos en Teosofía, estos han coincidido en que la edición realizada en Barcelona en el año 1912, cuya traducción se debe a Federico Climent Terrer, es la mejor versión en idioma español.
Haciendo nuestras dichas opiniones, hemos aprovechado ese texto, que reproducimos íntegra y fielmente en la presente edición.
Agradecemos públicamente a la Sociedad Teosófica Española la gentileza de habernos facilitado dicho ejemplar. Así como a los señores Eugenio V. Olivares y Saturnino Torra Palá por la desinteresada colaboración prestada y por el esforzado tesón que pusieron para mantener el fuego sagrado de la resurgida Sociedad Teosófica Española.
PRÓLOGO DEL TRADUCTOR
Siete lustros hace que la cofundadora de la Sociedad Teosófica publicó esta obra, y todavía exhalan sus páginas el aroma de sinceridad en que embebió su pluma. Durante los treinta y cinco años transcurridos desde entonces, ha evolucionado el pensamiento occidental hasta el extremo de confirmar gran número de los vaticinios que con maravillosa intuición formuló Blavatsky respecto al porvenir de la ciencia y de la teología. Por una parte, las academias y universidades han cejado en sus empeños materialistas, y por otra, las iglesias de todas las confesiones han mitigado no poco las crudezas de la intolerancia religiosa. Así es que desde este punto de vista y en cuanto a su aspecto polemístico, resulta hoy ISIS SIN VELO algún tanto anticuada, pero no por ello decrece su mérito, antes bien se acrecienta al considerar el triunfo cada vez más decisivo de las ideas sustentadas por la ilustre teósofa frente al escepticismo dominante en la época en que se valió de su pluma como de ariete para batir brecha en las hasta entonces inexpugnables murallas del materialismo científico. Con todo, hay en esta obra pasajes enteros de inmarcesible frescura y perpetua actualidad que entrañan copiosas enseñanzas, igualmente valederas para el teósofo convencido que para el principiante ávido de conocimientos sobre qué fundamentar sus orientaciones mentales.
La prodigiosa erudición que en el transcurso de la obra alardea sin arrogancias ni presunciones la abnegada apóstol del espiritualismo trascendental, nos ofrece inagotable acopio de datos, fechas, citas, referencias, pruebas documentales y demás elementos de razonadora investigación que sin hipérbole puede considerarse como el arranque y punto inicial de la literatura teosófica contemporánea.
Elena Blavatsky golpeó con su mágica pluma la dura roca del materialismo que orgullosamente se erguía en el desierto de la ciencia atea, y de las entrañas de tan árida peña brotaron las límpidas y salutíferas aguas del oculto manantial en que, sin temor al fango de la superstición ni al cieno del fanatismo, apagan sus ansias de verdad y su sed de conocimiento cuantos se abrasaban entre las ascuas del dogmatismo a la par teológico y científico.
Los descubrimientos realizados por las ciencias experimentales desde la primera edición de esta obra, han corroborado plenamente la coexistencia del espíritu y de la materia, de la vida y de la forma en odas las manifestaciones del universo, tal como desde los orígenes de la raza humana enseñaron los iniciados en la sabiduría esotérica. Precisamente, el tema dominante en ISIS SIN VELO es el reiterado cotejo de la ciencia antigua con las especulaciones modernas para demostrar, según demuestra cada día más incontrovertiblemente el progreso de los tiempos, que toda teoría, toda hipótesis, toda novedad atribuida a los modernos tuvo su precedente invención entre los antiguos.
La arqueología, la lingüística y la mitología comparada aducen diariamente nuevas y más que sobradas pruebas de los conocimientos científicos de aquellas civilizaciones, cuyo espíritu siguió flotando en el ambiente de la humanidad durante los prolongados períodos en que estuvo eclipsada la verdad por las tinieblas de la ignorancia.
En cuanto al ordenamiento de la obra, no la encontrará el lector sujeta al plan rígidamente cuadriculado de los expositores, porque se escribió en días de acerba lucha cuyos fragores no podían dar al ánimo la sosegada placidez que requiere el eslabonado enlace de las materias. Pero entre la aparente incoherencia de los temas, palpita la sinceridad de un espíritu crítico de insuperable potencia que suaviza el rigor inflexible de la lógica con la dúctil amenidad de la sátira, y arremetiendo gallardamente contra el adversario, le hiere con sus propias armas.
Por lo que atañe a la traducción, no hemos alterado en lo más mínimo el pensamiento de la autora, cuyos conceptos quedan fielmente vertidos con el mismo espíritu e intención del original, aunque acomodando la forma a la índole peculiar de nuestro idioma, de modo que las ideas no aparezcan envueltas en inútiles amplificaciones que dificultarían su comprensión. Al efecto hemos libado, por decirlo así, en el texto inglés, el pensamiento de la autora párrafo por párrafo, para expresarlo después lo más clara y concisamente posible en el idioma de la versión, como si las ideas asumieran nueva forma expresiva sin el más leve detrimento de su prístina originalidad.
FEDERICO CLIMENT TERRER.
PREFACIO
La obra que sometemos al juicio público es fruto de nuestro trato con los Adeptos orientales y del estudio de su ciencia. La dedicamos a cuantos estén dispuestos a aceptar la Verdad, doquiera que la encuentren, y a defenderla sin temor a vulgares preocupaciones. Su objeto es ayudar al estudiante a descubrir los principios vitales que subyacen en los antiguos sistemas filosóficos.
Este libro es sincero. Hemos procurado que en él resplandezca siempre la justicia, junto a la verdad expuesta sin mala intención ni idea preconcebida. Nos mostramos inexorables frente al error entronizado y no guardamos la más mínima consideración a la autoridad usurpada. Reclamamos para el pasado el honor de sus ejecutorias que se le negó desde hace mucho tiempo; exigimos la restitución de prestadas vestiduras y vindicamos reputaciones tan calumniadas como gloriosas. En este espíritu de crítica están considerados los cultos y credos religiosos y las hipótesis científicas. Hombres, partidos, sectas y escuelas son efémeras de un día. Tan sólo la VERDAD, asentada en diamantina roca, es eterna y suprema.
No creemos en magia alguna que trascienda a la capacidad de la mente humana, ni en “milagro” alguno, divino o diabólico, si por tal se entiende la transgresión de las eternas leyes naturales. No obstante, aceptamos la opinión del sabio autor de Festus cuando dice que el corazón humano no se ha revelado todavía completamente a sí mismo ni hemos abarcado ni siquiera comprendido la amplitud de sus poderes. ¿Será exagerado creer que el hombre pueda desplegar nuevas facultades sensitivas y relacionarse mucho más íntimamente con la naturaleza? La lógica de la evolución nos lo dirá si la llevamos hasta sus legítimas conclusiones. Si en la línea ascendente, desde el vegetal o el molusco hasta el hombre más perfecto, ha evolucionado el alma y adquirido sus elevadas facultades intelectuales, no será irrazonable inferir y creer que también en el hombre se está desenvolviendo una facultad perceptiva que le permita indagar hechos y verdades más allá de los límites de nuestra ordinaria percepción. Así no vacilamos en admitir con Biffé, que “lo esencial es siempre lo mismo, ora procedamos cercenando hacia dentro el mármol para descubrir la estatua oculta en su masa, ora hacia fuera levantando piedra sobre piedra hasta terminar el templo. Nuestro NUEVO resultado no es más que una idea antigua. La última eternidad encontrará en la primera su alma gemela”.
Hace años, cuando en mi primer viaje por Oriente visité sus desiertos santuarios, me preocupaban dos cuestiones que sin cesar oprimían mi mente: ¿Dónde está, QUIÉN y QUÉ es DIOS? ¿Quién vio jamás el ESPÍRITU inmortal del hombre, para asegurar la inmortalidad humana?
Precisamente cuando con más ansia pretendía resolver tan embarazosos problemas, trabé conocimiento con ciertos hombres que por sus misteriosos poderes y profunda ciencia merecen, sin disputa alguna, el calificativo de sabios de Oriente. Viva atención presté a sus enseñanzas. Me dijeron que, combinando la ciencia con la religión, pueden demostrarse la existencia de Dios y la inmortalidad del espíritu humano tan fácilmente como un postulado de Euclides. Por vez primera adquirí la seguridad de que la filosofía oriental sólo cabe en la fe absoluta e inquebrantable en la omnipotencia del Yo inmortal del hombre. Aprendí que esta omnipotencia procede del parentesco del espíritu del hombre con Dios o Alma Universal. Éste, dicen ellos, sólo puede demostrarlo aquél. El espíritu del hombre es prueba del Espíritu de Dios, como una gota de agua es prueba de la fuente de donde procede. Si a un hombre que nunca haya visto agua, le decís que existe el océano, deberá creerlo por la fe o rechazarlo por completo. Pero dejad que caiga una gota de agua en su mano, y ya tendrá un hecho, del cual infiera lo demás, y podrá luego comprender poco a poco la existencia de un océano ilimitado e insondable. La fe ciega dejará de ser una necesidad para él, pues la habrá sustituido con el CONOCIMIENTO. Cuando un hombre mortal despliega facultades inmensas, domina las fuerzas de la naturaleza y dirige la vista al mundo del espíritu, la inteligencia reflexiva queda abrumada por la convicción de que si a tanto alcanza el Yo espiritual de un hombre, las facultades del ESPÍRITU PADRE han de ser comparativamente tan inmensas en magnitud y potencia como el océano respecto a una simple gota de agua. Ex nihilo nihil fit. ¡Demostrad la existencia del alma humana por sus maravillosas facultades y demostraréis la existencia de Dios!
En nuestros estudios, aprendimos que los misterios no son tales y nos cercioramos de la realidad de nombres y lugares que los occidentales diputan por fabulosos. Devotamente nos dirigíamos en espíritu al interior del templo de Isis, en Sais, para levantar el velo de “la que fue, es y será”; para mirar a través de la desgarrada cortina del Sancta Sanctorum en Jerusalem y a interrogar a la misteriosa Bath-Kol en las criptas del sagrado edificio. La Filia-Vocis, la hija de la voz divina, respondía tras el velo desde el propiciatorio (1), y la ciencia, la teología y toda hipótesis humana nacida de conocimientos imperfectos, perdían para siempre ante nuestros ojos su carácter autoritario. El Dios vivo habló por medio del hombre su único oráculo. Estábamos satisfechos. Semejante saber es inapreciable y sólo ha permanecido oculto para quienes lo desdeñaban, ridiculizaban o negaban.
De estos recibimos críticas, censuras y quizás hostilidad, aunque ninguno de los obstáculos encontrados en nuestro camino surge de la validez de las pruebas ni de la autenticidad de hechos históricos ni de la falta de sentido común de aquellos a quienes nos hemos dirigido. El pensamiento moderno va impelido hacia el liberalismo, tanto en religión como en ciencia. Se acerca el día en que los reaccionarios resignen la despótica autoridad que durante tanto tiempo disfrutaron y ejercieron sobre la conciencia pública. Cuando el Papa anatematiza la libertad de la prensa y de la palabra, la supremacía del poder civil y la enseñanza laica (2), el portavoz de la ciencia del siglo diecinueve, Tyndall, le responde diciendo: “Las posiciones de la ciencia son inexpugnables y hemos de libertar del dominio teológico las teorías cosmológicas” (3). No es por lo tanto difícil de prever el final.
Siglos de esclavitud no logran helar la sangre del hombre, alrededor del núcleo de la fe ciega; y el siglo XIX es testigo de los esfuerzos del gigante para romper las cuerdas de los liliputienses y andar por sus pies. Las mismas comuniones protestantes de Inglaterra y América, ocupadas ahora en revisar el texto de sus Oráculos, habrán de demostrar el origen y el valor de este texto. Acaban ya los tiempos en que el dogma dominaba al hombre.
Esta obra es, por lo tanto, un alegato en pro de que la filosofía hermética y la antigua y universal Religión de la Sabiduría son la única clave posible de lo Absoluto en ciencia y teología. En prueba de que no se nos oculta la dificultad de nuestra empresa, decimos desde luego que no será extraño que los sectarios arremetan contra nosotros.
Los cristianos verán que ponemos en tela de juicio la pureza de su fe. Los científicos advertirán que medimos sus presunciones con el mismo rasero que las de la Iglesia romana, y que, en ciertos asuntos, preferimos a los sabios y filósofos del mundo antiguo.
Los sabios postizos nos atacarán furiosamente desde luego. Los clericales y librepensadores verán que no admitimos sus conclusiones, sino que queremos el completo reconocimiento de la Verdad.
También tendremos enfrente a los literatos y autoridades que ocultan sus creencias íntimas por respeto a vulgares preocupaciones.
Los mercenarios y parásitos de la prensa, que prostituyen su poderosa eficacia y deshonran tan noble profesión, se burlarán fácilmente de cosas demasiado sorprendentes para su inteligencia, pues dan más valor a un párrafo que a la sinceridad. Algunos criticarán honradamente; los más con hipocresía; pero nosotros dirigimos la vista al porvenir.
La lucha entre el partido de la conciencia pública y el de la reacción ha desarrollado una saludable tónica de pensamiento, que en último resultado determinará el triunfo de la verdad sobre el error. Lo repetimos de nuevo. Trabajamos para el alboreante porvenir.
Y al considerar la acerba oposición que ha de darnos en rostro, creemos que el mejor mote para nuestro escudo, al entrar en el palenque, es la frase del gladiador romano: ¡Ave César! Morituri te salutant.
Nueva York, Septiembre de 1877.
ANTE EL VELO
Juan. Arbolemos en los muros nuestras ondulantes
Banderas. Rey Enrique VI. Act. IV.
–He consagrado mi vida
Al estudio del hombre, de su destino y de su felicidad”.
J. R. BUCHANAN, M. D., Bosques de Conferencias sobre Antropología.
Según se nos dice, hace diecinueve siglos que la divina luz del cristianismo disipó las tinieblas del paganismo, y dos siglos y medio que la refulgente lámpara de la ciencia moderna empezó a iluminar la obscura ignorancia de los tiempos. Se afirma que el verdadero progreso moral e intelectual de la raza se ha realizado en estas dos épocas. Que los antiguos filósofos eran suficientemente sabios para su tiempo, pero poco menos que iletrados en comparación de nuestros modernos hombres de ciencia. La moral pagana bastó a las necesidades de la inculta antigüedad, hasta que la luminosa “Estrella de Bethlehem” mostró el camino de la perfección moral y allanó el de la salvación. En la Antigüedad, el embrutecimiento era regla, la virtud y el espiritualismo excepción. Ahora, el más empedernido puede conocer la voluntad de Dios en su palabra revelada; todos los hombres desean ser buenos y mejoran constantemente.
Tal es la proposición: ¿qué nos dicen los hechos? Por una parte, un clero materializado, dogmático y con demasiada frecuencia corrompido; una hueste de sectas y tres grandes religiones en guerra; discordia en lugar de unión; dogmas sin pruebas; predicadores efectistas; sed placeres y riquezas en feligreses solapados e hipócritas, por exigencias de la respetabilidad. Ésta es la regla del día; la sinceridad y verdadera piedad la excepción. Por otra parte, hipótesis científicas edificadas sobre arena; ni en la más sencilla cuestión, acuerdo; rencorosas querellas y envidias; impulso general hacia el materialismo; lucha a muerte entre la ciencia y la teología por la infalibilidad: “Un conflicto de épocas”.
En Roma, que a sí propia se llama centro de la cristiandad, el putativo sucesor de Pedro mina el orden social con su invisible pero omnipotente red de astutos agentes, y les incita a revolucionar la Europa a favor de su supremacía de espiritual y temporal. Vemos al que se llama Vicario de Cristo, fraternizar con los musulmanes, contra una nación cristiana, invocando públicamente la bendición de Dios para las armas de quienes por siglos resistieron a sangre y fuego las pretensiones del Cristo a la Divinidad. En Berlín, uno de los mayores focos de cultura, eminentes profesores de las modernas ciencias experimentales han vuelto la espalda a los tan encomiados resultados del progreso en el período posterior a Galileo, y han apagado tranquilamente la luz del gran florentino, con intento de probar que el sistema heliocéntrico y la rotación de la tierra son sueños de sabios ilusos: que Newton era un visionario y todos los astrónomos pasados y presentes, hábiles calculadores de fenómenos improbables.
Entre estos dos titanes en lucha, ciencia y teología, hay una muchedumbre extraviada que pierde rápidamente la fe en la inmortalidad del hombre y en la Divinidad, y que aceleradamente desciende al nivel de la existencia animal. ¡Tal es el cuadro actual iluminado por la meridiana luz de esta era cristiana y científica!
¿Fuera de estricta justicia condenar a lapidación crítica al más humilde y modesto autor, por rechazar enteramente la autoridad de ambos combatientes? ¿No deberíamos más bien tomar como verdadero aforismo de este siglo, la declaración de Horacio Greeley: “No acepto sin reserva la opinión de ningún hombre, vivo o muerto” (1)? Suceda lo que suceda, ésta será nuestra divisa, y tomaremos este principio por lema y guía constante en la presente obra.
Entre los muchos frutos fenoménicos de nuestro siglo, la creencia de los llamados espiritistas ha brotado de entre las vacilantes ruinas de la religión revelada y de la filosofía materialista; porque al fin y al cabo es la única que depara posible refugio, a manera de transacción entre ambas. No es maravilla que nuestro soberbio y positivo siglo haya mal acogido a los inesperados espectros de la época anterior al cristianismo. Los tiempos han cambiado de manera extraña, y no ha mucho, un conocido predicador de Brroklyn, decía acertadamente en un sermón que si de nuevo Jesús viniera y hablara en las calles de Nueva York, como en las de Jerusalén, lo llevarían a la cárcel (2). ¿Qué acogida había de esperar, pues, el espiritismo? Lo misterioso y extraño no atrae ni seduce a primera vista. rAquítico como niño amamantado por siete nodrizas, llegará a la adolescencia lisiado y mutilado. Sus enemigos son legión y sus amigos puñado. ¿Por qué así? ¿Cuándo fue aceptada una verdad a priori? Los campeones del espiritismo exageraron fanáticamente sus cualidades, y no echaron de ver sus indudables imperfecciones. La falsificación es imposible sin modelo que falsificar. El fanatismo de los espiritistas prueba la ingenuidad y posibilidad de sus fenómenos. Nos dan hechos que debemos investigar; no afirmaciones que debamos creer sin pruebas. Millones de personas razonables no sucumben fácilmente a colectivas alucinaciones. Y así, mientras el clero interpreta tendenciosamente la Biblia, y la ciencia promulga Códigos acerca de lo posible en la naturaleza, sin dar oídos a nadie, la verdadera ciencia real y la verdadera religión caminan con majestuoso silencio hacia su futuro desarrollo.
Todo lo referente a los fenómenos descansa en la correcta comprensión de la filosofía antigua. ¿Adónde acudir en nuestra perplejidad sino a los antiguos sabios, desde el momento en que, so pretexto de superchería, los modernos nos niegan toda explicación? Preguntémosles qué conocen de la verdadera ciencia y religión, no en lo concerniente a meros pormenores, sino respecto a los amplios conceptos de estas dos gemelas, tan fuertes cuando unidas como débiles cuando separadas. Además, mucho nos aprovechará comparar la tan encomiada ciencia moderna con la antigua ignorancia, y la teología perfeccionada con la “Doctrina Secreta” de la antigua religión universal. Quizás encontremos así un campo neutral donde relacionarnos ventajosamente con ambas.
La filosofía platónica es el más perfecto compendio de los abstrusos sistemas de la antigua India, y la única que puede ofrecernos terreno neutral. Aunque Platón murió hace veintidós siglos, los intelectuales todavía se ocupan de sus obras. Platón fue, en la plena acepción de la palabra, el intérprete del mundo, el filósofo más grande de la era precristiana, que reflejó fielmente en sus obras el espiritualismo y la metafísica de los filósofos védicos, que le precedieron millares de años. Vyasa, Jaimini, Kapila, Vrihaspati y Sumantu influyeron indeleblemente al través de los siglos en Platón y su escuela. Con esto probaremos que Platón y los sabios de la India tuvieron la misma revelación de la verdad. ¿No prueba su pujanza, contra las injurias del tiempo, que esta sabiduría es divina y eterna?
Platón enseña que la justicia permanece en el alma de su poseedor, y que es su mayor bien. “Los hombres admitieron sus derechos trascendentes en proporción de su inteligencia”. Y sin embargo, los comentadores de Platón desdeñan casi unánimemente los pasajes probatorios de que su metafísica tiene sólidos cimientos y no se funda en especulaciones.
Platón no podía aceptar una filosofía sin aspiración espiritual. Ambas cosas se armonizan en él. El antiguo sabio griego tiene por único objeto de logro el REAL CONOCIMIENTO. Sólo consideraba como filósofos sinceros, o estudiantes de verdad, a quienes poseían la ciencia de las realidades en oposición a las apariencias; de lo eterno en oposición a lo transitorio; de lo permanente en oposición a cuanto alternativamente crece, mengua, nace y perece. “Más allá de las existencias finitas y causas secundarias de las leyes, ideas y principios, hay una INTELIGENCIA o MENTE (..., nous, el espíritu), principio de los principios; Idea Suprema en que se apoyan las demás ideas; monarca y legislador del universo; substancia primordial de que todas las cosas proceden y a que deben su existencia; Causa primera y eficiente de todo orden, armonía, belleza, excelencia y bondad, que hienche el universo, a la que llamamos el Supremo Bien el Dios (...) de los dioses (... ... ...)” (3). No es la verdad ni la inteligencia, sino “Padre de ambas”. Aunque nuestros sentidos corporales no pueden percibir esta eterna esencia de las cosas, pueden comprenderla cuantos por no ser completamente obtusos quieran comprenderla. “A vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos (...) no les es dado... Por eso les hablo por parábolas; porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden (4).
Asegura el neoplatónico Porfirio, que en los MISTERIOS se enseñaba y comentaba la filosofía de Platón. Muchos han puesto en tela de juicio y aun han negado los misterios; y Lobeck, en su Aglaophomus, llega al extremo de decir que estas sagradas ceremonias sólo servían para cautivar la imaginación. ¿Cómo Atenas y Grecia hubieran acudido durante más de veinte siglos cada cinco años a Eleusis, si los misterios fueran farsa religiosa? Agustín, obispo de Hipona, declara que las doctrinas neoplatónicas son las esotéricas y originales doctrinas de los primeros discípulos de Platón, y diputa a Plotino por un Platón resucitado. También explica los motivos que tuvo el gran filósofo para encubrir el sentido interno de sus enseñanzas (5).
Respecto de los Mitos, declara Platón en el Gorgias y en el Phoedon que son vehículos de grandes verdades muy dignas de aprender; pero los comentadores conocen tan poco al gran filósofo que se ven obligados a confesar que no saben dónde “termina lo doctrinal y empieza lo mítico”. Platón desvanecía la popular superstición de la magia y los demonios, y enunciaba las exageradas ideas de su tiempo en teorías racionales y concepciones metafísicas que tal vez no se acomoden al método de raciocinio inductivo establecido por Aristóteles; pero que satisfacen cumplidamente a cuantos se percatan de la elevada facultad del hombre, llamada intuición, que nos da el criterio para conocer la Verdad.
Fundando sus doctrinas en la Mente Suprema, enseña Platón que el nous, espíritu, o alma racional del hombre, fue “engendrado por el Padre Divino”, y es de naturaleza semejante y homogénea a la Divinidad, y, por lo tanto, capaz de percibir las eternas realidades. La facultad de contemplar la realidad directa e inmediatamente, sólo es propia de Dios, y la aspiración a este conocimiento es la filosofía propiamente dicha, o amor a la sabiduría. El amor a la verdad es inherentemente el amor al bien, y si predomina sobre todo deseo del alma y la purifica por su asimilación con lo divino y dirige las acciones del hombre, le eleva a participar de la Divinidad y le ensalza a semejanza de Dios. “Esta ascensión” dice Platón en el Theoetetus “consiste en llegar a parecerse a Dios, y la asimilación se efectúa cuando, por medio de la sabiduría, el hombre es justo y santo”.
La base de esta asimilación es siempre la preexistencia del espíritu o nous. La alegoría del carro con caballos alados del Phoedrus, presenta a la naturaleza psíquica doblemente compuesta del thumos o parte epithumética, formada de substancias pertenecientes al mundo de los fenómenos, y el ......, thumoeides, la esencia enlazada con el mundo eterno. La actual vida terrena es caída y castigo. El alma habita en “la sepultura que llamamos cuerpo” y en su estado de encarnación, antes de recibir la disciplina educativa, el elemento espiritual o noético está “dormido”. La vida es más bien sueño que realidad. Como los cautivos de la subterránea caverna descrita en La República, percibimos únicamente, con la espalda vuelta a la luz, las sombras de los objetos y creemos que son realidades actuales. ¿Acaso no es ésta la idea de Maya, o ilusión de los sentidos durante la vida física, rasgo característico de la filosofía budista? Si en la vida material no nos entregamos absolutamente a los sentidos, estas ilusiones despiertan en nosotros la reminiscencia del mundo superior en que ya hemos vivido. “El espíritu interno conserva un vago y obscuro recuerdo del anterior estado de bienaventuranza de que gozara y anhela instintivamente volver a él”. Incumbencia de la Filosofía es libertarle de la esclavitud de los sentidos, por medio de la disciplina, y elevarle al empíreo del puro pensamiento, a la visión de la verdad, bondad y belleza eternas. Dice Platón en el Theoetetus que “el alma no puede encarnar en cuerpo humano, si antes no ha contemplado la verdad o sea el conjunto de todo cuanto el alma veía cuando habitaba en la Divinidad, con desprecio de las cosas que decimos que son, y la mira puesta en lo que REALMENTE ES. Por lo tanto, sólo el nous, o espíritu del filósofo (o amante de la suprema verdad) está dotado de alas, porque con su elevada capacidad retiene estas cosas en su mente, y al contemplarlas diviniza, por decirlo así, a la misma Divinidad. El debido uso de las reminiscencias de la vida primera y el perfeccionamiento en los perfectos misterios lleva al hombre a la verdadera perfección. Entonces está iniciado en la sabiduría divina”.
Así comprenderemos por qué las más sublimes escenas de los Misterios eran siempre nocturnas. La vida del espíritu interno es la muerte de la naturaleza externa, y la noche del mundo físico es el día del espiritual. Por esto se adoraba a Dionisio, el sol nocturno, con preferencia a Helios, el sol diurno. Los Misterios simbolizaban la preexistente condición del espíritu y del alma, la caída de ésta en la vida terrena y en el Hades, las miserias de esta vida, la purificación del alma y su restitución a la divina bienaventuranza o reunión con el espíritu. Theón de Esmirna compara acertadamente la disciplina filosófica con los ritos místicos: A este propósito, dice que podemos considerar la filosofía como la iniciación en los verdaderos arcanos y la instrucción en los genuinos Misterios. La iniciación abarca cinco grados: 1º, la purificación previa; 2º, la admisión en los ritos secretos; 3º, la revelación epóptica; 4º, la investidura o entronización; 5º, en consecuencia de los anteriores, la amistad íntima, comunión con Dios y la felicidad dimanante de la comunicación con seres divinos...
Platón llama epopteia, o visión personal, la perfecta contemplación de lo aprendido intuitivamente o sean las verdades e ideas absolutas. También considera la coronación como símbolo de la autoridad recibida de los instructores para conducir a otros a la misma contemplación. El quinto grado es la mayor felicidad terrena y, según Platón, consiste en asimilarse a la Divinidad, tanto como cabe en los seres humanos (6).
Tal es el platonismo. Dice Emerson que “de Platón arranca cuanto los pensadores escriben y discuten”. En él se resumía la ciencia de su época: la de Grecia, de Filolao a Sócrates; la de Pitágoras en Italia; y la que derivó de Egipto y Oriente. Era una inteligencia tan vasta, que toda la filosofía europea y asiática está comprendida en sus doctrinas, y a su cultura y poder de contemplación añadía temperamento y cualidades de poeta.
Los discípulos de Platón aceptaron, en general, sus teorías psicológicas. Algunos, como Xenócrates, aventuraron atrevidas especulaciones. Espeusipo, sobrino y sucesor del eminente filósofo, fue autor del Análisis numérico, o tratado de los números pitagóricos. Algunas de sus especulaciones no están en los Diálogos escritos; pero como era oyente de las conferencias orales de Platón, tiene mucha razón enfield al decir que sus opiniones no debían diferenciarse de las de su maestro. Él es, sin duda, el antagonista que Aristóteles critica sin nombrarlo cuando cita el argumento de Platón contra la doctrina de Pitágoras, de que todas las cosas son en sí mismas números, o, mejor dicho, inseparables de la idea de número. Insistía especialmente en demostrar que la doctrina platónica de las ideas difería esencialmente de la pitagórica en que los números y magnitudes existen independientemente de las cosas. También aseguraba que Platón enseñó que no puede existir conocimiento real, si el objeto de conocimiento no trasciende a una región superior a lo sensible.
Pero Aristóteles no es testimonio fidedigno, pues adulteró a Platón y casi puso en ridículo las ideas de Pitágoras. Hay una regla de interpretación que debe guiarnos en el examen de toda opinión filosófica. “La inteligencia humana, bajo la necesaria acción de sus propias leyes, está impelida a mantener las mismas ideas fundamentales, y el corazón del hombre a alimentar los mismos sentimientos en toda época”. Cierto es que Pitágoras despertó la más profunda simpatía intelectual de su tiempo y que sus doctrinas ejercieron poderosa influencia en Platón. Su idea fundamental es que en las formas, mudanzas y fenómenos del Universo subyace un principio permanente de unidad. Aristóteles asegura que Pitágoras creía y enseñaba que “los números son los principios primordiales de toda entidad”. Ritter opina que la fórmula de Pitágoras se ha de tomar simbólicamente, y así es sin duda. Aristóteles trata de asociar estos números a las “formas” e “ideas” de Platón y atribuye a éste la afirmación de que “las formas son números, y las ideas existencias substanciales o entidades reales”. Platón no enseñaba tal cosa. Decía que la causa final era la Bondad Suprema (...) “Las ideas son objeto de pura concepción para la razón humana, y atributos de la Razón Divina” (7). No decía que “las formas son números”, sino que, como se lee en el Timeo: “Dios formó por primera vez las cosas, según formas y números”.
Reconoce la ciencia moderna que las leyes superiores de la naturaleza asumen la forma de enunciado cuantitativo. Esto es quizás una más explícita afirmación de la doctrina pitagórica. Los números se consideran como la mejor representación de las leyes de armonía que regulan el Cosmos. Sabemos que la teoría atómica y las leyes de combinación están hoy, por decirlo así, arbitrariamente definidas por números. W. Archer Butler dice a este propósito: “El mundo es, en todas sus partes, una aritmética viva en su desarrollo y una verdadera geometría en su reposo”.
La clave de los dogmas pitagóricos es la fórmula general de unidad en la variedad; lo uno desenvuelve y por completo penetra lo múltiple. Tal es, en compendio, la antigua doctrina de la emanación. El apóstol Pablo la aceptaba asimismo como verdadera. “... ... ... ...”
De Aquél, por Aquél y en Aquél son y están todas las cosas. Esto es puramente indo y brahmánico.
“Cuando la disolución (Pralaya) llega a su término, el Ser inmenso, Para-Atma, o Para-Purusha, el Señor existente por sí mismo y del cual y por medio del cual todas las cosas fueron son y serán..., quiso emanar de su propia substancia la variedad de criaturas”. (Manava-Dharma-Shastra, libro I, dísticos 6 y 7).
La Década mística 1 + 2 + 3 + 4 = 10 expresa esta idea. El 1 simboliza a Dios; el 2 la materia; el 3 la combinación de la Mónada y la Duada que participan de la naturaleza de ambas en el mundo fenomenal; el 4, o forma de perfección, simboliza el vacío; y el 10, o suma de todas las cosas, comprende la totalidad del Cosmos. El universo es la combinación de miles de elementos, y sin embargo es la expresión de un solo espíritu: un caos para los sentidos, un cosmos para la razón.
Todo es induísta en esta combinación y progresión de números en la idea de la creación. Único es el Ser existente por sí mismo, Swayambhu o Swayambhuva, como también se le llama. De sí mismo emana la facultad creadora, Brahmâ o Purusha (varón divino), y el Uno se convierte en Dos; de esta Duada, unión del principio puramente intelectual con el de la materia, procede un tercero, Virdj, el mundo fenomenal. De esta invisible e incomprensible trinidad, la Trimurti brahmánica, procede la segunda tríada, que representa las tres facultades: creadora, conservadora y transformadora, representadas por Brahmâ, Vishnu y Shiva, aunque siempre reunidas en una. Brahmâ, o Tridandin, como se le llama en los Vedas, es la Unidad, el dios trino y manifestado que da origen al simbólico Aum, o Trimurti compendiada. Sólo por medio de esta trinidad, siempre activa y perceptible a nuestros sentidos, puede la invisible y desconocida Mónada manifestarse en el mundo de los mortales. Cuando se convierte en Sharira, esto es, cuando asume forma visible, simboliza los principios de la materia y los gérmenes de vida. Entonces es Purusha, el dios trifáceo, o del trino poder, la esencia de la tríada Védica. “Conozcan los brahmanes la sagrada sílaba (Aum), las tres palabras del Savitri, y lean diariamente los Vedas”. (Manu, libro IV, dístico 125).
“Después de crear el universo, Aquél cuyo poder es incomprensible, se desvaneció absorbido en el Alma Suprema... Restituida a su primera obscuridad la gran Alma, permanece en lo desconocido y carece de forma...
“Cuando de nuevo reúne los sutiles principios elementarios y penetra en algfún germen animal o vegetal, asume en cada uno nueva forma”.
“Así es, que por alternativa de reposo y actividad, el Ser inmutable hace que eternamente revivan y mueran todas las criaturas existentes, activas e inertes”. (Manu, libro I, dístico 50 y siguientes).
Quien haya estudiado a Pitágoras y sus teorías respecto de la Mónada que, después de emanar la Duada, se restituye al silencio y a la oscuridad y crea la Tríada, puede descubrir la fuente de donde manan la filosofía del eminente filósofo de Samos, la de Sócrates y la de Platón.
Espeusipo parece haber enseñado que el alma física o thumética era inmortal como el espíritu o alma racional. Más adelante expondremos sus razones. También, como Filolao y Aristóteles en sus disquisiciones sobre el alma, dice que el éter es un elemento y supone cinco elementos principales, correspondientes a las cinco figuras regulares geométricas. Esta enseñanza está tomada de la escuela alejandrina (8). Hay en las doctrinas de los filaleteos mucho que no aparece en las obras de los más antiguos platónicos, porque sin duda las enseñaba el maestro con sigilosas reservas, como arcanos que no debían publicarse. Espeusipo y Xenócrates sostuvieron después que el anima mundi o (alma del mundo) no era la Divinidad, sino su manifestación. Estos filósofos jamás atribuyeron al Uno naturaleza animada (9). El Uno originario no existe en la acepción que damos a la palabra, pues hasta que se desdobló en lo múltiple (existencias emanadas, la mónada y la duada), no tuvo existencia. El ..., el algo manifestado mora igualmente en el centro que en la circunferencia, pero sólo el Alma del Mundo es reflejo de la Divinidad (10). En esta doctrina aletea el espíritu del budismo esotérico.
La idea que tiene de Dios el hombre es la deslumbradora luz que ve reflejada en el cóncavo espejo de su propia alma, pero esta imagen no en realidad la de Dios, sino su reflejo. Su gloria está allí, pero el hombre ve a lo sumo la luz de su propio espíritu, que es cuanto puede ver. Cuanto más limpio esté el espejo, más resplandecerá la imagen divina. Pero el mundo exterior no puede permanecer allí al mismo tiempo. Para el extático yogui, para el profeta iluminado, el espíritu brilla como el sol del mediodía; para la viciosa víctima de los atractivos terrenos, el resplandor desaparece, porque el grosero aliento de la materia empaña el espejo. Tales hombres reniegan de Dios y quisieran de un golpe privar de alma a la humanidad.
¿Ni DIOS ni ALMA? ¡Horrible y aniquilador pensamiento! Delirante pesadilla del lunático ateo, ante cuya alucinada vista pasa una horrible e incesante serie de chispas de materia cósmica, por nadie creadas, que aparecen, existen y se desenvuelven por sí mismas, es decir, por nada ni nadie y no proceden de ninguna parte ni van a parte alguna, sin que ninguna Causa las impela en un círculo eterno, ciego, inerte y SIN CAUSA. ¡Qué comparación cabe con el erróneo concepto del nirvâna búdico! El nirvâna va precedido de innumerables transformaciones espirituales y reencarnaciones durante las cuales la entidad no pierde ni por un segundo el sentimiento de su propia individualidad, que persiste durante millones de edades antes de llegar a la nada final.
Aunque muchos tienen a Espeusipo por inferior a Aristóteles, el mundo le debe la definición de varios conceptos que Platón dejó confusos en su doctrina acerca de lo sensible y lo ideal. Decía Espeusipo: “Conocemos lo inmaterial por medio del pensamiento científico y lo material por la científica percepción” (11).
Xenócrates expuso muchas teorías y enseñanzas no tratadas por su maestro. Tiene en gran estima la doctrina pitagórica y su matemático sistema de números. Sólo admite tres grados de conocimiento: pensamiento, percepción e intuición, y dice que el pensamiento se emplea en lo que hay más allá de los cielos; la percepción, en las cosas del cielo; y la intuición, en los cielos mismos.
Vemos estas teorías, y casi el mismo lenguaje, en el Manava-Dharma-Shastra, cuando habla de la creación del hombre: “Él (el Supremo) exhaló su propia esencia, el soplo inmortal, que no perece en el ser, y a esta alma del ser, le dio el Ahankâra (conciencia del Ego) o guía soberano. Después dio a aquella alma del ser (hombre), la inteligencia compuesta de tres cualidades y cinco sentidos de percepción externa”.
Estas tres cualidades son: entendimiento, conciencia y voluntad, análogas al pensamiento, percepción e intuición de Xenócrates. Expuso más completamente que Espeusipo la relación entre números e ideas, y aventajó a Platón en su doctrina de las magnitudes indivisibles. Redujo a sus primitivos elementos ideales las formas y figuras para demostrar que proceden de la indivisible línea. Es evidente que Xenócrates sostiene las mismas teorías de Platón en lo concerniente al alma humana (suponiéndola número), aunque Aristóteles contradiga todas las enseñanzas de este filósofo (12). Esto nos demuestra que Platón expuso oralmente la mayor parte de sus doctrinas y que Xenócrates, y no Platón, fue el autor de la teoría de las magnitudes indivisibles. Deriva el alma de la primera Duada y la llama número semoviente (13). Teofrasto dice que Xenócrates aventajó a los demás platónicos en la exposición de la teoría del alma, sobre la que se basa su doctrina cosmológica, demostrando la necesidad de que en cada punto del espacio universal exista una serie progresiva de seres espirituales animados e inteligentes (14). El alma humana es, según él, un conjunto de las más espirituales propiedades de la Mónada y de la Duada con los principios más elevados de ambas. Como Platón y Pródico, considera potestades divinas a los elementos y los llama dioses, pero ni él ni otros suponen con ello idea alguna antropomórfica. Observa Krische que Xenócrates llama dioses a los elementos para no confundirlos con los demonios del mundo inferior (15) o espíritus elementarios. Como el alma del Mundo penetra todo el Cosmos, los animales han de tener algo divino (16). Lo mismo enseñan los budistas y los herméticos, y Manu concede también alma a las plantas, aun a la más tenue hoja de césped.
De acuerdo con esta teoría, los demonios son seres intermedios entre la perfección divina y la maldad humana (17). Los clasifica en diversas categorías y afirma que el alma individual de cada hombre es su demonio protector y guía y que ningún demonio tiene más poder sobre nosotros que nosotros mismos. Así, el daimonion de Sócrates es la entidad divina que le inspiró durante toda su vida. Del hombre únicamente depende el abrir o cerrar su percepción a la voz divina. A semejanza de Espeusipo, concede inmortalidad al ..., cuerpo psíquico o alma irracional; pero algunos filósofos herméticos han enseñado que el alma únicamente tiene existencia separada y continua cuando, a su paso al través de las esferas se le incorporan algunas partículas terrenas y materiales que, luego de purificada en absoluto, se aniquilan y la quintaesencia del alma se identifica con el espíritu divino y racional.
Asegura Zeller que Xenócrates proscribía la carne de animales, no porque en ellos viese, en semejanza con el hombre, una vaga e imperfecta conciencia divina, sino, al contrario, porque "la irracionalidad del alma animal podía influir en el hombre" (18). Pero nosotros creemos que más bien era porque, como Pitágoras, había tenido a los sabios indos por maestros y modelos. Cicerón dice que Xenócrates lo desdeñaba todo, excepto la virtud más elevada (19), y nos lo pinta como hombre de austero carácter (20). “Nuestro más arduo negocio es redimirnos de la esclavitud de la vida senciente y vencer los titánicos elementos de nuestra naturaleza carnal por medio de la divina”. Zeller cita este pasaje (21): “El deber capital es mantenernos puros aun en los más íntimos anhelos de nuestro corazón, y únicamente la filosofía y la iniciación en los Misterios nos lo permitirán cumplir”.
Crantor, otro filósofo de la primera época de la academia platónica, derivaba el alma humana de la substancia raíz de todas las cosas, la Mónada o Uno, y la Duada o Dos. Plutarco habla extensamente de este filósofo, quien, como su maestro, creía que las almas encarnaban por castigo en los cuerpos.
Aunque algunos críticos opinan que Heráclides no siguió del todo las doctrinas de Platón (22), enseñaba la misma ética. Zeller dice que con Hicetas y Ecfanto admitía la doctrina pitagórica de la rotación de la tierra alrededor de su eje y la inmovilidad de las estrellas fijas, pero que ignoraba la revolución anual de la tierra alrededor del sol y el sistema heliocéntrico (23). Sin embargo, hay pruebas de que en los Misterios se enseñaba este sistema, y que Sócrates fue condenado a muerte por divulgar estas santas enseñanzas, que sus compatriotas tildaron de ateas. Heráclides opinaba lo mismo que Pitágoras y Platón en lo concerniente a las facultades y potencias del alma humana, que describe como esencia luminosa y en alto grado etérea, residente en la vía láctea antes de descender a la generación o existencia sublunar. Los demonios o espíritus son para él seres con cuerpos vaporosos y aéreos.
La doctrina pitagórica de los números, en relación con las cosas creadas, está plenamente expuesta en el Epinomis. Como buen platónico, su autor afirma que sólo es posible alcanzar sabiduría por la sagaz investigación de la oculta naturaleza de la creación, pues sólo así aseguraremos feliz existencia después de la muerte. Trata extensamente de la inmortalidad del alma y dice que únicamente podemos inferirla de la perfecta comprensión de los números. El hombre incapaz de distinguir una línea recta de una curva, jamás tendrá el necesario conocimiento para demostrar matemáticamente lo invisible, por lo que debemos asegurarnos de la existencia objetiva de nuestro cuerpo astral, antes de tener conciencia de que poseemos un espíritu divino e inmortal. Jámblico declara lo mismo y añade que todo esto es un secreto de la más elevada iniciación. “Al Poder-Divino, dice, le indignan todos cuantos revelan la formación del icostagonus, o sea el método de inscribir un dodecaedro (24) en una esfera.
La idea de que los números por su gran virtud producen siempre el bien y nunca el mal, se refiere a la justicia, ecuanimidad y armonía. Cuando el autor dice que cada estrella es un alma individual, repite lo que los iniciados indos y los herméticos enseñaron antes y después de él; o sea, que cada astro es un planeta independiente, con alma propia, y que todos los átomos de materia están henchidos del divino flujo del alma del mundo, de modo que respiran, viven, sienten, sufren y gozan de la vida a su manera. ¿Qué físico puede negarlo con pruebas? Por lo tanto, debemos considerar los cuerpos celestes como imágenes de dioses que participan substancialmente de los poderes divinos; y aunque su alma-entidad no es inmortal, su influencia en la economía del universo les da derecho a honores divinos, tales como los que tributamos a los dioses menores.
La idea es clara, y de mala fe procedería quien equivocadamente la expusiese. Si el autor de Epinomis coloca a estos ígneos dioses muy por encima de los animales, plantas y hombres a quienes, como criaturas terrenas, les señala ínfimo lugar, ¿quién le probará lo contrario? Preciso es sumergirse en las profundidades de la abstracta metafísica de la antigüedad, para comprender las varias formas de sus conceptos que, después de todo, se fundan en la adecuada comprensión de la naturaleza, atributos y método de la Causa Primera.
Además, cuando el autor de Epinomis interpone entre los dioses superiores y los inferiores (almas encarnadas) tres clases de demonios, y puebla el universo de seres invisibles, es más racional que nuestros modernos sabios, que colocan entre ambos extremos un vacío inmenso donde sólo operan las ciegas fuerzas de la Naturaleza. De estas tres clases de demonios, la primera y la segunda son invisibles y sus cuerpos están formados de puro éter y fuego (espíritus planetarios); los de la tercera clase son generalmente invisibles, pero algunas veces, al concentrarse en sí mismos, son visibles durante pocos segundos. Estos son los espíritus terrenos, o nuestras almas astrales.
Estas doctrinas, estudiadas analógicamente y por correspondencia, condjujeron paso a paso a los antiguos, así como a los modernos filaleteos, a la comprensión de los más grandes misterios. Al borde del negro abismo que separa el mundo espiritual del material, está la ciencia moderna con los ojos cerrados y la cabeza vuelta hacia atrás, pareciéndole infranqueable y sin fondo, aunque tiene en la mano una antorcha que con sólo bajarla a sus profundidades, la sacaría de su error. Pero el tenaz estudiante de filosofía hermética ha tendido un puente a través del abismo.
En sus Fragmentos de Ciencia, Tyndall confiesa tristemente: “Si me preguntan si la ciencia ha resuelto, o si es probable que en nuestros días resuelva el problema del universo, dudo al responder”. Y cuando impulsado por un pensamiento posterior, se rectifica después, asegura que la prueba experimental le ha conducido a descubrir en la vilmente calumniada materia, la esperanza y la potencia de los atributos de la vida. Sería tan difícil para Tyndall dar una prueba plena e irrefutable de lo que asegura, como lo hubiera sido para Job clavar un anzuelo en el hocico del liviatán.
Pocas palabras bastarán para evitar al lector la confusión dimanante del uso frecuente de ciertos términos en sentido diverso del acostumbrado. Deseamos no dar lugar a error ni falsedad. La Magia puede tener para unos lectores una significación y distinta para otros. Nosotros le daremos la significación que tiene para los sabios y prácticos orientales, y lo mismo haremos respecto de las palabras ciencia hermética, ocultismo, hierofante, adepto, brujo, etc., que por otra parte son de fácil comprensión. Aunque las diferencias entre los términos sean frecuentemente insignificantes, conviene saber su significado, que vamos a dar por orden alfabético.
AKÂSA. – Literalmente en sánscrito significa firmamento; pero en su místico sentido, significa el cielo invisible, o, como dicen los brahmanes en el sacrificio del Soma (Gyotishtoma Agnishtoma), el dios Akâsa, o dios Firmamento. De los Vedas se infiere que los indos de cincuenta siglos atrás le atribuían las mismas propiedades que los lamas tibetanos de hoy, quienes le consideran como fuente de vida, depósito de toda energía y propulsor de todo cambio en la materia. En estado latente, coincide el Akâsa con nuestra idea del éter universal; en estado de actividad, es el Dios omnipotente y director de todo. En los sacrificios y misterios brahmánicos desempeña el papel de Sadasya, o presidente de los mágicos efectos de las ceremonias religiosas, y tiene su sacerdote propio (Hotar) que toma su nombre. Los sacerdotes de la India y otros países eran antiguamente representantes en la tierra de distintos dioses, y cada uno de ellos tomaba el nombre de la divinidad en cuyo nombre obraba.
El Akâsa es indispensable agente de toda krityâ u operación mágica, ya religiosa, ya profana. La expresión brahmánica “excitar el Brahmâ” (Brahmâ jinvati), significa despertar el poder latente en el fondo de las operaciones mágicas, pues los sacrificios védicos son magia ceremonial. Este poder del Akâsa o electricidad oculta, el alkahest de los alquimistas o disolvente universal, la misma anima mundi, como luz astral. En el momento del sacrificio está embebida en el espíritu de Brahmâ y mientras aquél se lleva a cabo es el mismo Brahmâ. Éste es evidentemente el origen del dogma cristiano de la transubstanciación. En lo que se refiere a los efectos generales del Akâsa, el autor de una de las obras más modernas de filosofía oculta: Arte Mágico, da por vez primera una muy inteligible e interesante explicación del Akâsa, en conexión con los fenómenos atribuidos a su influencia por fakires y lamas.
ALMA. – Es el nephesh de la Biblia; el principio vital, el soplo de vida que todos los animales, incluso los infusorios, comparten con el hombre. En las traducciones de la Biblia se interpreta indistintamente por vida, sangre y alma. El texto original del Génesis dice: “No matemos su nephesh” (25). Así en los demás pasajes.
ALQUIMISTAS. – De Al y Chemi, el fuego o dios Kham de que tomó nombre el Egipto. Los rosacruces medioevales como Roberto Fludd, Paracelso, Tomás Vaughan (Eugenio Filaleteo), Van-Helmont y otros, fueron alquimistas que buscaban el espíritu oculto en la materia inorgánica. Muchos han acusado a los alquimistas de charlatanería y presunción; pero no cabe tratar de impostores y mucho menos de insensatos a hombres como Rogerio Bacon, Agrippa, Enrique Kunrath, y el árabe Geber, el primero que reveló en Europa algunos secretos químicos. Los sabios de hoy reedifican las ciencias físicas sobre la base de la teoría atómica de Demócrito, restablecida por John Dalton, sin recordar que Demócrito de Abdera era alquimista de talento bastante para profundizar los secretos de la naturaleza y llegar a ser filósofo hermético. Olaus Borrichias dice que el origen de la Alquimia se pierde en remotísimos tiempos. |