Decodificando la ciencia perdida
de la oración y la profecía
(The Isaiah Efect)
de
Gregg Braden
Este libro fue pasado a formato digital para facilitar su difusión,
con el propósito de que así como tú lo recibiste, lo puedas hacer llegar a alguien más,
ayudando al ser humano a ser más humano.
Nueva Conciencia. Libro EL EFECTO ISAÍAS – Gregg Braden.
Gregg Braden y Alejandro Ariz a.
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Nueva Conciencia. Libro EL EFECTO ISAÍAS – Gregg Braden.
La ciencia cuántica sugiere la existencia de muchos futuros posibles para cada
momento de nuestra vida. Cada futuro se encuentra en un estado latente hasta que lo
despertamos gracias a las elecciones que realizamos en el presente.
Un rollo de dos mil años de antigüedad con un texto escrito por el profeta Isaías
describe precisamente dichas posibilidades en un lenguaje que tan sólo estamos
empezando a comprender. Además de compartir sus visiones de nuestro tiempo, Isaías
describió la ciencia de cómo elegir qué futuro experimentar.
Cada vez que lo hacemos, experimentamos el efecto Isaías.
Las antiguas tradiciones nos recuerdan que hemos venido a este mundo por una
razón que está por encima de cualquier otra. Estamos aquí para amar y hallar un amor
aún mayor que trasciende cualquier otra forma de amor conocida por los ángeles celes-
tiales.
Este libro está dedicado a nuestra búsqueda del amor y al recuerdo de nuestro poder
para traer el Cielo a la Tierra.
Comienzos ………………………………………………………………………………… 5
Introducción ……………………………………………………………………………….. 9
1. VIVIR EN LOS DÍAS DE LA PROFECÍA …………………………………………….. 14
La historia apunta al presente
2. PALABRAS PERDIDAS DE UN PUEBLO OLVIDADO ……………………………. 31
Más allá de la ciencia, de la religión y de los milagros
3. LAS PROFECÍAS ……………………………………………………………………… 48
Visiones silenciosas de un futuro olvidado
4. OLAS, RÍOS Y CAMINOS …………………………………………………………….. 71
La física del tiempo y de la profecía
5. EL EFECTO ISAÍAS …………………………………………………………………… 93
El misterio de la montaña
6. ENCUENTRO CON EL ABAD ……………………………………………………….. 100
Los esenios en el Tíbet
7. EL LENGUAJE DE DIOS ……………………………………………………………… 123
La ciencia perdida de la oración y de la profecía
8. LA CIENCIA DEL SER HUMANO ……………………………………………………. 148
Secretos de la oración y de la sanación
9. SANAR LOS CORAZONES, SANAR LAS NACIONES …………………………… 179
Volver a escribir nuestro futuro en los días de la profecía
Finales ……………………………………………………………………………………… 205
Notas ………………………………………………………………………………………. 207
Agradecimientos ………………………………………………………………………….. 215
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Comienzos
Escuché con atención lo que decía la voz de la radio para asegurarme de que lo
había oído bien. No estaba familiarizado con el salpicadero de la nueva furgoneta que
había alquilado hacía sólo unos días y los indicadores luminosos me resultaban extraños.
Torpemente manejé el control de volumen de la radio para ahogar el rugido de un
incesante viento de costado que era el preludio de una tormenta de invierno visible desde
la puesta del sol. Hasta donde podía divisar desde la carretera nacional, sólo se insinuaba
el reflejo de luces distantes en las nubes bajas que tenía por encima. Al estirarme para
ajustar el espejo retrovisor, mis ojos siguieron el asfalto que acabábamos de recorrer
hasta desaparecer en la oscuridad que nos rodeaba. No había ningún resplandor de luces
delanteras que anunciara la llegada de algún otro coche. Estábamos solos,
completamente solos, en esa autopista del norte de Colorado. Al mismo tiempo me
preguntaba cuántas personas, en sus hogares o coches, estarían oyendo lo que yo
estaba escuchando de boca del locutor.
El moderador estaba entrevistando a un invitado, le pedía que compartiera su visión
del final del presente milenio y del nacimiento del siglo xxi. Al invitado, un respetado
escritor y educador, se le solicitó que expresara qué futuro veía para la humanidad en los
próximos dos o tres años. La radio crepitó brevemente mientras sus palabras describían
un futuro inmediato inestable. Con autoridad y seguridad, habló de su visión de un
inevitable colapso finisecular de las tecnologías globales, especialmente de las basadas
en la informática. Mientras desarrollaba el escenario del peor de los casos, emergía un
futuro donde los elementos básicos de la vida escasearían, o quizá se agotarían, durante
meses o años. Citó limitaciones en el abastecimiento de electricidad, agua, gas natural,
comida, y la pérdida de las comunicaciones como los primeros signos de la disolución de
los Gobiernos locales y nacionales. El invitado siguió especulando sobre una época en
nuestro previsible futuro en que las leyes nacionales quedarían suspendidas y se habría
de imponer la ley marcial para mantener el orden. Además de esas temibles condiciones,
citó la creciente amenaza de enfermedades incontrolables y la posibilidad de una tercera
guerra mundial con armas de destrucción masiva, todo lo cual conduciría a la pérdida de
casi dos tercios de la población mundial, aproximadamente cuatro mil millones de
personas, en un plazo de tres años.
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Por cierto que anteriormente ya había escuchado este tipo de presagios. Desde las
visiones de los profetas bíblicos hasta las profecías de Nostradamus y Edgar Cayce, en
los siglos xvi y xx respectivamente, el aumento del nivel del mar, la formación de grandes
mares interiores y catastróficos terremotos han sido temas constantes en las predicciones
para el cierre del segundo milenio. Esa noche hubo algo diferente. Quizá fuera porque me
sentía solo en la autopista. Quizá porque sabía que había muchas otras personas que
estaban escuchando el mismo mensaje, la autoritaria voz de un invitado invisible que
llegaba hasta sus hogares, oficinas y automóviles. Me encontré inmerso en una gama de
experiencias que variaban desde intensos sentimientos de desesperanza y lágrimas de
profunda tristeza hasta brotes de ira y rabia igualmente poderosos.
«¡No!», empecé a gritar. «¡No, no tiene por qué ser como lo describes! Nuestro futuro
todavía no ha llegado. Todavía se está formando y aún estamos eligiendo el resultado. »
Tras subir a la cumbre de una colina, empecé a descender hacia un valle y se perdió
la recepción. La última parte de la entrevista que escuché era que el invitado aconsejaba
a las personas que «huyeran hacia las montañas» y que se prepararan para la larga
espera. Para aquellos que vivían sumidos en la pobreza, al margen de la sociedad o
inconscientes de los acontecimientos que estaban dando forma a nuestro futuro, el
invitado les dio un consejo compuesto por cuatro palabras: «¡Que Dios los ayude!».
Aunque las voces de la radio se distorsionaban y desaparecían, el impacto de sus
palabras permanecía.
Traigo aquí esta historia porque la perspectiva que se transmitió a través de las
ondas de radio esa noche fue precisamente eso: una perspectiva, no una seguridad sobre
lo que nos espera en el futuro. Además de describir escenas de tragedia y desesperación,
los antiguos profetas previeron futuros igualmente viables de paz, cooperación y de gran
salud para los habitantes de la Tierra. En unos extraños manuscritos con más de dos mil
años de antigüedad, dejaron los secretos de una ciencia perdida que nos permite
trascender las profecías catastróficas, las predicciones y los grandes retos de la vida. A
simple vista, la ciencia que hay codificada en esos peculiares documentos puede sonar a
ficción, o al menos al tema de una película futurista. Contemplados con los ojos de la
física del siglo xx, sin embargo, los principios que contienen estos antiguos textos aclaran
y ofrecen nuevas posibilidades sobre nuestra función en la dirección del rumbo de este
momento en la historia. Los desgastados fragmentos de estos textos describen una cien-
cia perdida que tiene el poder de acabar con todas las guerras, enfermedades y
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sufrimientos; iniciar una era de paz y cooperación sin precedentes entre Gobiernos y
naciones; hacer que los fenómenos climáticos destructivos sean inofensivos; aportar una
curación definitiva para nuestros cuerpos, y redefinir las antiguas profecías de
devastación y catastróficas pérdidas humanas.
Los últimos desarrollos en la física cuántica apoyan precisamente tales principios y
aportan nueva credibilidad al papel de la oración masiva y a las antiguas profecías. Vi por
primera vez los indicios de esta sabiduría de poder en las traducciones de los textos
arameos escritos unos quinientos años antes de la era cristiana. Los mismos textos
afirmaban que durante el siglo I de nuestra era escritos de tradiciones secretas fueron
transportados desde la tierra natal de sus autores en Oriente Próximo hasta las montañas
de Asia para protegerlos. En la primavera de 1998, tuve la oportunidad de organizar un
grupo de veintidós personas para hacer una peregrinación a las altas montañas del Tíbet
central, a fin de presenciar y confirmar las tradiciones a las que hacían referencia estos
textos con dos mil años de antigüedad. Junto a la investigación a gran escala que se está
realizando en ciudades occidentales, nuestro viaje aporta nueva credibilidad a estos
antiguos recordatorios sobre nuestro poder para acabar con el sufrimiento de
innumerables personas, evitar una tercera guerra mundial y alimentar a todos los niños,
mujeres y hombres que están hoy con vida, así como a las generaciones futuras. Sólo
tras ascender a los monasterios, localizar las bibliotecas y presenciar las antiguas
prácticas que han llegado hasta nuestros días, puedo compartir con seguridad la agudeza
de tales tradiciones.
Mientras la ciencia moderna sigue verificando la relación entre los mundos interior y
exterior, es cada vez más probable que un puente olvidado vincule el mundo de nuestras
oraciones con el de nuestra experiencia. Quizás este vínculo represente lo mejor que toda
esa ciencia, religión y mística puede ofrecer, llevado hasta niveles nuevos que nunca
antes nos hubieran parecido posibles. La belleza de esa tecnología interior estriba en que
se basa en las cualidades humanas que ya poseemos. Se nos invita a que sencillamente
recordemos, en la comodidad de nuestros propios hogares y sin que exista expresión
externa científica o filosófica. Al hacerlo transmitimos, a nuestras familias, comunidades y
seres queridos, el poder de un mensaje de vida y esperanza que procede de tiempos
inmemoriales. Los profetas que nos vieron en sus sueños, nos recuerdan que, al honrar a
toda forma de vida, estamos consiguiendo nada más y nada menos que la supervivencia
de nuestra especie y garantizar el futuro del único hogar que conocemos.
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GREGG BRADEN
Norte de Nuevo México
Enero de 1999
Introducción
¿Es posible que exista una ciencia perdida que nos ayude a trascender temas como
la guerra, la destrucción y el sufrimiento predichos hace tanto tiempo para nuestra época
actual? ¿Cabe la posibilidad de que en alguna parte de las neblinas de nuestra antigua
memoria colectiva hubiera tenido lugar algún acontecimiento que provocara un vacío en
nuestra comprensión sobre cómo relacionarnos con nuestro mundo y entre nosotros? De
ser así, ¿sería posible que, de salvar ese obstáculo, se pudieran evitar las grandes
tragedias a las que se ha de enfrentar la humanidad? Textos de dos mil quinientos años
de antigüedad, así como la ciencia moderna, sugieren que la respuesta a estas preguntas
y a otras similares es un rotundo « ¡sí! ». Además, en el lenguaje de sus tiempos, los que
vivieron antes que nosotros nos recuerdan dos poderosas técnicas que están en relación
directa con nuestra vida actual. La primera es la ciencia dé la profecía, que nos permite
ser testigos de las consecuencias futuras de nuestras elecciones del presente. La
segunda es la sofisticada técnica de la oración, que nos permite elegir qué profecía futura
vamos a vivir.
Los secretos de nuestras ciencias perdidas parecen haber sido abiertamente
compartidos por sociedades y tradiciones antiguas. Los últimos vestigios de esta
poderosa sabiduría en la tradición occidental se perdieron al desaparecer textos muy
valiosos en el siglo iv. Fue en el año 325, cuando los elementos clave de nuestra antigua
herencia fueron apartados de la población general y quedaron relegados a las tradiciones
esotéricas de escuelas de misterio, a sacerdotes de elite y a las órdenes sagradas. A los
ojos de la ciencia moderna, las recientes traducciones de textos como los manuscritos del
mar Muerto y las bibliotecas gnósticas de Egipto han abierto las puertas a aquellas
posibilidades que se dejaban entrever en los cuentos populares y de hadas antiguos y
han supuesto un nuevo despertar para las mismas. Ahora, después de dos mil años de
haber sido escritos, podemos ratificar el poder de una fuerza que mora en nuestro interior,
un poder muy real que tiene la capacidad de acabar con el sufrimiento y traer paz dura-
dera al mundo.
Los autores antiguos nos legaron su poderoso mensaje de esperanza descrito con las
palabras de su tiempo. Las visiones del profeta Isaías, por ejemplo, fueron registradas
más de quinientos años antes del nacimiento de Cristo. El rollo de Isaías, el único manus-
crito descubierto intacto entre los manuscritos del mar Muerto en 1946, desplegado y
montado sobre un cilindro vertical, está expuesto en el Santuario del Museo del Libro de
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Jerusalén. La exposición, considerada como insustituible, está protegida por un sistema
diseñado para que la estancia se convierta en una cámara acorazada sellada con puertas
de acero a fin de conservar el rollo para las generaciones futuras, en el supuesto de que
se produjera un ataque nuclear. La antigüedad del rollo de Isaías, su integridad y el propio
texto ofrecen una oportunidad única para considerarlo como representativo de las muchas
profecías proferidas para nuestro tiempo. Aparte de los detalles de los acontecimientos
concretos, la visión generalizada de las antiguas predicciones revela el trasfondo de un
tema común. En todas las visiones de nuestro futuro, las profecías siguen un patrón claro:
descripciones de catástrofes, inmediatamente seguidas de una visión de vida, dicha y
esperanza.
En el manuscrito conocido más antiguo de este tipo, Isaías comienza su visión de
posibles futuros, con la descripción de una época de destrucción global de una magnitud
nunca vista. Describe su ominoso momento como una época en que «enteramente
arruinada quedará la Tierra, totalmente devastada» (Is. 24,3).' Su visión de una época que
aún había de llegar se parece mucho a las descripciones de muchas otras profecías de
distintas tradiciones, incluidas las de los nativos americanos hopi y navajo, así como las
de los mayas de México y Guatemala.
Sin embargo, en los versos que vienen a continuación de la descripción de
devastación de Isaías, su visión cambia espectacularmente a un escenario de paz y
salud: «Porque las aguas rebosarán en el desierto, arroyos en la estepa... Y la ardiente
arena se convertirá en estanque, y el sequedal en manantiales de agua» (Is. 35, 6-7).
Además, Isaías dice que «en aquel tiempo los sordos oirán las palabras del libro, y los
ojos de los ciegos verán desde la oscuridad y sin tinieblas» (ib., 29,18).
Durante casi veinticinco siglos, los eruditos han interpretado principalmente estas
visiones como una descripción de acontecimientos que se esperaba que ocurrieran
justamente en el orden en que son descritos en el rollo de Isaías: en primer lugar la
tribulación de la destrucción, seguida de una etapa de paz y salud. ¿Es posible que estas
visiones de otros tiempos tuvieran otro significado? ¿Podrían las introspecciones de los
profetas reflejar las habilidades de expertos maestros que se introducían entre los
mundos de posibles futuros y registraban sus experiencias para las generaciones futuras?
De ser así, los detalles de sus viajes podrían ofrecernos importantes claves para descifrar
un tiempo que está por llegar.
Los antiguos profetas, al igual que las creencias de los físicos del siglo 'xx, vieron el
tiempo y el curso de nuestra historia como una senda que puede recorrerse en dos
direcciones: hacia atrás así como hacia delante. Reconocieron que sus visiones tan sólo
reflejaban posibilidades para un momento dado en el tiempo, más que acontecimientos
que sucederían con toda certeza, y cada posibilidad se basaba en las condiciones
existentes en el momento de la profecía. Cuando estas cambiaran, el cambio se vería
reflejado en el resultado de cada profecía. Una visión de guerra de un profeta, por
ejemplo, se podía ver como un futuro seguro sólo si no se ponía fin a las circunstancias
sociales, políticas y militares en el momento de la profecía.
Esta misma línea de razonamiento nos recuerda que, cambiando nuestra forma de
actuar en el presente -aunque, a veces, ello suponga sólo un pequeño cambio-, podemos
cambiar todo el curso de nuestro futuro. Este principio se aplica tanto a circunstancias
individuales, como la salud y las relaciones, como al bienestar general del mundo. En el
caso de una guerra, la ciencia de la profecía puede permitir a un visionario proyectar su
visión a un tiempo futuro y alertar a las personas de su tiempo de las consecuencias de
sus acciones. De hecho, muchas profecías van acompañadas de reiteradas súplicas de
cambio en un intento de evitar que suceda lo que los profetas han visto.
Las visiones proféticas de posibilidades lejanas a menudo nos recuerdan la analogía
de los caminos paralelos, sendas posibles que se introducen tanto en el futuro como en el
pasado. De tanto en tanto los cursos de los caminos parecen desviarse, haciendo que
uno se acerque a su vecino. Es en estos puntos donde los antiguos profetas creían que
los velos entre los mundos eran muy finos. Cuanto más finos estos, más fácil era elegir
nuevas vías para el futuro, saltando de un camino a otro.
Los científicos modernos se toman muy en serio estas posibilidades, y han creado
nombres para estos acontecimientos, así como para los lugares donde los mundos se
conectan. Mediante expresiones como «ondas del tiempo», «resultados cuánticos» y
«puntos de elección», profecías como las de Isaías adquieren poderosos y nuevos
significados. En lugar de ser pronósticos de acontecimientos que se prevén para un día
en el futuro, son destellos de las posibles consecuencias de las decisiones que tomamos
en el presente. Tales descripciones suelen recordarnos un gran simulador cósmico, que
nos permite ser testigos de los efectos de nuestras acciones a largo plazo.
Sorprendentemente, a semejanza de los principios cuánticos que sugieren que el
tiempo es una colección de resultados maleables y diversos, Isaías la un paso más,
recordándonos que las posibilidades de nuestro futuro vienen determinadas por
elecciones colectivas realizadas en el presente. Al compartir muchos individuos una
opción común, amplían el efecto y aceleran el resultado. Algunos de los ejemplos más
claros de este principio cuántico pueden observarse en las oraciones masivas para que se
produzcan milagros; de pronto se salta de una situación futura a experimentar otra. A
principios de los ochenta, los efectos de la oración con una finalidad fueron documentados
mediante experimentos controlados en zonas urbanas con un alto índice de
criminalidad.2'3 A través de estos estudios, el efecto localizado de la oración ha sido muy
bien documentado en publicaciones para todos los públicos. ¿Pueden aplicarse los
mismos principios a zonas más amplias, quizás a escala global?
El viernes 13 de noviembre de 1998, se puso en práctica una oración masiva en todo
el mundo, como una opción para la paz en una época en que había una escalada de
tensión política en muchas partes del mundo. Concretamente, ese día era la fecha límite
impuesta a Iraq para cumplir con las exigencias de las Naciones Unidas respecto a las
inspecciones de armamento. Tras meses de negociaciones sin éxito para acceder a los
lugares clave, las naciones de Occidente habían dejado claro que el incumplimiento por
parte de Iraq daría como resultado una campaña de bombardeo masivo y extensivo
diseñado para destruir las zonas donde se sospechaba que guardaban armamento.
Semejante campaña habría producido, sin duda alguna, una gran pérdida de vidas
humanas, tanto de civiles como de militares.
Una comunidad global de varios cientos de miles de personas conectadas mediante
la World Wide Web, optó por la paz en una oración masiva cuidadosamente sincronizada
en momentos precisos de esa tarde. Durante el tiempo de oración, tuvo lugar un acon-
tecimiento que muchos consideran un milagro. A treinta minutos del ataque aéreo, el
presidente de Estados Unidos, tras recibir una carta de los oficiales iraquíes diciendo que
iban a cooperar con las solicitadas inspecciones de armamento, dio la insólita orden al
ejército estadounidense de «deponer las armas», el término militar para suspender una
misión.
Las probabilidades de que este hecho sucediera fortuitamente en el mismo marco de
tiempo en que se estaba llevando a cabo la oración mundial son mínimas. Los escépticos
han visto la sincronícidad que hubo en este ejemplo como una «casualidad». Sin
embargo, dado que se han visto anteriormente resultados similares en acontecimientos
ocurridos en Iraq, en Estados Unidos y en Irlanda del Norte, el creciente aumento de
pruebas sugiere que el efecto de la oración masiva es más que una coincidencia. Las
pruebas, que confirman un principio descubierto en textos centenarios, sencillamente
afirman que la elección de muchas personas, concentradas de una forma específica, tiene
un efecto directo y constatable sobre nuestra calidad de vida.
Aunque tales cambios parezcan inexplicables por medios ordinarios, los principios
cuánticos los tienen en consideración como productos de la fuerza interior de una elección
colectiva o de un grupo. Quizá la perdida ciencia de la oración, oculta en las antiguas
tradiciones hasta que nuestro pensamiento actual pudiera reconocerla, ofrezca una forma
de acción para evitar la enfermedad, la destrucción, la guerra y la mortandad profetizada
para nuestro futuro. Nuestras elecciones individuales se funden en nuestra respuesta
colectiva para el presente, con implicaciones que pueden ir desde unos pocos días hasta
muchas generaciones en el. futuro. Ahora disponemos del lenguaje para introducir este
poderoso mensaje de esperanza y posibilidad en todos los momentos de nuestra vida.
Aunque todo el alcance de las más oscuras visiones de Isaías todavía ha de llegar, cada
vez hay más científicos, filósofos e investigadores que creen que estamos presenciando
el preludio de muchos de los acontecimientos que él predijo para nuestro tiempo.
¿Podrían las antiguas claves como el rollo de Isaías haber sobrevivido dos mil años con
un mensaje tan poderoso que no pudiera ser reconocido hasta que se comprendiera
mejor la naturaleza de nuestro mundo? Nuestra disposición para permitir dicha posibilidad
podría convertirse en nuestro mapa de carreteras para evitar el sufrimiento pronosticado
por toda una serie de visiones sobre nuestro futuro.
Y vi un nuevo cielo y una nueva tierra...
Escuché una voz que decía:
«No habrá más muerte,
- ni sufrimiento, ni llanto
porque todo esto ya ha pasado»
LIBRO ESENIO DE LAS REVELACIONES
(APOCALIPSIS DE SAN JUAN, 21,1.4)
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