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47. Esperanza

Perdido en la selva

La alegría del amor sólo es posible si has conocido la alegría de estar solo, porque sólo entonces tienes algo que compartir. En cambio, dos mendigos que se encuentran, que se aferran uno al otro, no pueden ser dichosos. Crearán miseria uno para el otro porque cada uno de ellos esperará, y esperará en vano, que «el otro le llene». Los dos esperan lo mismo y no pueden llenarse mutuamente. Ambos son ciegos; no pueden ayudarse.

He oído que un cazador se perdió en la selva. Durante tres días no pudo encontrar a nadie que le señalara el camino y cada vez sentía más pánico: tres días sin comida y con un miedo constante de los animales salvajes. Durante tres días no pudo dormir; se mantenía sentado, despierto y subido en un árbol, temiendo que le atacaran. Había serpientes, leones, animales salvajes.

El cuarto día, a primera hora de la mañana, vio a un hombre sentado bajo un árbol. Puedes imaginar su alegría. Corrió hasta él, lo abrazó y dijo: «¡Qué alegría!» Y el otro hombre también le abrazó: los dos eran inmensamente felices. A continuación se preguntaron: «¿Por qué estás tan feliz?»

esperanaza
—Estaba perdido y esperaba encontrar a alguien —dijo el primero. —Yo también estaba perdido y esperando encontrar a alguien —dijo el segundo—, pero si los dos estamos perdidos, entonces nuestra alegría no tiene sentido. ¡Ahora estaremos perdidos los dos juntos!

Esto es lo que ocurre: te sientes solo, el otro se siente solo y os encontráis. Primero la luna de miel: el éxtasis de haber encontrado al otro, ahora ya no estarás solo. Pero en tres días, o si eres lo suficientemente inteligente en tres horas... depende de lo inteligente que seas. Si eres estúpido te llevará más tiempo, porque te cuesta aprender; la persona inteligente puede verlo inmediatamente, en tres minutos... «¿Qué estamos haciendo? No va a salir bien. El otro está tan solitario como yo. Ahora viviremos juntos: dos soledades juntas. Juntar dos heridas no les ayuda a curarse».

Somos parte unos de otros; nadie es una isla. Pertenecemos a un continente invisible pero infinito. Nuestra existencia es ilimitada. Pero estas experiencias sólo ocurren a personas que se están autorealizando, que se quieren tanto a sí mismas que pueden cerrar los ojos, estar solas y sentirse totalmente dichosas. De esto trata la meditación.

Meditar significa sentirte extático en tu soledad. Pero cuando te sientes extático en tu soledad, pronto sientes tanto éxtasis que no puedes contenerlo. Empieza a rebosar. Y cuando comienza a rebosar, se convierte en amor.

La meditación permite que ocurra el amor. Y las personas que no conocen la meditación nunca conocerán el amor. Aparentarán que aman, pero no pueden amar. Sólo lo pretenderán, porque no tienen nada que dar, no rebosan. Amar es compartir. Pero antes de poder compartir, ¡tienes que tener algo! Lo primero debe ser la meditación.

La meditación es el centro, el amor es su circunferencia. La meditación es la llama, el amor es su irradiación. La meditación es la flor, el amor es su fragancia.