La búsqueda

Julio Andrés Pagano

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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LA BUSQUEDA

En el mágico juego de la vida, la Tierra es una escuela. Las enseñanzas son vivenciales y personalizadas. Sé que vine a aprender. Vine a evolucionar. Estoy de paso. Y me iré como llegué, solo. Nadie sabe cuánto tiempo permanecerá. Lo único seguro es que todos partiremos con rumbo desconocido. Esta situación a algunos los paraliza. A otros, los desconcierta. A mí, en cambio, me moviliza.

Siento la necesidad imperiosa de saber quién soy, así como de conocer mi misión en este plano. Mi vida se ha convertido en una búsqueda constante. Si me preguntan a qué me dedico, respondo: SOY UN BUSCADOR.

Esa definición tal vez no esté bien vista por la maquinaria social, que instintivamente etiqueta, clasifica y busca seguridad y orden, para poder uniformar y nivelar hacia abajo… de manera que el espíritu no vuele y el corazón se asfixie.

La apertura de conciencia en la era actual es lo más parecido a pretender sacar patente de loco. Todo parece conspirar para que el alma quede presa de un cuerpo inconsciente, atado a instintos primarios que no dejan lugar para planteos vitales.

Minuto a minuto, los medios de comunicación denuncian que el mundo se cae a pedazos. La naturaleza llora y se retuerce de dolor, pero el hombre permanece indiferente. Pareciera que gran parte de la humanidad no está dispuesta a cambiar. No quiere que se la despierte. Está dormida. ¿Qué hace un buscador en medio de tanto despilfarro de mediocridad e indiferencia? Simplemente, sobrevive.

Las historias a veces ayudan a modo de inspiración. La que comenzarán a leer en unos instantes quizá sea útil no tanto por lo extraordinario que revela, sino porque tocará muchos puntos con los que, posiblemente, se identificarán quienes estén atravesando por un proceso de búsqueda espiritual.

Quien sea que esté leyendo estás líneas es sin dudas un buscador. En el más triste de los casos estará buscando una crítica destructiva, de todos modos… busca.

Abundan definiciones sobre lo que implica ser un buscador. Desde mi óptica limitada, un buscador es aquel que, movido por la insatisfacción y la duda, comienza a peregrinar con el propósito de saber.

No puedo teorizar sobre cómo las personas en general comienzan a tomar conciencia sobre la necesidad de despertar. Sólo puedo contarles de qué manera comenzó mi búsqueda. Una búsqueda que todavía sigue, porque tiene su propia inercia.

El relato puede que suene delirante, inverosímil o sacado de un sueño. Contiene aristas que, sólo en apariencia, no podrían tocarse: la aparición de la virgen de San Nicolás, las civilizaciones intraterrenas, las canalizaciones, las vidas anteriores, las sincronicidades, la ingesta de plantas maestras, la búsqueda de una imagen religiosa robada y los hechos paranormales se entrelazarán a lo largo de esta sorprendente y cautivante historia.

Los acontecimientos que narraré en estas páginas, darán fiel testimonio sobre algunos de los intrincados caminos a los que conduce la búsqueda espiritual. Cada sendero contiene enseñanzas implícitas, que aceleran el proceso de transformación. Lo increíble y apasionante es que, aunque el viaje de a tramos se transite en compañía, la misma lección aporta aprendizajes diferentes para cada uno. Las vivencias se transforman en auténticas maestras multidimensionales, que ofrecen clases de vida hechas a medida.  

Pretender despertar en Occidente no es tarea sencilla. El entorno pareciera dispuesto para que los cuestionamientos no florezcan y todo quede en la chatura de un consumismo despiadado, que multiplica y agiganta los deseos de acumular más y más cosas intrascendentes, que por su propio peso impiden elevar la vibración.

A riesgo de perder credibilidad, para no comprometer a terceros ni tampoco perjudicarlos, no mencionaré los apellidos de las personas que protagonizaron las historias. Sólo me referiré a ellos por sus nombres.

Mi intención más pura es que este testimonio le sirva de inspiración, para que pueda romper sus propias ataduras y cumpla con lo que sienta que es su misión de vida. No importa si lo logra o no. Intentarlo es todo un desafío, por demás movilizante.

Este libro está dirigido sólo a los que buscan, que son los únicos que podrán comprender su verdadero valor testimonial. Sé que la verdad se oculta a sí misma, por eso no me preocupa que estas páginas caigan en manos inadecuadas. Después de todo, hace bien reírse un poco.

Si bien todo fue real y sucedió en Argentina, quiero hacerle una última recomendación: no se inquiete por lo que lea. Recuerde que estamos en presencia del juego de la vida. Y que usted, en este caso, está jugando a leer.

Ahora, deje a un lado los prejuicios. Abra su corazón y sumérjase en esta búsqueda. Mi propia búsqueda. Aunque bien podría tratarse de la suya.

Relájese. Vuélvase un niño. Disfrute del juego.

 

Julio Andrés Pagano

 

 

Tengo que cambiar de opinión. Siempre pensé que los libros autoreferenciales sólo servían para acrecentar la importancia personal de quienes los escribían. En este caso, no queda otra alternativa. Sería imposible hablar con fundamento sobre el camino de transformación que realizan los demás. Tocaría de oído. Serían palabras huecas. Carentes de autenticidad. Sólo puedo intentar narrar mis propias vivencias, por eso esta historia será autoreferencial.

No tengo muy en claro cómo iniciar el relato, tal vez lo mejor será describir a grandes razgos partes de mi vida, para evidenciar cómo fueron sucediéndose los cambios.

Así comienza la historia...

Las páginas que testimonian el juego de mi vida, narran que, desde que tuve uso de razón, estaba predestinado a dirigir los destinos de un diario local. Llevo el nombre de mi abuelo y de mi viejo, como símbolo de una fuerte tradición familiar.

Tuve una juventud sin grandes sobresaltos. Desde una perspectiva material, no supe lo que era pasar necesidades. Sin embargo, me sentía insatisfecho. No podía comprender cuál era el sentido de la vida, ni para qué había nacido.

No podía contentarme con que todo consistiera en estudiar, trabajar, divertirse, alimentarse, dormir y nuevamente a hacer lo mismo, generando dinero hasta que la muerte llegue. Algo más tenía que haber. La existencia no podía limitarse sólo a eso.

A los diecinueve años creí que mi vocación era convertirme en misionero. No quería saber nada con estudiar abogacía. Recuerdo muy vivamente la respuesta de mi viejo: “¿qué te pasa, acaso sos puto?”. Era un cuestionamiento duro. No lo esperaba. Sobre todo porque pensé que la noticia le caería bien, dado que había nacido en el seno de una familia católica.

Con el tiempo me di cuenta que sus crudas palabras escondían la desesperación de quien intuye que su sueño, de una tercera generación de directores de diario, llevando el mismo nombre y apellido, no se haría realidad.

Siempre los padres buscan lo mejor para sus hijos. Lo que a veces desconocen es que lo que entienden por mejor o más conveniente, a veces no se condice con lo que los hijos pretenden Así, bajo el manto del amor y las mejores intenciones, inconscientemente se asesinan los sueños e ilusiones de millones y millones de jóvenes.

Un año más tarde, me casé con Claudia y tuvimos un hijo. Como no podía ser de otra manera, llevó el nombre de su abuelo y bisabuelo. Otro Julio se sumó a la dinastía. Sin embargo, tenía muy claro que no pretendería influenciarlo el día que decida qué hacer de su destino. Cada uno trae una misión que tiene que intentar cristalizar.

Sentí que la vida me ponía a prueba nuevamente al cumplir los veintidós años. Ver la sirena encendida de una ambulancia en la puerta de la clínica, cuando regresaba de una cena con amigos, me dio la amarga impresión de que algo malo ocurría. Al llegar a mi casa, mi tío estaba esperándome para darme la noticia: “vamos, tu viejo tuvo un infarto”.

Entré a terapia intensiva. El monitor marcaba una línea recta, de color verde. Mi padre estaba sin vida. Sólo atiné a murmurarle al oído que descansara, que se vaya en paz, que yo cuidaría de la familia.
Mis palabras estuvieron impulsadas por la lectura de algunos libros, entre los que se destacaban los de Víctor Sueiro; donde personas que estuvieron clínicamente muertas narraban que al salir de sus cuerpos vieron y escucharon lo que acontecía alrededor. No sé si lo que le dije le habrá servido de mucho. A mí sí me sirvió. Al menos pude despedirme.

Saber que falleció bailando, en un casamiento, me dejó cierta tranquilidad. Pocos días más tarde, publiqué en el diario una nota titulada “Que no te pase como a mí”. En donde destaqué que quienes tengan la suerte de tener a sus padres con vida, no se privaran de decirle cuánto los aman. Queda un sabor agrio si la oportunidad se escapa y uno nunca se los dijo.

Reconozco que fue un golpe duro. Mi padre ya no estaba y yo cargaba, sobre mis espaldas, con un mandato familiar que se volvía impracticable: asumí la subdirección del diario, intentando cumplir su sueño.

La práctica del periodismo me sirvió para tener una visión distinta de la vida. Ser co-creador de la realidad ciudadana permite conocer intereses ocultos y un sinnúmero de cuestiones que están ligadas a las diferentes motivaciones que guían e impulsan a las personas.

No me identificaba con lo que hacía. Ocupaba gran parte de mi tiempo en escribir notas de opinión, tratando de generar conciencia sobre la necesidad de despertar, y en leer libros sobre espiritualidad y autoconocimiento.

No podía comprender cómo la mayoría de las personas era capaz de llevar una vida tan pobre, sin planteos existenciales. Centrada básicamente en el dinero, el placer, el estatus y la búsqueda de poder. Todavía no era capaz de reconocer que cada uno tiene su propio ritmo de evolución y que, por lo tanto, no debía juzgar.

Sobrellevar el mandato familiar resultaba cada vez más duro. Internamente sentía que aún no estaba cumpliendo con mi misión de vida. Lo extraño era que todavía ni siquiera tenía en claro cuál era mi misión. Ni por dónde pasaba lo que tenía que hacer.

Recuerdo que me planteé la hipótesis de que, tal vez, podría estar cumpliéndola, por más que no lo supiese. Basaba mi explicación en que el hecho de querer conocerla no se trataba más que de una simple cuestión de ego. Pero esa línea argumental se desplomaba, a pedazos, cuando entraba en escena el corazón. Una voz interna me recordaba, de tanto en tanto, que no me engañara. No me identificaba con lo que hacía y tampoco sentía paz interior.

A los veinticuatro años me separé. Empecé a vivir de manera alocada. Poco a poco, fui ahogando mi necesidad de cambio, a fuerza de aturdirme con agitadas salidas nocturnas. Presentía que no viviría más allá de los treinta. Cuatro seguros de vida daban cuenta de esa convicción, huérfana de fundamento lógico.
 
Me sentía desconcertado. La vida se me escurría, como arena entre los dedos, sin que pudiera encontrarle sentido. Pasaba largas horas pensando, pero nunca daba con ninguna solución. Creía que sólo el razonamiento me permitiría encontrar la salida a la confusión.

En el año noventa y nueve viajé a España. Quería saber por qué esa lejana tierra me atraía tanto. Estuve un mes. Fui solo. Regresé sin lograr responder mi pregunta.

Pensé que los demás no notarían mi deterioro interno. Sin embargo, una mañana mi madre me pidió que habláramos. Me dijo que veía cómo me estaba destruyendo y mágicamente abrió mi jaula: “sólo quiero que seas feliz, es lo único que me importa. Renunciá al diario y comenzá una nueva vida”. Esa misma tarde me fui a estudiar a Buenos Aires.

Siempre me gustó psicología, pero era tarde para inscribirme. Entré en la carrera de filosofía, en la Universidad del Salvador. Dejé a los pocos meses. Sólo me gustaba leer sobre temas filosóficos. No me imaginaba viviendo de esa profesión.

Un aviso en una revista me llevó a estudiar marketing, en un establecimiento terciario. Tamaña fue mi sorpresa cuando comprobé que eran demasiadas las materias relacionadas con los números, cuando mi afinidad pasaba las letras. Seguí de todos modos. Tenía veintiocho años y nunca había sido capaz de terminar lo que emprendía. Así que asumí el firme compromiso de finalizar la carrera.

Desde chico me gustó leer. Tener más tiempo libre hizo que me convirtiera en un lector de tiempo completo. Necesitaba conocer. Me volví un indagador apasionado.

A veces pasaba días sin salir a la calle. Devoré cuanto libro se me cruzó sobre temas vinculados con el despertar de la conciencia, el sentido de la vida y la búsqueda del equilibrio interno. También me sentí atraído por los enfoques de Osho y Krishnamurti, las historias de los Sufis, las enseñanzas de Jesús y de Buda; así como por lecturas relacionadas con civilizaciones antiguas y de otros planetas. Escaso era el tiempo que dejaba disponible para temas sobre marketing.

En la búsqueda por conocer, me volví muy mental. Demasiado racional. Acumulé tanta teoría que comencé una etapa de mayor desconcierto. Gran parte de las lecturas daba por tierra con mi modo de entender la realidad. Eso me dejaba completamente a la deriva. Sin puntos sólidos donde apoyarme.

Sentirme confundido no era el estado en que más cómodo me sentía, pero tampoco me molestaba demasiado. Los libros fueron enseñándome a soltar lo que no me era funcional y aprendí a flexibilizar mis puntos de vista.

De todos modos, el saldo era positivo. Sentía que el caos interno, que me aportaba la confusión, ampliaba mi estrecho universo y me permitía tener una visión más profunda y vivaz sobre la existencia.

Siempre me atrajo el poder lo simple. Me maravillo cuando encuentro a quien tiene el don de traducir en un leguaje llano y entendible conceptos que otros expresan de manera difícil. En ese sentido, existen libros reveladores como “El Principito”, “El Caballero de la Armadura Oxidada” o “Ami, el niño de las estrellas”, que han sido escritos por personas multiplicadoras de vibraciones puras.

Para muchos quizá esos libros sean infantiles y, tal vez, no digan nada. Ahí está la verdad ocultándose a sí misma. A veces se disfraza de ingenuidad. Otras se coloca el traje de lo insólito y así anda, escapándose de quienes tienen un sólido corazón de piedra.

A esa altura de mi vida seguía teniendo afinidad con el catolicismo, aunque no era de ir a misa. Creía, más bien, que llevar una vida basada en valores universales, tales como el respeto por el prójimo, el amor y la solidaridad, era suficiente para llegar a ser una buena persona. Después de todo, bien podría haber nacido en un hogar con otro tipo de creencias; por lo tanto, lo fundamental siempre sería que tratase de ser un hombre de bien.

Si debiese subrayar la característica más saliente de mi personalidad hasta ese momento, diría que era por demás racional. Todo pasaba por mi mente. Conocía, pero no sabía. Cuando hablaba, simplemente repetía conceptos que había leído. Tampoco era demasiado consciente sobre el poder transformador de las vivencias. Ni del abismo que existe entre el conocimiento teórico y el vivencial.

Cuando cumplí los treinta años y no fallecí, comprendí que lo que intuía como muerte no estaba vinculado con mi cuerpo, sino que simbolizaba la muerte a la forma de vida anterior. Al mirar hacia atrás, comprobé que mi realidad había cambiado diametralmente. Mal o bien, por primer vez intentaba recorrer mi camino.

Dar mis propios pasos me ayudaba a crecer interiormente y me permitía sentir mayor seguridad. Pero todavía faltaba mucho por recorrer.

Limpieza kármica

Antes de que finalizara el año dos mil uno, viví una experiencia que marcó un antes y un después en mi vida, tras tomar contacto con una comunidad terapéutica de la ciudad de Villa la Bolsa, Córdoba (Argentina), donde personas provenientes de diferentes lugares del mundo estaban nucleadas con el propósito de contribuir a la expansión de la conciencia, la armonización energética y la sanación.

Fue mi hermana mayor, Celina, que ya se encontraba desarrollando su propio camino de búsqueda espiritual, quien sirvió de nexo para que llegara hasta ese lugar, llamado Sambala.

Casi sin darme cuenta, me encontré acostado en una camilla blanca, con los ojos cerrados, escuchando los sonidos raros que provenían de la boca de un hombre español. Mientras colocaba piedras y cristales sobre distintas partes de mi cuerpo, y me rociaba con un líquido al que denominó limpiador energético, dijo que aquello que hacía era depurar mi campo etérico.

La suave y armónica música de sonidos naturales que puso para acompañar la sesión, junto al agradable olor de los sahumerios, que rápidamente inundó el cuarto, hicieron que me fuese relajando y abriendo a la experiencia.

Finalizado el encuentro, que duró por espacio de una hora, me sentí más liviano. Esa fue la única sensación que pude identificar con claridad.

A poco de salir del lugar, mi mente comenzó a disparar advertencias teñidas de racionalidad y desconfianza: ¿cuál era el sentido de todo eso? ¿Para qué me servía, para que me saquen dinero?, ¿Sería cierto que a través de esa manera rara de eructar me había limpiado cosas de las cuales no era consciente? ¿No habré caído en manos de chantas?

Una vez en el colectivo de línea, que me traería de regreso a mi ciudad natal (Olavarría), decidí dejar de torturarme con tantas preguntas. Todavía me quedaba recorrer mil kilómetros, y estaba demasiado cansado como para seguir cuestionándome cosas que no podía responder.

No tenía ni la más remota sospecha de que faltaban sólo un par de horas para que mi existencia cobrara sentido, de una manera atípica.

Realmente, no tengo en claro de qué manera exacta sucedió. Simplemente recuerdo que en un momento del viaje, todas las cosas que hice en mi vida se transformaron en piezas de un rompecabeza que encajaron a la perfección en un proyecto, con el que me identifiqué plenamente.

Todo hacía suponer que, luego de años de andar buscando sin resultados positivos, había dado con mi misión de vida.

Ni bien el colectivo detuvo su marcha, para que todos los pasajeros tomáramos un descanso, lo primero que hice fue intentar explicarle a Tomás -mi hermano menor, que me había acompañado en el viaje a Córdoba- lo que me había pasado. Fue ahí cuando caí en la cuenta de que lo que se me había presentado como una inesperada visión, era prácticamente intraducible en palabras.

Por más que lo intenté de varias formas, mi hermano adolescente sentenció: “ni vos entendés lo que querés decirme”. Tenía razón. No era capaz de encontrar las palabras adecuadas para decodificar, coherentemente, lo que había recibido.

Decir que lo recibí, puede que suene estrafalario. Pero debo confesar que, desde el primer momento, sentí que lo que experimenté no era algo que salió de mí. Mi íntima convicción fue que me lo revelaron. Se trató de un ordenamiento de piezas tan claro y de un solo vistazo, que mi mente, prácticamente, no tuvo tiempo de participar.

Es cierto que físicamente no hubo ninguna persona a mi lado que me haya dicho “tenés que hacer tal cosa”. Ni tampoco un ángel bajó del cielo o algo por el estilo. Sin embargo, de la manera en que lo vivencié, sé que vino de otro plano, otra dimensión o como mejor prefieran denominarlo.

Una manera distinta de “Despertar”

No fue fácil para mi mente, por demás racional, cuadrar con lo que había visto. Me angustiaba no saber cómo explicarlo.

Con el transcurso de los días, me fui serenando. A medida que gané en claridad, reconocí que no se trataba de algo complejo de explicar, sino que la dificultad radicaba, principalmente, en que abarcaba muchos aspectos al mismo tiempo.

Me alivió comprender que lo que le daba una apariencia inentendible era la suma de cosas simples, entrelazadas, presentadas de un solo golpe de vista.

Como de acuerdo a lo que había aprendido en un curso de PNL (programación neuro-lingüística), mi canal de expresión predominante era el visual, pensé que debía apoyarme en las imágenes para mostrar lo que tenía que hacer. Fue así como comencé a pasar horas y horas frente a la computadora, rastreando fotos en internet que me resultaran útiles.

Tuve que dejarme guiar por la intuición, algo a lo que no estaba demasiado acostumbrado. Entraba a los buscadores de fotografías e ingresaba palabras que me surgían en el momento: amor, equilibrio, armonía, color, naturaleza, percepción, máscaras, flores, etc. Cientos y cientos de palabras, libradas al azar, me permitieron reunir más de cuatro mil imágenes, que me ayudarían a consolidar lo que había visualizado en el colectivo.

Intenté explicarle a algunos familiares y amigos cómo convertiría la visión en un proyecto, pero, a juzgar por la incredulidad con que me miraban, comprendí que únicamente a través de las palabras no lograría hacerme entender. Así que lo más acertado fue enfrascarme en la computadora, hasta que pudiese imprimir, aunque más no sea, un par de hojas que dieran forma a lo que les había intentado plantear.

Los primeros meses fueron los más duros. Nadie comprendía qué era eso que tanto tiempo me demandaba, cuando en realidad tendría que estar dedicándole más horas al estudio para finalizar la carrera de marketing, y buscar alguna actividad laboral que me ayudara a generar ingresos.

Tantas horas de inactividad física, sumadas a mi creciente ansiedad -que liberaba a través de la comida- tuvo un resultado alarmante: comencé a aumentar rápidamente de peso. Pero no me importaba. Debía plasmar sobre el papel aquella visión que le dio sentido a mi vida.

Por suerte, tengo un amigo psicólogo, Alejandro, que por tener desde chico la percepción extrasensorial desarrollada no veía como algo lunático lo que estaba realizando.

De alguna manera tenía que largarme a la pileta, así que, luego darle infinitas vueltas al asunto, resolví que lo que había recibido podía concretarse bajo el esquema de un parque temático.

Impulsado por esa idea comencé con la primera página del proyecto. Le puse un nombre que le diera identidad, “Despertar”. Y escribí su misión: “contribuir al desarrollo y la evolución de la humanidad, brindando herramientas para alcanzar el equilibrio físico, mental y espiritual del hombre, dentro de una marco natural que ayude a tomar conciencia sobre el cuidado del medio ambiente”.

El objetivo principal estaría puesto en responder a la demanda inteligente de personas que están en un proceso de búsqueda interior y que desean expandir su conciencia para lograr vivir en armonía.

La visión cobraba vuelo. El parque temático se asemejaría a una aldea multidisciplinaria, que ayudaría a comprender la realidad bajo nuevos puntos de vista. Nuclearía a las diversas terapias alternativas y complementarias, así como a los distintos métodos que contribuyan a que las personas se sientan interiormente renovadas.

A modo de síntesis del proyecto, escribí: “Despertar se convertirá en el parque temático en donde confluirán las principales tendencias mundiales: los eco-negocios, el ocio inteligente, el interés por el autoconocimiento, el retorno a lo natural y la búsqueda de métodos que permitan llevar una vida más sana y armónica”.

Rescaté que un emprendimiento de tales características mostraría una visión humanista de los negocios, abriría las puertas para que el arte, el conocimiento y la cultura tengan una manera diferente de expresarse. Permitiría que las personas aprendan jugando, en medio de un entorno natural y crearía un espacio propicio para que aflore lo mejor del hombre.
También destaqué que “Despertar” cumpliría una función social, dado que un porcentaje de las ganancias del parque se destinaría a la creación de un centro de capacitación permanente, para ayudar a que personas de escasos recursos puedan reinsertarse en el sistema laboral, a través del aprendizaje de diversos oficios.

Ya tenía el enfoque un poco más claro. Agregué, luego, que el parque temático no tendría identificación política ni religiosa alguna. Sería un espacio sostenido sólo por valores humanos universales.

Este espacio, que apuntaría a que el hombre despierte a su realidad interna, contaría con claras segmentaciones que representarían, algo así, como niveles de evolución. Abarcaría desde lo más avanzado desde el punto de vista tecnológico -para evidenciar que la inteligencia puede ser utilizada al servicio de bien común y no sólo para la destrucción-, hasta la naturaleza en estado puro (para crear marcos armónicos que induzcan a la contemplación e introspección).

Imprimí las primeras hojas y comencé a mostrarlas. A medida que sumé opiniones, me dí cuenta que, pese a mis esfuerzos, seguía sin tener la claridad suficiente como para hacerme entender. Esa limitación me sirvió como impulso. Me animé a dibujar y a pintar la forma que tendría “Despertar”.

Seguir más allá de la razón

Mi mente pedía a gritos que dejara todo de lado, que se trataba de algo irracional, que no perdiera más el tiempo y que empezara a llevar una vida normal. Mi corazón, en cambio, me aconsejaba que siguiera adelante, que me dejara guiar por la intuición y  aprendiera a confiar.

Para darle un orden a mi vida y poner los piés sobre la tierra, primero concluí el terciario. Me recibí de analista superior en marketing estratégico, en la Escuela Argentina de Negocios. Luego me inscribí en la Universidad CAECE, para realizar la licenciatura en marketing.

Me alegré cuando advertí que podía conjugar el estudio y el proyecto. Había una materia, que se llamaba desarrollo de un proyecto de negocio, que me permitiría hacer las dos cosas a la vez.

Dediqué muchísimas horas a plasmar sobre el papel lo que me fue transmitido en Córdoba, para poder presentarlo de manera más clara y prolija. Pero mis esfuerzos valieron de poco.

Cuando le mostré la primera parte al profesor, dictaminó: “va a tener que cambiar de unidad de negocio. Esto que quiere realizar, le será imposible traducirlo a números en el trimestre que dura la materia”. Me terminé juntando con dos compañeras, para exportar zapatos de novia a Chile. No era lo mismo, pero tenía que aprobar la materia.

El profesor tenía razón. Además, nunca estuvo en mis planes calcular los costos. Pretendía que las empresas que invirtieran en el proyecto sean quienes realizaran los cálculos para que, de ese modo, se involucraran y comprometieran a llevarlo adelante.

A medida que transcurrían los días, alternaba el estudio con el desarrollo del parque temático. Eso me situaba en dos mundos al mismo tiempo: uno, el de las obligaciones; el otro, donde podía dar rienda suelta a la imaginación y sentirme plenamente vivo.

El pasaje de un lado al otro de mi realidad hacía que me planteara, entre otros aspectos, el sentido real de la enseñanza académica. Reconocía que tener un título universitario me posibilitaría trabajar, pero esa clase de enseñanza era por demás insuficiente. No me preparaba para lo que implicaba vivir.

¿No podrían acaso las universidades ayudar a que seamos mejores personas, más humanos, sensibles o solidarios? ¿Por qué paralelamente no se enseña a disfrutar del presente, a no perder la capacidad de asombro, a sonreír y a escuchar la voz del corazón?

Cada planteo o cosa que no entendía me llevaba a un nuevo enfoque del proyecto. Fue así como comprendí que el parque temático, pese a que tendría la fachada de un lugar de entretenimiento y distensión, sería, en realidad, una apasionante escuela de vida, en donde las enseñanzas se brindarían de manera cálida e informal.

Durante varios años me negué a estudiar. Consideraba que no tenía que demostrarle a nadie si sabía o no. Me daba broca observar cómo, en líneas generales, la gente respetaba a quién tenía un título y menospreciaba al que no.

Buena parte de la sociedad pareciera no querer entender que el título universitario acredita, únicamente, el conocimiento en un campo específico del saber, pero nada más. No garantiza, por eso, que uno sea mejor persona. Existen muchas personas sabias y extraordinariamente humanas que ni siquiera saben leer o escribir, pero que se manejan de manera ética, tienen palabra de honor y una mirada pura y sincera, que transmite calma y plenitud. También las hay con título, pero hay que buscarlas con lupa.

Una noticia inesperada reacomodó, nuevamente, el cuadro de mi situación personal. Mi ex esposa me dijo que tendríamos otro hijo, Santiago. Su llegada trajo mucha luz a nuestras vidas y fue el nexo para que nuestros caminos se volvieran a unir con fuerza.

En diciembre, finalicé la carrera y colgué el título de licenciado en marketing, junto al del terciario. No me sentía identificado con ese tipo de profesión. Era consciente de que me había recibido sólo para demostrarme que podía finalizar lo que empezaba.

Una tarde, sin dar demasiado crédito a mis palabras, le dije a mi amigo Alejandro: “no me preguntes por qué, pero creo que este año que comienza será muy intenso en vivencias”.

Hasta ese momento, la mayoría de lo que conocía era porque lo había leído. No porque lo había experimentado. Sentía que me estaba ahogando con tanto mar de letras en mi cabeza. Necesitaba tener una vida más rica en vivencias.

Por ese entonces, lo único que tenía en mente era aprovechar todo el tiempo posible para ver hasta qué punto podía ser viable el proyecto del parque temático.

Llegaron las vacaciones de verano. En enero decidí ir unos días a la ciudad balnearia de Necochea, junto a mi esposa Claudia y mis dos hijos.

Al cabo de unos días de descanso en la playa, mi intuición me llevó a comprar un libro titulado “Médano Blanco”, en una librería que daba a la peatonal. Hablaba sobre un lugar energético, situado a pocos kilómetros del centro necochense. Lo que no sabía era que, en virtud de las sincronicidades, pocos meses después, los relatos de ese libro se transformarían en parte de mi realidad.

Al mes, regresé a Necochea. Esta vez se sumó al viaje mi hermana Celina y sus dos pequeños hijos. A diferencia del viaje anterior, en esta oportunidad decidí que llevaría el proyecto “Despertar”. Uno nunca sabe dónde y cómo pueden presentarse las oportunidades.

Los hechos se sucedieron con suma celeridad. Paramos en un hotel céntrico, con cuyos propietarios tenemos un fuerte vínculo afectivo, potenciado por dieciocho años seguidos de veranear en la misma ciudad.

Al segundo día de estadía, a través de una charla que mantuve con ellos, me sugirieron que conociera a su maestro de yoga y le mostrara en qué estaba trabajando. Fui a verlo junto con mi hermana, mientras que mi esposa se quedó cuidando a los cuatro chicos en el hotel.

Una vez reunidos, el profesor de yoga no dudó en decir que teníamos que conocer a una mujer que canalizaba. La llamó por teléfono y le pidió que viniera lo más rápido posible.

El enigmático mundo de las canalizaciones

Lo que desconocía, junto con mi hermana, era que la persona que estaba por llegar nos iba a poner en contacto con otro tipo de realidad. Estábamos a punto de ingresar al enigmático mundo de las canalizaciones. Un mundo en donde los chantas, los lunáticos y los que se autoproclaman mecías, se mimetizan con quienes, verdaderamente, son canales de luz y se ofrecen para que una dimensión desconocida tome contacto con la realidad ordinaria.

Sin saberlo, el proyecto me estaba abriendo una puerta que me conducía hacia lo paranormal.

Minutos más tarde, una mujer alta, robusta y de profundos ojos celeste estaba conversando con nosotros. Mientras acariciaba un rosario, que sostenía entre sus manos, comenzó a canalizar: “me están diciendo que tienen que subir al cerro El Pajarillo, en Capilla del Monte (Córdoba), a las cinco de la mañana en ayunas. Vos (me dijo a mí), vas a sentir que regresas a casa”.

También nos informó que primero debíamos ir a Villa Giardino (Córdoba) y hablar con la guardiana de la antigua iglesia jesuita, de donde fue robada la estatua de la Virgen de Nuestra Señora de la Merced. Teníamos que comunicarle que “la imagen sería encontrada” y que “la tenían escondida muy cerca de allí, entre los cerros”.

Luego, dirigiéndose a mi  hermana le dijo que hablara con el chico que frecuentemente estaba en esa iglesia, porque él tenía un mensaje para darle.

No salía de mi asombro, mientras la escuchaba atentamente. Nunca había sentido la palabra canalizar. Era la primera vez que estaba frente a alguien que decía estar comunicándose con seres que estaban fuera de la dimensión física.

Desde mi limitada perspectiva, la mujer era algo así como una radio. Podía conectar con frecuencias vibracionales y traducir lo que le comunicaban con suma convicción.

Tras una breve pausa, en donde miró hacia arriba como quien trata de vivenciar un recuerdo, me explicó que ni bien el maestro de yoga la llamó por teléfono para que se reuniese con nosotros, sintió que la piel se le erizaba porque se encontraría con un hermano.

Mirándome a los ojos me explicó: “nuestro vínculo se remonta a una vida anterior. Fuiste un monje benedictino, de apariencia totalmente distinta a la actual. Me cuidaste hasta el día de mi muerte. Los dos llevamos una profunda vida religiosa. Vos cumpliste muy bien con  tu misión. Comprá un rosario de madera. A medida que reces y lo toques, comenzarás a rememorar parte de esa vida religiosa”.

Sus palabras, aunque increíbles, me hicieron recordar el momento exacto de mi adolescencia en que le planteé a mi padre que quería ser misionero. Hay quienes sostienen que uno tiende a querer hacer aquello con lo que se identificó en otras vidas.

Otra de sus frases, me sacudió aún más: “ustedes dos fueron marido y mujer en otra vida”. Eso era algo que no estaba preparado para escuchar. Me pareció chocante. Si bien había leído sobre la posibilidad de que evolucionemos en grupos álmicos, desempeñando diferentes tipos de roles y vínculos, una cosa era leerlo y otra muy diferente era que alguien, que decía estar comunicándose con otra dimensión, asevere que había estado casado con mi hermana.

Luego de transmitir los mensajes, la mujer nos explicó cómo se había producido su despertar a ese tipo de realidad, que incluía visiones sobre hechos futuros y pasados, contactos con hadas y gnomos, la Virgen María, los ángeles, seres fallecidos y entidades de otros planetas y dimensiones.

Todo parecía como sacado de una película de Spielberg. Sin embargo, que nos contara que hasta hacía unos pocos años había llevado una vida muy diferente, desempeñándose como una reconocida abogada, a la que principalmente le importaba el status, el dinero, el poder y su imagen personal, tornó el relato un tanto más creíble.

También hizo disminuir mi incredulidad saber que ella era tan o más racional que yo, pero que tuvo que abrirse a esa nueva realidad a fuerza de sacudones que la llevaron a pedir apoyo a una psicóloga transpersonal, para evitar enloquecer.

“Entrar al juzgado y ver que tal o cual persona se iba a morir, me trastornaba. También me descomponía tener visiones catastróficas que luego veía reflejadas en las páginas de los diarios o por la televisión. Y me asustaba que se me aparecieran personas fallecidas”.

Así, a medida que la mujer desnudó sus temores, pude ver que estar en sus zapatos no era tarea sencilla. Como tampoco era tarea nada fácil acallar mi mente prejuiciosa, que seguía sin entender por qué estaba escuchando aquellos insólitos relatos, cuando en realidad lo que buscaba era que alguien me orientara sobre el proyecto.

Como el reloj marcaba cerca de las dos de la tarde y nos estaban esperando para almorzar, nos despedimos y retornamos al hotel.

Una vez en la calle, nos reímos mientras caminábamos. Al tiempo que no salíamos del estupor por lo experimentado, en tan sólo un par de horas. Tampoco sabíamos cómo íbamos a explicarle a Claudia lo acontecido en la reunión.

Por mi parte, lo único que tenía en claro era que por ningún motivo le diría a mi esposa que, supuestamente, había estado “casado con mi hermana”. Era algo que no terminaba de digerir.

El primer viaje: la curiosidad como impulso

Cinco días más tarde, con mis hermanos Celina y Tomás partíamos desde Olavarría a Capilla del Monte para subir al cerro El Pajarillo. Si bien mi hermano no fue mencionado en la canalización inicial, por teléfono le consultamos a la mujer si podíamos llevarlo, porque él insistía en que quería viajar con nosotros.

Distinta era la postura de mi otro hermano, Lucas, que pese a ser muy joven se mostraba totalmente escéptico y tildaba de loco lo que estábamos por hacer. Nuestra madre, por su parte, nos decía: “no sé como los crié para que me saliera así de raros”.

En medio de bromas y mucha excitación por lo que supondría subir a la montaña, no caímos en la cuenta de que estábamos viajando, un veintiuno de enero, hacia un lugar turístico que estaría repleto de personas, por lo que encontrar un lugar donde dormir no iba a ser fácil.

Luego de novecientos kilómetros de marcha en camioneta, llegamos a Villa Giardino y localizamos la iglesia. Era tal cuál nos la había descrito: antigua, de la época de los Jesuitas, y tenía un cementerio al frente.

Una vez que logramos hablar con Irma, la guardiana del lugar, entramos a la capilla y constatamos que, efectivamente, la estatua de la virgen había sido robada. Todavía se lograba ver sobre la pared el contorno de su silueta.

Le comunicamos a la mujer el mensaje que teníamos para darle. Ella nos comentó que tenía esperanzas de que se pueda recuperar, pero que sabía que detrás del robo había intereses políticos de por medio.

Celina habló a solas con el chico, que tenía una mirada muy pura y era demasiado tímido. Nos dijo que no podía contarnos lo que le había dicho el joven, porque se trataba de un mensaje personal. Lo único que nos contó fue que ella le regaló una lámina con la imagen del Padre Pío, para que lo proteja.

De esa manera, dimos por cumplida la primera parte del viaje con cierto nerviosismo, por comprobar que las cosas que la mujer había canalizado eran ciertas.

Continuamos la marcha. Llegamos a Capilla del Monte bastante cansados. Ninguno de los tres había estado anteriormente en esa ciudad y no teníamos referencias válidas sobre a qué hotel ir o dónde parar.

Empezamos a buscar. Todo estaba ocupado. De pronto, Tomás dijo: “miren ese duende dibujado en la pared, indica que tenemos que ir en esa dirección”. Lo tomamos como una señal y avanzamos con el vehículo.

La calle nos llevó hasta una hostería, donde conocimos a Gabriel, propietario del lugar. Un ser por demás humano, quien al igual que nosotros reconocía que estaba atravesando un fuerte proceso de búsqueda personal.

Gracias a su hospitalidad, pudimos sentirnos muy cómodos y a gusto, mientras nos poníamos en campaña para ver cómo haríamos para subir al cerro El Pajarillo.

No habíamos terminado de acomodarnos en la habitación, cuando Gabriel nos dijo que en veinte minutos un grupo de personas sería guiado por una mujer “contactada” hasta el playón situado frente al conocido Cerro Uritorco. Famoso, internacionalmente, por los avistamientos de ovnis.

Pese a que eran pasadas las diez de la noche y estábamos muy cansados, no dudamos un instante en aceptar la invitación.

Mientras nos dirigíamos al lugar, Gabriel nos explicó que Lina, la mujer que conduciría la ceremonia, era una persona que, desde muy joven, fue capacitada por seres de otro planeta como guía, para establecer contactos primarios.

Desde corta edad me sentí atraído por el fenómeno ovni. Consideraba que, por una simple cuestión de probabilidad, habiendo tantos y tantos millones de galaxias similares a la nuestra, era factible que existiesen otros tipos de civilizaciones. Pero, hasta ese momento, mi experiencia no pasaba de algún par de lecturas sobre el tema, así como por la cobertura periodística de sorprendentes círculos aparecidos en quintas y campos de Olavarría –atribuidos a extrañas luces o naves extraplanetarias- durante fines la década del ochenta.

Una vez en el playón, nos encontramos con un grupo de personas que también estaba expectante por lo que pudiese suceder.

Lina nos dio la bienvenida. Explicó que lo que estábamos por presenciar era una ceremonia de iniciación, en donde ella se contactaría con los seres de ERKS (sigla con que se designa a la ciudad intraterrena situada a los pies del Cerro Uritorco, que significa Encuentro de Remanentes Kósmicos Siderales), para que pudiéramos tomar conciencia de que no estábamos solos en el universo.

Tras recitar algunos mantras y hacer saludos en forma circular, a lo lejos pudo observarse que, en el cielo, se encendían y apagaban fuertes luces, que parecían responder a sus gestos. Según sus palabras, se trataba de naves centinelas, que contribuían al proceso de ayudar al  hombre a que despierte a una nueva realidad.

Esa noche nos costó dormir. Nuevamente habíamos formado parte de una realidad distinta a la cotidiana. Todavía nos restaba cumplir con lo canalizado.

Al día siguiente llamamos por teléfono a un baquiano, para que nos conduzca hasta la cima del Cerro El Pajarillo.

De acuerdo con la canalización, teníamos que comenzar a subir a las cinco de la mañana, pero como el día estaba lluvioso lo hicimos recién a las once, cuando el cielo se despejó.

Un intenso calor, que superaba los treinta grados, sumado a una cantidad increíble de tábanos y plantas con espinas respetables, hicieron que el ascenso no fuera para nada placentero. A eso se sumaba que, por tratarse de un cerro virgen, no había senderos marcados para subir.

Recuerdo que los últimos cien metros los subí rezando, porque no me quedaban más fuerzas. No vi nada. Tampoco sentí que “regresaba a casa”, como me lo había manifestado la mujer. Descendí discutiendo con mis hermanos. De algún modo tenía que liberar la bronca que sentía por haber hecho más de mil kilómetros para someterme a un calvario, por el simple hecho de ser curioso.

Por teléfono, le narramos a la mujer lo sucedido. Nos respondió que teníamos que aprender que las canalizaciones debían cumplirse al pié de la letra, porque de esa manera se pone de manifiesto el grado de compromiso con el mensaje recibido.

“Si dicen a las 5 de la mañana –aclaró-, deben hacerlo a esa hora, aunque llueva o truene, ya que sólo respetando lo dicho se dan las circunstancias para que cada uno reciba lo que tenga que recibir”.

Estábamos por regresar a Olavarría, cuando nos propusieron si queríamos acampar la noche siguiente en el Cerro Uritorco. Los tres estuvimos de acuerdo y nos fuimos a descansar para reponer fuerzas.

Aunque esta vez el camino estaba marcado, subir al Uritorco en días de calor intenso resulta cansador. El esfuerzo bien lo vale, por el maravilloso espectáculo que ofrece en cuanto al paisaje, así como por el imponente marco que regalan las estrellas al anochecer.

Mientras subíamos, a las dos de la tarde se escuchó un fuerte zumbido. Lo único que pude ver fue que, desde una de las laderas del cerro, salió una luz verde a gran velocidad. El avistaje, de lo que el guía calificó como canepla, no duró más de dos segundos.

Acampamos por algunas horas en el Valle de los Espíritus y en la madrugada emprendimos la marcha, para ver el amanecer desde la cima.

Subir el último tramo a la luz de las linternas, no fue simple como suponíamos. Sin embargo, nuestro esfuerzo se vio recompensado por la ceremonia que realizó nuestro guía, quien agradeció, al padre Sol y a la madre Tierra, por medio de emotivas canciones.

Cerca del mediodía descendimos del Uritorco. Pese a las recomendaciones, emprendí el regreso a Olavarría. Fuimos por dos días y terminamos quedándonos cinco.

Al cabo de tres horas de viaje, noté que lo que nos habían dicho era cierto: “no viajen porque la energía del lugar hace que se sientan plenos, pero ni bien se alejen de Capilla del Monte sentirán el cansancio por el esfuerzo que hicieron durante la estadía”. Muchos cafés de por medio en cada estación de servicio, me permitieron regresar manejando a Olavarría cerca del anochecer.

Todo lo vivido nos pareció muy intenso, pero el tema de la canalización nos había dejado sabor a poco. Aunque sabíamos que no cumplimos, al pié de la letra, con lo que se nos había manifestado.

Hasta ese momento, mi vida se desarrollaba dentro de márgenes controlables. No sabía que faltaban sólo un par de meses para que mi realidad diera un giro de ciento ochenta grados.

Durante febrero y principios de marzo del año dos mil cuatro, seguí trabajando en el desarrollo del parque temático. Esa era la única manera en que sentía que estaba haciendo lo que me gustaba. Pero, ni bien dejaba la computadora de lado, mi angustia existencial parecía ahondarse.

Un llamado telefónico desde Córdoba, por parte de mi hermana, hizo que esa sensación de angustia se agudizara todavía más: “mirá Crónica, están pasando que dos asaltantes entraron a la casa de la mujer que canalizaba para robar y la violaron”. Un verdadero acto de barbarie.

No fui capaz de llorar. Había desarrollado el tortuoso hábito de bloquear mis emociones y ahogar mis lágrimas. Ese mecanismo inconsciente de defensa, que me llevó varios años poder modificar, me permitía mostrarme fuerte en las situaciones difíciles, para que los demás tuviesen alguien en quien apoyarse.

Escuchando mi voz interior

Para Semana Santa, sentí que necesitaba irme a Necochea. Tenía que pensar en cómo seguir avanzando con el proyecto, pero, sobre todo, tenía que intentar encontrarme.

Me sentí egoísta por tener ese impulso, aunque sabía que si quería lograr cambios en mi vida, debía empezar a escuchar mi voz interior. Eso implicaba dejar la racionalidad de lado y dar pasos en el vacío, sin que existieran motivos lógicos que justificaran mi accionar.

Percibía, claramente, que eso era lo que tenía que hacer. Mi mente se resistía, pero por primera vez no me importó. Estaba decidido a que fuese la intuición quien me guiara.  

Llamé por teléfono y alquilé un departamento, que daba frente al mar, durante quince días. Le pedí disculpas a mi familia por no llevarlos. Ellos, a su modo, me entendieron. Les dejé la camioneta para que estén más cómodos y viajé en la de mi madre, que estaba disponible.

La noche anterior al viaje, Celina llamó para preguntarme si me iba a Necochea porque sabía que durante Semana Santa la mujer que canalizaba iba a estar en esa ciudad, para intentar reponerse de lo que le había sucedido. Le respondí que no sabía nada, así que ella me pasó el mail para que intentara comunicarme.

Lo único que hice fue enviarle un correo electrónico dándole ánimo, y le dejé el número de teléfono y la dirección de donde me hospedaría, por si le podía ser útil en algo.

Viajé el miércoles siete de abril. A medida que recorría la ruta, mi cabeza se perdía en miles de pensamientos: ¿por qué viajo sin realmente saber para qué?, ¿Me estaré volviendo loco? ¿Qué necesidad tengo de complicarme tanto?, ¿Por qué no vuelvo a trabajar al diario y llevo una vida normal, en vez de hace este tipo de pavadas sin que existan motivos racionales que lo justifiquen?

Para colmo de males, cuando llegué a Necochea llovía y la ciudad estaba desolada. Demasiado gris. La mayoría de los negocios estaban cerrados y, en algunos casos, tapiados con maderas para evitar robos. De haber sido un maniático depresivo, esa era la tarde ideal para despedirme del mundo.

Mi ilusión de sentarme en la playa a meditar se había apagado con el agua de lluvia, así que no tuve mejor idea que acostarme a dormir.

Al día siguiente fue Jueves Santo. No llovía, pero el viento y el frío se hacían sentir. No me importó. De todos modos decidí salir a caminar por la playa. Cada tanto el  sol asomaba y se volvía a esconder. Era extraño ver el paisaje tan desértico. Muy de tanto en tanto, me cruzaba con algunas personas que caminaban solas. Me daban ganas de preguntarles si estaban tan confundidas como yo, pero no me animaba. Miraba hacia abajo y seguía caminando.

Las olas eran indiferentes a mi presencia, seguían con su eterno ritual de coronar la costa con espuma. La caminata se hacía más llevadera escuchando música de relajación, en el reproductor de mp3.

Casi instintivamente, evité dar un paso. Al mirar hacia abajo, comprobé que estaba a punto de pisar una abeja. Me pareció raro poder darme cuenta de su presencia, porque su figura se perdía entre la arena. Estaba dada vuelta. La toqué suavemente y pudo volar.

A los pocos metros, nuevamente lo mismo. Me detuve y encontré otra abeja que necesitaba ayuda. La dí vuelta y empredió su vuelo.

Eso no hubiese llamado demasiado mi atención, si no fuese porque el mismo hecho se repitió, por tercera vez, unos metros más adelante. Sin proponérmelo, me detuve y evité pisar a otra abeja, a la cual también ayudé para que pueda seguir su rumbo.

Salvo por este particular episodio, hasta en ese momento intrascendente, pasé la mañana y parte de la tarde sin indicio alguno sobre por qué sentí que tenía que estar en Necochea para esa fecha.

Al regresar al departamento, tenía un mensaje en el celular de la mujer que canalizaba. Me explicaba que no estaba bien, pero que sentía que teníamos que encontrarnos. Dejó dicho que, a las nueve de la noche, pasaría a buscarme para tomar un café.

Eran cerca de las seis de la tarde. Recién me había dado una ducha con agua caliente. Mi esposa llamó para ver cómo marchaban las cosas. Mientras le comentaba que me reuniría con la mujer, vi por la ventana del departamento que en la playa había una familia que se había encajado con el auto y no había nadie que los auxiliara.

“Te vas a quedar vos también”, me dijo Claudia. Intuí que tenía razón, pero no podía permanecer indiferente. Corté y me dirigí rápidamente hacia la playa.

El auto estaba muy encajado y la marea subía. Le expliqué al hombre que tenía una camioneta cuatro por cuatro, pero, como era de mi madre, no sabía usar la doble tracción. De todos modos, me ofrecía para intentar sacarlo.

Había anochecido. Corrí a buscar el vehículo, presintiendo lo que me esperaba. Apenas me puse detrás del auto, para sacarlo, quedé encajado. La camioneta no movía para ningún lado. “Quién me mandó a meterme”, me reproché internamente.

Luego de varios intentos, aprendí a usar la doble tracción. Bajé también el aire de las ruedas para que se afirmara mejor la camioneta y logré auxiliar a la familia, tras una hora y media de esfuerzo.

La expresión de alegría del matrimonio me llenó de júbilo. Ellos no lo sabían, pero, en realidad, el auxiliado fui yo, por que me dieron la oportunidad de sentirme útil.

Cuando el reloj marcó cerca de las nueve de la noche, fui a un restaurante con la mujer que canalizaba. Se la veía triste, cansada, con poco ánimo. Me contó lo que le había sucedido. Hablarlo le hacía bien. La ayudaba a liberar su traumática vivencia.

A medida que avanzaba en el relato, se le entrecortaban las palabras. “Todavía no sé por qué tengo que estar sentada con vos –me dijo-, pero quizás dentro de un rato pueda saberlo”.

En medio de la cena, me recordó que me sentía como si fuese su hermano, porque veía que en otra vida, cuando fui monje benedictino, la cuidé hasta que murió. Dijo, además, que en ese entonces, mi aspecto era muy diferente: era flaco, alto, rubio y un poco pelado.

Seguimos conversando. Ella hizo una pausa. Desenfocó su mirada y me comunicó que estaba recibiendo que, al día siguiente, debía acompañarla a Médano Blanco. Sus palabras me llamaron la atención, porque tres meses antes, cuando estuve de vacaciones en Necochea con mi familia, compré el libro titulado “Médano Blanco” (de Bastian, publicado por Ediciones Kemkem) porque sentí que tenía que leerlo.

El libro explicaba la increíble historia de un cazador que, por casualidad, descubrió un potente campo energético, situado sobre un médano a varios kilómetros del centro necochense. Años más tarde, tuvo un accidente que lo dejó en silla de ruedas y casi sin habla. Tuvo que hacerse entender por señas, para que lo llevaran hasta ese sitio. Una vez allí, el cazador se recostó unos minutos sobre el médano energético y a los pocos meses se recuperó por completo.

La propuesta de la mujer, sumado a que sólo un par de horas antes un hecho fortuito me había enseñado a usar la doble tracción, me dio la pauta de que, tal vez, no había estado tan equivocado al seguir el dictado de mi voz interior. Algo parecía empezar a gestarse.

Un viernes muy particular

El Viernes Santo, la mujer que canalizaba, su sobrina, una amiga, un joven necochense y yo, nos preparamos para ir hacia Médano Blanco. Tal cual lo leído, había que subir y bajar por los médanos, cruzar badenes y recorrer aproximadamente 36 kilómetros por la playa.

Por momentos, tenía la sensación de que me había metido dentro del libro. Sólo el temor a quedarme encajado tan lejos de la ciudad me hacía tomar contacto con la realidad.

En un determinado momento, la mujer pidió que detuviese la marcha. Se bajó y explicó: “a través de la energía que sienta en mis manos, sabré cuál es el sitio correcto”.

Una vez que localizó el médano energético, nos sentamos en la arena y encendimos velas y sahumerios. Eran justo las tres de la tarde. Luego de manifestar las intenciones personales, nos pusimos a rezar el rosario.

Hacía calor. El viento soplaba con cierta intensidad. En medio de las oraciones, la mujer nos comunicó que entidades de diferentes planos se estaban presentado y también seres fallecidos.

Miré alrededor. Solamente había arena. Permanecí en silencio. No creía en sus palabras. De pronto, la mujer me dijo: “está Julio, te está abrazando”.

Quedé asombrado. Mis ojos se humedecieron por la emoción. Julio era el nombre de mi padre fallecido. Sentí un intenso cosquilleo por todo el cuerpo, que fue más intenso todavía cuando lo describió tal cual como era, de estatura mediana, canoso y muy jovial.

“Me está diciendo que los ama”, sostuvo con voz suave la mujer.

Me dijo si quería preguntarle algo. Me costó pronunciar la frase. Tenía un nudo en la garganta. De la mejor manera que pude, le trasmití que le preguntara si estaba enojado porque había renunciado al diario. Su respuesta fue aliviadora: “se está riendo a carcajadas”.

Por algunos momentos, mi mente quedó en blanco. Sabía que la mujer no tenía dato alguno sobre mi padre. En ese instante recordé nuestro primer encuentro, cuando ella me explicó: “recién vas a empezar a confiar en las canalizaciones cuando te vayan revelando datos personales, que sólo vos sabés”.

Cada uno de los presentes recibió sus propios mensajes, de parte de sus familiares fallecidos.

Pensé que todo volvería a su cauce normal, pero la mujer volvió a hablar: “están presentes los espíritus de varios indios, quienes se están sentando en círculo con nosotros. Me están transmitiendo el nombre Aguila Blanca”.
 
Seguidamente, me miró y agregó: “están ungiendo tus oídos”. Luego describió la manera en que habían trabajado sobre mi chacra coronario y puntualizó que veía que un rayo de luz atravesaba mi mente.

También acotó que los seres presentes, entre los que había algunos provenientes de planetas remotos, agradecían que estuviésemos en ese sitio en una fecha tan especial.

Antes de terminar la canalización me dijo: “Julio, en este momento está presente Aguila Blanca. Su presencia es imponente. Es un gran jefe indio. Me está diciendo si estás dispuesto a dar pruebas de que realmente querés cambiar”.

Dudé. No sabía que implicaría “dar pruebas”. De todos modos, manifesté que aceptaba. Aguila Blanca, por intermedio de la mujer, me pidió que el 25 de abril vaya a San Nicolás (provincia de Buenos Aires), donde comenzaría mi proceso de cambio. Y que, a partir de allí, durante tres meses lleve una vida de retiro. Un retiro de mi mente, buscando en mi interior.

“Dentro del período de los tres meses, contando a partir del 25 de abril, una semana entera la deberás pasar en un lugar sagrado que queda entre Olavarría y Azul”, precisó.

“¿Se te ocurre cuál puede ser  ese lugar?”, me preguntó la mujer.

No supe que responderle. El único sitio que se me cruzó por la mente fue el Monasterio Trapense, pero en realidad no estaba seguro de su ubicación geográfica. Igual lo mencioné.
Aguila Blanca reveló “siete meses, siete días y siete horas”, como referencia de un hecho importante que modificaría mi vida”.

 “Me dice que, de ahora en más, prestes atención al número 7 -agregó la mujer-, y que te esperan tres años muy duros, pero vas a salir airoso. No temas. A tus hijos y a tu esposa no les pasará nada”.

El jefe indio también le expresó, por último, que respetaba mi libre albedrío y que quedaba en mí hacer las cosas o no. Le agradeció a la mujer el esfuerzo que hizo para transmitirme el mensaje, el cual quedó de manifiesto en la abundante cantidad de lágrimas que recorrieron su rostro, mientras nos hablaba, sin que por ello le cambiara la voz.

Una vez que los mensajes finalizaron, quedamos conmovidos. Pasamos largos minutos en silencio. Intercambiamos, luego, algunas palabras y nos subimos a la camioneta para regresar a la ciudad, antes de que oscureciera.

Al llegar al centro necochense, decidimos ir hasta la iglesia de la Medalla Milagrosa. Un templo en forma circular, situado cerca del puerto, donde quedé impactado con los cuadros de un pintor local, que daban vida y color al vía crucis.

La secuencia de las pinturas mostraban imágenes de planetas que se ordenaban en función de líneas de energía, triángulos y círculos. En los primeros planos se podía ver a Jesús, representado por un hombre muy anciano, dando claras muestras de dolor y sufrimiento.

Justo en el centro de la iglesia, en el suelo, había una figura circular con forma de laberinto, que tenía una inscripción que rezaba: “yo soy la puerta”. Si uno se paraba en ese lugar y miraba hacia el techo, se encontraba con imágenes de delfines, leones y demás animales, cargados de simbolismos. No parecía que uno estaba dentro de una iglesia católica.

Luego de la misa, algunos lugareños me explicaron que la iglesia tenía ese diseño tan particular, en forma de círculo, porque, en realidad, se trataría de un centro de salvataje para cuando las aguas suban y las profecías apocalípticas se cumplan.

Era demasiado para una sola jornada. Mi cuerpo pedía, a gritos, que fuese a descansar. Me despedí de todos y fui a dormir al departamento que alquilaba. Me costó conciliar el sueño.

Al día siguiente caminé por la playa. Intenté poner en orden mi mente. No podía entender lo que estaba pasando. Fui a Necochea buscando claridad y lo único que obtuve fue una confusión descomunal. Mi mundo racional se estaba despedazando.

Una puerta a lo desconocido comenzaba a abrirse. El camino que mostraba no parecía ser sencillo. La frase “tres años duros” resonaba, una y otra vez, en mi interior. Hasta que en un determinado momento, comprendí que el hecho de que fuesen duros no implicaría, necesariamente, que estuviesen teñidos de infelicidad. De todos modos, me sentía intranquilo.

Sabía que lo acontecido no era producto de la casualidad, sino de la causalidad. Los acontecimientos sucedieron de manera sincrónica: la necesidad interna de ir para Semana Santa a Necochea, el encuentro con la mujer, la invitación a ir al sitio sobre el que unos meses antes había leído, aprender a usar la doble tracción horas antes de manejar por los médanos... Las piezas encajaban a la perfección.
Mi preocupación era producto de que las cosas no cuadraban de manera racional. ¿Quién era después de todo Aguila Blanca? ¿Y si la mujer tenía problemas mentales? Prácticamente, no la conocía. Era la segunda vez, en mi vida, que la veía.
Sin embargo, recapacité que fue mi intención de concretar el proyecto del parque temático quien me la había puesto en el camino. Así que decidí suponer que, tal vez, lo que estaba sucediendo obedecía a un orden subyacente que todavía no podía vislumbrar, por estar muy apegado a mi mente.
Una señal por demás evidente
No tenía más ganas de permanecer en Necochea. Me quedaban nueve días de alquiler pago, pero decidí retornar a Olavarría. Necesitaba del clima familiar, para sentir que mi vida seguía transitando por carriles normales.
Una vez en la ruta, mientras manejaba, intenté ser claro con lo que me pasaba, así que tomé coraje y hablé en voz alta. Sin saber a quién dirigirme, expresé: “no sé como son las señales, ni tampoco de qué manera se manifiestan, pero si ustedes quieren que realmente vaya al Monasterio Trapense, demuéstrenmelo de alguna manera clara. Que no me queden dudas. Soy duro para darme cuenta de las cosas, así que esfuércense. No sé... que aparezca un arco iris sobre el lugar... hagan lo que se les ocurra, no me corresponde a mí decirles cómo tienen que hacerlo”.
Hablando de ese modo me sentí como si fuese un desquiciado, pero de alguna manera me tenía que desahogar.
Me reí de la estupidez que había hecho, porque, a través de mi forma de hablar, estaba dando crédito a que existían entidades operando tras bambalinas. Para tratar de olvidar, puse la música bien fuerte y me concentré en la ruta y en la letra de las canciones. Me faltaban recorrer doscientos noventa kilómetros.
Grande fue mi sorpresa cuando, al llegar a la ciudad de Azul, el primer cartel que ví sobre la ruta decía Monasterio Trapense. “Esta no es una señal, se trata de un simple cartel. Fue casualidad. Quiero algo que no me deje ninguna duda”, dije nervioso y seguí conduciendo.
En un determinado momento sentí que estaba manejando en dirección a Buenos Aires. “No puede ser –me dije-, porque para ir hacia Capital Federal debía haber pasado por una rotonda y no vi nada”.
Seguí un poco más, pero la sensación de estar manejando en la dirección equivocada fue tan fuerte que detuve la marcha de la camioneta sobre un costado de la ruta y le pregunté a un hombre si estaba yendo bien. Su respuesta me dio escalofrío: “no, pibe, te pasaste, volvé unos kilómetros y te vas a cruzar con una rotonda”.
No lo podía creer. Pero mayor fue mi sorpresa cuando giré la camioneta hacia el carril contrario, para retomar el camino. Justo en ese lugar, en la banquina, había un cartel color verde que decía “Monasterio Trapense, kilómetro 241”.
Se me erizaron los pelos y mi corazón se aceleró. Dos, más cuatro, más uno, da como resultado siete. Y siete, según la canalización, era el número al que debía prestar atención.
Había pedido una prueba y vaya si me la habían dado.
El resto del viaje me lo pasé tratando de entender cómo no fui capaz de ver la rotonda. Tampoco me entraba en la cabeza cómo había hecho para manejar hasta el lugar en donde me detuve, sin darme cuenta antes que esa no era la dirección correcta. No lo podía comprender. Conocía a la perfección ese camino. Todos los fines de semana pasaba por ahí, cuando me dirigía a Capital Federal para estudiar marketing.
Cuando llegué a mi casa y mi esposa me preguntó cómo me había ido, no sabía que responder. Si le había resultado raro que viajara a Necochea solo, siguiendo un impulso, qué pensaría si le contaba realmente lo que había sucedido.
Tragué saliva. Respiré. Junté coraje. Y empecé a explicarle. A poco de decir algunas palabras, me di cuenta de que los nervios me estaban jugando en contra. Hablaba a gran velocidad, prácticamente sin hacer pausas.
Me serené. Tomé agua y seguí con la narración de los hechos. Por más que le conté todo, tal cual como sucedió, no tenía muchas esperanzas de que me creyera. Ni siquiera yo podía dar crédito sobre lo que había experimentado.
“¿Y ahora, qué pensás hacer?”, me preguntó, con cara de preocupación.
“Todavía no lo sé –le respondí-, creo que voy a seguir, quiero ver a dónde me conduce todo esto que me está pasando”.
Esa noche al acostarme, mientras miraba el techo de la habitación, supe que si los acontecimientos se sucederían con tanta espectacularidad, realmente sería cierto que los tres años iban a ser duros. No sólo por lo que representaría mantener la cordura, sino también por la armonía de la pareja.
Se acercaba el 25 de abril, fecha en que debía ir a San Nicolás con la mujer que canalizaba. Como primero tenía que pasarla a buscar por la ciudad de La Plata, se me ocurrió decirle a Alejandro, mi amigo el psicólogo, si no me acompañaba.
Cuando se lo propuse se rió. “Anteayer pensé que nuevamente iría a La Plata, a ver a  mi hija, si alguien me llevaba; y vos me estás invitando, así que vamos. El destino quiere que vuelva a viajar”.
Me alegré, porque de paso él podría conocer a la mujer y darme su parecer, desde un punto de vista profesional. Imaginé que si la veía y me decía algo así como “esa señora no está en su sano juicio”, me liberaría del compromiso de ir a San Nicolás.
El 23 de abril viajamos a La Plata. Oportunidad en que generé un encuentro para que ellos dos se conocieran. Fuimos a cenar.
Mientras esperábamos que nos sirvieran el pedido, noté que algo andaba mal. Alejandro hablaba con un tono de voz demasiado bajo, distinto al habitual. Luego me enteré que eso obedecía, según sus dichos, a que la mujer irradiaba mucha energía.
Tras la cena, fuimos a tomar un café al departamento que la mujer alquilaba. Luego de una charla informal comenzó a recibir mensajes, y le comunicó a mi amigo que tenía que viajar a San Nicolás con nosotros.
Los que viajaríamos seríamos un total de siete: la mujer, su sobrina, Alejandro, mi hermana, mi madre, una amiga de mi madre y yo.
La aparición de la Virgen de San Nicolás
El 25 de abril, al igual que los 25 de cada mes, la basílica de San Nicolás estaba repleta de fieles. Una vez que logramos juntarnos los siete, quedamos en que, cerca del mediodía, nos encontraríamos en el descampado situado junto al templo, para rezar el santo rosario.
La mujer me recordó que fuese al subsuelo y que me quede junto a la imagen de la Virgen de San Nicolás, que iba a recibir un mensaje.
Bajé la escalera tratando de sentirme tranquilo. No logré serenarme. Según la canalización de Necochea, ese día comenzaba mi proceso de transformación.
Había una innumerable cantidad de personas. La mayoría daba muestras de profunda fe y devoción. Poco a poco, comencé a sentirme incómodo. La Virgen no representaba nada extraordinario para mí. Fui educado en el catolicismo, pero hacía muchos años que no iba a misa y tampoco tenía “fe mariana”.
La incomodidad se transformó en angustia. Sentí que, con mi falta de fe, insultaba a todos los presentes. Me levanté del asiento y me fui de la iglesia Estaba enojado por haber dado crédito a esos extraños mensajes, que me fueron comunicados por intermedio de la mujer.
Sentí que ese era el segundo viaje que había hecho para nada. El primero, había llegado hasta la cima del Cerro El Pajarillo, tras recorrer más de mil kilómetros. Ahora, nuevamente estaba envuelto en otro viaje, sin sentido, con el único propósito de tratar de dilucidar qué comprendían las canalizaciones.
Intenté relajarme y pasar lo que restaba del día de la mejor manera posible.
Tal como lo acordamos, cuando llegó el mediodía nos reunimos los siete para rezar en el descampado junto al templo. Mientras rezábamos, la mujer comenzó a recibir mensajes relacionados con cosas que ella misma tenía que hacer, en virtud del traumático episodio del que fue protagonista en el mes de febrero.
No puedo recordar qué fue lo que canalizó para todos los demás, sólo recuerdo que ni bien terminó de hablar, vi que frente a mí se formó un gran círculo.
Cómo estaba de frente al sol y algo cansado por haber manejado, me refregué los ojos y traté de aclarar mi vista. Ni bien lo hice, observé que filamentos de luz formaron nuevamente un círculo.
Por segunda vez, me froté bien fuerte los ojos. En medio de los seis que estaban sentados junto a mí en el césped, vi a la Virgen. Fue algo inesperado. Enmudecí. Quedé tan cautivado por su bellísima imagen, que no atiné a decirle a nadie lo que estaba presenciando.
Sin poder creer lo que observaba, pensé: “no puede ser, la estoy inventando yo, pero cómo me la voy a inventar si la estoy viendo con los ojos abiertos”.
Pese a todo, me negaba a creer. Mi extrema racionalidad se defendía. Busqué en una fracción de segundos argumentos lógicos para desacreditar lo que veía, pero la Virgen abrió y cerró sus ojos con una dulzura tan profunda, que no me quedaron dudas de que, en verdad, era ella.
“Te pasa algo Julio”, me preguntaron. No podía responder. Los ojos se me humedecieron. Hice fuerza para no llorar. Me quemaba la garganta. La presión fue insoportable. La emoción me desbordó. Empecé a temblar y las lágrimas corrieron por mi cara.
 “Vi la Virgen”, fue lo único que pude decir.
Nunca había llorado en público y mucho menos delante de mi madre y de mi hermana. Frente a quienes, siempre, intenté mostrarme fuerte.
Cuando terminé de desahogarme, les conté lo sucedido. Ninguno de los seis vio nada.
Les dije qué que era como si en medio de todos ellos alguien hubiese proyectado una diapositiva en colores o un holograma, con un realismo tremendo. La Virgen tenía un manto blanco sobre la cabeza. No vi su cuerpo completo. El círculo llegaba hasta la altura de su pecho. No me dijo nada. Sólo me miró y movió sus párpados serenamente.
Más tarde, cuando estuve por un momento a solas con mi amigo, le aclaré: “sería un verdadero idiota si estuviese inventando todo esto, vos sabés, mejor que nadie, que no tenía fe en la Virgen y que me sentía enojado por haber venido a San Nicolás de gusto”.
Alejandro no me había pedido ningún tipo de explicaciones, de todos modos se las dí porque tenía que poner orden en mi cabeza. Le hablaba a él, pero en realidad las palabras iban dirigidas a mí mismo. Tenía que entender lo sucedido.
Le destaqué, también, que tres fueron los hechos que me confirmaron que realmente había visto a la Virgen de San Nicolás. En primer lugar, yo tenía los ojos bien abiertos. En segundo lugar, la Virgen abrió y cerró sus ojos, con tremenda dulzura, sin que le dijese que lo hiciera. Y tercero, lloré delante de otros, aunque hice todo lo que estuvo a mi alcance para no quebrarme.
A medida que repasaba lo sucedido, me maravillaba darme cuenta que la Virgen realmente existía, y no es una simple figura decorativa de la Iglesia. Lástima que tuve que ver para creer. Afortunadamente hay millones de personas que no necesitan pruebas de su existencia.
Caía la tarde. Los fieles sacaron su imagen de la basílica y peregrinaron durante varias cuadras. Centenares de pañuelos blancos se agitaron, sin cesar. La gente aplaudía. La emoción estaba a flor de piel.
Sentí estar como en otro mundo. Seguía conmovido.
Decidimos emprender el regreso. Mi hermana, mi madre y su amiga, retornaron a Capital Federa. El resto no dirigimos hacia La Plata.
Una vez más me sentí perplejo. La realidad superaba la ficción. Seguía confundido, pero esta vez el recuerdo de la enternecedora mirada de la Virgen me aportaba paz.
Una vez en la ciudad de las diagonales, acordamos que al día siguiente nos volveríamos a juntar para charlar. VOLVER

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