La búsqueda segunda parte

Julio Andrés Pagano

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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Cuando quedamos solos, le dije a mi amigo que seguía sin comprender por qué cuando estaba frente a la mujer que canalizaba su tono de voz se apagaba. Me respondió que al estar cerca de ella sentía como si su propia vibración aumentara y se expandiera su campo de percepción.
Nos volvimos a encontrar el día siguiente. La reunión se hizo en el departamento de la mujer. Una vez más, ella comenzó a recibir mensajes. A esa altura, ya me era familiar oír de sus labios: “me están diciendo que...”. Parece mentira lo rápido que uno puede adaptarse a situaciones extrañas.
La canalización estuvo teñida de mensajes personales, relacionados con aspectos sobre los que debíamos trabajar para elevar nuestras vibraciones. En esa oportunidad, se nos comunicó que el 25 de mayo, Alejandro, la mujer que canalizaba y yo, debíamos pasar la noche en el Cerro El Pajarillo; previo pasara por Villa Giardino para establecer contacto con Irma, la guardiana de la iglesia.
La sobrina de la mujer, que también estaba presente en la reunión, no fue incluida en el viaje.
Miré a mi amigo y supe, por los gestos de su rostro, que no se sentía cómodo. Cuando estuvimos unos segundos alejados del resto me dijo “ni bien empezó a canalizar, sabía que me iba a incluir en el viaje. Es como si estuviese reuniendo gente”. Sus palabras denotaban gran escepticismo.
Habilidades extrasensoriales
El encuentro parecía llegar a su fin. La mujer le pidió a Alejandro si no le hacía el favor de acompañarla hasta su casa, en las afueras de La Plata, en donde fue violada.
“Me resulta muy doloroso regresar a ese lugar -le explicó-, pero como vos también tenés habilidades extrasensoriales desarrolladas, quizá puedas captar algo que ayude en la causa penal contra los que abusaron de mí”.
Fuimos los cuatro. Al llegar a su casa, la sobrina de la mujer y yo nos quedamos fuera para no molestarlos.
Media hora más tarde, Alejandro salió. Tenía la misma mirada rara que pone cuando parece ver lo que otros no ven. “Acá estuvo parado uno de los delincuentes. Tenía mucho miedo, él no quería entrar, no estaba de acuerdo con hacerlo. Fueron dos. Tuvieron que entrar alcoholizados, de otra forma no hubiese podido hacerlo”, narró.
Alejandro no sabía nada sobre los detalles puntuales de la violación, por lo que sus palabras no estaban para nada influenciadas.
“Fuiste violada en el cuarto de arriba –agregó-, lo extraño es que veo que mientras te violaban te estabas viendo a vos misma, es como se te hubieses desdoblado”. La mujer dio crédito a sus palabras y nos explicó: “en ese instante me aferré a una de las actitudes Ishayas, y eso me permitió salirme del cuerpo”.
También remarcó que ella creía que los que la dañaron “estaban pagos por una empresa multinacional”, contra la que llevaba adelante un importante juicio.
Mi cabeza parecía estallar. Por conocerlo desde chico, sabía que mi amigo no estaba mintiendo. Sin embargo, ser testigo de lo que decían era algo sumamente fuerte.
Nuevamente, fue mucho lo vivenciado para una sola jornada. Nos despedimos y acordamos que ultimaríamos, por mail, los detalles del viaje a Capilla del Monte.
Mientras viajábamos de regreso a Olavarría tuve bastante tiempo para dialogar con Alejandro.
“Nunca me sucedió ver con tanta claridad un hecho del pasado, como si estuviese ocurriendo en ese mismo instante. Fue impactante”. Sus palabras todavía estaban impregnadas por la emotividad de lo que presenció.
“Esto es todo muy loco –sostuvo Alejandro-, vos viste la Virgen de San Nicolás sin esperarlo, yo presencié un hecho oscuro, que pertenecía al pasado, de manera absolutamente real y ahora estamos incluidos en una canalización, de la que ni siquiera sabemos para qué es”.
“Yo no sé si voy a viajar a Córdoba –agregó-. No le encuentro sentido a eso de tener que ir a Capilla del Monte”.
Una vez más, regresé confundido. Mi esposa me aguardaba, para que le contara lo que habíamos hecho.
Con respecto a la aparición de la Virgen, Claudia se mostró muy interesada y me hizo varias preguntas, pero el buen clima se rompió cuando le manifesté que en mayo volvería a viajar. Ahí comprendí que lo mejor sería no mencionarle nada de lo que le había pasado a Alejandro.
“¿Por qué hacés todo lo que te dice esa mujer? –me preguntó Claudia, con enojo-, ¿si te dice que te tires debajo de un tren, también lo vas a hacer?”.
Sabía que, desde su óptica, los reproches estaban justificados. Ella no pasó por las mismas experiencias, por lo tanto, era imposible que pudiese comprenderme. Para mí también era demasiado extraño lo que estaba sucediendo, pero internamente sentía que debía continuar.
A los golpes, fui internalizando que las experiencias son intransferibles y que el lenguaje se torna insuficiente cuando se quiere traducir en palabras lo vivido. Uno puede pronunciar la palabra dolor, pero no puede hacer que el otro lo sienta, y eso marca una profunda diferencia.
Pese a mi limitación para hacerme entender, tenía que intentarlo. Si no lo hacía, cada vez se haría más grande la brecha entre nosotros y lentamente nos iríamos distanciando.
Esa noche, el eco de las palabras de Aguila Blanca resonó otra vez en mi cabeza: “te esperan tres años muy duros, pero vas a salir adelante”. Cuando las escuché la primera vez, no sabía de qué modo se expresaría la dureza. Poco a poco, el juego se estaba desplegando.
Terapia dinámica, como cable a tierra
Con Alejandro teníamos la sana costumbre de salir a correr en un circuito poblado de árboles y plantas, que bordeaba la costa del arroyo Tapalqué. Ese era nuestro cable a tierra cuando estábamos en Olavarría. Correr nos servía para liberar tensiones, al tiempo que nos permitía hablar sobre la visión que cada uno tenía sobre las cosas que nos tocaban vivir. Era una especie de terapia dinámica.
Durante la semana siguiente, fuimos a correr varias veces al parque. Teníamos muchas cosas para dilucidar.
Coincidimos en que dudábamos sobre lo que estaba ocurriendo, pero creíamos que seguir nos ayudaría a potenciar habilidades, tales como el manejo de las situaciones inciertas, el desarrollo de la tolerancia, la paciencia y también no serviría para aprender a confiar y romper con nuestros propios prejuicios.
Por una cuestión de personalidad, ninguno de los dos estaba acostumbrado a que alguien nos diga qué era lo que teníamos que hacer. Las canalizaciones constituían una verdadera oportunidad para trabajar sobre ese aspecto.
Nunca se sabe por qué suceden las cosas. Lo único que teníamos en claro era que buscábamos la manera de seguir creciendo como personas y queríamos ampliar nuestros campos de conciencia para lograr vivir en armonía.
Alejandro siempre fue por demás reservado en sus cuestiones personales, pese a ello, en una de las tantas corridas que realizamos por las tardes, me hizo una singular confesión: “desde chico se me presenta la Virgen de Guadalupe y hablo con ella. Nunca se lo conté a nadie por temor a que digan que estaba loco. Ahora que vos viste a la Virgen de San Nicolás te lo cuento. Sé que me vas a poder entender”.
No tuve mejor respuesta que hacerle una pregunta: “¿si alguno estuviese escuchando nuestra conversación y supiera lo que estamos haciendo, cómo creés que nos tildaría?”. Su respuesta fue categórica, “diría que estamos locos”. Nos miramos y nos pusimos a reír a carcajada limpia. El humor es el mejor remedio para distenderse.
Esa tarde, llamé por teléfono al Monasterio Trapense de Azul. Me atendió un monje con acento extranjero. Su hablar era sereno. Le informé que llamaba para hacer un retiro y me pasó con otro monje, que estaba encargado de agendar las visitas.
Cuando le comenté que tenía que ir durante siete días al monasterio, me respondió que los laicos sólo podían permanecer cuatro días. No sé cómo, pero me animé y le dije: “espero que no lo tome a mal, ni piense que tengo problemas psicológicos, pero debo estar siete días porque así me lo comunicaron a través de una canalización y además... hace algunos días vi a la Virgen María”.
Imaginé que me cortaría, sin embargo me respondió que aguardara. “Hago una excepción –me aclaró-, venga del 8 al 15 de junio”.
Respiré aliviado. Le agradecí y anoté la fecha. Mientras lo hacía, comprobé que la agenda se empezaba a cargar. En abril había estado en Necochea y en San Nicolás, en mayo iría nuevamente a Córdoba y al mes siguiente viajaría al monasterio.
Las canalizaciones estaban acupando la mayor parte de mi tiempo, así que decidí postergar la planificación y el desarrollo del parque temático, hasta que estuviese más aliviado. Después de todo, como fue la intención de concretar ese mismo proyecto lo que hizo que la mujer que canalizaba se cruzara en mi camino, supuse que lo que estaba viviendo se interrelacionaba de algún modo que todavía no lograba vislumbrar. 
Posiblemente, a esta altura de los relatos, algunos lectores se preguntarán cómo hacía para disponer de tantos días libres y de qué manera financiaba mis viajes. La respuesta es simple. Al fallecer mi padre, cada uno de los miembros de la familia cobró su parte de la herencia.
En mi caso, consideré que la mejor manera de invertir el dinero era estudiando y “trabajando”, pero no de manera tradicional, sino trabajando sobre mí. Es decir, haciendo todo lo posible para despertar mi conciencia adormecida. Si lograba hacerlo, descubriría la manera de sentirme pleno donde fuese que el destino me llevara.
Con tantas canalizaciones, la relación con mi esposa no pasaba por su mejor momento. Según ella, me había metido en cosas extrañas que no conducían a nada, excepto directamente a un instituto psiquiátrico.
Era evidente que no le cerraba la idea de que viajara con la mujer. Sus fantasías le hacían suponer que, tal vez,  tuviese algún otro tipo de interés. No le bastaba con saber que se trataba de una persona grande, que tenía dos hijos adultos. Tampoco la quería conocer: “yo no quiero que me diga nada, mi vida está bien así como está”, me dijo.
Una semana antes de ir a Córdoba tuve un sueño bastante particular, que luego se relacionó con lo que sucedió en el viaje.
Recuerdo que en el sueño entré a una montaña, a toda velocidad, por medio de un carro minero. Por más que la sensación de aceleración me asustó, agradecí poder ingresar. Conducía una mujer cuyo rostro no pude ver. Cuando el carro se detuvo, me pusieron frente a inscripciones que no entendía.
Recién ahí me di cuenta que Alejandro estaba a mi lado. El tenía la habilidad de conectarse con las escrituras, en forma telepática. Su cuerpo se movía de manera rara. Parecía fluir con la energía que recibía.

Como no lograba descifrar nada de lo tenía frente a mis ojos, le dije a la mujer si me podía dar una copia para llevar. Me explicó que eso era algo imposible. A todo esto, la primer lámina de los grabados se corrió hacia delante y por debajo se encontraban más inscripciones. También había códigos y un dibujo dorado de una silueta humana, con un nombre: Hermes.

Sin que me diera cuenta, me encontré fuera de la montaña, parado en la cima, sobre una piedra. Un hombre me dijo que no se trataba de una simple piedra. Apretó un botón y ésta se desplazó, dejando ver una escalera que descendía hacia el interior de la montaña.
Fue la primera vez que tuve un sueño tan lúcido. Sentí que era por demás real. Cuando desperté, me llevó algunos minutos entender que sólo fue un sueño.
Alejandro se sonrió cuando le conté. Sabíamos que, a veces, los sueños son conductores de mensajes.
El 22 de mayo, con cierta sensación de malestar interno porque en mi casa las cosas no marchaban como hubiese preferido, emprendí el viaje a Capilla del Monte (Córdoba), junto con Alejandro y la mujer que canalizaba.
Siempre los viajes eran buenos porque generaban un clima especial para poder dialogar. Mi rol de conductor hacía que me concentrara en lo que escuchaba, para no descuidar el camino. Eso me ayudaba a agudizar el sentido del oído. Me venía bien. Estaba demasiado polarizado en el canal visual.
Generalmente se desarrollaba el mismo esquema. Alejandro comenzaba el viaje expresando las cosas que le disgustaban. La mujer que canalizaba le daba su parecer y luego entraba en escena yo, tratando de conciliar las posturas.
Sus conocimientos en psicología, así como su aguda racionalidad, llevaban a Alejandro a dar por tierra muchas de las cosas planteadas por la mujer. El no creía en las ciudades intraterrenas, así como tampoco en la necesidad de tener que movilizarse tantos kilómetros sin un propósito coherente. Las vivencias de ese viaje, lo llevarían a cambiar de opinión.
Tal y como se nos había dicho, la primera parada la hicimos en Villa Giardino. Nuevamente me encontré con Irma, la guardiana de la capilla jesuítica. Los cuatro nos pusimos a rezar en el interior del templo, frente al sitio en donde estuvo entronada la imagen robada de la Virgen de Nuestra Señora de la Merced.
En medio de las oraciones, la mujer que canalizaba recibió un mensaje de la Virgen: “me está diciendo que su imagen será encontrada luego de tres días de peregrinación por los cerros, a partir del 25 de octubre y que las personas que participen de la búsqueda recibirán mensajes individuales”.
Por su intermedio, la Virgen nos preguntó a cada uno de nosotros si estábamos dispuestos a recuperar su imagen. No lo dudamos. El marco era por demás emotivo y se trataba de una causa justa.
Los nombres de los demás integrantes que conformarían el grupo que buscaría la estatuilla le serían revelados, posteriormente, en sucesivas canalizaciones.
Por lo atípico de la situación, resultaba difícil saber dónde estábamos parados.
Cuando nos fuimos, miré a Irma por el espejo retrovisor de la camioneta. Su rostro, humilde y castigado, relucía de felicidad. Mirarla contagiaba esperanza.  
Al llegar a Capilla del Monte, quise que nos hospedáramos en la hostería de Gabriel. Era un excelente tipo y quería que lo conocieran. Enseguida hubo química entre ellos. Aunque las cosas cambiaron un poco cuando la mujer canalizó que él también tenía que subir al cerro con nosotros tres.
El día veintitrés fuimos rumbo a las Grutas de Ongamira, en las cercanías del Pajarillo, hasta un parador a visitar a Miguel. Un campechano, amigo de la mujer que canalizaba. Allí conocimos a Fernando, quien también terminaría acampando con nosotros en el cerro.
Por más que tratábamos de disimularlo, con Alejandro no podíamos evitar sonreírnos cada vez que la mujer canalizaba. Sabíamos que a poco de que dijese “me están diciendo”, un nuevo integrante se sumaba al elenco estable.
La piedra, un portal dimensional hacia ERKS
Con las sierras como fondo, mientras compartíamos unas facturas, nos dispusimos a escuchar las historias de Miguel, quien tenía un amplio repertorio sobre avistamientos de ovnis.
Finalizada la charla, la mujer que canalizaba le pidió permiso para llevarnos hasta la piedra. No sabíamos de qué se trataba, pero la propuesta nos sonó interesante.
Caminamos un corto tramo por la ladera de uno de los cerros y comenzamos a descender hasta que llegamos a un arroyo insignificante. Cerca del hilo de agua se encontraba una gran piedra, bastante plana, en medio de círculo confeccionado con pequeñas rocas del lugar.
“Este es uno de los portales dimensionales que comunica con la ciudad intraterrena de ERKS”, anunció la mujer.
De los nervios, sólo pude sonreí.
Le pidió a Alejandro que se descalzara y que se acostara allí, boca arriba, durante el tiempo que considerara necesario. Así lo hizo. Se quedó no más de 20 minutos.
Cuando se incorporó, le preguntó si había visto algo. Su relato me inquietó: “me recibió un ser que estaba sentado en una gran mesa ovalada y me preguntó, entre otras cosas, sobre el motivo por el que quería entrar a la ciudad intraterrena. Luego que respondí a sus preguntas, miró una lista que tenía entre sus manos y al instante comencé a caminar por un río de colores, que conducía a una especie de valle; donde aparecieron personas comunes, como nosotros, que me expresaron su alegría y amor por haber ingresado”.
Eso fue todo lo que alcancé a escuchar. Me puse tan nervioso, porque sabía que me tocaba acostarme en la piedra, que no presté atención a nada más.
Me saqué las zapatillas. Hice como que nada pasaba y muy despacio apoyé la espalda donde me habían indicado. Noté que la piedra estaba fría.
Respiré profundamente, varias veces, para bajar el ritmo de mis latidos. “Es sólo una piedra”, me dije internamente tratando de serenarme, y cerré los ojos.
Cuando me relajé, visualicé un martillo gigantezco que bajaba desde el cielo y me pegaba en el tercer ojo. Simultáneamente, uno de los perros de Miguel -que nos había acompañado hasta la piedra- lamió mi frente. Me sobresalté y abrí rápido los ojos. Unos segundos más tarde decidí volver a cerrarlos.
Nuevamente comencé a distenderme y visualicé una mano inmensa, que también descendía desde el cielo. Era más grande que las montañas. “Qué estupidez –dije internamente- si muevo mi mano para alcanzarla, Alejandro y la mujer van a decir que estoy loco”.
Abrí de nuevo los ojos y pensé: “basta de pavadas. Serenate. No imagines más”. Por última vez, opté por cerrar los ojos. Cuando lo hice, vi que desde la montaña comenzaban a bajar decenas de hombres, vestidos con largas túnicas blancas. De golpe, uno de ellos se paró frente a mí. Me asusté. Abrí los ojos y me puse de pié”.
“¿Y vos, Julio, que experimentaste?”, me preguntó la mujer.
Me dio vergüenza contarles, así que les dije que no vi nada.
“No importa –dijo ella- para que ustedes sepan, mientras que vos estabas recostado me contacté con uno de los seres de ERKS, que para que se hagan una idea, era como el mago de cabellos blancos de la película El Señor de los Anillos”.
Juro, por Dios, que no pude creer lo que escuchaba. Les pedí disculpas por haberles mentido y les solicité que me dejaran contarles lo que había experimentado.
Al narrarles que visualicé un martillo gigante que me pegaba en el tercer ojo y que, al mismo tiempo, el perro pasó y me lamió, Alejandro se sorprendió y dijo: “cuando estabas acostado sobre la piedra, escuché una voz que repetía insistentemente en mi cabeza que te pegara en la frente, pero me negué por miedo a lastimarte”.
Sin salir de mi asombro, le especifiqué a la mujer que había visto muchos seres como los que ella describió, bajando en fila desde la montaña. Sus facciones eran similares a las nuestras.
También le comenté que me asusté cuando uno de ellos apareció de pronto delante de mí. Tenía el cabello largo, lacio y muy canoso, y llevaba una larga túnica blanca
Lo de la mano gigante recién pude comprenderlo meses después. Abrí un libro que hablaba sobre el fenómeno ovni y encontré un dibujo que era exactamente igual a lo que visualicé. El epígrafe decía: “la mano simboliza la ayuda que ofrecen los seres intraterrenos”.
De no ser por el intercambio de las vivencias que mantuvimos los tres, lo que visualicé en la piedra hubiese quedado como una invención de mi imaginación. Nunca se los hubiese revelado, por temor a que se burlaran.
Ese día aprendimos que, aunque las cosas nos parecieran descabelladas, debíamos animarnos a hablar, ya que ése podía ser un camino válido para corroborar la veracidad de los hechos.
Esa tarde, Alejandro comenzó a sentir una pequeña molestia en uno de los ojos. El correr de las horas hizo que la molestia se transformara en un dolor intenso que, entrada la noche, se le volvió inmanejable.
“Si bien es cierto que la molestia físicamente existe, esa dificultad en el ojo no es más que la manifestación de tu ser interno, que se niega a ver el cambio que te está por suceder”. Las palabras de la mujer lograron que Alejandro se pusiera de muy mal humor. Su malestar llegó a tal punto que no le dirigió la palabra a nadie más.
Cuando nos fuimos a dormir a la habitación que compartíamos, no aguantó más y explotó: “quién se cree que es esta mujer para venir a decirme que lo de la vista no es más que una manifestación interna, cuando tengo tanto dolor que me arrancaría el ojo. Me revienta que diga tantas pavadas. No la aguanto más. Desde ya te aclaro que no pienso subir al Pajarillo”.
A la mañana siguiente, pidió que lo dejáramos solo y se fue hasta la guardia del hospital municipal, para ver qué tenía. Seguía muy dolorido.
La mujer me explicó que Alejandro iba a tener un cambio importante el subir a la montaña, y que por eso estaba tan mal. “Su ser interno sabe”, reiteró.
Ella reconocía que su padecimiento era real, pero la experiencia le indicaba que lo que nos sucede a nivel físico son mensajes que tenemos que aprender a tener en cuenta, dado que reflejan situaciones internas a resolver.
Unas horas más tarde, Alejandro apareció con el ojo vendado.
“Me hicieron un raspado, porque tenía una astilla clavada bajo el párpado” dijo con seriedad, mientras miró a la mujer que canalizaba como retrucando lo que le había dicho la tarde anterior, y se fue a descansar.
Recuerdo de un pasado tormentoso
Para aprovechar el hermoso día, fui con la mujer y un guía hasta el cerro El Colchiquí. Había algo que me atraía sobremanera de ese lugar y como había aprendido a seguir mis sensaciones internas quise llegar hasta la cima. Costó subir, pero a medida que ascendíamos el paisaje era cada vez más bello.
Metros antes de llegar hasta la parte más alta, me detuve sobre una ladera y comenté: “miren lo que sería caerse desde acá”. La mujer decidió que en ese lugar se quedaría descansando, así que con el guía subimos hasta el pico del cerro.
El 25 de mayo amaneció radiante. Nos preparamos bien temprano para salir. Instantes antes de subirnos a la camioneta, impulsado por una inquietante duda interna se me ocurrió preguntarle a la mujer: “¿decime la verdad, en otra vida me porté muy mal, no?”.
Su respuesta, acompañada por una fría mirada, confirmó mi intuición. “Sí, te portaste muy mal, pero mejor no te cuento”.
No podía cargar con tremenda inquietud, así que le pedí que me hiciera el favor de contarme. Tras asegurarse de que realmente quería saberlo, me explicó: “mientras subías el último tramo del cerro El Colchiquí, vi que en otra vida fuiste un soldado raso español, que corría por la montaña matando indios y violando mujeres. Y por querer someter a una joven india te caíste y moriste, junto con otros soldados, en el mismo despeñadero que ayer te causó tanta impresión”.
Era una revelación demasiado impactante. Sobre todo para recibirla a las ocho de la mañana.
Unos minutos más tarde, cuando nos dirigíamos al sitio donde por la noche teníamos que acampar, les dije que tenía que compartir algo con ellos.
Me costó hilvanar las primeras frases. Sentí pudor por lo que estaba punto de manifestar: “quiero decirles que aunque parezca una verdadera insensatez lo que me acaba de decir, hay tres cosas que hacen que tenga que dar crédito a sus palabras. La primera es que siempre sentí afinidad con España, al extremo que estuve a punto de irme a vivir a ese país. La segunda es que siempre le tuve pánico a las alturas; y según el reconocido psiquiatra estadounidense Brain Weiss, en uno de sus libros señala que las fobias están relacionas con maneras traumáticas de morir en vidas pasadas. Y la tercera y última, y esto es algo que nunca me animé a contarle a absolutamente a nadie, porque me parecía un disparate tremendo, internamente sentía que fui un violador”.
Luego de escuchar en silencio lo que les manifesté, la mujer agradeció mi sinceridad y se largó a llorar. “No saben lo difícil que es para mí dar crédito a lo que puedo ver, por eso las palabras de Julio me hacen llorar tanto, ya que confirman que las cosas que me muestran son ciertas. No crean que yo no dudo sobre lo que canalizo. Soy humana como ustedes”, acotó.
Para intentar cambiar el clima, empezaron las bromas y las cargadas. Esa era siempre la mejor manera que encontrábamos para salir de las situaciones emocionalmente comprometidas.
Al llegar al sitio donde vivía Miguel, nos enteramos que ese día era el cumpleaños del Padre Pío. Rezamos una oración todos juntos y le pedimos que nos protegiera mientras estuviésemos acampando en el cerro.
Fernando se sumó al grupo. Dejamos la camioneta estacionada y desde lo de Miguel salimos caminando con las mochilas. El Pajarillo quedaba justo frente a su casa. Nos esperaban dos largas horas de caminata a través de terreno sin demarcar y arbustos con espinas.
Al llegar a la cima, armamos la carpa. Buscamos leña para hacer fuego. Luego vino lo mejor. Nos sentamos a contemplar el majestuoso paisaje que nos rodeaba, sin ningún tipo de preocupaciones.
Gabriel, Alejandro, Fernando y yo, estábamos a punto de quedarnos dormidos al sol, cuando la mujer nos llamó para que nos juntásemos a rezar el rosario. Rezongamos un poco, pero accedimos. Nos sentamos, en forma de cruz, tal como lo había canalizado.
Estábamos por terminar el tercer misterio, cuando su voz se silenció por un instante, me miró fijamente y dijo: “Julio, frente a vos hay un jefe indio a caballo, que lleva el torso descubierto y tiene en su mano una lanza, con la que te está apuntando. Me dice si estás dispuesto a dar una prueba de tu arrepentimiento, por lo que le hiciste a su gente”.
Quedé mudo. No sabía qué decir. Por la mañana había reconocido que, de acuerdo con mis sensaciones más secretas, tal vez fuese cierto que en otra vida fui un soldado español. Pero de ahí a sentir culpa y tener que hacer algo para enmendar el supuesto error, había una distancia sideral. Así que dudé y seguí sin emitir sonido alguno.
“Julio –insistió, con vehemencia, la mujer-, te recuerdo que te está apuntando con una lanza y quiere que le respondas”.
Por más que no divisaba al aborigen, el tono grave de sus palabras hizo que le dijera que sí.
“Me dice que tenés que tallar, en madera, algo que manifieste tu arrepentimiento y colocarlo en el lugar desde donde caíste persiguiendo a su gente”, precisó.
Ni bien transmitió su mensaje, el indio se retiró y continuamos rezando. Una vez que completamos el rosario y nos pudimos distender, Alejandro mencionó que también lo había visto y confirmó que era tal cual la mujer lo describió. Sus palabras me estremecieron.
Cuando oscureció, el viento empezó a soplar muy fuerte y la temperatura estuvo por debajo de los cero grados. Tanto temblaba que aprendí a tomar mate a la fuerza. Necesitaba calentar mi cuerpo.
A medianoche volvimos a rezar el rosario. La canalización marcaba que lo debíamos hacer cuatro veces. Nos sentamos los cinco en el interior de la carpa.
Estábamos por concluir el segundo misterio. Repentinamente, el perro que nos había acompañado (el mismo que en la piedra lamió mi frente) empezó a torea intensamente. “No se alarmen –sostuvo Alejandro- se están presentando los espíritus de los indios, simplemente nos vienen a observar”.
Se escuchaban pasos a nuestro alrededor. El perro realmente ladraba como si estuviese viendo lo que pasaba. Cuando se serenó, terminamos de rezar.
Sabía que esa noche me resultaría difícil dormir. La única forma de sobrellevar el frío era sentarse lo más cerca posible del fogón, bien abrigado, sin abandonar el mate ni el té.
Cuando la mujer se fue a la carpa, para intentar descansar, los chicos me pidieron que les pasara agua para calentar. Estaba todo tan oscuro, que les di la primera botella que tuve al alcance de mi mano.
Permanecimos en vela durante toda la noche. Poder contemplar la salida del sol fue fantástico. Nos dio ánimo. Estábamos cansados. Aún nos faltaba rezar el último rosario.
Realizamos luego un pequeño ritual de agradecimiento, y la mujer nos pidió que le alcanzáramos la botellita de plástico, color verde, que contenía agua bendita de San Nicolás. Nos miramos entre los cuatro varones y comenzamos a reírnos sin parar. La mujer no entendía nada. Como pudimos, le explicamos que el agua que buscaba la habíamos usado en la madrugada, por error, para tomar mate.
Una vez que dejamos de reírnos y hacer bromas con que nos habíamos purificado, al beber agua bendita, nos sentamos sobre una piedra para rezar por última vez.
Mientras pronunciaba el Padre Nuestro, me llamó la atención la presencia de abejas y una mariposa blanca. De pronto la mujer anunció que estaba presente un arcángel, que al instante dio paso a la Virgen María.
Por su intermedio, la Virgen nos preguntó a cada uno si estábamos dispuestos a convertirnos en soldados de Cristo. A medida que mencionó nuestros nombres, aceptamos.
El cansancio, sumado a que no era muy partidario de andar rezando rosarios y que no veía nada de lo que mujer nos estaba diciendo, hacía que no tomara muy en serio sus palabras. También estaba molesto por tener que confiar en cosas que no podía ver, ni escuchar.
“La Virgen María se está retirando y ahora aparece bajo distintas advocaciones”, narró la mujer.
“Julio, la Virgen de San Nicolás está parada frente tuyo”. No terminó de decir la frase, cuando sentí que dos bolas de energía comenzaban a girar a toda velocidad sobre las palmas de mis manos”.
No lo podía creer. Miré mis manos y me las acerqué al rostro. No veía absolutamente nada, pero sentía que las esferas no paraban de girar. La sensación física, en relación con el peso, era como estar sosteniendo dos bolas de madera –como las que se tiran en el juego de bochas- que se movían a una velocidad impresionante. La experiencia duró cerca de quince segundos.
No recuerdo qué fue lo que me dijo la canalizadora. Sólo tengo presente cuánto me impactó lo sucedido, porque minutos antes estaba fastidiado por no ver, ni escuchar nada de lo que la mujer decía presenciar. Sin embargo pude sentir la energía de la Virgen. Una vez más dudé y nuevamente tuve una prueba contundente ante mi falta de fe.
Sé que la mujer siguió recibiendo mensajes para el resto, pero había quedado tan absorto con lo que me pasó que ni siquiera hice el esfuerzo por registrar nada más.
Ingreso a la ciudad intraterrena
Al finalizar el último rosario intentamos relajarnos. Mientras intercambiábamos nuestras experiencias, Alejandro comentó que no comprendía el sentido de la canalización y se quedó mirando el suelo. Como sabíamos que generalmente era de permanecer callado, continuamos hablando entre nosotros.
Su letargo se rompió con una revelación extraordinaria: “No puede ser –dijo exaltado- acabo de entrar. Entré, fue increíble”.
Ninguno de los cuatro entendía de qué estaba hablando, así que le pedimos que nos explicara qué era lo que le pasaba.
“Estaba mirando esa piedra de cinco puntas y de pronto sentí que la montaña me tragó. Pude ver una gran cúpula central, que estaba iluminada con algún tipo de energía que desconozco. La cúpula estaba atravesada por dos grandes diagonales, que parecían ser calles; las cuales marcaban, con exactitud, los cuatro puntos cardinales. También había cúpulas más pequeñas, que parecían casas. De golpe aparecí acá, con ustedes. Fue mágico”. Sus palabras estaban cargas de excitación y también de felicidad.
Para su tranquilidad, Fernando le explicó que acababa de entrar a la ciudad intraterrena llamada ERKS. “Lo que nos contás –puntualizó- es similar a varios de los relatos que escuché de algunas personas que estuvieron en Capilla del Monte”.
Gabriel, el otro lugareño que acampó con nosotros, también le aportó serenidad. Le indicó que no se preocupara. “No te aflijas porque no estuviste alucinando, es absolutamente real. Lo que pasa es que la gran mayoría de las personas no cree en su existencia”.
Mientras recapitulábamos lo ocurrido, nos dimos cuenta que estuvo en dos lugares al mismo tiempo. Su sensación fue que ingresó físicamente a la montaña, de manera vertiginosa. Sin embargo, nosotros lo vimos en todo momento parado a nuestro lado, mirando fijamente el suelo rocoso.
Antes de subir al Pajarillo, Alejandro no creía en las ciudades intraterrenas. “Es imposible que existan”, afirmaba. Su fenomenal vivencia, ratificada por los testimonios que posteriormente encontró en internet y en varios libros, hizo que modificara su punto de vista. Ya no era una cuestión de creer o no creer en que pudiesen existir, él sabía; y  cuando uno sabe las creencias se evaporan bajo el ardiente sol de la certeza.
Alrededor del mediodía consideramos que era hora de juntar la carpa y las mochilas, para empezar a descender del cerro. Lo vivido fue tan movilizante que, prácticamente, no hablamos durante el descenso. Además, el majestuoso paisaje invitaba a la introspección.
Al bajar esbocé una sonrisa. Rememoré lo que le había pasado a mi amigo en su ojo y las palabras de la mujer: “su ser interno sabe que algo está por suceder y se niega a verlo”. También asocié lo acontecido con el sueño lúcido.
Llegué al parador de Miguel demasiado agotado. Fui el primero en hablar con él. Sus palabras me cayeron como un baldazo de agua helada: “¿y, cómo les fue en el cerro, se encontraron con el indio?”.
“¿Cómo dijo?”, le cuestioné asombrado, creyendo que había escuchado mal.
“Pregunté si se encontraron con el indio que custodia estos cerros –aclaró-. Anda a caballo, tiene el torso descubierto y porta una lanza”.
Era muy fuerte escuchar sus palabras. Una cosa era haberlo vivido en la cima de El Pajarillo y suponer que podría tratarse de alguna especie de delirio colectivo. Otra, muy diferente, era caminar por más de dos horas para que alguien me preguntase, con cierto aire inocente, si había estado con el indio.
Ante mi insistencia por conocer más detalles, Miguel especificó: “al indio sólo lo vi una vez, pero siempre puedo sentir su presencia. No se trata de una persona física, sino que está en forma etérica”.
Terminé de escucharlo y me senté. Del susto, mis piernas comenzaron a debilitarse. Aquello que había vivido en la cima del cerro era verdad. No me quedaron dudas de que, por más que no tenía ni idea cómo hacerlo, ni bien pudiese me pondría a tallar algo que representara mi arrepentimiento por matar a los indios.
Al llegar la noche, me caía de sueño. Nos fuimos a descansar. Debíamos retornar a Olavarría al día siguiente y tenía que estar distendido para poder manejar.
Por la mañana, bien temprano, acomodamos nuestros bolsos en la parte trasera de la camioneta. Saludamos a todos con un fuerte abrazo y nos pusimos en marcha.
A las pocas cuadras, nos pusimos a intercambiar opiniones sobre lo vivido. Ese tipo de ejercicio mental nos daba la posibilidad de mirar lo sucedido en distintas perspectivas, nos ayudaba a captar detalles que se nos habían pasado por alto y, fundamentalmente, nos brindaba enseñanzas adicionales. De esa manera, la extensa distancia que teníamos que recorrer se nos hacía más entretenida.
La charla nos permitió acordar que teníamos la impresión de que las canalizaciones se estaban presentando como un nuevo sistema de enseñanza sincrónico, de carácter multidimensional, que requería nuestro máximo esfuerzo para su decodificación, asimilación y posterior puesta en práctica.
También pudimos encontrar la respuesta a por qué era necesario desplazarse. Comprendimos que, de no habernos movido físicamente, hubiese sido imposible que todo ese marco –es decir, el cerro, las personas, la ciudad de Capilla del Monte, la energía de las montañas, etc.- se moviese hasta donde residíamos nosotros.
“Movernos externamente, también ayuda a generar movimientos internos”, recalcó Alejandro, para cerrar ese punto de la charla.

Creímos que, tal vez, debíamos empezar a registrar, en forma escrita, las señales que fuesemos recibiendo, aunque inicialmente pudieran parecernos muy disparatadas. Porque luego terminaban convirtiéndose en piezas que encajaban y cobran sentido.

Mientras pensábamos e intercambiábamos sensaciones, estábamos serios. Al darnos cuenta que lo que nos sucedía superaba holgadamente los argumentos de la ciencia-ficción, comenzamos a reírnos.

Acordamos que, en el caso de que termináramos haciendo un film sobre lo vivido, la película se llamaría  “Locura Mística”. En medio de tanta risas, comentamos que, con todo lo que nos estaba tocando vivenciar, podríamos hacer una zaga, en donde películas como “El señor de los anillos” y “Harry Potters”  parecerían cuentos infantiles.
“Se me ocurrió una idea –le dije-, tendríamos que traer a los viajes una filmadora, de esa manera, cuando la película se edite, le podríamos entremezclar imágenes que le darían un realismo tremendo”.

Cansados de reírnos, dejamos los delirios de lado y nos quedamos en silencio por un buen trecho.

Como nos habían recomendado que tratáramos de mantenernos en oración, intentamos rezar un rosario. Nunca lo habíamos hecho solos. En medio de un padre nuestro, al mejor estilo de la mujer, hice una pausa y le dije muy serio: “me están diciendo que...”. Alejandro se sorprendió muchísimo, porque pensó que estaba canalizando en serio y lloramos de risa.

Había que recurrir al humor. Teníamos que distendernos. Todavía quedaba una tarea muy áspera, explicarle a nuestros familiares lo que había pasado, sin despertarles el deseo de internarnos en algún neuropsiquiátrico para toda la vida.

Antes de que llegáramos a Olavarría, Alejandro me manifestó que no hablaría a menos que le pregunten. “De todos modos no nos van a entender. Esto es creíble sólo para nosotros porque fuimos testigos de cada una de las cosas que pasaron y sabemos que fueron ciertas. Pero si lo contamos nos van a empezar a mirar mal, porque esto rompe con lo establecido y la gente lo único que quiere es seguiridad. No pretenden que le cambien la manera que tienen de entender la realidad. Eso los desequilibra y les produce miedo”.

Sus palabras estaban en lo cierto. Me di cuenta tarde. No pude con mi genio e intenté contarle a cuanta persona se me cruzó lo que nos había pasado. Sentía que tenía que compartir lo que sabía. No me lo podía guardar. Creí que los demás tenían derecho a conocer. Pero esa era sólo mi creencia. Comprobé que, generalmente, las personas tienen pavor de enfrentar lo desconocido y para proteger sus opiniones desacreditan la de los demás.

Faltaba poco más de una semana para afrontar una nueva canalización y tenía el ánimo por el suelo. Estaba confundido y asustado. Sabía que someterme a otra nueva experiencia, en tan corto tiempo, podía resultar aún más desestabilizante. Además estaría solo. Serían siete días en un monasterio, sin saber para qué.

Internamente era un caos. Por más que quería largar todo y ponerme a hacer cosas comunes y terrenales que me enraizaran, no podía. Tenía que seguir. Quería averiguar por qué se estaba desplegando frente a mis ojos esta nueva realidad. Además, la señal que en su momento pedí para ver si tenía que ir con los monjes fue tan clara, tan contundente, que no podía hacerme el desentendido.

Buena parte de mi confusión radicaba en mi incapacidad por establecer una conexión lógica entre las vivencias. Situar a la Virgen, los espíritus de los indios y los seres de la ciudad intraterrena en un mismo plano, parecía un auténtico cambalache. Una película mal editada. Tenía que existir un error.

Me tranquilizaba el simple hecho de pensar que podría hablar con algún monje. Seguramente, alguno de ellos podría ayudarme a clarificar la situación. Mi único consuelo era saber que, aunque los demás pudiesen mirarme con desconfianza, siempre fui honesto conmigo mismo.

Analizar cada situación desde los más diversos ángulos y someterlas a juicio crítico, sin piedad, me garantizaba poner siempre lo máximo de mí para no engañarme. Quería saber la verdad. No estaba interesado en comprar espejitos de colores.

El monasterio, un lugar lleno de sorpresas

A través de la experiencia acumulada en los viajes, sabía que mantenerme en una clara actitud de apertura ayudaba a que los acontecimientos se presentaran de manera sincrónica. Así fue que, aunque no supiese por qué tenía que ir, el día 8 de junio –cerca de las cuatro de la tarde- me presenté en el Monasterio Trapense de Azul, dispuesto a seguir aprendiendo.

El sitio era hermoso. Lleno de plantas. Mucho verde. Limpio. Con sierras que le daban un sobrio aspecto montañés. El silencio tenía vida propia. Todo era calma y tranquilidad. Justo lo que necesitaba.

El monje que me recibió, me explicó algunas reglas básicas con respecto al hospedaje. También me facilitó un folleto con los horarios, en donde se destacaba que la Orden de los Cistercienses de la Estricta Observancia –comúnmente conocidos como Trapenses- se caracterizaba por llevar una vida ascética y contemplativa.

Me asignaron una habitación individual, con baño propio.

Lo primero que hice fue dejar la valija y dirigirme hasta a la iglesia, que estaba situada a menos de treinta metros de donde pasaría los siete días que me permitirían cumplir con el mensaje que Aguila Blanca me transmitió.

En medio de tamaño silencio, los sonidos se agigantaban. Entré con sumo cuidado. Caminé despacio. Muy lentamente. Me incliné junto al primer banco. Un impetuoso vitreaux, con la imagen de la Virgen María, sosteniendo al niño Jesús en sus brazos, daba color y calidez a la austeridad del templo. Con la mirada clavada en la imagen, comencé a rezar.

Al salir de la iglesia vi que llegaron otras personas con el propósito de hospedarse. Se trataba de dos matrimonios y tres muchachos solteros, de 19, 20 y 35 años.

El hospedaje estaba dividido en dos claras secciones, de manera que las parejas estuviesen agrupadas por un lado y los solteros por el otro. A la hora de la cena fue el momento de las presentaciones formales. Ahí supe que uno de los jóvenes estaba haciendo un retiro por segunda vez.

Su vida sí que fue agitada. Consumió todo tipo de drogas y llegó a beber tres litros de vodka diarios, que lo llevaron a quedar en coma profundo una semana. Cuando salió quiso ser monje. Uno de los trapenses lo ayudó a reconocer que no estaba en el lugar indicado. Tomó conciencia de su enfermedad. Se internó en una granja para recuperación, durante un año. Se sobrepuso a las dos adicciones. Estudió, se recibió y comenzó a ayudar a otros, para que pudieran salir del mismo infierno en donde estuvo prisionero.

Escuchar su testimonio me hizo recordar que, a veces, creemos que lo que nos sucede a nosotros es lo peor del mundo, pero cuando miramos a nuestro alrededor comprendemos que podríamos estar mucho peor y que lo nuestro no es tan grave, ni catastrófico, como nos parecía inicialmente.
Saludé y me fui a descansar. Me había propuesto realizar el mismo ritual que los monjes. Puse el despertador a las tres y cuarto de la mañana. Eso me daba un margen de quince minutos para lavarme la cara, cambiarme e ir a rezar. A las tres y media comenzaba lo que los monjes denominaban vigilias.

Como no me gusta dormir a oscuras, corrí las cortinas de la pieza. Sin querer, ví que en el horizonte había luces extrañas que se movían. Decidí no darle importancia. Podía que hubiese caminos de tierra y no fuesen más que luces de autos o tractores.

Cuando sonó la alarma del reloj, sentí como si no hubiese dormido nada. Me levanté sin pensarlo demasiado. Hacía frío. Me abrigué. Busqué el rosario y salí.

Era de noche. Parecía que nadie estaba levantado. La iglesia permanecía en penumbras. Cuando entré, vi siluetas blancas. Me costó darme cuenta que se trataba de las túnicas de algunos de los monjes, que estaban rezando de rodillas. Las luces se encendieron y fuertes campanadas anunciaron el comienzo de una nueva jornada.

No tenía la menor idea de qué era lo que harían. Me dieron unas hojas y empezaron a cantar, acompañados por un órgano de fondo. Sus voces me estremecieron. Valió la pena madrugar.

El paso del tiempo hace que ya no tenga muy en claro los horarios. Pero si mal no recuerdo, a eso de las cinco o seis de la mañana, iba a una sala pequeña, dentro de la misma iglesia, a rezar el rosario con un monje anciano que medía cerca de dos metros. Luego había misa.

Posteriormente, a las diez de la mañana y luego a las catorce, a las dieciocho y a las diecinueve y treinta horas, se realizaban oraciones y cánticos, que tenían diferentes nombres, tales como tercia, sexta, nona y completas. Nunca había pasado tanto tiempo dentro de una iglesia.

Me gustaba lo que me tocaba vivir. Lo disfrutaba. Seguir al pié de la letra el ritual de los trapenses me permitió darme cuenta de cuánto respeto y devoción tenían por el Espíritu Santo, figura de la Trinidad a la que nunca había prestado demasiada atención. Su sola mención les llevaba a inclinarse de manera reverencial.

Envuelto por el fervor religioso que infundían los monjes, le pedí en mis oraciones al Espíritu Santo que me ayudara a discernir con claridad. Rogué, también, que si todo lo que había vivido hasta ese momento conspiraba contra mi crecimiento espiritual, apartase esa realidad de mi vida para siempre.

Nunca me gustó demasiado rezar. Prefería, de tanto en tanto, entrar a las iglesias cuando estaban vacías y charlar, a mi modo, con Dios. Pero estaba atravesando un momento crítico y notaba que el rezo me permitía serenarme.

Esa noche nuevamente vi las luces en dirección a las sierras y le pedí a uno de los chicos que me acompañara al parque a mirar. No vimos nada.

Cada día que pasaba quería hablar con el monje que estaba asignado a nuestra área, para contarle lo que me sucedía. Pero siempre estaba ocupado. Reconozco que me renegué bastante. Sentí que sería imposible lograrlo.

Cuando por fin pude que me atendiese, no sentí que fuera la persona indicada para tocar el tema, así que sólo me confesé. Me vino bien. Llevaba más de quince años sin hacerlo, porque me costaba entender por qué tenía que decirle a un hombre lo que Dios ya sabía.

Pasaron los cuatro primeros días de la canalización sin que sucediera nada extraño. Se fueron todos los visitantes. Debería haberme ido, porque a los laicos sólo se les permitía estar cuatro días, pero, como tenía un permiso especial, me quedé.

El monje de la túnica marrón

Esa noche llegó al monasterio un monje, portando una túnica marrón. Le asignaron la habitación que daba frente a la mía. Me pareció un hombre muy serio, de poco hablar. No me preocupó demasiado. De todos modos, a esa altura no tenía intención alguna de conocer a nadie más. Estaba desilusionado. El lugar me agradaba, pero no había pasado nada que pudiese suponer que se relacionara con la canalización.

 A la mañana siguiente, decidí salir a caminar. Antes de hacerlo, pasé por la cocina a tomar agua y me encontré con el monje de la túnica marrón.

Sin proponérmelo, nos pusimos a hablar. Me contó que no venía a cambiarse de orden, sino que era un monje carmelita, que sólo fue a hacer un retiro espiritual. Mi corazón casi estalló cuando expresó: “además soy licenciado en Física”.

No lo pude creer. Físico y religioso. Por fin la canalización cobraba sentido. Era el hombre ideal para sacarme de la gigantesca confusión en que estaba sumido.

Me habló sobre cómo las distintas disciplinas se estaban juntando para dejar de lado sus compartimentos estancos y trabajar de manera sincronizada, potenciando sus saberes para ayudar al hombre a evolucionar.

La temática de la conversación llevó a que le mostrara el proyecto del parque temático. Había llevado la carpeta basándome en la intuición, aunque recuerdo que antes de guardarla en la valija pensé que no había motivo alguno para llevarla. Una vez más, había dado en la tecla al dejarme guiar por mi voz interior.

El monje escuchó la propuesta y la calificó como muy razonable y necesaria para la apertura de conciencia. Intuí, entonces, que era el momento justo para sincerarme. Aparté el trabajo y le dije: “en realidad no te quería hablar sobre el proyecto, me están pasando una serie de cosas que tal vez sólo una persona como vos, con una formación físico-religiosa, pueda aclararme”.

Fiel a mi estilo cuando estoy nervioso, le dije todo de un saque. Le conté lo de las canalizaciones, lo de la Virgen, los seres de otras dimensiones, etc. Escuchó atentamente. De tanto en tanto se acomodaba los anteojos.

Cuando terminé de largar todo lo que me asfixiaba, me dijo con vos serena y pausada, mientras elegía sus palabras con cautela: “te voy a responder de manera separada”.

“Si bien lo que me contás es una realidad con la que no he tenido contacto, desde el punto de vista de la física cuántica no es descabellado suponer que algo así pueda existir, porque hay millones y millones de galaxias como la nuestra, y puede haber otras formas de vida. Además –agregó- hoy la ciencia reconoce como válidas teorías tales como la de las Súper Cuerdas, en donde hay dimensiones que parecerían ilógicas a nuestros sentidos”.

“Por otro lado –añadió-, si vos me decís que esos seres reconocen que están más evolucionados que nosotros, pero que en su esquema de jerarquía la Virgen María y Jesús son seres superiores a ellos, no habría grandes conflictos”.

El monje continuó dándome explicaciones que no hacían más que dejar las cosas como estaban. La única recomendación que me hizo fue: “tené cuidado con la mujer que canaliza, uno nunca sabe con quién se mete”.

Ese día hablamos mucho. Incluso en la cena. Le pedí disculpas por mi abuso de confianza. Prometí que no lo molestaría más y me fui a la habitación.

Luces que provocan miedo

Era de noche. Cerré la puerta de mi pieza y fui derecho hacia la ventana. Como las luces que había visto las noches anteriores me inquietaban, no aguanté más y tomé el toro por las astas. “Si lo que ustedes querían eran que yo viniese al monasterio para hablar con el monje, que se encienda una luz allá” indiqué con vehemencia, señalando el horizonte.

Grande fue mi sorpresa e indescriptible mi susto, cuando en la dirección que señalé se encendió una luz roja, en forma de bola de fuego, que en cuestión de segundos desapareció.

“No, no, no –balbuceé- esa no es una señal. Fue sólo casualidad. A ver... que se encienda una luz allá”, dije de nuevo, e indiqué un punto más cercano que el anterior. En el sitio exacto en donde apunté con el dedo, nuevamente se encendió la misma luz.

Traté de serenarme. Sentí que si no lo hacía me volvería loco. Me alejé de la ventana. Abrí la valija y saqué mi reproductor de mp3. Tenía música de relajación. Me recosté con los brazos sobre la nunca, mirando el techo.

Mientras respiraba profundo repetía: “esto no es más que una creación de mi mente, tranquilo”. No terminé de decir la frase, cuando en la pared que daba junto a mi cama se encendió un potente círculo de luz, de un metro de diámetro. Fue como si alguien estuviese parado en la ventana y encendiera y apagara un reflector.

Sentí pánico. “Si son ustedes háganlo de nuevo”, dije, como desacreditando lo sucedido. Vi otra vez, sobre la pared, la misma explosión de luz.

Salté de la cama. Encendí el velador. Y me vestí de un saque. El miedo hizo que me aferrara a los dos rosarios que había comprando en el monasterio para regalar. Con cautela, miré hacia afuera. No se veía nada extraño. Tampoco había nadie. Sólo oscuridad. Los días anteriores había comprobado que no había caminos que pasaran por ahí. Fue la primera vez que tuve tanto miedo.

A las dos de la mañana, me caía de sueño. Faltaba una hora y media para ir a rezar. Me senté en la cama y quedé dormido.

El sonido del despertador me volvió a la realidad. Seguía estando completamente de noche. Decidí que el temor no me doblegaría. Me cubrí con la bufanda y fui a la iglesia.

Los treinta metros que tenía que recorrer hasta llegar a la iglesia se me hicieron eternos. Caminé rápido, mirando hacia abajo. Al llegar al templo, suspiré aliviado.

Cuando la ceremonia terminó y salí, vi que en el último banco estaba sentado el monje carmelita. Eso indicaba que en la casa de huéspedes no había nadie, porque estábamos sólo nosotros dos. Así que, aunque el frío me cortaba la cara, me quedé parado en la puerta de la iglesia.

Minutos después, el monje pasó a mi lado sin decir palabra alguna y se dirigió a donde nos hospedábamos. Recién entonces, decidí volver a mi habitación, pero como tenía muchísimo frío fui primero a prepararme un té.

“¿Estabas tomando fresco?”, me preguntó sonriendo el monje, que también fue a la cocina pero en busca de mate.

“Mirá, soy demasiado grande para decir mentiras”, le dije con absoluta franqueza. Le expliqué lo que me pasó. Cuando finalicé, le prometí por última vez que no lo molestaría más.

El día transcurrió apaciblemente hasta la tarde, momento en que tomé conciencia de que ése era el día número siete de la canalización. Número al que, según Aguila Blanca, debía prestarle atención.

Me sentía intranquilo. Caminé y permanecí en silencio, debajo de los árboles, tratando de serenarme. La procesión iba por dentro.

Ni bien terminé de cenar, fui hacia la habitación. Sentí que los latidos de mi corazón se aceleraban. La oscuridad reavivó el recuerdo de las vivencias de la noche anterior.

Supe que algo tenía que hacer, de lo contrario nuevamente no podría dormir. Estaba harto de tanta tensión. Tenía que liberarla.

Me paré frente a la ventana de mi pieza y mirando las sierras dije: “basta de pavadas, quiero una prueba contundente. Que aparezca una luz allá, si realmente ustedes existen”. Casualidad o no, una luz que cambiaba de colores surgió en el lugar exacto en donde señalé.

“No, esa luz está muy lejos –recriminé-, quiero que avance hasta acá”. No estaba dispuesto a dar por cierto que existían extraterrestres por una luz que había aparecido tan lejos.

No pude creer lo que sucedía. Contuve la respiración. La luz empezó a avanzar en dirección a mi posición. Atravesó los campos en una fracción de segundos. Se hizo gigante. Creí que se incrustaría en la pieza. Cerré los ojos y evité gritar, tapándome la boca.

Sentí como si me hubiese parado en medio de una ruta oscura, en el momento exacto en que pasaba un camión. Abrí los ojos y la luz desapareció. Lo que no pudo desaparecer, por largos días, fue el temblor que recorría mi espalda cada vez que recordaba el hecho.

La única persona que estaba en el hospedaje era el monje carmelita, y le había prometido que no lo volvería a molestar. No me quedó otra opción que buscar protección en el rezo y esperar que amaneciera. No tuve que hacer esfuerzo alguno para permanecer despierto.

Comprender las razones del encuentro

Al día siguiente retorné a Olavarría. Una canalización más había llegado a su fin. Era tiempo de comenzar a analizar, meticulosamente, la manera en que se habían desencadenado los acontecimientos. Sabía que mirar en retrospectiva, mientras todavía los detalles continuaban frescos, aportaba nuevas enseñanzas.

Una vez que logré establecer algunas de las posibles razones por las que la canalización me condujo al monasterio, decidí dar curso a mi intuición y le mandé un mail al monje carmelita. Me guiaba el sano propósito de intentar ayudarlo a que comprendiera que no fue casual nuestro encuentro.

Al escribirle, hice hincapié en que por una cuestión de estilos de vida, actividades profesionales y lugar geográfico de residencia, era prácticamente imposible que nuestros caminos se cruzaran. Y que de haberme quedado sólo los cuatro días que le correspondían a los laicos, no hubiese tenido forma alguna de conocerlo, ya que él fue al monasterio a partir de mi quinto día de estadía.

Remarqué, además, que si bien el proyecto –que había llevado siguiendo mi voz interior- me sirvió para presentarme como una persona cuerda y socialmente responsable, su verdadera función tal vez era demostrarle que, a veces, hasta lo que surge de manera insólita puede ayudar a generar conciencia, si uno es capaz de trascender sus prejuicios y abrir su corazón,

Le expliqué que después de esa tarde en que estuvimos hablamos, por largo tiempo, sentí que tenía que escribirle, pero consideré que aún no era el momento. De todos modos, para recibir alguna señal, me encomendé al Espíritu Santo, cerré los ojos y abrí un libro que pertenecía a la biblioteca del monasterio, llamado “El Don del Espíritu Santo” (de Miguel Ortega Riquelme). El texto, en donde al azar puse mi dedo, decía: “ven, Espíritu de Dios para darnos el coraje de anunciar lo que hemos visto y oído. Ayúdanos a proclamar noticias de Salvación a los hombres de este tiempo. No tomes en cuenta nuestra debilidad y fortalece nuestra entrega. ¡Ven, Espíritu de Dios! Amén” (página 117)”.

Como soy de poca fe, tomé el otro libro que estaba leyendo e hice lo mismo. Cerré nuevamente los ojos. Abrí al azar y leí donde coloqué el dedo. Decía: “la vida está llena de sorpresas” (el libro se llamaba “Los 5 minutos de Dios”, página 352, y era también del monasterio).

Otro de los puntos de la carta fue que, tal vez, habernos cruzado no fue más que una forma de que se acercara a otro tipo de realidades. Le di el ejemplo de que si lograba vencer su desconfianza y leía algún libro que hablase sobre los tipos de energía que utilizan las naves, por su formación física, él sabría si realmente eso era posible o no, e incluso le podría servir para encaminar sus propias investigaciones.

También le dije que “de ser cierto que los seres de las ciudades intraterrenas responden a un mismo esquema, en donde la Virgen María y Jesús están presentes, serán las personas religiosas como vos, formadas en campos de la ciencia, las encargadas de establecer el nexo para que los laicos no entren en shock cuando los encuentros se produzcan”.

Antes de finalizar, le puse: “me dijiste que, tal vez, esté influenciado porque leí sobre estos temas y eso, quizás, me hacía ver lo que yo quería ver. Pero si fuese así de simple, aplicando tu misma línea de razonamiento, las personas como vos, que entregan su vida a Dios, deberían poder ver y hablar con los ángeles, la Virgen, Jesús, y tener estigmas”.

“Sólo vos sabrás, con el paso del tiempo, lo que representó que nuestros caminos se hayan cruzado en este momento”, sostuve por último.

Cuando terminé de escribirle, noté que el mail era extenso. Se lo envié igual. Al hacerlo, sentí que mi parte estaba cumplida.

El monje me respondió de manera breve. En uno de los párrafos, que más recuerdo, destacó: “no considero que estés loco, pero sí podría decirse que sos un raro mental”.

Las particulares situaciones que me tocaron atravesar, tanto en Capilla del Monte como en Necochea y en el Monasterio Trapense, daban sustento a una nueva realidad. Mi universo se había amplificado. Por más que la mayoría de las personas pudiese negarlo, no me importaba. El oído no puede ver los colores, pero eso no significa que los colores no existan.

Consideré que, quizás, buena parte de la sociedad no tomaba contacto con esas experiencias, simplemente porque bloqueaba su inteligencia espiritual y silenciaba la voz de su corazón.

A medida que daba nuevos pasos, fui aprendiendo a tratar de no juzgar. No podía pretender que otros me creyeran cuando, a pesar de ser testigo directo de los hechos, yo mismo ponía las experiencias vividas en tela de juicio. También fui reconociendo que existen múltiples niveles de conciencia y que no se pueden forzar los procesos evolutivos. Todo a su tiempo.

Supuestamente lo que estaba haciendo era con el propósito de evolucionar, para poder mejorar como persona y elevar mi vibración. Sin embargo, estaba hundido en un auténtico desconcierto. Me sentía incomprendido, confundido y con muchísima ansiedad. Los resultados eran desalentadores. Suponía que el camino espiritual sería más armónico y llevadero, sin tantas complicaciones, ni dolores de cabeza.

No podía entender que la búsqueda me condujese a situaciones tan incómodas y extravagantes. Quería permanecer centrado y me la pasaba discutiendo, porque no lograba que me comprendan. Además, me sentía bastante contrariado, por desoír los consejos de mi familia, basados en argumentos lógicos.

Lo más incomprensible de toda esta situación, era que tampoco tenía la certeza de que estuviese haciendo lo correcto. Sentía como si caminase sobre una cuerda floja. Necesitaba, imperiosamente, mantener el equilibrio. También necesitaba tener fe en que mis actos eran guiados por mi sabiduría interior.

Estaba ante un modo diferente de aprendizaje y debía comenzar a familiarizarme con sus reglas: respetar la intuición, estar atento a las sincronicidades, pensar con la guía del corazón, superar los miedos y mantenerse centrado.

Calendario de las canalizaciones

Mientras permanecí en el monasterio, Alejandro viajó a la ciudad de La Plata a visitar a su hija y estuvo reunido con la mujer que canalizaba.

Cuando nos reencontramos me dijo: “no lo vas a poder creer, tenemos la agenda completa. Revisá el correo electrónico que la mujer te mandó un mensaje”.

Me quedé con la boca abierta. El mail detallaba que, de acuerdo a lo que había canalizado, en agosto debíamos ir a un convento en Fortín Mercedes (provincia de Buenos Aires), en septiembre a Lago Puelo (provincia de Chubut), en octubre nuevamente a Capilla del Monte (provincia de Córdoba) y a la comunidad de Figueira (estado de Mina Gerais, Brasil), y en diciembre a la laguna Los Horcones (provincia de Mendoza). Hasta fin de año teníamos el calendario repleto de viajes.

Cuando terminé de leer, recordé que le había dicho a Alejandro que intuía que ése sería un año de vivencias. Lo que no me imaginaba era que todo sucedería prácticamente sin pausas y que fuese tan movilizador, tanto por fuera como por dentro.

Esta nueva canalización, que la mujer nos envió a través del correo electrónico, nos demandó largas corridas por el parque para dilucidar qué hacer. Llegar hasta esa instancia nos había resultado difícil. El camino, sin embargo, se presentaba aun más empinado.

Para colmo de males, por intermedio de un familiar me había enterado que en la casa de Alejandro pensaban que lo había metido en alguna secta o algo por el estilo, porque se la pasaba rezando y tenía un rosario, cuando siempre se había caracterizado por estar alejado de cualquier tipo de manifestación religiosa.

Le rogué que hablara con sus padres y les comentara qué era lo que realmente estaba haciendo, pero él, fiel a su personalidad enigmática, prefería permanecer callado hasta que ellos tomaran la iniciativa de preguntarle.

Las perspectivas no eran para nada auspiciosas, dado que tantos viajes por realizar ya nos garantizaban, de movida, un sinnúmero de problemas familiares. El único consuelo que teníamos era que, entre nosotros, podíamos conversar sobre lo que estábamos viviendo, con absoluta libertad. Eso nos ayudaba a sobrellevar, con mayor facilidad, situaciones que por momentos resultaban desbordantes.

Estábamos ante una encrucijada. Por un lado pensábamos abandonar todo lo relacionado con las canalizaciones, porque nos parecía una verdadera insensatez. Por el otro, las vivencias nos estimulaban a continuar, porque tras la fachada incoherente de los mensajes que recibía la mujer, parecía existir, de manera soterrada, un orden superior que guiaba los acontecimientos.

Alejandro me miró extrañado cuando le aseguré que, pese a todas las dificultades, seguiría hasta cumplir con la última canalización. Basé mi decisión en que debía respetar la corazonada que tuve a principio de año, que me marcó un período de profundas vivencias.

Le precisé, además, que continuaría porque habíamos podido comprobar que cada canalización representó un nuevo reto que nos dejó enseñanzas muy valiosas, por su poder de transformación. Y que, tal vez, si llegábamos hasta el último viaje, una nueva dimensión del juego de la vida se desplegaría ante nuestros ojos.

Un acontecimiento revelador para Alejandro

Cuando nos quisimos dar cuenta estábamos subidos nuevamente a la camioneta, junto con la mujer que canalizaba. Nos dirigimos rumbo al sur de la provincia de Buenos Aires, a Fortín Mercedes. Lugar donde descansan los restos del indio Ceferino Namuncurá.

Fortín Mercedes queda sobre la ruta nacional número tres, en las inmediaciones del puente sobre el río Colorado, a ochocientos kilómetros de Capital Federal.

Recuerdo que cuando nos fuimos a descansar al hotel, no podíamos entender qué hacíamos en un lugar religioso, rodeado por monjas y haciendo ayuno, cuando era sábado por la noche y podríamos estar en algún lugar divirtiéndonos. “Esto sí que no nos lo creería nadie, encima ni siquiera sabemos para qué vinimos”, remarcó mi amigo, mientras jugueteaba con la soga de una cortina.

Dos fueron los acontecimientos más salientes de ese viaje y lo tuvieron como protagonista a Alejandro.

El primer hecho sucedió cuando fue a comprar una estampita a una santería, porque pretendía decirnos cómo se llamaba la virgen que se le presentaba cuando rezaba el rosario en Fortín Mercedes y también quería mostrarnos su imagen.

Al dar vuelta la estampita para ver cuál era el nombre, no lo pudo creer. La presencia que veía era la de Nuestra Señora de la Merced. Virgen cuya imagen fue robada de la iglesia jesuítica de Villa Giardino (Córdoba), y que tendríamos que tratar de encontrar en octubre, tras peregrinar por los cerros durante tres días.

Hasta antes de que sucediera dicho episodio, tan particular, Alejandro siempre insistía en que  no creía en lo que veía, porque podían ser cosas que sólo fuesen producto de su imaginación. Pero en este caso, no tuvo más remedio que aceptar la evidencia: “nunca la había visto con ese tipo de vestimenta –aseguró-, así que no pude ser capaz de inventármela, por eso me impactó cuando ví el nombre en la estampita y comprobé que se trataba de la virgen robada”.

El segundo hecho fue cuando la mujer le reveló, mediante una canalización, que la presión que sentía en su pecho era porque su corazón estaba rodeado por espinas. Luego vivenció, junto al río Colorado, una operación etérica que lo ayudó a sanar.

“No creas en lo que digo que veo, son todas pavadas, cosas que yo mismo invento” me decía a cada rato, como para desacreditar lo que me contaba.

Le contesté que era intrascendente si lo que veía era real o ficticio. “Lo que importa es en qué lugar nos deja parado aquello que experimentamos. Si contribuye a transformarnos en mejores seres humanos, no tiene relevancia discutir sobre su veracidad”.

Cuando regresé de ese viaje, tomé conciencia de que me quedaban poco más de treinta días para tallar en madera lo que el indio me pidió, como prueba de mi arrepentimiento. Me puse a buscar los materiales que necesitaba. Compré un pedazo de tronco, herramientas para cincelar y pinturas acrílicas para poder ornamentarlo.

No tuve mejor idea que empezar a trabajar la madera en el departamento donde vivía. Mi esposa no tenía consuelo. Desde su óptica, mis comportamientos eran incomprensibles. Yo, sin embargo, quería cumplir mi promesa. Lo del indio estaba en consonancia con mis sensaciones internas más íntimas y eso me impulsó a tallar.

A poco de dar el primer martillazo, noté que la tarea me superaba. El tronco era tan duro que las herramientas se rompieron. Su dureza me recordaba a la coraza interna que me impedía llorar.

Le puse esmero y dedicación a la tarea. Cada día avancé un poco. Con cuidado y paciencia lo pinté. Le puse una placa recordatoria que decía “en homenaje a los indios Comechingones” y lo cubrí con barniz para que durara a la intemperie. No tuve en cuenta un detalle, el peso. Me olvidé que tendría que subirlo a pié, hasta la cima del cerro El Colchiquí. Pesaba más de trece kilos.

Entre las corridas por el parque, tallar la madera y refaccionar una quinta que acababa de comprar, los días se me pasaban volando. VOLVER

Tercera parte de la búsqueda