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39. Energía

El hombre con el collar de dedos

O haces que tu energía sea creativa, o se volverá amarga y se hará destructiva. La energía es algo peligroso: si la tienes, tienes que usarla creativamente porque, de otro modo, antes o después te darás cuenta de que se ha vuelto destructiva. Por tanto, encuentra algo —cualquier cosa que te guste— y pon tu energía en ella. Si quieres, puedes ponerla en la pintura; o si lo prefieres, en la danza y en el canto; o si quieres tocar un instrumento... Lo que quieras, encuentra la manera de poder perderte completamente. Si puedes perderte tocando la guitarra, ¡bien! En los momentos en que te pierdes, tu energía se libera de manera creativa. Si no puedes perderte en la pintura, en la canción, en la danza, tocando la guitarra o la flauta, entonces encontrarás otras maneras más bajas de perderte: ira, furia, agresión; éstas son las maneras bajas de perderse.

Gautama Buda inició a un asesino al sannyas; y no era un asesino ordinario. Rudolf Hess no era nada comparado con él. Se llamaba Angulimal. Angulimal significa el hombre que lleva una guirnalda de dedos humanos. Había hecho voto de matar a mil personas; tomaba un dedo de cada persona asesinada para poder recordar a cuántos había matado y se había hecho una guirnalda con ellos.

Ya tenía en su guirnalda novecientos noventa y nueve dedos, sólo le faltaba uno. Y le faltaba porque el camino donde él rondaba estaba cerrado; nadie transitaba por él. Pero Gautama Buda entró por el camino cerrado. El rey había puesto guardias para avisar a la gente, sobre todo a los extranjeros, que no sabían que había un hombre tan peligroso suelto por las colinas. Los guardias dijeron a Gautama Buda: —Este no es el camino que debes usar. Aquí es donde vive Angulimal. Ni siquiera el rey tiene el coraje necesario para viajar por él. Ése hombre está loco.
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Su madre solía ir a verle. Era la única persona que iba a verle de vez en cuando, pero hasta ella ha dejado de ir. La última vez que fue, él le dijo: «Ahora sólo me falta un dedo y si no llegas a ser mi madre... Quiero avisarte que si vuelves aquí otra vez no regresarás. Necesito un dedo desesperadamente. Hasta ahora no te he matado porque podía matar a otros, pero ahora la única que pasa por este camino eres tú. Por eso quiero avisarte de que si vienes una vez será responsabilidad tuya, no mía». Desde entonces la madre no ha regresado.

No tomes un riesgo innecesario. ¿Y sabéis lo que Buda les respondió? Buda dijo: —Si no voy yo, ¿quién irá? Sólo pueden ocurrir dos cosas: o bien le cambio —y no puedo perderme este desafío— o le proporcionaré un dedo y así cumplirá su deseo. Algún día voy a morir de todos modos. Al menos, darle mi cabeza a Angulimal servirá para algo; de todos modos moriría algún día y vosotros me pondríais en una pira funeraria. Creo que es mejor realizar el deseo de alguien y proporcionarle un poco de paz mental. O bien me mata o le mato yo, pero el encuentro va a producirse; por favor llevadme hasta él.

La gente que solía seguir a Gautama Buda, sus compañeros que competían por ver quién estaba más cerca de él, comenzaron a ir más despacio. Pronto hubo kilómetros de distancia entre Buda y sus discípulos. Todos querían ver qué ocurría pero sin acercarse demasiado. Angulimal estaba sentado en su roca, esperando. No podía creer lo que veían sus ojos. Un hombre muy hermoso y de gran carisma se estaba acercando a él. ¿Quién podía ser?

Nunca había oído hablar de Gautama Buda, pero hasta su endurecido corazón comenzó a sentir cierta ternura por aquel hombre. Era tan hermoso, acercándose hacia él. Era temprano por la mañana... soplaba una brisa fresca y el sol estaba saliendo... y los pájaros cantaban y las flores se habían abierto; y Buda se acercaba cada vez más. Finalmente, Angulimal, con la espada desnuda en la mano, le gritó: —¡Alto! Gautama Buda estaba a sólo unos pasos, y Angulimal dijo: —No des un paso más porque entonces no será responsabilidad mía. ¡Quizá no sepas quién soy!

—¿Sabes quién eres? —preguntó Buda.
—Ésa no es la cuestión —respondió Angulimal—. No es momento ni lugar de discutir esas cosas. ¡Tu vida está en peligro!
—Yo opino lo contrario —dijo Buda—, es tu vida la que está en peligro.
—Solía pensar que estaba loco —dijo el hombre—, pero tú sí que estás loco. Y sigues acercándote. Entonces, que no digan que he matado a un inocente. Pareces tan inocente y hermoso que quiero que vuelvas. Encontraré a otra persona. Puedo esperar, no tengo prisa. Si he podido conseguir novecientos noventa y nueve... sólo necesito uno más, pero no me obligues a matarte.

Buda se acercó mucho y las manos de Angulimal temblaban. Aquel hombre era tan hermoso, tan inocente, tan parecido a un niño. Ya se había enamorado de él. Había matado a tanta gente... y nunca había sentido esta debilidad anteriormente; nunca había conocido el amor. Por primera vez estaba lleno de amor. Por eso estaba en una contradicción: su mano sostenía la espada para matar a la persona, pero el corazón le decía: «Vuelve a poner la espada en su lugar».

Buda dijo: —Yo estoy preparado, pero ¿por qué te tiembla la mano? Eres un gran guerrero, incluso los reyes tienen miedo de ti, y yo sólo soy un pobre mendigo. No tengo más que mi cuenco de mendigar. Puedes matarme y me sentiré inmensamente feliz de que mi muerte satisfaga al menos el deseo de alguien; mi vida habrá sido útil y mi muerte también habrá sido útil. Pero antes de que me cortes la cabeza tengo un pequeño deseo, y creo que tú me lo concederás antes de matarme.

Ante la muerte, incluso el enemigo más implacable está dispuesto a conceder un deseo. Angulimal dijo: —¿Qué quieres?
—Quiero que cortes de ese árbol una rama llena de flores. No volveré a verlas; quiero ver las flores de cerca, sentir su fragancia y su belleza al sol de la mañana, su gloria.

Entonces Angulimal cortó una rama llena de flores. Y antes de que pudiera dársela a Buda, éste le dijo: —Esto sólo es la mitad del deseo; la otra mitad es: por favor, vuelve a poner la rama en el árbol.

—Desde el principio he pensado que estabas loco. Ahora bien, éste es el deseo más loco que he oído en mi vida. ¿Cómo voy a volver a poner la rama en el árbol?

—Si no puedes crear, no tienes derecho a destruir —dijo Buda—. Si no puedes dar vida, no tienes derecho a dar muerte a ninguna criatura viva.

Un momento de silencio y un momento de transformación... la espada se le cayó de las manos. Angulimal cayó a los pies de Buda y le dijo: —No sé quién eres, pero seas quien seas, llévame al espacio donde tú estás; iníciame.

Entonces los seguidores de Buda se habían acercado más. Estaban cerca y cuando Angulimal cayó a los pies de Buda, ellos les rodearon. Alguien dijo: —¡No inicies a este hombre! ¡Es un asesino!

—Si yo no lo inicio —dijo Buda—, ¿quién lo hará? Y amo a este hombre, amo su coraje. Veo su enorme potencial: un sólo hombre luchando contra el mundo. Quiero este tipo de gente, gente que pueda mantener su posición frente al resto del mundo. Hasta ahora estaba frente al mundo con su espada; a partir de ahora estará frente al mundo con una conciencia que es mucho más afilada que cualquier espada. Os dije que alguien iba a morir, pero no era seguro quién sería, si yo o Angulimal. Ahora podéis ver que Angulimal ha muerto. ¿Y quién soy yo para juzgar?