Odas de Horacio, 1ª parte

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Odas, 1ª parte Odas, 2ª parte Odas, 3ª parte Odas, 4ª parte

 

HORACIO
 
 
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LIBRO I

 

ODA PRIMERA
 
 
Mecenas, estirpe de antiguos reyes, ¡oh mi refugio, mi apacible gloria! Hay
quienes encuentran placer en haberse cubierto en la carrera con el polvo olímpico. Y
la meta, perseguida por las ruedas ardientes de su carro y la codicia de las palmas
triunfales los eleva a los dioses, dueños de la Tierra.
Este otro se regocija si la turba inconstante de los ciudadanos, produciéndose a
porfía, le hace subir el triple escalón de los honores.
Huélgase aquel otro si encierra previsor en sus silos todo el grano recogido en las
eras líbicas. A aquel, cuyo gozo es labrar con el azadón los campos de sus mayores,
jamás, ni aun pagándole todo el oro de Atalo, se le arrancará de allí para llevarlo,
marino temeroso, a surcar con nave de Chipre el mar de Mirtos.
Cuando el Abrego lucha con las olas icarias, el mercader espantado añora la
quietud apacible y el campo de su aldea; mas pronto repara las averías de sus
embarcaciones, pues no se resigna a padecer miseria. He aquí uno que no desdeña las
copas de un Másico añejo y gustosamente consume una parte del día ya tendido su
cuerpo bajo el verde madroño, ya cerca del armonioso brotar de un manantial sagrado.
Muchos encuentran placer en el campamento, en los acentos confundidos del clarín
y de la trompeta, en los combates que las madres maldicen.
El cazador permanece a cielo abierto olvidado de su joven esposa sí sus fieles
perros han venteado un ciervo, o un jabalí marso ha roto las redes de fina malla.
A mí la hiedra, recompensa de las doctas frentes, me mezcla con los dioses del
cielo; a mí el umbrío bosque, y los coros de leves ninfas con los sátiros, me separan
del pueblo, con tal que Euterpe no haga callar sus flautas y Polimnia no se niegue a
concederme la lira de Lesbos.
Mas si tú me concedes un lugar entre los líricos inspirados, tocaré los astros con
altiva frente.
  
II
Ya el padre de los dioses ha hecho caer bastante granizo sobre la tierra y, batiendo
con su diestra enrojecida las sagradas colinas, atemorizó a la ciudad.
Horrorizó a las naciones el pensamiento de que volviera el duro siglo en que Pirra
lamentaba prodigios nunca oídos, cuando Proteo llevó su ganado marino a recorrer los
elevados montes; cuando los peces se posaron en las ramas de los olmos en donde las
torcaces habían tenido su morada familiar, cuando sobre la llanura rasa de las aguas
nadaron los tímidos corzos.
Yo he visto el Tiber, enturbiado de amarillo, llevando con violencia sus ondas por
la ribera etrusca, irse a abatir el monumento de un rey y el templo de Vesta; mientras
que, demasiado celoso ante los llantos de Ilia de mostrarse vengador, el río, marido
sumiso, vaga y se extiende por la orilla izquierda sin permiso de Júpiter.
Ella sabía que nosotros, ciudadanos, hemos afilado el hierro que mejor debiera
haber exterminado a los Persas temibles; sabía nuestras luchas la juventud esclarecida
 
por la falta de sus padres.
¿A cuál de los dioses invocará el Pueblo en socorro del Imperio que se tambalea y
con qué ruegos fatigará a las sagradas vírgenes de Vesta, sorda a sus fórmulas rituales:
;A quién dará Júpiter la misión de expiar el crimen? Ven por fin, te suplicamos,
cubriendo con una nube tus hombros resplandecientes, profeta Apolo.
O, si lo prefieres, ven tú, riente Ericina, que en tu vuelo vas ceñida por el Fuego y
el Deseo. O tú, si inclinas tus ojos sobre tu raza despreciada y sobre tus nietos, padre
Marte.
Ya saciada, ¡ay!, de juegos largos en demasía; tú, a quien agradan los gritos, los
carros brillantes y la mirada terrible del infante númida contra su enemigo
ensangrentado.
Ven tú, dios alado que, cambiando de figura, vistes sobre la tierra los rasgos de un
mancebo y aceptas, hijo de la bienhechora Maya, ser llamado vengador de César.
Retrasa por mucho tiempo tu retorno al cielo, prolonga gozoso tu estancia entre el
pueblo de Quirino y que en tu cólera contra sus vicios no te nos lleve una brisa
demasiado rápida.
Gózate aquí mejor con los triunfos grandes; complácete con los nombres de padre
y de príncipe, y no permitas que los Medos cabalguen impunes mientras vivamos,
César, bajo tu mando.
 

 III
 
¡Ojalá quiera la diosa soberana de Chipre y los hermanos de Helena, Castor y
Polux astros luminosos, y Eolo, el padre de los vientos que a todos encadena menos al
Yapix, guiarte, nave que me debes a Virgilio a ti confiado! ¡Vuélvele sin daño, te lo
ruego, de los confines áticos, y conserva a esta mitad de mi alma!
Dureza de roble y triple lámina de bronce ceñida al pecho, de aquel que
encomendó primero el quebradizo esquife a la sabia de los mares, y no temió la fuerza
impetuosa del Abrego en choque con los Aquilones, ni a las siniestras Hiadas, ni la
rabia del Noto, señor sin rival del Adriático, cuyo capricho revuelve y aplaca las
aguas. ¿Qué acometida de la Muerte temió aquel que con secos ojos pudo ver los
monstruos nadadores, la mar embravecida y los escollos tristemente célebres de
Acroceraunia? De nada sirvió a un dios, en su providencia, poner entre las tierras para
desunirlas, la barrera del Océano, ya que, pese a todo, impías naves franquean la
extensión inviolable de las aguas. En su audacia para desafiarlo todo, el linaje humano
se lanza por la ruta prohibida del sacrilegio. En su audacia, el hijo de Prometeo trajo,
por desdichado engaño, el fuego a la humanidad, y en pos del fuego arrebatado a la
mansión eterna, se abatió sobre la tierra la consunción con nuevo cortejo de fiebre. ¡Y
la muerte, replegada y lenta hasta entonces, aceleró su paso!
Dédalo se aventuró en el vacío del aire con alas vedadas al hombre, forzar el
Aqueronte fue uno de los trabajos de Hércules. Ya no hay para los mortales nada
demasiado alto.
Nuestro desatino pretende tocar el cielo y no permite que Júpiter deponga sus
irritados rayos.

IV
 
 
El crudo invierno se dulcifica con el blanco retorno de la primavera y de Fevonio;
los rodillos hacen deslizarse al mar las barcas enjutas; el ganado no se goza ya en los
establos ni el campesino junto al fuego; las praderas no encanecen con la blanca
escarcha. Ya Venus Citerea conduce su carro bajo la alta Luna y, unidas a las Ninfas,
las gracias encantadoras golpean la tierra en alternado ritmo mientras que el rutilante
Vulcano visita las forjas laboriosas de los Cíclopes.
Ahora es tiempo de enlazar nuestros lustrosos cabellos con el mirto verde o con los
flores que producen la esponjosa tierra; ahora es tiempo de sacrificar a Fauno, bajo la
sombra de los bosques sagrados, una cordera o al menos, y si así lo prefiere, un
cabrito.

 V
 
¿Qué esbelto mancebo entre profusión de rosas y bañado de líquidos perfumes te
abraza, Pirra, en el fondo de placentera gruta? ¿Para quién trenzas tu rubia cabellera,
con coqueta sencillez? ¡Cuántas veces, ay, llorará los cambios de tu fidelidad y de los
dioses, e inexperto se asombrará de ver el mar turbado por negras tormentas!
¡El que, ahora crédulo, se goza en tu beldad de oro, y que te espera toda para sí,
siempre amante, y no sabe de las traiciones de la brisa, otros desdichados.
¡Infelices los que no han aprendido lo que oculta la belleza! En cuanto a mí, una
tabla votiva sobre el sagrado muro atestigua que he consagrado mis vestidos
empapados al dios soberano del mar.

VI 
 
Será celebrado por Vario, águila del canto moenio, tu coraje, y él cantará tus
victorias sobre el enemigo por todas las batallas que por mar o a caballo los fieros
soldados han librado bajo tu mando.
Mas yo, Agripa, no intento cantar estas cosas ni la terrible cólera del inflexible hijo
de Peleo, ni las correrías por mar del astuto Ulises ni los horrores de la casa de
Penélope.
Débil como soy, no intento empeños sublimes porque el pudor y la Musa que reina
sobre mi lira pacífica me impiden menoscabar, por falta de ingenio, los méritos del
gran César y los tuyos.
¿Quién celebrará dignamente a Marte, vestido de acero, o a Marión, ennegrecido
de polvo troyano, o al hijo de Tideo, igual a los dioses del cielo con la ayuda de Palas,
Yo canto los banquetes, y las luchas en que las muchachas se debaten con afiladas
uñas contra los mancebos. Esto es lo que yo canto cuando mi corazón está vacío cíe
fuego o cuando, ligero como siempre, se abrase por algo.

 VII
 
Otros alabarán la luminosa Rodas, o Mitilene o Meso; o los muros de Corinto, que
dan a dos mares, o a Tebas, ennoblecida por Baco; o a Delfos, ilustrado por Apolo, o
los valles de Tesalia. Hay otros cuya única tarea es la de celebrar a todo lo largo de un
poema la ciudad de Palas, la inviolada, y de cosechar por doquiera los ramos de olivo,
con que ceñir su frente. Muchos llamarán a Argos, en honor de Juno, productora de
caballos, y a Micenas, rica.
A mi espíritu, ni el sufrido espartano ni los campos de la opulenta Larisa de
Tesalia, han impresionado tanto como el rumor de la fuente Albunea o el Anio, que se
precipita en cascadas. O el bosque sagrado de Tiburno, o los pomares que riegan
inquietos arroyuelos.
Y así corno el claro Noto con frecuencia limpia las nubes en el oscuro cielo y no
provoca sin fin las lluvias, así tú, Planco, sé prudente; acuérdate de poner un límite a
su tristeza y a las penas de la vida en el dulzor del vino, ya te retenga aún el
campamento en donde brillan las enseñas o la sombra densa de tu finca de Tibur.
Se dice que Teucro, al huir de Salamina y de su padre, ciñó con una corona de
hojas de álamo sus sienes humedecidas por el licor lieo, y habló de este modo a sus
entristecidos amigos: "Adónde quiera que nos deba llevar la Fortuna, menos dura que
mi padre, allá iremos, camaradas y compañeros míos. No hay porqué desesperar
teniendo a Tenero por jefe y bajo sus auspicios, pues el infalible Apolo ha prometido
que sobre una tierra nueva habrá otra Salamina bajo el mismo nombre. ¡Oh bravos
varones, oh guerreros que muchas veces conmigo habéis corrido peores pruebas! Que
el vino ahuyente ahora vuestros cuidados! Mañana saldremos de nuevo por la inmensa
llanura del mar".

 
VIII
 
Dime Lidia, te ruego en hombre de todos los dioses, ¿por qué te empeñas en causar
con tu amor la perdición de Sibaris? ¿Por qué ha tomado odio al soleado Campo de
Marte luego de tanto soportar el polvo y el sol? ¿Por qué no cabalga entre los jóvenes
corno él en edad del servicio militar? ¿Por qué no tasca la boca de un caballo galo con
dentado freno? ¿Por qué teme el contacto del amarillo Tiber? ¿Por qué evita el aceite
más cautamente que si se tratase de la sangre de una víbora? ¿Por qué no se amoratan
sus brazos bajo el peso de las armas, el mismo que sobresalió a menudo lanzando el
disco y la jabalina más allá de la meta? ¿Por qué vive escondido, como Aquiles, el
hijo de la marina Tetis, temeroso de que su atuendo varonil le arrojase a la matanza de
los batallones Lios.

IX
¿Ves cómo el Soracte se yergue blanco de nieve espesa, como las selvas no pueden
soportar el peso que las fatiga, como los arroyos han detenido sus aguas bajo el agudo
hielo?
Disipa el frío poniendo con largueza leños en el hogar y sé más liberal, Toliarco, y
saca el vino de cuatro años conservado en tinajas sabinas de dos asas.
Deja a los dioses lo demás: ellos abatieron los viento que luchan sobre el mar
hirviente y que agitan los cipreses y los vientos olmos.
Evita inquirir lo que sucederá mañana, y cualquiera que sea el día que te depare la
suerte, Toliarco, ponlo entre tus ganancias. No desdeñes, muchacho como eres, los
dulces amores y las danzas, en tanto que tu edad en flor se mantiene lejos de la vejez
canosa y tarda. Ahora hay que buscar el Campo de Marte y las plazas, y también a una
hora convenida, los dulces coloquios nocturnos.
Busca la risa grata que denuncia a la doncella desde el rincón apartado en que se
oculta, y la prenda de amor quitada a su brazo o a su dedo que ofrece débil resistencia.
 

 X
 
Mercurio, nieto del elocuente Atlante, tú, que viendo las costumbres feroces de los
hombres nuevos sobre la tierra, acudiste hábil a pulirles con la palabra y con el uso de
la palestra que embellece; es a ti a quien cantaré, mensajero del gran Júpiter y de
todos los dioses; padre de la corva lira, hábil en ocultar con un gracioso engaño todo
lo que te viene en gana; te canto a ti que, una vez con astucia robaste las vacas de
Apolo y, en el momento en que él te amenazaba con voz terrible si no las restituías,
desposeíste al dios de su aljaba y de buen grado rompió a reír.
También bajo tu guía, el viejo Príamo pudo, al abandonar ilion, engañar a los
orgullosos atridas y los fuegos de Tesalia y el cerco inicuo de Troya.
Eres tú quien pone a las almas piadosas en bienaventuradas mansiones y bajo tu
vara de oro riges la turba de vanas sombras, grata a los dioses celestes e infernales.
 

 
XI
 
No quieras asaber, pues ello nos está vedado, qué fin, Liconoe, han señalado para
mí y para ti los dioses. Y no interrogues a los cálculos babilónicos. ¡Cuánto mejor es
sufrir todo lo que pueda suceder! Y ora Júpiter te conceda más de un invierno, ora sea
éste el último que ahora quebranta el mar Tirreno contra los acantilados de
desgastadas rocas, sé prudente. Filtra tus vinos y, ya que la vida es corta, ajusta
esperanza larga. Mientras hablamos, el tiempo celoso huyó. Atiende al día presente, y
no te fíes lo más mínimo del porvenir.
 

 
XII
 
¿Qué hombre o qué héroe te propones, Clio, celebrar con la lira o con la aguda

 
flauta? ¿Qué dios vas a cantar cuyo nombre el festivo Eco devuelva, ya en las
regiones sombrías del Helicón, ya en el Pirado o en el Hemo helado, donde los
bosques siguieron atropelladamente al armonioso Orfeo, el cual, por arte materno,
deja en suspenso la carrera precipitada de los ríos y la agilidad de los vientos? ¿A
quién reservas las caricias en las cuerdas sonoras de tu lira para dar oídos a las encinas
y llevarlas tras de sí?
,Qué diré antes del acostumbrado elogio del dios, tu padre, que gobierna las cosas
humanas y divinas, y que con la variedad de las estaciones templa el mar, la tierra y el
cielo?
De él nada nace más grande que él mismo, y nada tiene Vigor que se asemeje a lo
que tiene por segundo. Sin embargo, los de Palas serán los honores más próximo a él.
No callaré tus alabanzas, Baco, audaz en el combate. Ni te omitiré a ti, Diana,
virgen enemiga de las crueles bestias salvajes. Ni a ti, Febo, que te haces temer por tu
flecha certera.
Cantaré también a Alcides y a los hijos de Leda, célebres uno por las victorias de
sus caballos y el otro por la fuerza de sus puños. Su estrella clara, tan pronto como se
ofrece resplandeciente a los marineros, hace fluir de las rocas alterada el agua. Huyen
las nubes y sobre el mar se aplacan, por que así lo quisieron, las amenazadoras olas.
¿Nombraré después de estos primero a Rómulo y el reino pacífico de Pompilio?
¿Acaso cantaré las antorchas soberbias de Tarquino o la noble muerte de Catón? Aún
lo estoy dudando.
Ni Camena agradecida tendrá altos acentos para cantar a Rómulo y a los Escauros
y a Paulo, pródigo de su gran alma después de ser vencido por Cartago. Y a Fabricio.
A éste y a Curión, de revueltos cabellos. Y a Camilo, la penuria ignorada, la
heredad de sus mayores y el hogar modesto les hicieron útiles para la guerra.
El renombre de Maecelo crece como un árbol por la acción secreta del tiempo.
Luce entre todas las glorias la estrella de Julio como brilla la luna entre las estrellas
menores.
¡Padre y guardián de la raza humana, hijo de Saturno! Los hados te han dado el
cuidado del gran César, que reina después de ti.
Lo mismo que cuando domeña y lleva en triunfo legítimo a los Partos que al
amenazar el Lacio o someter a los Seras y a los Indios situados en los confines del
Oriente.
Por debajo de ti gobernará equitativamente el mundo gozoso. Tú desquiciarás el
Olimpo bajo el peso de tu carro terrible. Tú lanzarás rayos enemigos sobre los
sagrados bosques profanados.