Julio Andrés Pagano

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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Balance parcial sobre los viajes

Por más que con Alejandro intentábamos abstraernos de lo que estábamos viviendo, no podíamos. Lo que nos estaba pasando era tan fuerte que cada vez que nos juntábamos no hacíamos otra cosa que hablar de los viajes y de cómo las enseñanzas estaban afectando nuestro presente.

Habían transcurrido siete meses desde el día en que conocimos a la mujer. Era un tiempo más que prudencial como para hacer un balance parcial y reconocer cuáles eran los pro y los contra de las canalizaciones, así como del vínculo generado.

Estuvimos de acuerdo en que la aparición de la mujer en nuestras vidas aceleró nuestro proceso de aprendizaje vivencial. Por medio de lo experimentado en los viajes pudimos tener más confianza en nosotros, porque aprendimos a darnos el permiso interno de respetar nuestro sentir, y eso nos ayudó a superar entornos adversos.

Los viajes también nos abrieron las puertas a realidades impensadas. Nos permitieron conocer a muchísimas personas que están trabajando para que la humanidad despierte a la luz, y nos ayudaron a que fuesemos coherentes con nuestro pensar, sentir y obrar.

Pese a que había muchos asuntos que nos disgustaban, caímos en la cuenta de que como todo enseña, las situaciones que podríamos haber caratulado como negativas eran las más aleccionadoras. Nos revelaban qué cosas no tendríamos que hacer o qué deberíamos emprender de manera distinta, para no cometer los mismos errores.

En un principio, discutíamos sobre si la mujer era para nosotros una maestra. Los viajes nos demostraron que eso carecía de importancia. En realidad, todos somos maestros y alumnos, que intercambiamos roles, a medida que las circunstancias van variando.

La mayor dificultad radicaba en reconocer como válido aquello que se nos informaba por intermedio de la mujer. Sabíamos que su personalidad podía interferir y que existía la posibilidad de que interpretara lo que recibía. Nuestro temor era que nos terminara comunicando lo que ella creía que le estaban diciendo, en vez de lo que verdaderamente le transmitían.

En ese sentido, Alejandro corría con ventaja porque muchas de las situaciones las podía visualizar. La única diferencia era que a él le costaba convalidar lo que percibía y generalmente lo descalificaba, atribuyéndoselo a creaciones de su “frondosa imaginación”.

En el marco de las canalizaciones, lo más duro de aceptar eran las visiones catastróficas que planteaba la mujer: grandes inundaciones, terremotos, huracanes y demás desastres climáticos que arrasarían con buena parte de la humanidad.

Estas percepciones eran coincidentes con centenares de mensajes publicados en internet. En donde diferentes videntes y personas con habilidades extrasensoriales señalan que los traumáticos fenómenos que se están produciendo, a escala global, responderían a un cambio vibracional del planeta.

Al analizar este último punto, que generalmente prefería saltear porque me costaba admitir que pudiese ser cierto, mi posición era que por más que las visiones fuesen correctas, eso no significaba que realmente fuesen a suceder, dado que las profecías son transmitidas para que no se cumplan.

Sostenía mi razonamiento argumentando que es como cuando un padre amenaza a su hijo con que le va a pegar. Obviamente, el mensaje tiene que ser transmitido con el mayor realismo posible, de lo contrario no tendría efecto.

Cuando escuché mis palabras, caí en la cuenta de que una vez que al padre se le agota la paciencia y se enoja porque no consigue que su hijo entre en razones, a veces, no le queda otra alternativa que actuar con mano dura.

No me hizo mucha gracia darme cuenta de esa realidad. Era inquietante escuchar que la mujer nos dijese frases tales como “este lugar quedará totalmente tapado por las aguas” o “veo que este sitio será destruido y habrá mucho dolor y sufrimiento”.

Tras el balance, decidimos que ya habíamos recorrido un largo trecho y no podíamos quedarnos a mitad del camino. Nos movía la curiosidad, las sincronicidades que se fueron plasmando, las manifestaciones personales que tuvimos y nuestro espíritu de aventura. Decidimos seguir.

El Lago Puelo y mi imposibilidad de percibir

En septiembre, los tres nos pusimos nuevamente al servicio de una nueva canalización. Esta vez, el lugar señalado fue el Lago Puelo. Situado al noroeste de la provincia de Chubut. Distante quince kilómetros de la ciudad de El Bolsón..

Una vez allí, nos dirigimos en la embarcación “Juana de Arco” al punto exacto del lago en donde hacía dos años, alrededor de trescientas personas de distintas partes del mundo se reunieron para activar un diamante etérico, que cumpliría funciones de limpieza planetaria.
El capitán del barco detuvo la marcha justo en el sitio en donde, supuestamente, estaba el diamante. La mujer encendió velas y sahumerios. Se puso a rezar y en medio de las oraciones narró lo que sucedía.

Como no podía ver ni sentir nada, escuchaba lo que decía la mujer como quien presencia el relato de un cuento fantástico. Por medio de un lápiz, la mujer dibujó en un cuaderno cómo eran los seres de otras dimensiones que se estaban comunicando con ella.

Por lo único que podía dar crédito a sus palabras era que Alejandro también veía lo mismo e incluso, a veces, hacía comentarios que complementaban los dichos de la mujer.

Por más que trataba de ocultarlo, me estaba cansando de escuchar y ver a  través de otros. Por si eso fuese poco, esa noche, cuando estábamos durmiendo en la habitación, Alejandro me dijo: “al lado de tu cama hay una señora que te está mirando con mucho amor y quiere entregarte un ramo de flores”.

Tengo presente que al día siguiente les planteé que me molestaba que no entendieran mis cuestionamientos, en relación con lo que ellos veían. “Es como si a ustedes dos los llevara de viaje con los ojos, los oídos y las manos tapadas, y a cada rato les reprochara cómo es posible que no puedan ver esto o no puedan sentir lo otro”.

Para tratar de hacerme entender mejor, le dije a la mujer: “lo que vos recibís forma parte de tu realidad, por lo tanto prácticamente no tenés dudas sobre qué es lo que tenés que hacer. Yo, en cambio, tengo que creer en vos. ¿Qué pasaría si todo esto no fuese más que un delirio tuyo? Tu proceder estaría justificado porque serías coherente con tu locura. Pero el mío no, porque yo no soy quien recibe los mensajes, ni tampoco escucho las voces”.

Mi falta de percepción extrasensorial hacía que dividiese las experiencias de los viajes en dos categorías: lo que ayudaba a mi desarrollo personal y lo fenomenológico. A todo lo que entraba en el área de lo fenomenológico, a no ser que pudiese experimentarlo de alguna manera, le daba relativa importancia. Me atraía por su novedad, pero tenía bien en claro que, aunque tuviese un encuentro directo con extraterrestres, sólo produciría avances personales si era capaz de superar mis limitaciones trabajando sobre ellas.

El del Lago Puelo fue más que nada un viaje que estuvo dirigido a que Alejandro experimentara sus dones y habilidades. A mí también me sirvió, porque de manera indirecta también se aprende.

En ese viaje, a medida que fuimos recorriendo distintas ciudades, tuve la oportunidad de estar con un cacique Mapuche anciano. Pese a que el hombre vestía de manera ciudadana, su forma de hablar, sus razgos físicos y los principios morales que transmitía daban fiel testimonio de que por sus venas corría pura sangre aborigen.

Me conmovió escuchar cuánto respeto tenía por la madre naturaleza y la tristeza que sentía al ver cómo destruían, impunemente, las tierras que lo vieron crecer.

La garganta se me anudó cuando habló sobre la manera en que los trataba el hombre blanco: “no respetan nuestra cultura, nos sentimos abandonados, nos pagan miseria por nuestros trabajos artesanales y prácticamente nos están echando de nuestras tierras para construir cabañas para los turistas. Ni siquiera nuestras tradiciones podemos mantener, porque nuestros hijos se van a las ciudades buscando un mejor destino”.

La “cosecha de intenciones” me pareció algo formidable. “Todos los años le preguntamos a cada uno de los miembros de nuestra comunidad qué intenciones tienen para el año que va a comenzar –explicó el cacique-, cuando terminamos de recolectarlas nos fijamos cuáles son las que predominan y eso es lo que le pedimos a la naturaleza, a través de una colorida ceremonia con nuestras vestimentas típicas”.

Escuchar el testimonio del Mapuche me recordó que los viajes que estaba realizando estaban guiados por otro indio, Aguila Blanca. Darme cuenta de esas coincidencias me erizaba la piel.

Los diez días que duró la travesía fueron eternos. Estuvimos en lugares soñados como el Lago Cholila. Sin embargo, algunos de los mensajes que la mujer recibía me parecían tan inverosímiles que me impedían disfrutar de los paisajes.

A juzgar por su lenguaje corporal, se notaba que ella realmente sentía cada una de las cosas que nos transmitía. Por eso, más de una vez le pedí disculpas por no confiar en sus palabras.

No era algo simple de creer que frente a nosotros, por ejemplo, se podía encontrar Moisés o el líder de alguna determinada nave intergaláctica, cuando ni siquiera era capaz de sentir la más mínima energía cosquilleando en mis manos.

Previo recorrer más de tres mil kilómetros, llegué a mi casa extenuado. No pretendía que mi esposa me estuviese esperando con demasiado entusiasmo, porque el viaje se demoró dos días más de lo planeado.

Casi siempre me llevaba alrededor de una semana conectar con las cosas cotidianas y entrar nuevamente en el ritmo de la vida familiar.

Necesitaba hablar con mi esposa para que pudiera comprender lo que estaba sucediendo, pero ella no estaba dispuesta a escuchar. Hacía que me prestaba atención pero, en cuestión de segundos, miraba para otro lado.

Cuando le reprochaba su actitud, la situación empeoraban: “a mí no me gustan esas cosas, dejame tranquila. Hacé tus viajes pero no me cuentes lo que hacés, yo estoy bien así, disfrutando de mis hijos. No me interesa que me digas lo que va a pasar o si vendrán seres de otros planetas a salvarnos o algo por el estilo”.

Por más que sabía que no se tiene que forzar a que otros vean lo que no quieren ver, necesitaba que, al menos, me escuchara. Pero mis esfuerzos eran infructuosos.

Al igual que los meses anteriores, seguí muy confundido por todo lo que estaba sucediendo. Necesitaba ver televisión, mirar un partido de fútbol o hacer algo me demostrara que todo seguía como antes. No me acostumbraba a que esa realidad, de la que participaban todos mis amigos, conocidos y parientes, pudiese romperse tal como se planteaba en las visiones catastróficas.

Mi mente no tenía descanso. Buscaba infatigablemente ordenar semejante caos interno.
En la estantería de una librería encontré parte de las respuestas que buscaba. Se trataba de la recopilación de mensajes recibidos en diferentes partes del mundo, correspondientes a entidades de diversas civilizaciones no terrestres.

Los mensajes coincidían en que tanto los seres de las civilizaciones intraterrenas, como los seres extraterrestres, tienen la misión de ayudar a la humanidad a generar conciencia sobre la importancia de cuidar la Tierra y vivir en la frecuencia del amor.

Destacaban, también, que estamos viviendo momentos de profundos cambios y que falta muy poco tiempo para que los seres humanos comprobáramos que no estamos solos en el universo.

A medida que leía las páginas del libro, encontré puntos en común con las diferentes situaciones que nos tocó vivenciar en los viajes. Eso me dio un poco de tranquilidad, pero no demasiada, porque el panorama que quedaba planteado tenía correlación con mi nueva realidad, pero distaba, enormemente, de lo que podría ser considerado como “serio”  o “creíble” para la sociedad en general.

No podía pretender que me creyesen si contaba sobre estos posibles cambios mundiales, cuando, además, estaba a pocos días de salir en peregrinación por los cerros para buscar la imagen robada de una virgen, que transmitía mensajes por intermedio de una mujer que canalizaba. Era un cuadro muy delirante. Así y todo, no pude con mi genio e intenté explicarle a algunos de mis amigos. Como siempre, sólo recibí sonrisas irónicas y miradas displicentes.

Salvando las oceánicas distancias, por más que no sabía a dónde me conduciría lo que me tocaba atravesar, ese tipo de situaciones incómodas me hacía suponer lo dura que debió ser la vida de personas pioneras como Colón, Copérnico o Einstein.

Por más que yo no era quien recibía los mensajes, era conciente de que buena parte de mi entorno familiar me creería lo que les contaba si llegábamos a encontrar la imagen de la virgen. Eso le ponía una cuota extra de presión a la nueva canalización, que emprenderíamos el 22 de octubre en los cerros cordobeses.

De acuerdo con los mails que nos enviaba la mujer, ella sentía una enorme responsabilidad por lo que fuese a ocurrir en Capilla del Monte. Había convocado a casi cuarenta personas para que la acompañaran en la búsqueda, dado que así se lo indicaron en sucesivas canalizaciones.

Una semana antes del viaje, terminé de darle la última mano de barniz al tronco que había tallado, como prueba de mi arrepentimiento por los errores del pasado.

Acordé con la mujer que primero iría a Capital Federal a hacer un curso sobre las técnicas Ishayas, y que desde allí saldríamos rumbo a Córdoba. Alejandro y mi hermano Tomás se sumarían al grupo dos días después.

Comenzamos el viaje dirigiéndonos primero a San Nicolás (provincia de Buenos Aires), donde coloqué frente a la imagen de la virgen, que estaba en el santuario, el tronco tallado. De esa manera, sentí que la obra quedaría impregnada con su energía.

Esa misma noche llegamos a la hostería de Gabriel, en Capilla del Monte, quien también participaría de la búsqueda

Con la mujer habíamos acordado que llegaríamos antes que el resto del grupo, porque había varios aspectos que ajustar, tales como la contratación de los caballos, pintar una bandera y planificar en qué sitios acamparíamos.

Era la primera vez que la veía tan nerviosa. Ese mismo estado de ansiedad le impedía canalizar. “Siento que estoy bloqueada”, repetía insistentemente, mientras no paraba de expresar sus temores por la responsabilidad que le cabía.

De todas las personas que habían sido convocadas a participar, sólo doce confirmamos nuestra presencia. Los argumentos esgrimidos por la mayoría que no viajó, fueron por demás variados. Sin embargo, internamente, todas las justificaciones tenían el mismo sello: el temor a lo desconocido.

Cumpliendo la promesa hecha al indio

Ni bien llegó a Capilla del Monte el primer grupo de cuatro personas que participaría de la búsqueda, acordamos con ellos ir hasta el cerro El Colchiquí, para que pudiera cumplir con mi promesa. Se sumaron también los dos lugareños, Fernando y Gabriel.

Me demandó un intenso esfuerzo subir el cerro, con el tronco a cuesta. Hacía mucho calor. Transpiré demasiado. A medida que caminaba, el peso de la madera parecía multiplicarse. No dejé que nadie me ayudara. Sentía que el peso que llevaba simbolizaba la carga de mi conciencia, por el error que había cometido al asesinar a los indios Comechingones.

Cuando llegué al lugar desde donde supuestamente caí cuando fui un soldado raso español, apoyé el tronco cincelado en el suelo y respiré aliviado. Había cumplido.

Para evitar que se caiga y pueda lastimar a alguien, con cemento rápido fijé el tronco al piso. Mientras lo hacía, una abeja se posó sobre la obra de madera y le saqué una foto. Las abejas comenzaban a representar una señal, que se hacía presente en momentos especiales.

Una de las siete personas que me acompañó al cerro, lo hizo porque la mujer que canalizaba le había dicho que en otra vida fue india. Se llamaba Lidia. Ella fue convocada para que acudiera en representación de los Comechingones, de manera que pudiese pedirle perdón por el mal que había causado.

Una vez que el tronco quedó asegurado, la mujer que canalizaba solicitó que realizáramos un círculo tomados de la mano y nos pidió, a Lidia y a mí, que nos pusiéramos en el centro.

Cuando tuve que pedirle perdón, lo hice pero sin estar convencido de lo que hacía. Independientemente de las coincidencias que se habían dado, no tenía la certeza de que realmente en otra vida hubiese matado a alguien, por eso mis palabras de perdón no sonaron convincentes.

Lidia dijo que me perdonaba en nombre de los Comechingones, pero también aclaró que ella no creía nada de lo que estaba haciendo. “Estoy acá solamente porque la canalización así lo indicaba”, aseveró.
Nos dimos un abrazo. Le agradecí por su sinceridad e iniciamos el descenso.

Esa misma noche, me sorprendí cuando escuché lo que Lidia nos contó luego de cenar.  “Aunque me cueste, tengo que decirles algo –inició diciendo-, yo no creo mucho en todo esto de las canalizaciones, así que no estaba segura de venir. Por la tarde, cuando participé de la ceremonia, en donde Julio me pidió perdón, reconozco que tampoco sentí lo que hacía. Sin embargo, cuando nos íbamos en la camioneta, miré hacia atrás como para despedirme del paisaje y vi a un indio, con los brazos cruzados, que se inclinó como haciéndome una reverencia de agradecimiento”.

“Lo único que puedo decirles –agregó- es que todavía estoy muy nerviosa. Les repito que vi al indio, pero yo no creo nada de todo esto... aunque ahora reconozco que dudo”.

Sus palabras fueron emotivas y transparentes. Las lágrimas testimoniaban que realmente estaba conmocionada. Todos le dimos las gracias por animarse a contar su vivencia.

Esa noche nos fuimos a descansar temprano. Al día siguiente arribaría el resto de las personas convocadas por medio de la canalización y comenzaríamos la búsqueda, para tratar de encontrar la estatuilla de nuestra Señora de la Merced.

El grupo de doce personas, que aceptó la convocatoria, quedó conformado por mi hermano Tomás, Alejandro, Gabriel, Fernando, la mujer que canalizaba, una directora de una escuela primaria, un muchacho de Necochea, un comerciante de La Plata, dos músicos profesionales de una orquesta sinfónica y Lidia, la mujer que en otra vida fue india.

Comenzamos la peregrinación el 22 de agosto, a las diez de la mañana, desde la gruta del Padre Pío, tal como fue señalado en la canalización.

Cada uno llevaba puesto un poncho blanco, con guardas marrones. Según la mujer, ése sería el símbolo que identificaría a quienes estarían en favor de la luz, cuando los tiempos finales se acerquen. También llevábamos un pañuelo blanco en el cuello, un escapulario con la imagen de la virgen y un prendedor de los mercedarios

La canalizadora nos explicó que, según un mensaje que había recibido, la imagen de la virgen sería encontrada, pero quedaría en las sierras, donde la tenían escondida, como símbolo de la corrupción del hombre, porque fue robada por su alto valor comercial en el mercado negro.

“Ví que miles y miles de personas peregrinarán hasta ese lugar en donde ahora está, portando ponchos como los que en este momento tenemos puestos”, dijo la mujer, instantes antes de iniciar la marcha.

En compañía de un baquiano que llevaba dos caballos con el agua, la comida, las carpas y algunas de las mochilas, comenzamos a dirigirnos al Valle de la Luna, lugar donde acamparíamos a la espera de recibir algún mensaje.

Nuevamente, todo había sucedido muy rápido. Otra vez estaba presente en una canalización, lejos de mi familia y sin saber qué era lo que podía suceder.

Al llegar al lugar acordado, armamos las carpas formando un círculo y comenzamos a recolectar leña porque, pese a que de día hacía demasiado calor, de noche la temperatura descendía bruscamente.

En un principio, se notó que había desarmonía en el grupo, porque no nos conocíamos entre todos y cada uno tenía sus propias inquietudes y expectativas. Se respiraba cierto aire de nerviosismo por la tarea a la que fuimos convocados.

Cuando por la noche hicimos una gran fogata y nos sentamos a rezar, la mujer que canalizaba lloró al explicar que tenía profundos dolores físicos y que se sentía “seca”. Por lo que creía que le sería imposible recibir, en ese estado, algún tipo de mensaje: “es la primera vez, desde que canalizo, que siento que mi conexión se hubiese perdido”.

Cada uno intentó quitarle presión dándole palabras de aliento, y diciéndolo que se quedara tranquila. Sabíamos que ella había hecho su parte y que, de ahora en más, todo dependía de la virgen. Había tantos recovecos y grutas que nos sería imposible encontrarla, por más fuerza de voluntad que tuviésemos.

Habíamos acordado que, a medida que pasara la noche, rezaríamos tres rosarios y trataríamos de permanecer en vigilia. El fuego no debía apagarse. Simbolizaba al Espíritu Santo.

A la madrugada, algunos fueron vencidos por el cansancio y se fueron a sus carpas a dormir.

Cerca de las tres de la mañana, mientras rezábamos el segundo rosario la mujer que canalizaba sintió una alegría inmensa al ver la imagen de la virgen de Nuestra Señora de la Merced, quien le dijo que permaneciéramos en oración.

Insólito, pero real

Cuando terminamos de rezar, como no había visto ni sentido nada, me fui caminando hasta un lugar alejado. Me arrodillé y le hablé a la virgen haciendo de cuenta que estaba frente a mí: “no hace falta que te lo diga Madre, por que ya lo sabés, de todos modos te pido que me ayudes a librarme de estas cadenas que me impiden conectar con mi corazón y bloquean mis emociones”.

Al día siguiente, Lidia me solicitó que le hiciera un favor. Me dijo: “aunque te parezca extraño mi pedido, andá hasta al arroyo que está bajando la ladera del cerro y quedate ahí a ver qué sentís”.

Le expliqué que iría, pero que no esperara que le traiga algún tipo de señal o algo por el estilo porque era nulo en sensibilidad.

Bajé hasta donde estaba el hilo de agua y me senté a mirar los árboles. Mientras estaba ahí, mi mente no paraba de reprocharme la estupidez que estaba haciendo. En eso, un pensamiento, que sentí ajeno a mí,  reveló: “lengua larga, tiempo corto”.

“Yo así no hablo”, sostuve. Y relacioné la frase con que siempre me la paso enganchado en mi interminable diálogo mental, y que soy muy ansioso.

Me inquieté. Respiré bien profundo, varias veces seguidas, y decidí cambiarme de lugar. Creí que debía sentarme junto a otro árbol, cuyo tronco parecía tener un rostro aborigen.

Una vez allí, dije en voz baja: “quizá estén haciendo el esfuerzo para tratar de comunicarse conmigo, pero yo no puedo sentirlos, así que cerraré los ojos y trataré de serenarme”.

Creí ver algunas imágenes pero, como era de desacreditar lo que veía, abrí los ojos. Ni bien lo hice, lo primero que llamó mi atención fue una hoja, de color rojo, que sobresalía entre el follaje verde. Sentí que debía ir a buscarla, aunque me parecía que no tenía sentido hacerlo. De todos modos lo hice.

Ni bien tomé la hoja roja entre mis manos, que tenía forma de llama, un nuevo pensamiento, que tampoco reconocí como propio, reveló: “mantiene vivo nuestro espíritu”. Me dio escalofrío, porque sabía que esa frase no provenía de mi mente.

Ni bien llegué a donde estábamos acampando, les pedí a todos que se juntaran porque tenía que contarles algo. Cuando comencé a decir las primeras palabras, sentí que la garganta se me cerraba y me embargó una profunda emoción.

Todos pensaban que estaba haciéndoles una broma, pero ni bien pude hilvanar unas frases me escucharon con atención: “les va  a parecer loco lo que les voy a contar, pero quiero que sepan que Lidia me pidió que vaya hasta el arroyo para ver qué sentía. Fui sin la más mínima esperanza. Sólo lo hice para que ella se quedara tranquila”, y a sí les fui relatando lo que me había pasado.

Cuando le di a Lidia la hoja y le expliqué que simbolizaba que ella mantenía viva la llama del espíritu indio, caí instintivamente de rodillas. Me aferré a su cintura y me puse a llorar. Le pedí perdón por mis errores cuando fui colonizador, pero esta vez, a diferencia de lo que sucedió en el cerro El Colquichí, lo hice de corazón.

Lidia también lloró. Aclaró que me había pedido que fuese hasta donde corría el agua porque, estando en ese lugar, vio que se le acercaron varios indios a rendirle homenaje. “Como no confiaba en lo que veía y me cuesta aceptar lo que está pasando, le pedí a Julio que fuese a ese mismo sitio, sin contarle lo que me había ocurrido”.

No podía creer lo que escuchaba, pero estaba profundamente agradecido porque había podido llorar. Me sentía libre. La Virgen de Nuestra Señora de la Merced, de cuyas manos cuelgan dos cadenas rotas, había escuchado el ruego y liberó mis ataduras.

Estaba tan emocionado, que no me había percatado de que no estábamos todos. Faltaba Gabriel. Cuando regresó y le comentaron lo sucedido, se sorprendió. Pero mucho más lo hizo porque cobró sentido su propia vivencia.

“Me fui hasta la cima del cerro porque quería meditar y estar tranquilo –narró Gabriel-, pero en un momento de la meditación empecé a ver que todas las sierras del valle estaban rodeadas por indios que festejaban fervorosamente y no lo podía creer, pero ahora que ustedes me dicen lo que pasó acá, en el campamento, tiene sentido lo que vi”.

Había que creer o reventar. No quedaba otra. Parecía como si cada uno de nosotros estuviese interpretando un guión, porque las situaciones se ensamblaban a la perfección y con una lógica envidiable.
 
No recuerdo con demasiada claridad todo lo que sucedió en ese viaje. Lo que más me quedó grabado fue lo que sucedió la madrugada del 25 de agosto, mientras rezábamos el tercer rosario.

Jesús se moviliza en una nave

De pronto la mujer que canalizaba nos transmitió que seres de diferentes dimensiones se estaban acercando a una distancia prudencial y formaban un círculo. “Está descendiendo una gran nave y desde su interior está deslizándose una especie de rampa”, dijo la mujer.

Abrí bien los ojos, porque estaba medio dormido, pero no logré ver absolutamente nada. Más los abrí cuando agregó: “frente a todos ustedes está el maestro Jesús y los está bendiciendo. Me dice que a través de su Madre también se llega a él”.

Sus palabras me impactaron, pero no podía comprender que fuese posible que Jesús bajara de una nave. No había forma de que lo incorporara.

Luego, según lo manifestado por la mujer, apareció la Virgen, quien comunicó que nuestra tarea estaba cumplida y que por ahora su imagen no sería encontrada, pero que siguiéramos manteniéndonos en oración y llevando una vida recta.

La mujer que canalizaba estaba bañada en lágrimas. La emoción indescriptible que reflejaba su rostro, era una prueba más que suficiente como para saber que ella realmente vio todo lo que nos decía.

Cuando logró calmarse, expresó que esa fue la experiencia más maravillosa de su vida, por la energía, la paz y el amor inconmensurable que había recibido.

No todos estuvieron presentes durante esa canalización, porque algunos estaban cansados y se habían ido a dormir a sus carpas. Entre ellos, mi hermano Tomás, quien bromeó cuando le contamos y, como buen adolescente, nos dijo: “por la forma en que les pega, parece que están tomando merca de la buena”.

Decidimos regresar a Capilla del Monte, no podíamos hacer nada más.

Tomás tuvo su propia señal

Una vez en la ciudad, con Alejandro optamos por ir hasta el centro para comprar algunos libros. Tomás quiso acompañarnos. Mientras recorríamos los locales, mi hermano nos dijo que se adelantaría unos metros con la intención de buscarle un regalo a su hija Delfina. La única recomendación que le hice fue que recordara que se había comprometido a no fumar y comer carne mientras estuviésemos en Córdoba.

Pocos minutos más tarde, mientras hojeaba un libro, escuché a Tomás, que desde fuera del negocio me llamaba a los gritos.

“Vení, vení por favor”, me decía insistentemente, mientras se inclinaba como buscando oxigenarse.

Salí preocupado y vi que tenía los ojos llenos de lágrimas. Le pedí que se calmara y que nos contara qué le había pasado: “te mentí, te mentí... te dije que iba a comprarle un regalo a mi hija, pero en realidad lo que hice fue comprarme cigarrillo”, narró de manera apresurada. Al tiempo que puso mi mano sobre su pecho, para que comprobara lo acelerado que latía su corazón.

Inhaló aire bien fuerte y continuó. “Luego me senté a fumar. Miré al cielo y como no creo mucho en todo lo que ustedes me cuentan dije: si es verdad que ustedes existen, demuéstrenme que no tendría que estar fumando”.

Se quedó blanco del susto cuando, ni bien acabó de pronunciar esas palabras, una mujer de aspecto común se paró frente suyo, le sacó el cigarrillo de la boca, le rompió el atado en pedacitos y le dijo: “no tenés que fumar, querido, te hace mal”.

“Lo único que pude hacer fue salir corriendo –agregó-, porque casi me muero del susto”.

Le insistimos en acompañarlo para ver si podíamos localizar a la mujer, pero se negó rotundamente. Nos pidió, por favor, que regresemos a la hostería.

Cuando analizamos con más calma lo sucedido, coincidimos en que así se hubiese tratado de una mujer que hizo eso porque su hijo había muerto de cáncer pulmonar, lo que importaba, en ese caso, era la sincronicidad con que se dieron los hechos. “Además –aclaró Tomás- si en otra circunstancia alguien me hubiese hecho algo así con los puchos, lo mato a trompadas”.

Pese a que estaba conmocionado por lo que le había sucedido, mientras viajábamos de regreso a Olavarría dijo que, de todos modos, volvería a fumar. Por más que había recibido su propia señal, tenía la libertad de hacerlo.

Antes de ir a Capilla del Monte, pensé que si no encontrábamos la imagen robada el viaje sería un fracaso. Pero con todo lo que había sucedido, no podía seguir sosteniendo lo mismo.

Para algunos amigos, conocidos y familiares, el hecho de que no la encontráramos les dio cierta tranquilidad. Pudieron seguir pensando que estaba trastornado y que toda esa nueva realidad, a la que accedían a través de mis relatos, quedaba circunscripta al territorio de mi imaginación.

Una vez más me sentí un inútil cuando intenté explicarle a mi esposa lo vivido. No podía traducir en palabras la liberación que sentí cuando pude llorar. Ni la felicidad que experimenté al pedirle perdón a la mujer que representaba a los indios.

Para colmo de males, tampoco le podía decir que Jesús había bajado desde una nave, porque no quería que me mirase extrañada o con ganas de internarme en una clínica para insanos mentales.

Sé que, desde su óptica, el hecho que contaba era que no habíamos encontrado a la virgen. No le recriminé nada, sabía que si fuese ella la que hubiese viajado en mi lugar, tal vez yo me estaría fijando únicamente en ese punto, que era el que le daría credibilidad a tantos viajes y canalizaciones.

Internamente, en mi corazón, sentía que sí la había encontrado. Desde ese día, todas las noches rezo el Ave María a modo de agradecimiento.

Había concluido una nueva canalización. Una vez más, al igual que en los viajes anteriores, sentí que había recibido más cosas de las de las que, concientemente, podía procesar. Era cuestión de dejar que pasen los días y que las fichas fuesen cayendo.

Sólo quería descansar. Los días de las canalizaciones eran por demás intensos.

No tenía muchas ganas de desarmar la valija, después de todo en tan sólo un par de semanas volvería a viajar por otra canalización. Esta vez iría más allá de los límites territoriales de la Argentina. Me dirigiría al municipio de Carmo da Cachoeira, en Minas Gerais, Brasil.

Mi madre me preguntó si no tenía miedo de enloquecerme, con todo lo que venía experimentando. Le respondí que ese tipo de temor siempre estaba latente, pero que prefería correr ese riesgo a llevar una vida monótona, con certezas prestadas.

Mi proceso de búsqueda, para tratar de evolucionar, me había conducido a esos caminos y tenía que respetar la manera en que el abanico de enseñanzas se estaba desplegando. Debía aprender a fluir bajo esas circunstancias, aunque me resultara difícil.

Si quería podía detenerme y no dar un paso más, pero consideré que eso equivaldría a ponerle un freno a mi desarrollo. El torrente de vivencias era tan intenso y profundo que nuevamente decidí que valía la pena continuar.

Siempre hay un costo que pagar. En este caso, el descrédito. No me importaba. De todos modos vine solo a este mundo y del mismo modo habría de partir. La gente podría decir lo quisiese sobre mí. No tenía que rendirle cuentas a nadie, más que a mi propia conciencia.

Se aproximaba la partida a Brasil

La mejor manera que tenía para sobrellevar la tensa situación que vivía con mi esposa, era refugiarme en el amor de mis dos hijos, a quienes nunca dejaba de extrañar.

La situación en mi casa empeoró, aún más, cuando Claudia se enteró que viajaría a Brasil con la mujer que canalizaba. Había intentado ocultárselo para que no se sintiera mal, pero encontró los pasajes.

Cuando eso sucedió, me enojé conmigo mismo. Por evitarle un disgusto, había generado un mal mayor. Sentí que ese tipo de situaciones ponían a prueba mi capacidad de tolerar la adversidad.

Le expliqué que en Brasil estaríamos en una comunidad que se llamaba Figueira, a donde acuden personas de diferentes partes del mundo para llevar una vida de recogimiento, servicio al prójimo y oración silenciosa.

Hice lo humanamente posible para que comprendiera que viajaba con el propósito de conocer una nueva forma de vida, porque mi realidad pedía a gritos un cambio urgente. Si no lograba estar bien, nunca podría estarlo con ella; por lo tanto era necesario que continuara haciendo lo que mi espíritu me dictaba.

Le agradecí por estar a mi lado. Le dije que la quería mucho y también le manifesté que quizá yo no sería capaz de tolerar que ella viajase con un hombre, de un lado para el otro, por más diferencia de edad que existiese. Por eso reconocí que valoraba enormemente lo que hacía por mí, pero le expliqué que necesitaba que me tuviese más confianza.

Hacía ocho meses que no me sentaba a tratar de avanzar en el desarrollo del proyecto del parque temático. De todos modos, supuse que no sería mala idea llevarlo a Brasil.

El 11 de octubre, a las siete y media de la mañana, viajé en avión con la mujer que canalizaba, en una línea de la empresa TAM, rumbo a Brasil.

Conocía muy poco sobre la comunidad que estaba a punto de visitar. Sólo sabía que tenían un estilo de vida monástico, que la alimentación era vegetariana (sin grasas animales, ni lácteos), que tampoco consumían azúcar, café, bebidas alcohólicas, ni gaseosas y que, tal vez, me alojaría en habitaciones colectivas. Tampoco se permitía fumar.

Al llegar a Figueira nos explicaron cuáles eran las reglas básicas de convivencia y fuimos asignados a diferentes núcleos. A mí me tocó ir a Sohim, que se caracterizaba por ser un lugar con energía de sanación.

Estuve doce días. Me levantaba a las cinco y media de la mañana, porque teníamos que reunirnos para escuchar la lectura de una reflexión diaria. Luego se nos asignaban tareas comunitarias, tales como limpiar los baños, las habitaciones, trabajar en la cocina, etc. A las siete desayunábamos.

Seguidamente, la coordinadora de cada área formaba grupos de trabajo rotativos para que trabajásemos en diferentes actividades hasta al mediodía. Algunas veces, por ejemplo, me tocó ayudar en la huerta, la carpintería, la laguna, la cocina o en el cuidado de las plantas.

No se trataba de una regla estricta, pero las tareas debíamos tratar de hacerlas en silencio, para que cada uno pudiese conectar con su interior.

Al mediodía almorzábamos y teníamos una hora de descanso, tras lo cual se reanudaban las actividades. Cuando terminábamos, nos quedaba tiempo suficiente como para ducharnos y prepararnos para la cena, que era a las siete de la tarde. Antes de las nueve de la noche estábamos durmiendo. Las jornadas tenían un ritmo intenso y había que reponer energías.

Estar en Figueira me sirvió para aprender que es posible llevar una vida comunitaria sana y armónica. En perfecta convivencia con la naturaleza. Reciclando los desperdicios y generando los propios alimentos, sin utilizar agroquímicos.

Trigueirinho, un líder muy singular

La particularidad de esta comunidad estaba dada en que giraba en torno a un líder espiritual, Trigueirinho. Autor de más de setenta libros, a través de los cuales difunde una nueva cosmovisión, que tiene similitud con las vivencias que experimentamos a través de las canalizaciones.

Trigueirinho plantea, entre otros aspectos, que el ciclo planetario está próximo a su desenlace y que se le ofrecerá a la humanidad revelaciones más amplias, que producirán un prodigioso despertar, sin regreso posible a los mundos kármicos.

Sus mensajes son guiados por Jerarquías Espirituales (energías o seres que ya superaron el ciclo evolutivo del hombre) que revelan lo que ocurre en la Tierra y en el ser humano, en esta época de transición.

Sus obras están dirigidas tanto a quienes están despertando a la vida interior, así como a quienes ya la asumieron y aspiran a penetrar el lado desconocido de la existencia humana, planetaria y cósmica.

Los libros de Trigueirinho convalidan las vivencias que tuvimos con Alejandro y la mujer en Capilla del Monte, porque reconoce la existencia de las ciudades intraterrenas, como la de ERKS y el encuentro con seres de dimensiones cósmicas.

Su prédica  responde a un plan superior de evolución, del cual formamos parte como integrantes de una gran familia cósmica.

Sé que muchos de estos conceptos pueden sonar extraños o confusos para quienes tal vez nunca escucharon ni siquiera la mención de la palabra ovni. Sin embargo, como nuestras vivencias fueron anteriores a la lectura de algunos libros de este líder espiritual, lo que para algunos podría sonar disparatado, para nosotros era sensato.

Mientras estuve en Figueira, participé de conferencias conducidas por Trigueirinho que me ayudaron a clarificar las situaciones extrañas que habíamos vivido.

Durante una de las charlas, la mujer que canalizaba me dijo que le enviara el proyecto del parque temático a Trigueirinho. No sentí que tuviese que hacerlo, porque el enfoque de la comunidad distaba de todo lo que tuviese que ver con los avances tecnológicos.

Ante mi negativa, la mujer escribió en un papel: “me están diciendo que lo tenés que hacer”. Esa era la clase de situaciones que no toleraba. Me daba la impresión que algunas veces interfería su personalidad cuando no conseguía lo que quería. Enseguida decía “me están diciendo que...”, y no me quedaba otra cosa que obedecer.

Recuerdo que cuando salimos de la conferencia le planteé mi parecer y ella me respondió: “eso no es más que un prejuicio tuyo, si no querés no lo hagas. No estás obligado”.

Es misma tarde, por intermedio del sistema de correo que mantenía comunicadas a las distintas construcciones de la comunidad, le envié la carpeta con el proyecto.

Al día siguiente, recibí una nota, escrita a mano por Trigueirinho, en donde decía: “gracias hermano por haberme enviado el proyecto. Nos es imposible intervenir en esas cosas, cuando uno es idealista. Es preciso no desperdiciar energías, cuando hay tantas necesidades evidentes que precisan nuestra atención. Esas necesidades son visibles y están ahí, delante de quienes saben ver. Con amor y luz, un amigo, Trigueirinho. (21-10-2004)”.
Su respuesta confirmó mi intuición. No debería habérselo enviado. De todos modos, no me desanimé. Cada uno tiene su propia misión que cumplir. A veces los caminos pueden parecer antagónicos, pero eso es sólo una cuestión de percepción.

Cuando le mostré a la mujer la nota, me dijo: “te equivocaste, la canalización decía que tenías que dársela al día siguiente, eso alteró las circunstancias”. Preferí no responderle.

Cuando finalizaron los días que tenía programados en Figueira, nos dirigimos con la mujer a la ciudad de Aparecida, en el estado de Sao Paulo. La canalización decía que el 25 de octubre debíamos estar frente a la imagen de la virgen morena, que daba nombre a esa ciudad. Así lo hicimos

Sos un elegido

Cuando estuvimos junto a la imagen de la Virgen Aparecida, la mujer que canalizaba se puso a rezar. Luego salimos del imponente santuario y nos sentamos en un banco de cemento, bajo la sombra de un árbol. Era una tarde muy agobiante.

Mientras descansábamos, mirando a la gente pasar, la mujer me comunicó el mensaje que le transmitió la patrona de Brasil: “me cuesta creerlo -dijo-, pero la Virgen Aparecida también me confirmó que sos un elegido”.

No me sorprendí. No era la primera vez que escuchaba la palabra “elegido” por parte de la mujer. Durante una de las primeras canalizaciones, en la ciudad de Necochea, la mujer también me dijo que Aguila Blanca me había señalado como “un elegido”.

Otras canalizaciones, ocurridas durante los primeros viajes, revelaron puntualmente que era uno de los elegidos para integrar uno de los consejos que funcionarían luego de que las profecías catastróficas se cumplieran. Nunca creí en eso.

Alejandro era testigo que desde el primer momento dije: “voy a las canalizaciones por que veo que después de cada experiencia crezco en sabiduría interna, pero todo lo que me dice con respecto a que soy un elegido lo pongo al margen. No lo creo en lo más mínimo y me incomoda escucharlo”.

Creí que era el momento oportuno para hablar sobre el tema, así que le pedí a la mujer que me escuchara con atención: “sé que vos creer en cada cosa que recibís, porque en tu realidad lo percibís como cierto. Pero desde mí perspectiva, cuando te escucho decir que soy un elegido me parece una estupidez. Es algo que me resulta imposible de creer, por lo tanto nunca se lo dije a nadie. Me da vergüenza. Sólo lo sabe Alejandro, porque te lo escuchó decir a vos”.

Le pedí que me disculpara por hablarle de ese modo, pero tenía que sincerarme. Era un tema que prefería no tocar, porque sabía que me molestaba demasiado y quizá no iba a tener la tranquilidad necesaria como para hablarlo del modo que correspondía.

La mujer me entendió. A pesar de todo, manifestó que ella sí creía en lo que le habían transmitido, porque, incluso, pudo visualizarme desempeñándome como consejero. “Sólo el tiempo demostrará si esto es cierto” agregó.

Me sentí más aliviado, pero todavía me faltaba decirle algunas cosas más. De todos modos, preferí esperar a que llegáramos al aeropuerto para continuar hablando con más calma.

Mientras aguardábamos en un bar, a que se cumpliera la hora para tomar el avión de regreso a la Argentina, le dije que a la próxima canalización -que sería en diciembre, en la ciudad de Mendoza- iría en un colectivo de línea.

Cuando me preguntó el motivo, le respondí que así lo haría dado que ella me había enviado un mail, antes de viajar a Brasil, diciéndome que debía desprenderme de la camioneta para evitar que cualquiera de los miembros de mi familia sufriera un accidente lamentable.

“Ese tipo de canalización es condenable bajo todo punto de vista –le dije muy enojado-, porque no te deja salida. Si no hago caso a lo que se me dice y alguno de los integrantes de mi familia muere, la culpa por haberme ahorrado algunos pesos no me la saco jamás”.

También le puntualicé que “no iba a poner una camioneta nueva a disposición de los viajes, porque eso aumentaría los conflictos con mi esposa”.

La mujer dijo que ella era sólo una mensajera, en el sentido que no elegía qué cosas decir. “Sólo me limito a dar curso a lo que me comunican”, sostuvo.

Luego agregó una frase que me molestó: “si no vas con tu vehículo, limitarás la experiencia de los demás, porque nadie tiene en qué moverse”.

Esas palabras fueron más que suficientes para desbordarme y hacer que eleve la voz, con el propósito de dejarle bien en claro que no era chofer de nadie. Cuando quise darme cuenta, las personas sentadas en las mesas vecinas nos estaban mirando.

Ayudó a distendernos el hecho de que anunciaran nuestro vuelo. Por suerte, teníamos asientos separados. Me había hartado del mundo de las canalizaciones.

Al regresar a Olavarría, hablé con Alejandro. También él sentía el cansancio de tantos viajes y situaciones movilizadoras. Acordamos que iríamos a Mendoza a cumplir con la última canalización, pero en ese lugar le diríamos a la mujer que nuestros caminos se separaban. Estábamos agradecidos por todo lo que habíamos experimentado, pero la situación no daba para más.

En Mendoza teníamos que estar veinte días, a partir del ocho de noviembre. Supuestamente, el grupo de personas que iría tendría la posibilidad de ingresar, físicamente, a la ciudad intraterrena de Isidris. Aunque eso dependería del nivel vibracional que pudiese alcanzar cada uno.

Mendoza y el encuentro con Emilio

Quince días en Brasil me habían parecido una eternidad, así que decidí que a Mendoza iría menos tiempo del que indicaba la canalización.

Llegamos con Alejandro diez días más tarde. El encuentro con la mujer no fue como en los viajes anteriores. Después de la discusión en el aeropuerto, las cosas entre nosotros no habían quedado del todo bien.
Por su intermedio tuvimos la posibilidad de conocer a Emilio. Un ser sumamente especial, que llevaba una vida por demás austera. Su vivienda era humilde, pero digna. Los perros y los gatos eran sus huéspedes de honor.

En las paredes de su casa, situada en medio del campo, tenía colgados llamativos cuatros de colores fuertes, que él había pintado. Representaban algunas de sus vivencias.

El dibujo de una nave espacial, asomando tras las montañas me llamó la atención. “En esa nave viaja el maestro Jesús”, comentó como al pasar. Sus palabras me recordaron que bajando desde una nave, también fue como se nos había presentado a nosotros, en Capilla del Monte, de acuerdo con los relatos de la mujer.

Era la segunda vez en mi vida que escuchaba que Jesús se desplazaba en una nave. No era algo sencillo de incorporar.

Intrigado, le pregunté cómo se llamaba la nave y me respondió en forma de acertijo: “sólo puedo decirte que su nombre tiene principio y también fin”. Cuando le dije, intuitivamente, si se llamaba Alfa y Omega, sonrió, se encogió de hombros y guardó silencio.

Pasamos en su compañía una tarde mágica. Escuchar sus palabras reconfortaba el alma: “no sigan a nadie, cada uno es su propio maestro, sólo es necesario ir hacia adentro y dejarse guiar por el corazón”.

“Recuerda que lo único importante es disfrutar. No te tomes las cosas en serio. La vida es un juego. Disfruta... Disfruta. Tampoco creas en lo que yo te diga. Busca tu propia verdad”, remarcó.

Nos fuimos, pero queríamos quedarnos. Lo percibimos como un hombre puro.

Al día siguiente, mientras descansaba, decidí abrir al azar uno de los libros de Trigueirinho, que había comprando en Figueira. No podía creer lo que estaba leyendo. El texto decía: “en la nave madre, Alfa y Omega, se desplaza el maestro Jesús”.

Cuando leí ese párrafo, sentí que un cosquilleo electrizante recorrió todo mi ser. Por tercera vez, de diferente manera, me llegaba ese dato tan particular.

Sentimos una conexión tan fuerte con Emilio que las cinco personas que habíamos viajada a Mendoza, excepto la mujer que canalizaba –que se excusó argumentando cansancio-,  decidimos volver a visitarlo.

Cuando le dije lo que había encontrado en el libro, señaló que estaba en lo cierto y dijo: “esa nave es posible verla en las noches de luna llena”.

Como le insistimos varias veces, accedió a contarnos que su proceso de transformación espiritual estuvo marcado por un sinnúmero de acontecimientos, entre los que no faltaron los viajes, las meditaciones, los encuentros con chamanes, las experiencias místicas, las plantas maestras y el contacto con seres de otras dimensiones. La suma de todas esas experiencias, terminaron revelándole que “sólo hay que disfrutar, porque la vida es un juego”.

Por la tarde, cuando retornamos al lugar donde acampábamos, la mujer que canalizaba no estaba. Esa noche llamó por teléfono para decir que no volvería a dormir. Luego nos enteramos que había tomado la firme decisión de abandonar al grupo.

A la mañana siguiente, en un encuentro que no duró más de quince minutos porque había personas que la esperaban, la mujer nos dijo: “es hora de que sigan camino solos, los dejo”. Fue todo muy rápido. Supusimos que la brevedad de la despedida fue para evitar llorar.

Habíamos compartido muchos viajes. Demasiados momentos juntos. Merecíamos otro tipo de cierre. De haber podido elegir, hubiésemos buscado una manera más cálida de desvincularnos. Eramos conscientes de que teníamos que ponerle un punto final a la situación. Lo que no sabíamos era que el desenlace se iba a dar de esa manera.

Aunque no quise reconocerlo en su momento, me sentí muy molesto por la manera en que nuestro vínculo se truncó. Todavía quedan resabios de esa molestia. Prueba de ello es haber omitido hasta este momento la mención de su nombre: se llama Mirta.

Tras la desvinculación, sólo una vez le escribí un mail para agradecerle. Ella fue mi maestra en un tramo corto, pero muy intenso, de mi vida.

Cuando Mirta se fue, quedamos Osvaldo (que era uno de los músicos que nos acompañó a buscar la imagen de la virgen robada), la sobrina de la mujer y Alejandro. Las otras dos personas que habían venido desde Necochea también decidieron marcharse.

Tras pensar qué haríamos, decidimos cumplir con lo que restaba de la canalización e ir a acampar a la laguna Los Horcones, en la base del Aconcagua.

Invitamos a Emilio, quien accedió a venir. Esa madrugada, junto a la laguna, luego de hacer sonar un caracol a los cuatro vientos y realizar invocaciones, nos explicó que estábamos los que teníamos que estar, porque habíamos ido a Mendoza a cerrar un ciclo.

Con Alejandro nos quedamos con el recuerdo de sus palabras: “no sigan a nadie, busquen sus propios caminos”. Ese día, el veinticinco de noviembre del año dos mil cuatro, dimos por finalizado el ciclo de las canalizaciones.

Lo admitiésemos o no, éramos personas diferentes. Por dentro habíamos cambiado. Para buena parte de nuestro entorno, prácticamente sus vidas no habían variado durante el transcurso de los últimos diez meses. Las nuestras habían atravesado una profunda transformación, que amplió nuestro mundo interno.

Cuando volvimos a juntarnos para recordar lo vivido, con Alejandro creímos que, tal vez, ahora nos tocaría vivir un período de mayor tranquilidad, para que pudiésemos terminar de asimilar las enseñanzas recibidas. Aunque esa no era más que una suposición, porque uno nunca tiene la certeza de qué es lo que va a pasar.

Poco a poco entré nuevamente en la rutina cotidiana. Mi cuerpo extrañaba el sabor de la incertidumbre, que brindaba la aventura de los viajes espirituales.

Invertí mi tiempo en lograr un mayor contacto con la naturaleza, ocupándome de la quinta que había comprado. Ese era mi mejor cable a tierra.
Las plantas, las flores, el pasto, los pájaros y la compañía de mi perro Juancho, servían de marco para distenderme. También dediqué más tiempo a fortalecer la relación con mi esposa y disfrutar de mis hijos.

Otra de las cosas que hice fue retomar el desarrollo del proyecto del parque temático. Las vivencias que tuve, por intermedio de los viajes, me permitieron darle una mayor profundidad y nuevas perspectivas.

La sabiduría de las plantas

Al cabo de unos meses, mi inquietud por develar cuál era el camino correcto, hizo que, nuevamente, diera un paso más allá de mis límites. El contacto con un chamán me permitió experimentar con plantas maestras, como la Ayahuasca y el San Pedro.

Tuve miedo de hacerlo. Implicaba abrir una nueva puerta hacia lo desconocido, con todo el riesgo que ello representaba.

Busqué primero muchísima información. Debía superar mis temores racionales. Las cosas buenas que se decían en internet sobre esas plantas, se minimizaban en mi cabeza cuando leía los oscuros testimonios de quienes decían haber atravesado verdaderos infiernos, donde experimentaron dolores insoportables, persecuciones de monstruos o transformaciones físicas que los hacían verse como insectos.

Una de las páginas electrónicas subrayaba que las plantas maestras facilitaban el acceso a un estado de conciencia ampliada o iluminada, que permitía sentir y vivir a Dios dentro de uno mismo, al tiempo que todas las preguntas eran respondidas.

Al igual que me había sucedido antes de desembocar en el terreno de las canalizaciones, reconocí que si seguía leyendo testimonios y buscando información, lo único que conseguiría serían conocimientos intelectuales prestados.

“La sabiduría de la planta es posible que te conduzca a tu cielo, pero también a tu infierno” me explicó el chamán, aunque hizo la salvedad de que cada experiencia era única.

Necesitaba saber. No me bastaba con conocer. La información no me brindaba certezas. Sólo las vivencias podrían hacerlo. Ese razonamiento me condujo a superar temporariamente mis temores y me permitió participar de una ceremonia chamánica.  

Decidí que valía la pena arriesgarme para descubrir la divinidad que habitaba en mi interior, por más que el costo incluyera pasar por mi propio infierno.

Los requisitos previos para limpiar el cuerpo fueron tres días de alimentación sana, preferentemente con vegetales y frutas. Nada de sexo por ese mismo período y evitar, al máximo, el consumo de azúcares y leche.

La ceremonia se realizó en una casa en las afueras de Capital Federal. Las fotografías, dibujos, imágenes y artesanías que adornaban la sala principal, brindaban un marco especial, que invocaba el respeto por la Madre Tierra.

Contrariamente a lo que supuse, me encontré con personas comunes. Mi fantasía me hizo suponer que a esa clase de encuentros sólo acudirían adictos a las drogas y a las emociones fuertes. Por eso, encontrarme con dos señoras que estaban vestidas como si fuesen catequistas me permitió bromear, para liberar la tensión: “¿ustedes no serán extras, pera que yo no sienta tanto miedo, no?”. Las mujeres sonrieron y me explicaron que ellas estaban, al igual que yo, tratando de profundizar en el camino interior para lograr conocerse.

A las diez de la noche, a las quince personas que estábamos allí reunidas se nos hizo pasar a una sala contigua, donde comenzaría la ceremonia. La luz muy tenue, así como los almohadones, las colchonetas y las mantas en el suelo, indicaban que lo principal era tratar de relajarse.

El chamán, que tenía la responsabilidad de que pudiésemos atravesar la experiencia de la mejor manera posible, nos recomendó que no ofreciéramos resistencia y que tratáramos de fluir con la sabiduría de la planta. También nos deseó a todos una “buena muerte”.

Uno a uno fuimos pasando a beber Ayahuasca, mientras repetíamos: “salud con todos”. Sabía que su sabor era feo. Mi lengua se encargó de ratificarlo.

Nos fuimos ubicando cómodamente en las colchonetas, tras consumir el brebaje que los indios de la Cuenca del Amazonas consideran “medicina”. Ellos la utilizan, entre otras cosas, como medio para diagnosticar enfermedades y también para prevenir a sus pueblos de desastres inminentes.

Minutos más tarde, la mujer del chamán, que también lideraba la ceremonia, nos puso esencias florales en las manos y sopló por sobre nuestras cabezas para limpiarnos.

En cuestión de segundos, sentí un fuerte ardor a la altura del tercer ojo. Cuando quise darme cuenta estaba experimentando una alegría indescriptible. Me encontraba en medio de un carnaval de colores súper intensos y de indescriptibles belleza, jugando con dragones diminutos.

Todo era éxtasis. Las formas cambiaban de manera mágica. Las transformaciones eran rítmicas. Nunca me había divertido tanto. No paraba de reírme.

Tanta risa me hizo ahogar y cuando me incliné para toser, el multicolorido espectáculo comenzó a marchitarse. Abrí los ojos. Quise vomitar. Tomé la bolsa de plástico que nos habían dado por si eso sucedía. Cuando la acerqué hasta mi cara, la bolsa se transformó en la boca de una víbora.

Me aterré. Pensé que me estaba volviendo loco. Sentía que mi mente se partía. Quería irme. Me desesperó no entender lo que pasaba. Como pude, me levanté. No me importaba nada. Sólo quería escapar de esa sensación de pérdida de la realidad. Ya no era consciente de que había gente al lado mío. Estaba dentro de otro mundo.

Me tiré al piso y me bajé los pantalones hasta los tobillos. Quería evacuar mis intestinos. Cuando reaccioné que estaba desnudo, me cubrí y me puse de pié, pero el calvario seguía. Me desesperé todavía más.

“¿Qué estás haciendo?” me gritó el chamán, mientras me tomó de un brazo y me tiró humo sobre el rostro, para evitar que siga golpeándome la cabeza contra la pared. No me animaba a mirar su rostro. Tenía pánico de que pudiera transformarse.

Sentí una furia tremenda en mi interior, como si fuese el hijo de una bestia. Escuché sonidos aterradores y me di cuenta que era portador de un inmenso poder, capaz de causar daño.

Lentamente comenzó a filtrarse en mis oídos una dulce voz de fondo, acompañada por un tambor, que me fue sacando de las profundidades.

Conectar con la letra de la canción me elevó. También me ayudó a salir del infierno la firme mano del chamán sobre mi pecho, así como el humo del tabaco que me hacía inhalar.

Recién en ese momento pude coordinar para abrir la puerta de la sala y dirigirme al baño.

Pasar de golpe a una habitación iluminada, donde había gente, también fue impactante. Veía todo distorsionado. No podía focalizar. Me hablaban pero no entendía. El sonido se deformaba. Era como si estuviesen acelerando la cinta de audio y video.

Como pude, llegué al baño. Me sentí aliviado. No quería regresar a la ceremonia. Había conocido mi propio infierno y no quería saber más nada.

Me quedé a oscuras sentado en una silla. Un rato más tarde, supuse que debía animarme a regresar a la sala porque lo peor había pasado.

Entré y volví a ubicarme en mi colchoneta. El chamán me preguntó como estaba y me dijo que tratara de relajarme y de conectar con lo mejor de mí.

Le expliqué que no podía sentir, que estaba bloqueado. Respondió que no me preocupara y que cerrara los ojos. Sus palabras me guiaron hacia adentro. Nuevamente pude ver como si estuviese con los ojos abiertos.

Mi corazón se abrió de par en par y un río, color azul puro, inundó todo mi ser. Me sentí pleno. Completo. Era la primera vez que me sentía lleno de amor y con una profunda paz interior. Estaba en el otro extremo, mi propio cielo.

Podía abrir los ojos y seguir experimentando esa indescriptible sensación de plenitud y amor hacia toda la existencia.

Me puse a cantar. El estado ampliado de conciencia permitía que conectara fácilmente con las letras de las canciones y me hacía vibrar. Una de las canciones que más recuerdo comenzaba diciendo: “abro mi corazón, abro mi sentimiento, abro mi entendimiento, dejo a un lado la razón y dejo brillar el sol escondido en mi interior...”

Di gracias a Dios por ese momento tan especial y maravilloso. Todo era perfecto. Hasta las situaciones difíciles que momentos antes había vivido, porque revelaron mi otra mitad.

La mujer del chamán se acercó y me dijo si quería tomar. Le dije que sí, pensado que me daría esencias florales. Cuando tragué me di cuenta que había ingerido nuevamente Ayahuasca. Me asusté mucho. Supuse que nuevamente caería en mi infierno, pero nada de eso ocurrió. Solamente seguí experimentando amor y gratitud a raudales.

Caminé hasta el lugar de la sala en donde me había descontrolado y me senté. Ese lugar representaba mi lado oscuro. Sentí que se borraban mis divisiones internas y que había sanado, al ser capaz de afrontar los miedos.

Siempre me costó meditar, porque no era fácil acallar mi mente, pero esa madrugada fue todo diferente. Cerré los ojos y me dejé abrazar por la quietud.

Poco a poco, fui vivenciando escenas de vidas pasadas y mis respuestas eran respondidas. Lo extraño era que las respuestas surgían sin que las pudiera controlar de manera consciente, era como si un maestro interior fuese el que me las estaba brindando. Sólo a modo de ejemplo, puedo decir que reviví parte de mi vida como monje.

Fueron siete horas fuera de serie. Nunca hubiese podido imaginar que era posible vivir una experiencia tan impactante y movilizadora. Sé que estas palabras no alcanzan para describir ni siquiera el cinco por ciento de todo lo que viví esa madrugada, porque al retornar al estado ordinario de conciencia uno sabe que aprendió muchísimo más de lo que es capaz de rememorar.

A medida que el sol se fue asomando, cada uno regresó de su viaje interior.

Unos meses más tarde, con la finalidad de seguir trabajando en el camino de apertura espiritual y autodescubrimiento, volvía a repetir la experiencia con Ayahuasca y por último con San Pedro. De ese modo di también por concluida mi experiencia con las plantas sagradas del Perú.

Soy consciente de que las plantas maestras me sacaron del sótano en el que estaba y me llevaron de un tirón hasta la terraza, para que todo mi ser sea testigo de que existen otros horizontes, más allá de mis limitaciones. La tarea consiste, ahora, en subir escalón por escalón. Sin ningún tipo de ayuda.

No existe un único camino

Si en este momento su mente está muy ocupada en determinar con qué parte de esta narración concuerda y con cuál no, pierde su tiempo. Tenga presente que al comienzo del libro quedamos en que estaba jugando a leer.

Y en el mágico juego de la vida, está búsqueda es tan válida como cualquier otra, porque no existe un único camino. Los hay tantos como personas.

No desperdicie su energía. Estos pasos fueron valederos para mí, y eso es lo que cuenta. No pretendo que vaya a Capilla del Monte, que le rece a la Virgen de San Nicolás, ni tampoco que salga a buscar canalizadores para vivir experiencias similares.

Le revelé parte de mi historia para que no sienta que es el único “desquiciado”, y para que tome conciencia de que hay patrones comunes que se repiten a poco de aventurarse en la búsqueda.

Advierta que, al igual que usted, otras personas también están atravesando situaciones de aprendizaje similares que las impulsan, entre otras cosas, a superar los miedos, a escuchar la voz interior, a dejar fluir las emociones, a volverse más espirituales, a relacionarse con la naturaleza y a tratar de hacer realidad el sueño de ayudar a construir un mundo más sano.

Aunque se le reían en la cara e intenten desacreditarlo, no claudique en su búsqueda. Ponga lo mejor de sí, sin importar por dónde lo conduzca su camino de evolución personal.

Nunca olvide que todos los senderos son absolutamente válidos. Recorra el suyo como mejor pueda, sin temor al qué dirán.

La búsqueda continúa

Hoy estamos frente a un momento histórico de la humanidad, que demanda flexibilidad y adaptabilidad. Pero por sobre todo demanda el despertar de una conciencia adormecida, que necesita que la mente, el cuerpo y el espíritu funcionen de manera sincronizada.

Los obstáculos que la vida nos pone, son oportunidades disfrazadas para que podamos evolucionar. Cada experiencia es intransferible. Nadie más que nosotros somos responsables de nuestros propios actos. Con cada decisión, contribuimos a que el mundo florezca o se marchite.

Es tiempo de que aflore lo mejor de cada uno. Es tiempo de escuchar la voz de nuestro corazón. Es tiempo de que nos animemos a derribar los muros de nuestros temores y prejuicios, para salir del pantano de la deshumanización.

Volvámonos más sensibles. Démosle a la intuición, al amor, a la imaginación, a la solidaridad, a la humildad, a la alegría y a la risa el lugar que se merecen. Recuperemos la sabiduría de vivir en armonía con la madre naturaleza.

No olvidemos que somos los hacedores de una nueva humanidad. Los constructores de un nuevo orden. Las semillas de un nuevo reino. Sólo debemos darnos el permiso de “ser humanos”, para poder vibrar en una nueva dimensión.

Dejemos las creencias de lado. Trascendamos las divisiones. Sintonicemos con lo más puro de nuestro ser y asumamos el compromiso de cambiar. Nadie puede hacerlo por nosotros. Es una tarea indelegable y también impostergable. No tenemos demasiado tiempo. Debemos comenzar ahora. El futuro no es más que una proyección de la mente y el pasado se compone de la suma de recuerdos.

No importa si es verdad que existen las ciudades intraterrenas, las vidas pasadas, la Virgen, Jesús, los mensajes canalizados, las plantas maestras, los chamanes o los seres de otros planetas. Lo que sí importa es que, de una vez por todas, tomemos plena conciencia de nuestra propia realidad.

Debemos despertar, para reconocer que nos encontramos sumidos en la barbarie y que estamos destruyendo - a pasos agigantados- nuestro único hogar, la  Madre Tierra.

Cada uno es dueño de sacar sus propias conclusiones. Estamos en el planeta del libre albedrío. Habrá quienes descrean de lo leído y piensen que sólo fue una historia inventada, con el propósito de escribir un libro. Otros, en cambio, quizá se sientan representados a través de estas palabras y se animen a vivir sus propios llamados internos. Nunca se sabe. El juego de la vida es tan misterioso como fascinante.

Esta narración está impregnada por mi subjetividad. Lleva el estigma de mi mente. Contiene el molde ineludible de mis condicionamientos y limitaciones. Los protagonistas de estas vivencias quizá puedan tener otro tipo de interpretaciones sobre los mismos acontecimientos, e incluso enseñanzas diferentes.

Acuérdese que toda forma de ver es una forma de no ver, y que un mismo hecho puede ser visto en distinta perspectiva, porque no existe una única verdad.

Mi historia, poco a poco, va llegando a su fin.

Así como en su oportunidad la intuición me dictó que había llegado el tiempo de las vivencias, ahora me susurra al oído que es momento de ir hacia adentro. Es hora de conectar con mi esencia. Con mi espíritu. Con aquello que nunca muere.

Mi proceso de búsqueda espiritual no se detiene. Sólo cobra una nueva dimensión.

Este libro se acaba. La búsqueda continúa... VOLVER