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Controlar el Sentir.
Paso 3 Ley de Atracción

La emoción es la fuente principal de la conciencia.
 No puede transformarse la oscuridad en luz
 o la apatía en movimiento sin emoción.
Carl Gustav Jung

Sorpresa, admiración, asombro, apreciación, gratitud, ex­citación, reverencia, admiración. ¿Puedes evocar esa va­riedad de sentimientos cada vez que quieras? ¿Puedes provo­car "asombro", en un abrir y cerrar de ojos, o "excitación" (y no nos referimos al sexo)? ¿Qué tal "reverencia"? ¿Puedes mi­rar cualquier cosa -aunque sea una piedra- e instantánea­mente obligarte a sentir respeto hacia ese objeto inanimado?
"Provocar" se interpreta, generalmente, como el hecho de prepararse para atacar a alguien; pero no es eso de lo que ha­blamos aquí. Nuestro nuevo tipo de provocación es un esfuerzo consciente e intencional para cambiar a frecuencias más al­tas, para hacernos vibrar a una velocidad más rápida, como ¡ahora mismo!..., en cualquier momento que queramos ha­cerlo..., cada vez que recordemos hacerlo..., todo el tiempo..., con tanta frecuencia como sea posible..., cada hora, todas las horas..., o cada vez que veas un auto rojo, un perro extravia­do, o una mamá con un bebé. ¡Cuando sea!
No estoy bromeando. Si no aprendemos cómo lograr que nuestras frecuencias se eleven no tendremos ni la más míni­ma oportunidad de volvernos creadores reflexivos. Lo que sig­nifica, desafortunadamente, que siempre seremos creadores rezagados y, por tanto..., víctimas.
Puesto que "cambiar frecuencias 101" nunca fue un curso que se impartiera en la escuela, es una habilidad que debemos de apren­der solos, por nosotros mismos. Pero con unos cuantos trucos más bajo la manga, esto puede suceder con facilidad.
¡Huuuyyy!
Yo empecé a manipular el flujo de energía aproximadamente un año antes de descubrir las enseñanzas de la Ley de la Atrac­ción. No tenía ni la menor idea de lo que estaba haciendo, pero era divertido y me ayudaba a pasar el tiempo mientras con­ducía mi auto.
El mercado de financiamiento de hipotecas estaba en pleno auge y yo, como agente, estaba dentro de él, con mi propio negocio de una sola persona, manejándolo desde mi casa. Así que cuando recibía una solicitud de alguien que buscaba algún tipo de finan­ciamiento para su casa, acudía a visitarlo en lugar de la usual rutina de que me vinieran a ver. De esa manera resultaba divertido. Salía de casa, resolvía mis asuntos pendientes al mis­mo tiempo y conocía ciertas partes de mi ciudad que ni siquiera sabía que existían.
Para pasar el tiempo, mientras conducía de un lado a otro en mi auto para acudir a mis citas, empecé a manipular mi energía: Para entonces ya sabía cómo entrar rápidamente en un estado de ánimo intenso de "sentirse bien", algo breve y divertido que yo llamaba "manejar mi energía". Sencillamente, provocaba en mí cualquier sentimiento positivo, y casi inme­diatamente mi cuerpo empezaba a vibrar como respuesta a esa frecuencia, también sabía que si envolvía un deseo en esos sentimientos elevados (es decir, pensar en el deseo mientras me sentía tan animada), abría una buena posibilidad de que el deseo se hiciera realidad. ¡Pero eso era todo lo que sabía! Frecuencias, vibraciones, flujo de energía negativa/positiva, Ley de la Atracción, sólo entendía un poco de esas cosas.
Cuanto más manipulaba mi energía, más cuenta me daba de ese fenómeno extraño que solía ocurrir en cuanto empe­zaba a sentirme con el ánimo en alto, o con un estremecimiento, como yo lo llamaba. Exactamente en la boca del estómago, en ese lugar donde se pierde el aliento cuando recibes un golpe, percibía un sentimiento de ¡HUUUYYY!, como si fuera de baja­da en la montaña rusa a una velocidad capaz de romperme el cuello. En ocasiones, esa sensación duraba sólo una fracción de segundo; pero en otras, si me concentraba en ello con ex­tremo cuidado, podía prolongarla durante varios minutos.
Entonces comprendí que este ¡HUUUYYY! era del mismo tipo del sentimiento de ¡UFFFF! que se siente cuando tienes que vi­rar bruscamente para evitar chocar contra otro auto. O como la sensación que tuve hace muchos años en el preciso momento en el que mi jefe me dijo que estaba despedida. ¡HUUUYYY!, exac­tamente en la boca del estómago.
Al principio no sabía qué hacer con ello, o cómo relacio­narlo. Eran situaciones totalmente diferentes, que provoca­ban las más diversas reacciones, igualmente poderosas; sin embargo, todas parecían terminar físicamente en el mismo lugar: la boca de mi estómago. De repente, se hizo la luz en mí. Nuestras emociones se registran primero en nuestras glándulas suprarrenales, por lo cual cuando nos sobresalta­mos o nos asustamos, experimentamos algo parecido a un golpe en la boca del estómago, o en el plexo solar, precisamente donde están localizadas estas glándulas.
Cuando el miedo nos invade, las glándulas suprarrenales son sacudidas por un repentino estallido de energía electro­magnética, lo que causa la inmediata liberación de adrenalina que experimentamos en forma de ¡HUUUYYY! Así que, ¿por qué no iban las glándulas suprarrenales a responder de la misma forma ante una intensa producción de energía proveniente de la alegría? Después de todo, la energía es energía, sin im­portar lo que la haya provocado. Sea que sintamos la embes­tida de pánico extremo, o de sublime alegría, la energía fluye a través de nuestro plexo solar, estimula las glándulas suprarre­nales y hace que experimentemos una sensación física muy notoria: ¡HÚUUYYY!
Este asunto me tenía realmente intrigada, por lo que em­pecé a experimentar todavía más. Por supuesto, descubrí que podía controlar qué tan intensas podían ser mis vibraciones de "sentirme bien", de acuerdo con la intensidad del ¡HUUUYYY! que sentía en la boca del estómago, y viceversa: podía contro­lar la intensidad y la duración del ¡HUUUYYY!, dependiendo de cuánta vibración de "sentirme bien" podía generar.
¡Era fantástico! Menos ¡HUUUYYY! significaba "sentirse bien " con menor intensidad, aunque no había demasiado cambio en las vibraciones.
Pero un gran ¡HUUUYYY!, o un golpe en mi plexo solar, signi­ficaba que realmente mis vibraciones habían cambiado a al­gún tipo de sentimiento positivo: excitación, deleite, profundo aprecio, o lo que fuera. Significaba que volaba alto, sin estimu­lantes químicos, y lo comprobaba en cada ocasión. El golpe nunca aparecía sin que sintiera algún tipo de alegría. Y nunca, jamás, llegaba esa sensación mientras me sentía "apagada", esto es, ni bien ni mal, sino simplemente sobreviviendo.
¡Estaba tan entusiasmado, que pensé que había descubierto el secreto de la vida! Tal vez lo había hecho, pero sólo en par­te. Todavía no sabía cómo dirigir la energía o enfocarme en los "quiero" o "no quiero". Todo lo que sabía hasta entonces era que cuanto más dirigía el "sentirme bien" hacia una sa­cudida corporal, más atraía mis deseos. Era en comienzo sen­sacional, pero, ¡oh!, cómo desearía haber sabido "el resto de la historia".
Al principio era yo como Mickey Mouse en la película de Disney Fantasía, que jugaba con el sombrero mágico del bru­jo sin conocer sus poderes. Me estaba volviendo una experta en fabricar sentimientos positivos y en lograr un ¡HUUUYYY! Podía hacerlo en un abrir y cerrar de ojos, incluso mientras escuchaba alguna desastrosa noticia, anunciando la muerte de alguna encantadora ancianita. ¡HUUUYYY! Llegaba ese sen­timiento a mi estómago mientras yo mismo provocaba la ale­gría, seguida en momentos por una especie de un sentimiento suave y acogedor, o de estremecimiento en todo mi cuerpo.
Cuanto más me estremecía, más negocios conseguía, así que me estremecía todavía más. Era mágico. El dinero fluía tan rápidamente, que hasta dejé de contarlo. Hacer fluir mi energía se convirtió en tal pasatiempo de rutina, que casi podía predecir cuántos negocios llegarían, por la intensidad y fre­cuencia de mi estremecimiento.
Aunque tenía razón al pensar que las altas frecuencias que estaba originando atraían mis deseos, equivocadamente pen­sé que eso era todo. "No hay problema, sólo elevo mis frecuen­cias lo más alto posible, hago fluir mi energía y me como al mundo. "
¡En lo absoluto! Lo que no sabía entonces era que aun el más ligero cambio de enfoque, dirigido hacia cualquier cosa desagradable, no sólo arrastraba consigo consecuencias no de­seadas, sino que instantáneamente ponía una barrera entre el flujo de cosas buenas y yo, incluyendo el dinero. Una pe­queña lección que no tardaría en aprender.
Durante varios meses, sin embargo, no hubo una sola si­tuación negativa a mí alrededor. ¡Estaba de maravilla! Hacia donde quiera que volviera la vista, las cosas estaban a mi fa­vor. Mi negocio de intermediario hipotecario estaba de maravilla, del cuál obtenía altos ingresos. Sólo me mantenía observando de manera inconsciente las cosas bue­nas que me rodeaban, haciendo correr mi energía y atrayen­do más. ¿Qué más podía pedir?
Entonces, las cosas empezaron a salir mal. El mercado cam­bió y junto con él mi enfoque. Cuando empezaron a subir las tasas de interés, el negocio comenzó a bajar. Ahora toda mi atención estaba concentrada en: "No, no, por favor, no dejen que suban las tasas de interés. No dejen que se hunda el mer­cado. No dejen que este increíble tren se estrelle". Si alguien me hubiera dicho en ese momento que "lo que es" es sólo la plataforma desde la cual lanzas tu siguiente creación, le ha­bría roto la nariz con gusto. Estaba verdaderamente preocu­pado, así que, desde luego, el problema continuó empeorando.
Debido a que estaba tan preocupada con el giro negativo de los acontecimientos, había dejado de sentirme emociona­do. En cambio, había modificado mi enfoque completamente hacia lo que no quería (que el mercado empeorara aún más), en lugar de pensar que se podían establecer otras relaciones (muchos negocios, a pesar del mercado). Pero eso no lo sabía. Cuanto más empeoraba el mercado, peor me sentía. Y cuan­to más mal me sentía, peor marchaba mi negocio. En lugar de escribir otro argumento para mi historia, y encontrar el sentimiento feliz de cómo quería que sucedieran las cosas, mi temor estaba produciendo aún más temor. El problema me estallaba en la cara en proporciones mayúsculas.
El mer­cado andaba por los suelos, no tenía ningún nuevo préstamo en perspectiva y todavía tenía deudas que pagar, que había contraído al lanzar la nueva empresa. ¿Necesito decir más? Las condiciones en las que estaba enfocando mi atención se encontraban lejos, lejísimos de ser de mi gusto..., y el creciente temor que había detrás de ese enfoque hacía que las cosas empeoraran en todos los sentidos.
Pedí dinero prestado para sobrevivir. Me lancé a cuanta acción desesperada se me ocurrió, como contratar a un ven­dedor que estaba en un estado de carencia peor que el mío (naturalmente, en mi situación eso fue todo lo que pude atraer), envié volantes fuera de mis puntos de venta tradicionales, a poblaciones cercanas y, en términos generales, me moví con desesperación de un lado a otro buscando nuevos negocios. Los negocios no llegaron. Me había echado de cabeza en la crea­ción negativa mediante un enfoque del mismo tipo, concen­trando el 100 por ciento de mi tiempo en todo lo que no quería. Había atrincherado tanto esos "no quiero" en mis vibraciones, y los había convertido en una parte tan predominante en mí, que lo único que logré con ello fue abrir la puerta a co­sas todavía más desagradables. No fue una buena época.
Pensando que todavía tenía el secreto, traté de estreme­cerme de nuevo. ¡Inútil! Con tan apasionado enfoque negati­vo, en todas las situaciones sombrías que me rodeaban no había podido provocarlo aunque de ello dependiera mi vida (lo real, a esas alturas, era casi así). Mi pobre Ser expandido pro­bablemente estaba diciendo: "¡Olvídalo!", mientras partía a unas largas vacaciones a otro universo, hasta que yo recu­perara la razón. Mi vibración predominante era negativa, e igual de negativo era todo lo que estaba recibiendo ¡por mon­tones!
Fue en algún momento, en medio de ese flujo emocional, cuando un grupo de mis entusiastas amigos em­pezó a insistir en que leyera todo el material que habían re­copilado acerca de la Ley de la Atracción. Yo estaba tan hundido en mi tristeza, que realmente no me importaba si habían des­cubierto un cargamento repleto de lámparas de Aladino, pero para "quitármelos de encima" y poder volver a mi solitaria desventura, accedí.
Cinco minutos fue todo lo que necesité para percatarme de por qué estaban tan entusiasmados. Por fin aquí estaba "el resto de la historia", todas las piezas que durante tantos años no me había dado cuenta siquiera de que faltaban. En ese mo­mento, mi entusiasmo no habría sido mayor si alguien me hu­biera regalado 50 millones de dólares. En un día diseñé -e inicié con profunda emoción- mi programa de 30 días, descri­to el capítulo 103, el último capítulo de la serie de la Ley de Atracción.
La peor derrota de una persona es cuando pierde su entusiasmo.
 H. W. Arnold
Sin embargo, las cosas no empezaron a cambiar de la no­che a la mañana; me había convertido en un verdadero "adicto a identificar lo negativo. El cambio financiero favorable fue lento, pero absolutamente firme, y un torrente de ideas em­pezó a invadir mi cerebro con las más fabulosas maneras de aumentar los negocios de una forma fácil y divertida. Lo que más me alentaba, sin embargo, era darme cuenta de la, ven­taja con que contaba al tener conocimientos sobre el flujo de energía, sobre el correr de la energía. Ya sabía cómo provo­car, cómo fabricar sentimientos positivos y conservarlos du­rante largo tiempo; incluso sabía cómo engañarme a mí misma para pensar que me estaba sintiendo bien, hasta que realmente lo conseguía.
Lo que con toda seguridad ignoraba antes, era la regla bá­sica de la Ley de la Atracción que dice: "¡En lo que te enfocas, por supuesto, es lo que recibes!". Todo lo que tenía que hacer era desviar mi enfoque del derrumbe del mercado, de mi ca­rencia de dinero en el banco, de que no tenía préstamos en pers­pectiva, de mis deudas y, en cambio, tomar el control exacto de mi enfoque y zarpar hacia la lejanía al atardecer. ¡Sí, claro!
Me tomó algo más que un poco de tiempo, pero finalmente funcionó. Me convertí en uno de los pocos agentes locales que no cerró el negocio, y continué ganando buen dinero en un mercado en ruinas. ¡Qué alegría! Yen el curso del tiempo, gracias a mi persistente atención en mi enfoque, pude convertir mi negocio de una sola persona en una empresa de éxito, con operaciones en tres Estados del país.
Estremecimiento por comando
El arte de sentirse bien no es exactamente algo en lo que ha­yamos avanzado mucho, así que la meta es aprender a hacer­la sobre la marcha.
En ocasiones, ese cambio requiere de un poco (o mucho) de esfuerzo, otras veces descubrirás que puedes hacerla en un abrir y cerrar de ojos. Pero, sin importar lo que se necesite hacer, es fundamental hacerla, cambiar, subir, aunque sea un poco, del lugar donde te encuentras. ¿Cómo? Volvamos a nuestro costal de los trucos mágicos.
Hay tres formas básicas para empezar a sentirse bien, y ya hemos hablado de dos de ellas. Una es buscar, mirar o pensar en algo, en cualquier cosa que nos produzca placer. La otra es hablar con uno mismo hasta lograr un cambio de vibración. La tercera, que es la que exploraremos ahora, se llama "es­tremecimiento", el cual provocará en ti un cambio de vibra­ción EN ESTE MOMENTO.
Estremecerse es una de las formas más fáciles y rápidas que existen para elevar tus vibraciones. Naturalmente, dife­rentes ocasiones requieren de diferentes técnicas. En ocasio­nes cierta actitud lo produce; otras, se requiere de dos o tres métodos para abandonar nuestra adicción a las emociones negativas. Estremecerse es sólo una manera de hacerlo, pero es una técnica. He encontrado que puede ser dinamita pura; la uso casi todos los días de mi vida, aunque sólo sea por un mo­mento o dos.
Una de las razones por las cuales aprender a estremecerse es tan fácil, es porque se puede emplear un impulso para lo­grarlo. Lo que anhelamos, parte de un sentimiento que ema­na de las profundidades mismas de tu ser. Una vez que está activada (una sensación que puedes lograr en menos de un segundo), todo tu cuerpo habrá encendido motores para vi­brar en una frecuencia mucho más alta. Tu válvula está com­pletamente abierta, la fuerza de la vida creativa a la que estaba conectado sólo por un hilo -apenas para mantenerla funcio­nando- ahora fluye a través de ti. Está en absoluta alinea­ción con tu Ser interno/Ser expandido..., y..., puedes sentir la sensación, ¡precisamente en la boca de tu estómago!
Eso es lo que hace tan divertido al estremecimiento. A tra­vés de la emoción, estás creando una innegable sensación física para usarla como un indicador del cambio de vibraciones en tu cuerpo. El proceso completo no es más que un rápido uno-dos y, ¡LOTERÍA!, lo has conseguido.
El impulso para arrancar
Puesto que somos una especie de batería que permanece inerte hasta que nos cargamos, descubrí que la manera más fácil de provocar el estremecimiento era haciendo algo físico que me impulsara hacia un sentimiento agradable. Así que, a falta de cables, ¡recurrí a una sonrisa!
Así es, una pequeña y significativa sonrisa del tipo que nos hace derretimos como la mantequilla en un bollo caliente; la clase de sonrisa que uno no puede evitar al ver a un grupo de gatitos recién nacidos que se revuelcan uno sobre otro, o a un bebé que se ríe sólo por reírse. No una sonrisa fingida, sino una tierna y amorosa, como cuando un niño te enseña su te­soro más preciado. Es una sonrisa externa, sí, pero que se origina en un valioso sentimiento de cariño e interés que está en nuestro interior.
Mientras experimentas ese sentimiento y lo atraes desde tu interior, podrás sentir cómo sonríes desde lo más profun­do de tu ser.  Ahora tienes la que yo llamo la "gentil sonrisa interna", una sensación cálida, encantadora, que se percibe como un suave estremecimiento, o como un delicado remoli­no. Tal vez percibas un leve cosquilleo aquí y allá.
¡Vamos, por favor! No intentes encontrar una explosión de gozo. El sentimiento va a ser muy sutil al principio. No espe­res un huracán que te sacuda y te haga dar vueltas, sólo un delicado -pero notorio- cambio. Sentirás que ese cambio procede de tu interior. Algunas veces sentirás que te sale de atrás de las orejas, otras de tu corazón, otras, de tu plexo solar, otras más de lo alto de tu cabeza, y algunas más de todo tu cuerpo. Si no lo sientes inmediatamente..., mantente relajado y no te preocupes. Sólo declara tu deseo al universo (para sentir el estremecimiento) como un "quiero", o como un pro­pósito. Te garantizo que llegará.
Así que, aproximadamente en uno o dos segundos, habrás logrado que el estremecimiento siga a la "gentil sonrisa in­terna" (créeme, lo sabrás cuando la tengas) y que tu energía cambie radicalmente. Es un "sentirte bien" instantáneo y tam­bién una instantánea elevación de tu frecuencia, que inicia ron una cálida sonrisa externa que proviene de esa también cálida y suave "gentil sonrisa interna".
Después, el sentimiento sustituto
El sentimiento de alta frecuencia de la "gentil sonrisa interna" es magnífico, pero difícil de sostener o de intensificar, a menos que exista algún otro sentimiento más familiar para sustituir­lo. Así que elije otro, como aprecio, gratitud, asombro, etcéte­ra, y trata de conservarlo como tu vibración predominante siguiendo los pasos que se presentan a continuación:
1. Inicia e irradia una sonrisa facial, tan cálida y tierna como te sea posible.
2. Inmediatamente, y con tu sonrisa aún dibujada en la cara, alcanza tu propio interior e inúndalo del tierno sentimiento que viene de esa sonrisa, hasta que la cálida sacudida de tu "gentil sonrisa interna" se vuelva mantequilla derre­tida, y puedas sentir un suave y leve estremecimiento, en alguna parte de ti, sin importar qué tan ligero sea.
3. Una vez que hayas logrado que esa "gentil sonrisa in­terna" funcione, sustituye el leve estremecimiento por el gusto especial de tu predilección, como el afecto, la eu­foria o la simple y vieja sensación de un leve cosquilleo (una de mis favoritas). Selecciona el sentimiento de satisfac­ción que te resulte más fácil de evocar, a voluntad, y aférra­te a él tanto tiempo como te sea posible.
4. (¡Opcional!) Si lo deseas, éste es un buen momento, con tu energía en alta frecuencia, para lograr un "quiero" específico, pero no lo hagas hasta que te hayas acostum­brado a experimentar la emoción sustituta del paso an­terior durante algún tiempo.
Eso es todo: te sentías apagado y angustiado. Y ahora, en cam­bio, te impulsaste con una "gentil sonrisa interna" para po­ner a funcionar tu motor; inmediatamente después, cargaste suficiente energía para mantenerlo funcionando y sustituis­te el impulso con la emoción positiva que elegiste.
Supongamos que elegiste la ternura como sentimiento sus­tituto. Muy bien, una vez que logres tu "gentil sonrisa inter­na" y permanezca en tu rostro, simplemente tienes que conjurar lo necesario para poner en marcha el sentimiento de ternura. Tal vez la sensación sea la misma que al frotar una preciosa rosa contra la mejilla, acariciar dulcemente a un ser amado o atender cariñosamente a un animal herido. Tu siguiente paso será desear intensificar ese sentimiento tanto como te sea posi­ble hasta que puedas sentir el rayo físico de energía en tu cuer­po, no importa cuán sutil sea. Lo que estás experimentando es simplemente energía en movimiento, que se vuelve más noto­ria por tu cambio de frecuencias.
Al principio, es posible que notes la energía circulando por el plexo solar, de manera similar a la sensación de que se te hunde el estómago cuando desciendes por la montaña rusa. El sentimiento puede irradiar desde el plexo solar, pasando por la nuca, hasta llegar a la cabeza, y es posible que percibas también un leve cosquilleo en todo el cráneo. Después de un rato, quizá sientas cómo fluye esa energía simultáneamente hacia tu cabeza y las ingles. De hecho, es probable que sien­tas un poco de excitación sexual. Eso no debe preocuparte por­que dura sólo un momento, pero es una prueba positiva de que tu energía finalmente se ha liberado y de que ha empeza­do a fluir y a moverse a tu alrededor.
Cuanto más lo practiques, más pronto serás capaz de "encen­derte" a voluntad, y de hacer que las energías aumenten, disminuyan o se mantengan estables durante un largo periodo. Yo me he impulsado hacia arriba al ir conduciendo mi auto, al es­tar en la ducha o en el  supermercado, durante tanto tiempo que he sentido que no estoy en este mundo (algo no muy recomenda­ble cuando se está conduciendo). Pero lo importante es que defi­nitivamente puedes aprender a manejar tu energía, y ese es, precisamente, el momento en el que empieza la parte divertida.
Si alguna vez deseas verificar si estás abriendo tu válvula, y con ello iniciando el flujo de energía de alta frecuencia, sólo saca las varitas mágicas descritas s continuación y recurre a la "gentil sonrisa interna". Eso es todo lo que necesitarás. Enseguida observa cómo tus varitas se disparan en respuesta a tu cambio de energía.
Varitas Mágicas
Mucho de lo que está escrito en taller de autoestima pondrá a prueba la lógica y el intelecto de más de uno. "¿Magnetizar sucesos? ¡Tonterías!". "¿Evitar las épocas buenas y crear épocas malas? ¡No es cierto!". Para quienes se sientan desafiados a ese respecto, como yo me sentí alguna vez, podrían encon­trar útil este divertido paquete de cómo-producir-energía, o de hágalo-usted-mismo.
Consigue un par de ganchos de alambre para ropa y corta una "L' de cada uno de ellos, como de 30 centímetros del lado largo y 13 del corto. Corta un popote de plástico en dos, e introduce en ellos los ganchos cortos. Colócalos de tal forma que puedan girar fácilmente. Dobla las puntas de los ganchos hacia arriba para mantener los popotes en su lugar. Los gan­chos podrían girar sin el popote, pero no lo harían tan libre­mente.
Ahora, tienes un par de lo que yo llamo "varitas mágicas". Sostén las varitas sin apretar, con los popotes frente a ti como si estuvieras apuntando con una pistola. Sostenlas a la altu­ra del pecho y como a unos 25 centímetros de tu cuerpo. Los popotes se mueven hacia todos lados, en respuesta a tu ener­gía, así que espera un poco para que se aquieten y dejen de moverse. Una vez quietos, estarás listo para jugar.
Con la mirada hacia delante, recuerda con sentimiento al­gún suceso desagradable de tu pasado. Dependiendo de la in­tensidad de las emociones que rodean dicho suceso, las varitas permanecerán apuntando hacia delante (intensidad débil) o apuntarán al centro, punta con punta (intensidad fuerte). Las varitas están siguiendo las bandas electromagnéticas alrede­dor de tu cuerpo, las cuales se han ajustado como resultado de la frecuencia negativa generada por tus pensamientos y emociones desagradables.
Ahora, haz que tus frecuencias se vuelvan positivas al pensar en algo increíblemente maravilloso, amable o alegre. O en­fócate en uno de tus hijos o en tu mascota, e inúndalos ente­ramente de tu amor. Las varitas se abrirán rápidamente hacia fuera, ya que tu campo de energía se expande en respuesta a tu flujo de energía positiva.
Para demostrar cómo la energía sigue a tu pensamiento, enfoca tu atención en un objeto lejano a tu derecha o izquier­da, y observa a las varitas seguir tu pensamiento. O empieza a enfocarte en tu ser expandido, tu guía, y obsérvalas sepa­rarse como reacción al enorme aumento en energía que tal pensamiento emocional crea. .
Cuanto más juegues con esto, más aficionado te volverás a sentir el cambio de vibraciones que tiene lugar en tu interior, conforme vas de una frecuencia a otra.
Los aspectos positivos (¡puaff!)
De lo que se trata todo este asunto es de cómo sentirse bien, puesto que nada es más importante, ¡nada! Nada es más im­portante que sentirse bien, y no importa cómo lo consigas. Si con pararte de cabeza lo lo­gras, magnífico. Si con oler un pedazo de madera recién cor­tada lo consigues, sensacional. Haz lo que sea necesario para llegar a ese lugar en el que te sientas mejor que cuando em­pezaste. Sabrás cuando hayas llegado a él, no lo podrás pasar por alto. Lo mismo si se trata simplemente de la decisión de sentirte bien en un momento dado (o incluso de sentirte un poco mejor) que si estás tratando de hallar una nueva forma de "sentirte bien" en torno a un "quiero" en particular. Ge­neralmente puedes encontrar docenas de maneras distintas y extrañas de lograrlo..., si realmente quieres hacerlo.
Pero hay una forma que me reservo para "cuando todo lo demás falla", porque parece que siempre me ha resultado difícil tener que ponerme en la condición correcta. Ese último re­curso, para mí, es encontrar algo positivo precisamente en lo que me provoca enojo; es decir, lo que cerró mi válvula.
Por ejemplo, supongamos que estás atorado en el tráfico debido a un accidente, y que te permites disgustarte de ver­dad. Daremos por hecho que, bajo la circunstancia de tu vál­vula cerrada, no sólo el tráfico no mejorará pronto, sino que la energía negativa estará, en ese mismo momento, afectan­do todos los otros aspectos de tu vida.
Tu trabajo consiste en abrir esa válvula de la forma en que puedas hacerlo. Pero digamos que has "tratado" (una palabra que debes eliminar de tu vocabulario) y nada te ha funcionado, ni la música, ni el estremecimiento, ni el hablar contigo mis­mo. Bueno, cuando todo lo demás falla, sólo queda una alter­nativa. Mira a tu alrededor cualquier aspecto, de la situación en la que estás, o de su entorno inmediato, que valores y que te haga sentir bien.
Tal vez el simple hecho de que tu auto está funcionando, o que no necesitas ir al baño, o la empatía que estás sintiendo por todos esos otros pobres diablos que están tan atrapados como tú en el atasco, o tu aprecio por el grupo médico listo para entrar en acción. ¡Encuentra algo..., cualquier cosa! Em­pieza por hablar contigo mismo sobre ello. Disimúlalo, engáñate a ti mismo; muy pronto comenzarás a sentir ese sutil click con la energía de "sentirte bien" (o, cuando menos, de "sen­tirte mejor"), y tu válvula se abrirá lentamente (puesto que cientos de otros conductores están fluyendo la energía nega­tiva de la furia a tu alrededor; el congestionamiento de tráfi­co tal vez no se resuelva pronto, pero al menos no estarás arruinando otras áreas de tu vida al fluir ese tipo de basura energética).
Ahora, con franqueza, cuando estoy de malhumor, no hay nada que disfrute tanto como permanecer así. Todavía me en­canta renegar y enfurecerme, porque se siente muy bien ha­cerlo. La parte triste del asunto es que también sé que cada vez que hago eso, afecto negativamente todo mi mundo, sin mencionar que estoy atrayendo más de lo que me tiene furio­so, y que simplemente no estoy dispuesto a dejar que eso su­ceda nunca más.
Así que, refunfuñando, encontraré alguna cosa tonta, in­trascendente, insignificante, sin importar lo que sea, que me esté enojando y que podría empezar a considerar -probable­mente- como un aspecto positivo de esa situación o de algu­na persona; algo que -tal vez- pudiera apreciar. Entonces, como un chiquillo malcriado y retador a quien acaban de re­prender, pensaré en alguna forma de empezar a hablar con­migo misma (casi siempre con un gesto de enojo) para sacar a la luz el aspecto positivo que logré encontrar.
Lo que más me molesta cuando estoy con ese estado de ánimo, es que siempre funciona. Encuentro algo que halagar, apreciar o admirar en el sujeto o en el asunto que me ha he­cho enojar, y antes de que me dé cuenta de lo que me golpeó, percibo una corriente que empieza a fluir, puedo sentir real­mente el momento en el que sucede la conexión. Válvula abier­ta, misión cumplida. Ahora puedo dejarlo ir, y permitir que el universo se encargue de hacer su parte.
Molesta por la luz de la entrada
Durante varios años renté una casita que había en la parte posterior de mi propiedad. El trato era que los inquilinos pa­garan el gas de la calefacción, y yo me encargara de la electri­cidad.
Bueno, la rentaba a una joven pareja que insistía en tener encendida la luz del entrada delantero día y noche. Hablé con ellos sobre el asunto varias veces. Sin importar lo que yo di­jera, ellos siguieron dejando encendida esa luz, hasta que empe­cé a "ver las estrellas".
Finalmente, recordé que estaba tratando con alguien a quien le encantaba cerrar válvulas: yo mismo. Cada vez que mira­ba la maldita luz, mi válvula se cerraba bruscamente, mi cena se quemaba, mi perro se ponía insoportable, me cortaba en un dedo, me cancelaban una cita de negocios, mi chimenea chisporroteaba en exceso, se quemaba mi alfombra, y así su­cesivamente. Y todo aquello pasaba mientras yo estaba estudiando la Ley de Atracción, ¡ni más ni menos! ¿Has oído hablar de quien no hace lo que predica?
Así que un día, de mala gana, dije: "Muy bien, encontraré alguna condenada cosa que me agrade de esos dos, y lograré que se abra mi válvula". No pude. O, para decirlo más correctamente, no lo intenté. Y la luz continuó encendida, día y no­che, día tras día, mientras yo "echaba humo". Para entonces, comprendí que aquello era serio y que iba a extenderse como un virus maligno; así que, con cierta renuencia, decidí buscar una bendita cosa en la que yo pudiera pensar que algo ha­bía de bueno en tenerlos ahí.
"Bueno..., está bien, me ayudan a cuidar el patio y eso es lo primero. Son personas decentes, vale la pena tenerlos cerca..., tan tranquilos..., bla, bla, bla". Parecía como buscar una aguja en un pajar, a medianoche, pero pronto noté que mi resisten­cia se suavizaba un poco, y me aferré a lo que se iba salvan­do. Casi imperceptiblemente, y no siempre de buen modo, fui expandiendo el sentimiento y en poco tiempo pude sentir el movimiento del flujo de energía de "sentirme mejor" (no de sentirme bien") a través de mí. LA LUZ SE APAGÓ ESA NOCHE Y de ahí en adelante no volvió a encenderse más que brevemente, cuando llegaban visitas o pedidos de la tienda. Estaba ató­nito.   Estaba asombrado y emocionado ante la continua evidencia de que esta cosa realmente funciona, incluso con las luces de la entrada.
¿Estaba justificada mi reacción de enojo? Por supuesto; pero, ¿y eso qué? No valía la pena arruinar mi mundo por ello, más de lo que ya lo había hecho.
Sólo recuerda: cuando permitas que fluyan sentimientos negativos de cualquier tipo (aunque se trate de la luz de un Entrada), estás haciendo algo mucho más que amplificar esa situación. Estás actuando como la línea defensiva delantera de los Vaqueros de DalIas, impidiendo que todos tus" quie­ro" crucen más allá de la línea de la energía negativa. Al mismo tiempo, esos sentimientos negativos están atrayendo todo tipo de situaciones desagradables, en el proceso. Lo que es peor: si la persona por quien estás molesto es negativa, estarás atra­yendo directamente sus vibraciones hacia ti. ¿Cómo va a va­ler la pena una cosa así?
De cualquier forma que lo veas, y sin importar cuáles sean las razones del pensamiento negativo, lo importante es que ante ellos tu válvula permanece cerrada. Así que, ¡ábrela!
El tesoro de las piedras mágicas
Habrá ocasiones en que un "quiero" /intento en particular nos resulte tan ajeno, que no sepamos cómo nos sentiríamos con él, sobre todo si es de naturaleza emocional o si se refiere a cuestiones espirituales, tales como una comunicación más cer­cana con nuestro concepto de Dios. ¿Cómo encontrar el lugar que ocupa en el sentimiento algo que tan pocas veces -o tal vez ninguna-experimentamos?
O podría haber ocasiones en las que todo lo que queremos es salir de, o alejarnos de lo que sea que tengamos en ese mo­mento, aun cuando no estemos seguros de qué es lo que que­remos obtener, excepto que queremos sentimos mejor de lo que nos estamos sintiendo. ¿Cómo encontramos el lugar del sentimiento en medio de esa confusión?
Existe un par de formas para hacerlo, y tú ya conoces la primera de ellas. Simula el sentimiento de lo que te gustaría tener, de tu deseo, y habla de él con emociones imaginadas, hasta que se te haga agua la boca y, click, ésa es la forma di­recta.
La otra forma es indirecta, y suelo utilizarla con mucho respeto porque por lo general los sentimientos que estoy evo­cando provienen de recuerdos íntimos, profundamente que­ridos. Todos hemos tenido esos momentos especiales de la vida que no podemos olvidar, ni describir; momentos que podría­mos llamar de renacimiento. Son piedras mágicas encerra­das para siempre en nuestro cofre del tesoro. Se trata de los momentos de la vida más valiosos y significativos.
En una noche tranquila, quizá cuando las estrellas parez­can más brillantes que nunca, y el aire esté lleno de fragan­cias nocturnas, elige un lugar cómodo, relájate, disfruta de la belleza del momento, y retrocede hasta que tu memoria evo­que aquel tiempo tan especial. O siéntate junto a la ventana, muy temprano por la mañana, y observa cómo empieza a asomar el sol del otro lado del cielo, dirígete hacia esa piedra mágica que tienes en tu memoria. Busca ese momento de tu vida que no-vas-a olvidar-nunca, y permítete experimentarlo como un recuerdo amoroso que te envuelve por completo.
¿Qué sabor dejó en ti aquella piedra mágica? ¿Fue amor indescriptible, o una revelación espiritual? Quizás fue satis­facción suprema, alegría desmedida, o absurda frivolidad. No necesitas ponerle una etiqueta al sentimiento, sólo recono­cerlo como un tesoro de tu propio ser.
Así pues, cuando no puedas encontrar otra forma de evo­car el sentimiento de tu deseo, o en momentos de desespera­ción en los que no logres hallar nada que aminore tu dolor, cuando no tengas a mano los medios que requieres para cam­biar los sentimientos que tienes en esos momentos, recurre a tu piedra mágica porque en ella encontrarás el consuelo del amor incondicional, procedente de tu "Yo interno/Ser expan­dido". Cuando aquella experiencia y tu percepción se encuentren en el lugar del sentimiento, tú y tu "Ser expandido" serán uno solo, y dejarás de enfocarte en tu bloqueo emocional o en tu dolor.
Trae ahora el deseo de tu corazón como ofrenda a este sen­timiento e introduce ese deseo, de manera respetuosa, en las energías curativas del sentimiento recordado. O no hagas sino disfrutar de la emoción que evoca en ti ese momento querido. Descansa con él y ten la seguridad de que todo estará bien.
La magia de la apreciación
Existen sólo tres estados del ser, en torno a los cuales todos giramos, a lo largo del día. Si pudiéramos percibir, aunque fuera una pequeña fracción de tiempo, lo que estamos sin­tiendo cada momento del día, tendríamos una gran oportu­nidad de cambiar nuestras vibraciones.
Modalidad de víctima
Es el marco mental de: "¡Oh-Dios-me-lo-están-haciendo-de­nuevo-y-no-hay-nada-que-yo-pueda-hacer!"; en este caso no vamos a ninguna parte, sólo damos vueltas en círculos nega­tivos, atrayendo siempre lo mismo del pasado.            .
Modalidad de término medio
En esta modalidad no estamos ni arriba, ni abajo; sólo fun­cionamos con combustible de segunda categoría. No emiti­mos energía de ningún tipo, y seguramente no estamos atrayendo cosa alguna. En término medio, no sólo estamos viviendo los resultados de nuestra errática producción de energía, sino de la de todos los demás (lo semejante atrae lo semejante, ¿recuerdas?). ¡Muy desagradable! Yeso es lo que la mayoría de nosotros hacemos, la mayor parte del tiempo.
Modalidad de conectado
¡Ahora estás motivado! ¡Prendido! Tus altas frecuencias ya no atraen las vibraciones negativas de otros. Estás abastecido con la energía pura y positiva del bienestar, vibrando en armonía con tu "ser expandido", fluyes energía positiva y atraes even­tos positivos. Mientras estás a salvo te rodeas de seguridad.
Modalidad de víctima, modalidad de término medio o mo­dalidad de conectado, siempre nos encontraremos en una de las tres. Nuestra meta, desde luego, es llegar a la modalidad de conectado con tanta frecuencia y por tanto tiempo como podamos, por lo cual debemos tender hacia la energía positi­va y muy alta de la sensibilidad.
La vibración de sensibilidad es la frecuencia más profun­damente importante que podemos sostener, porque es la más cercana al amor cósmico que existe. Cuando algo nos vuelve sensibles, estamos en perfecta armonía de vibración con nuestra fuente de energía, o energía de Dios. Llámala como quieras.
Puedes impulsarte o ir directamente al sentimiento; no exis­te diferencia alguna. Lo importante es saber que un minu­to de fluir la intensa energía de sensibilidad, contrarresta mi­les de horas pasadas en la modalidad de víctima o de término medio.
Pero, ¡cuidado! No basta sólo con pensar en la sensibili­dad. Eso no borra todo. El pensamiento es hacia afuera, el sentimiento es hacia adentro. No puedes tomar la decisión de ser sensible ante algo, y dejarlo ahí. Tiene que existir esa necesidad emocional que fluye de las profundidades de tu ser, para que funcione.
No obstante, ninguna de esas cosas significa que tienes que ser salvado de un accidente que ha puesto en riesgo tu vida por un grupo de rescatistas, para sentirte sensible. De hecho, fluir sensibilidad no es realmente tan difícil. Puedes emitirla con intensidad ante un anuncio que veas por la calle, si quieres. No te rías, yo lo hago todo el tiempo para mante­nerme en forma. Como cualquier otra habilidad, emitir energía requiere de una práctica constante y hay algo absurdamen­te satisfactorio en producir toneladas de amor, adoración y sensibilidad ante un anuncio que señala: "¡Cuidado!: hom­bres trabajando". Yo la dejo fluir frente a las luces rojas del semáforo, los anuncios espectaculares, los pájaros que pasan volando, lo que queda de un árbol que han cortado, un ani­mal muerto, una tormenta invernal y, desde luego, ante la gente.
Ocasionalmente, en el supermercado, selecciono la perso­na de peor aspecto más cercana a mí, para poder encontrar algo que admirar en ella, y producir la vibración más alta que me sea posible. Tal vez sea sensibilidad, o quizá un sincero amor a Dios. En una ocasión hice esto con una viejecita cas­carrabias, que parecía dispuesta a comerme antes que a de­jarme pasar. La empujé, y en ese momento se dio la vuelta buscando furiosa lo que sintió que la golpeaba, mientras yo le sonreía con inocencia.
Ése es mi juego de “abraza-a-un-vagabundo", en el que me imagino a un perfecto desconocido en la calle (o donde sea) y yo corro a abrazarnos como si fuéramos viejos amigos que no se han visto en años. De ser necesario, empieza con gente de tu agrado, con alguien que no te importaría que se sentara junto a ti en la barra de un restaurante. Poco a poco, aumenta el grado de dificultad de tu selección en el aspecto social, hasta que finalmente no marques ninguna diferencia en la clase de vagabundos que sean.
Limítate a ver -ya sentir profundamente- cómo ambos se reconocen alegremente, y se lanzan felices a ese gigantes­co abrazo de oso, mientras surge entre todos un amor pro­fundo. No sé con cuántas personas he hecho eso mientras camino por la calle, y los he visto darse vuelta buscando qué ha producido lo que sintieron.
La vibración de sensibilidad es también la vibración más elevada y más rápida que podemos usar para atraer algo. Si pudiéramos dirigirla a cualquier cosa y a todo..., todo el día..., tendríamos garantizado el cielo en la Tierra en cualquier momento; viviríamos felizmente y para siempre con más ami­gos, más dinero, más relaciones placenteras, en total segu­ridad y más cercanos al Dios de nuestro ser, de lo que es posible imaginar.
Enamórate
¡Ah!, "el único" ha llegado finalmente a tu vida. Flotas por el ai­re, con la cabeza en las nubes, consumido por un sentimiento eufórico que desafía cualquier descripción. ¡Estás enamorado!
Nada te molesta. El mundo es dulce, el día es glorioso, es primavera a la mitad del invierno. Incluso los desconocidos son hermosos. Flotas en el aire, ¡estás enamorado!
¿Sabías que puedes provocar ese sentimiento a voluntad? no me refiero a las intensas sensaciones sexuales, sino al es­tremecimiento emocional, a la sensación de mareo. Puedo ase­gurarte que si estás enamorado, nada, absolutamente nada, te hará sentir tan bien como eso, ni nada elevará tus vibra­ciones tan rápidamente como eso.
De ese modo puedes permanecer en esa vibración todo el día, con la convicción de que estás atrayendo tus "quiero", o de que puedes Colocar un "quiero" específico exactamente en el centro de ese sentimiento que te hace estar en las nubes. En este caso tu energía renovada hará que se realicen tus deseos.
¿Recuerdas tu primer amor, y cómo hacía que te pareciera que todo estaba en su lugar? Los problemas resultaban tri­viales, comparados con el mundo lleno de novedad en el que sentías que tocabas el cielo.
Ve ahí de nuevo. Enamórate, y te sentirás intensamente vivo. Lo único que te faltará será el aspecto sexual; fuera de eso, todo lo demás será una réplica de las cosas reales, porque se trata de una cosa real. Eso es lo que tú eres, todo lo que estás haciendo es conectarte de nuevo. Además de eso, es muy divertido soñar. Y mientras estás metido en ello, disfruta del estremecimiento que sacude todo tu cuerpo y de ese suave aletear en la boca de tu estómago.
Siempre la dulzura
Cuando todo falla, cuando has intentado todo, sin éxito, para sentirte aunque sea un poco mejor, he aquí algo que debes recordar.
Seas hombre o mujer, dentro de ti existe una dosis de ter­nura, una gentileza, una dulzura tan sublime, que si pudie­ras tocarla llorarías conmovido. Agresivos o tiernos, mendigos o millonarios, todos la tenemos porque eso es lo que somos. Esa dulzura no tiene nada que ver con la personalidad. No se trata de ser débil, o fuerte; de ser un inútil cualquiera en lugar de un poderoso líder. Tiene que ver contigo, se trata de lo que tú eres.
Para despertar esa presencia (generalmente oculta), sólo necesitas pedirla. Conviértela en un "quiero", o en un inten­to, y después espera, escucha, percibe y permítete tener la experiencia. Una vez que hayas sentido esa dulzura, ese pre­cioso don dentro de ti, podrás evocar esa misma sensación en cualquier momento, donde quiera que lo desees. Sin embar­go, se necesita mucho valor para que tú mismo te permitas vivirla, porque en ese agradable lugar se encuentra la vibra­ción más elevada de todo lo que tú eres. Una vez que hayas encontrado ese estado natural, habrás llegado a casa, a ti mismo. Tu mundo nunca volverá a ser el mismo, porque tú nunca volverás a ser el mismo. Y tampoco tus vibraciones.
En los días más bajos
Mientras vivamos en estos cuerpos, vamos a tener días bajos. En esos días en que todo marcha bien (y que eso podría im­portarte menos) sólo recuerda que un día malo no es nada más que una válvula cerrada. Tu energía negativa está aumen­tando. No es gran cosa, así que, adelante. Permítete experimen­tar esa endemoniada carga de baja de energía, de tal modo que te hartes de tener sentimientos negativos.
Pero si realmente pretendes salir de esas sombrías vibra­ciones, una buena forma de hacerlo es dejar que tus ojos se detengan en la cosa más pequeña e insignificante que puedas encontrar. Impúlsate con tu sonrisa física, alcanza la "gentil sonrisa interna" y ofrece tu amor a esa cosa insignificante de la forma en la que desees.
Tal vez sea sólo una brizna de polvo, una revista, o un peda­zo de cable. Trata de apreciar esa pequeña cosa, envuélvela en amor como si fuera el tesoro más preciado de tu vida, algo que hubieras perdido durante mucho tiempo y que ahora recupe­ras. Te asombrará ver con qué facilidad cambiarán tus vibra­ciones.
Ese enfoque que no requiere de gran esfuerzo, generalmente funciona para mí; pero si no lo hace, recurro a una técnica que nunca me falla en la que. Empiezo bailando por toda la casa y cantando alguna cancioncita tonta, como Los días feli­ces han vuelto (cuando de lo que tengo ganas es de gritarle a mi pobre perro), o ¡Qué hermosa mañana! (cuando de lo que rengo ganas es de dejarme caer en una silla y ponerme a llo­rar), o alguna otra pequeña tontería que invento, que me obliga a ponerme en movimiento.
Utilizo ese recurso cuando estoy completamente deprimi­da, pero decidida a no quedarme así. Sin embargo, cuando me siento tan decaída, generalmente 'necesito varias horas para que algo me funcione, de tal forma que esa danza alocada se convierte en el principio de algo real. Literalmente libera la energía que se había estancado, hasta que logro conectarme ron "sentirme mucho mejor". Entonces, en cuestión de ho­ras, el teléfono empieza a sonar, surgen negocios, recibo invi­taciones de mis amigos y se me ocurren ideas para volver a ganar dinero. Siempre me ha funcionado. La clave es: haz cual­quier cosa que creas que puede ayudar a seeentirte mejor.
Asimismo, cuando estás completamente deprimido, hablarte a ti mismo por tu nombre, en forma tierna y tranquilizante, logra maravillas. "Todo va a salir bien, Paco, lo prometo, todo va a estar bien. Vas a salir de ésta". Limítate a hablar..., sobre cualquier cosa que te tranquilice..., hasta que te sientas mejor.
Un paso pequeño y ligero a la vez, cuando se está con el áni­mo por los suelos; un poco de aquí, un poco de allá, sirve de mucho. Puede llevarte un par de horas, o un par de días, pero finalmente sentirás que tu resistencia disminuye, y que se produce ese maravilloso click, que indica que te has conecta­do y que has abierto tu válvula.
¡Conéctate, conéctate, conéctate!
Sin importar dónde estés, siempre podrás conectarte con al­gún tipo de sentimiento positivo si en verdad lo deseas.
Conéctate mientras miras hacia afuera por la ventana de tu cocina. Conéctate al salir de la puerta de tu casa por la mañana. Conéctate mientras te deslizas hacia tu silla de rue­das (si la precisas). Conéctate cuando abordes el metro. Conéctate mientras estás barriendo el patio. Conéctate al sacar fotocopias. Conéctate mientras caminas por la calle. Conéctate mientras das de comer a tus mascotas.
Hasta que puedas sentir ese estremecimiento de alegría, ese estremecimiento de sensibilidad, de estar enamorado o de sentir gratitud, incluso cuando el sentido común te diga que no tienes nada que agradecer, que no estás fluyendo energía para llegar a algún lado en especial. Si tu deseo es lanzarte a una nueva vida, aprende a conectarte y a dirigirte hacia don­de quieras, sin importar lo que esté sucediendo a tu alrede­dor. ¡NO IMPORTA QUÉ!
Si quieres cambiar algo, si quieres mejorar la situación en la que estás, si quieres gozar de ese magnífico sentimiento de realización, o de una profunda felicidad que no hayas experi­mentado antes, si quieres tener cualquier cosa que no tengas ahora, entonces aprende a encender tu motor, ¡y conéctate!

 

98
La Fuerza te Acompaña.
Paso 4. Ley de Atracción

Algunas veces vivimos nuestras vidas encadenados,
 sin saber que nosotros tenemos la llave.
H. W. Arnold

Hace unos cuantos años, cuando era yo mucho más joven y acababa de llegar a California, conducía mi auto todos los días del Valle de San Fernando, a lo largo del her­moso Cañón Coldwater, hasta Beverly Hills, donde tenía un detestable empleo en las oficinas corporativas de una impor­tante empresa aeroespacial. Me gustaba el recorrido, pero no el trabajo. Sin embargo, no era el momento adecuado en mi vida para "quemar las naves". Durante dos años conduje por el Cañón, busqué cosas que hacer en mi trabajo hasta que me aburrí.

Una hermosa tarde, mientras disfrutaba del recorrido, de vuelta al Valle de San Fernando, al pasar frente a las precio­sas casas de Beverly Hills, dije en voz alta, dirigiéndome al poder que yo entonces pensaba que estaba fuera de mí: "Muy bien, Poder Superior, veamos qué tan bien funcionas. Estoy aburrida con este trabajo y quiero hacer otra cosa. Dame una idea. De hecho, si sólo dame las semillas, yo me encargaré de plantarlas".

Sin darme cuenta, estaba en ese lugar perfecto del senti­miento, donde mi frecuencia era tan alta como una cometa en el aire. Me encantaba el recorrido, disfrutaba del panora­ma, me sentía en paz con el mundo, aunque un poco impa­ciente con mi básico concepto de aquellos días que llamamos el Poder Superior. Mi afirmación era sincera y se lanzó como cohete a las alturas, magnetizada por las elevadas vibraciones de un incipiente "sentirse bien".

Al otro día, camino a mi trabajo, realicé la misma rutina: "Sólo dame las semillas, yo las sembraré". Hice lo mismo durante el regreso a casa. En ese momento no sabía nada sobre vibraciones ni flujo de energía, y desgraciadamente, tampoco sobre mi propio poder, tenía la vieja concepción de que el poder de "allá arriba" y yo aquí abajo, ni pensar que éramos una misma cosa. En lo que a mí se refiere, suponía que ese "jefe de jefes" estaba separado de mí; esa sabia fuer­za de Dios, estaba segura, era lo que conducía mi vida. Todo lo que estaba haciendo era, sin saberlo, enfocándome pode­rosamente en un "quiero" y poniendo a prueba a mi Poder Superior para ver si estaba ahí en realidad, con su mano ex­tendida para ayudar.

Así pues, un día, mientras me dirigía a casa, cuando subía la cuesta que conducía a lo alto de la colina, donde la vista se extasiaba ante la contemplación de un espléndido panorama que parecía perderse en el infinito, la idea me golpea y lo digo literalmente: me golpeó. Sentí como si el cosmos me hubiera dado un latigazo. La idea era formar una compañía editorial de tipo educativo, usando la innovación verdaderamente revo­lucionaria de producir cintas de audio. Era 1965. La mayoría de la gente no había oído hablar de cintas grabadas, y yo no tenía la menor idea de cómo formar una compañía o hacer que las cosas se echaran a andar.

No importaba. Todos los días, al volver a casa y subir la colina, me repetía: "Muy bien, Poder Superior, tú sigue dán­dome las semillas y yo encontraré la forma de sembrarlas." Y por supuesto, todos los días sin falta, al subir la colina para ir a trabajar, saltaban ideas de mi cabeza, como palomitas de maíz tostadas. Imaginé guías turísticas grabadas en cinta para escuchar en el automóvil mientras se recorrían los parques nacionales, programas de capacitación para vendedores y pro­gramas para estudiantes. Mientras seguía haciéndolo, las ideas parecían envolverme, porque en tanto siguiera ahí y perma­neciera en un lugar de "sentirme bien", mi válvula estaba abier­ta y era fácil alcanzar la inspiración.

La espiral se había iniciado. Cuantas más ideas se me ocu­rrían, más entusiasmado me sentía; y cuanto más emociona­do me sentía, más ideas se me ocurrían. Sin saberlo, estaba en un continuo estremecimiento.

De repente, personas que estaban empapadas en el arte de grabar cintas de audio y formar compañías empezaron apa­recer de la nada: los que sabían de finanzas, los que sabían de leyes, técnicos, mercadólogos, todos levantando sus cabezas de la nada. Era increíble. Finalmente, dejé la compañía aero­espacial para formar "Listener Corporation", y nos converti­mos en una de las empresas pioneras en proporcionar información por medio de las muy novedosas cintas de audio.

Pero pronto se me pasó la emoción, se apoderó de mí el temor de no poder salir adelante sola, y mi manantial de ins­piración se secó como un desierto después de una inundación relámpago. A pesar del creciente renombre que habíamos adquirido se había iniciado la larga espiral del descenso.

Éramos la primera compañía que producía cintas de audio para recorrer en auto los parques nacionales, y todo ello re­sultó un fiasco. Fuimos la primera compañía en producir una revista mensual de negocios, para escucharse en cinta graba­da. Fracasaron todos los proyectos en sólo un año. Fuimos la primera compañía en ofrecer cintas con información de nego­cios para escuchar con audífonos durante los vuelos transcon­tinentales, y también fracasamos. Fuimos también uno de los primeros negocios en ofrecer capacitación de motivación para lograr la excelencia para vendedores, en forma de paquete, a varias industrias. Otro fiasco. La fórmula era sencilla: siem­pre estuvo presente el temor dentro de mí de que esos nego­cios no funcionaran, ¡y así fue!

Finalmente, encontramos nuestro nicho en el mercado, con un programa mucho más específico (y mucho menos agresi­vo): capacitación para profesores de primaria, así como ma­teriales audiovisuales educativos también para educación primaria. Nos volvimos muy conocidos, en verdad respeta­dos, con representantes de ventas que se sentían felices y clien­tes complacidos. Pero con todo eso, apenas lograba ganar lo suficiente para pagar mi hipoteca.

Luchaba, golpeaba, me esforzaba cuanto podía, aplicaba cuantas ideas se me ocurrían. Esparcía por todas partes mis gritos de reto al estilo del Llanero Solitario, y, sin embargo, cuantos más esfuerzos hacía para resolver mi problema, más lento se volvía mi avance. Nuestros nuevos programas estaban recibiendo críticas extraordinarias, de costa a costa, y con buena razón, porque eran increíblemente buenos, ya que había­mos integrado en nuestro equipo a los especialistas más bri­llantes del momento y contábamos con las teorías más inno­vadoras en cuanto al aprendizaje; pero, a pesar de los magní­ficos comentarios que provocaban, ninguno de ellos logró tener las ventas necesarias como para generar buenas ganancias.

Todo lo que yo podía pensar era: "¿Qué más puedo hacer-­hacer-hacer para que las cosas sucedan?". Cuanto más ardua­mente trabajaba, más temerosa me volvía. Y; desde luego, cuanto mayor era mi temor, más resistencia ponía a la energía del bienestar, por lo que atraía ventas cada vez más bajas.

La guía intuitiva había salido volando por la ventana. No había ni el más pequeño resquicio por el que pudiera saltar mi Ser expandido con los fantásticos e incesantes tips que al­guna vez había recibido. Le reclamaba constantemente a ese llamado Poder Superior diciéndole a dónde podía irse, y vi­braba tan lejos de mi conexión con Él, que parecía que no existía. Por mi parte, mi persona era la representación fiel de aquella vieja expresión de "ir de mal en peor". ¡Cuán cierto era esto en mi caso!

Las cosas continuaron así durante trece años, hasta que, exhausta y desconectada en absoluto de cualquier cosa remo­tamente parecida a una fuente de bienestar, vendí la compañía y traté de huir a algún lugar solitario y lejano de la costa, junto al mar. En lugar de ello, llegué directamente a la etapa más triste, más dolorosamente desconectada, de mi vida. Desde ese lugar oscuro me llegó el fuerte deseo de lo que ya no quería y a partir de ese momento empezaron a florecer los años que ha­brían de convertirse en los más fantásticamente bellos de mi vida, mientras empezaba a descubrir a mi Ser expandido.

La única razón por la que estoy narrando esta historia de la-grandeza-a-la-miseria, es porque resulta un ejemplo clási­co de lo sumamente distintos que son los resultados que se logran con la acción inspirada, de los que se obtienen con la acción basada en el temor. Con la primera, zarpamos hacia Felicilandia con muy poco esfuerzo, como lo hice cuando ini­cié la compañía. Con la segunda, podemos luchar, esforzar­nos y trabajar hasta el cansancio, sólo para no llegar a ninguna parte, o quizá aún más abajo.

Inspiración VS. Esfuerzo
La mayoría de nosotros siempre hemos tenido la idea, bue­no, es algo más que una idea, fue la forma en la que nos edu­caron- de que para obtener las cosas que deseamos, debemos igualar el nivel de esos deseos con el esfuerzo personal.

Con otras palabras, si lo único que queremos es un cono de helado, obtenerlo requerirá de un mínimo esfuerzo de nues­tra parte. En cambio, si queremos ser el Director de una Empresa, ten­dremos que llegar a un nivel de esfuerzo personal completamen­te diferente, que requerirá de luchar y esforzarse arduamente, muchas, muchas horas de trabajo, olvidarnos de vacaciones y amigos, etc…. De hecho, siempre hemos creído que acercarnos siquiera a la posibilidad de obtener las cosas más importantes que desea­mos, algo más que los conos de helado, implica tener que "ex­primirse el cerebro" y estar dispuestos a dar todo nuestro esfuerzo físico hasta conseguirlo, o simplemente olvidarse del asunto.

Pero "exprimir nuestro cerebro" significa que estamos usan­do técnicas dignas del Llanero Solitario, con acciones intrépi­das y sin inspiración alguna. Significa que estamos funcionando desde una posición estrictamente física, que presiona. Signi­fica que estamos atorados en los "tienes que" y en los "debe­rías". Significa, en concreto, que estamos tratando de navegar contra corriente, a ciegas, y sin la guía de nuestro propio guía superior. Significa que estamos funcionando con válvulas muy cerradas, lo que provoca el tipo de tensión interna y el flujo de energía negativa que no produce, en lo absoluto, los resul­tados que deseamos.

Pareciera entonces que la forma lógica de dirigirnos hacia donde queremos llegar, o hacer que las cosas sucedan como queremos, es funcionar con inspiración guiada, en lugar de ha­cerlo con las vibraciones negativas del estrés procedente de la conciencia social. ¿Cómo lo podemos hacer? ¿Por dónde em­pezamos? ¿Cómo podemos dejar de lamentarnos?.

Bueno, primero viene la inspiración, las ideas. Surgen cuan­do logras pasar más tiempo en esas altas frecuencias de "sentirt­e bien" (o de "sentirte mejor"), estremeciéndote y conectándote.

A continuación, después de fluir cantidades considerables de energía de "sentirte bien" hacia una o más de esas grandes atrevas ideas, comenzarás a actuar conforme a ellas, pero ahora desde un lugar de bendita inspiración, en lugar de hacerlo a partir de la presión negativa. De esa forma, tus acciones es­tán inspiradas por tus ideas, y todo lo que te llegue proce­derá de un lugar de alta frecuencia.

Precisamente la inspiración de los grandes artistas, sabios y científicos ha provenido de creer en si mismos y en una conexión a algo superior, es fundirse en uno sólo y accesar la Inteligencia Infinita, que no está fuera de nosotros, ¡Somos parte de ella!

Así que, iguau!, algo sensacional empezará a ocurrir si crees en esto y logras la conexión interior que hablamos en el capítulo 91.  Sin importar qué tan complicadas te hayan parecido las ideas, des­cubrirás que todas están insertadas en su lugar exacto y que están avanzando con la facilidad y la tranquilidad con fa que corren las aguas de un arroyo. ¿y por qué no? Tus ideas fueron inspiradas, y ahora también lo están tus acciones, para traer­las a la realidad; todo procedente de tu flujo de energía de alta frecuencia.

Digamos que un día estás saltando de alegría, sintiéndote sensacional porque tienes una idea. Es una idea fantástica, del tipo exacto de las que sabes que funcionarían, si sólo supieras cómo concretarla, o si tuvieras suficiente dinero, sufi­ciente educación..., suficiente apoyo..., o suficiente...

            Sólo hay dos caminos que podrías tomar cuando te caigan encima las toneladas de ideas que te envía tu guía. Puedes decir: "Oh, esto es una locura..., tal vez sea una buena idea, pero...", y cerrar inmediatamente la válvula. O puedes decidir callarte, escuchar y confiar en lo que es­tás logrando.

Si has estado declarando regularmente algunos "quiero" y tu válvula ha estado más abierta que de costumbre, puedes apostar que pronto empezarás a recibir a tu guía, en forma de ideas que te ayudarán a llegar directamente a esos "quie­ro". Si decides seguir adelante con una de esas ideas, y sigues el curso de las actividades que continuarán fluyendo hacia ti como corazonadas -o como concepto-, te pondrás en acción, pero ahora estamos hablando de acciones inspiradas en lu­gar de acciones precipitadas como las del Llanero Solitario; actividades inspiradas que serán divertidas, de técnicas y mé­todos inspirados que te encontrarás realizando con la mayor facilidad, en lugar de luchar y tratar de empujar todo contra­corriente y, además, contra una corriente que es imposible controlar o desviar.

Así que cuando te llegue la inspiración, o una idea para hacer avanzar tu "quiero", empieza a pensar en: "Lo puedo hacer", en lugar de: "Sí, pero..."; y no te preocupes de cómo lograrlo: se te ocurrirá una vez que te relajes y entres en una frecuencia más alta. Recuerda que los instructivos siempre acompañan a la inspiración.

Ahora empezará a fluir tu energía positiva. Lo que toma­ría años a una persona desconectada, tú lo realizarás en unos cuantos meses, orientado por tu completamente jubiloso Ser expandido hacia las actividades más productivas.

El trineo bien lubricado

Justo a la mitad de ese año, después de mucho tiempo en que el negocio de las hipotecas y mi ingreso personal fluían con tal abundancia que casi era cosa de risa, se me ocurrió una idea. Realmente no necesitaba ideas en ese momento, ya que mis "quiero" se estaban realizando con tanta rapidez que casi no tenía tiempo de disfrutarlos. De cualquier modo, tuve una idea que me dejó perpleja.

Se me ocurrió cuando estaba en la regadera, una noche en la que, por alguna razón que no recuerdo, me sentía llena de entusiasmo. Y tengo que confesarles que mi primera reacción fue exclamar en voz alta: "¡Dame un respiro! ¡Debes estar bromeando!".

La idea era hacer un infomercial (un comercial de media hora para televisión), para un producto de autoayuda, suma­mente extenso y complejo, que todavía no había creado, en el que nunca jamás había siquiera pensado, y acerca del cual no tenía ni la más remota idea de cómo y dónde empezar. Todo el concepto era completamente descabellado e ilógico.

En esos momentos yo estaba involucrada en el negocio de las hipote­cas hasta el máximo de mi capacidad, a la mitad del año de mayor prosperidad que había tenido en mi vida y, de pronto, me sentía invadida de ideas para producir un programa de televisión del que no sabía absolutamente nada. ¡Qué locura! Sin mencionar que costaría muchísimo dinero llevarlo a cabo, que requeriría de un enorme talento para coordinarlo, que sería un trabajo de tiempo completo para quien supiera qué de­monios había que hacer, de lo cual por supuesto yo no tenía ni la menor idea (no importaba que ni siquiera hubiera saca­do el producto).

Pero mi válvula estaba abierta; aunque yo no lo entendie­ra, mi frecuencia estaba más alta que nunca. Y hacia donde quiera que mirara, sólo encontraba condiciones positivas, así que las ideas para divertirme seguían llegando, las quisiera yo o no.

A los cuatro meses -¡cuatro meses!- después de que se me ocurrió la idea..., obtuve una cuantiosa cantidad de dinero para pagar la lujosa producción del producto..., y las su­mas requeridas para la producción del programa de televisión de gran categoría..., los suficientes dólares que se necesita­ban para comprar el extenso tiempo de televisión de costa a costa..., al tiempo que yo misma escribía, narraba, actuaba y producía todo, filmando en locación con un gran equipo pro­fesional. ¡Sólo se necesitaron cuatro meses!

Para marzo del año siguiente, ya estaba en el aire promo­viendo Curso de vida 101, el monumental audiovisual que ofre­cía un curso para tomar en casa sobre crecimiento interno, del cual yo era la autora. ¡Asombroso!.  Realizaba el trabajo de una docena de personas: manejaba una empresa y creaba otra, mientras escribía y producía un nuevo programa para televisión muy complicado..., yo sola..., y a una edad más que madura. Para ser franca, la mayor par­te de mis amigos pensaban que me había vuelto loca.

iAh!, pero lo que ellos no sabían era con qué poco esfuerzo estaba materializando todo aquello. No había acciones deses­peradas, ni esfuerzos titánicos, ni lucha constante. Esta vez estaba .conectada. Todo se deslizaba como si fuera arrastrado por un trineo bien lubricado. Las piezas caían en su lugar como por arte de magia. En cuanto me preguntaba cómo haría al­guna cosa, las respuestas me llegaban de la nada. Realizaba fácilmente lo que tenía que hacer. Sin fricciones, sin preocu­paciones y sin la menor duda en el mundo. En realidad, la estaba pasando muy bien.

Desde luego, tenía mucho trabajo, pero era trabajo fácil de hacer porque recibía ayuda constante e inesperada de mi guía. Cualquier problema que surgía se resolvía casi tan pronto como aparecía. Todo -en ambas compañías- marchaba a la per­fección, y yo estaba en la corriente misma de la vida. Nunca cuestionaba una nueva idea o una nueva dirección, pues las indicaciones de cómo hacer las cosas me llegaban siempre inme­diatamente después de la idea. Y en ningún momento me sentí agobiado, ni deprimido.

Espontaneidad se convirtió en mi primer apellido. Dejé de preocuparme por el tiempo. La alta frecuencia magnética que emanaba de mí era tan poderosa, que movilizaba los siguien­tes eventos y circunstancias para que yo pudiera salvar todos los obstáculos de una situación, antes de llegar a la siguiente.

Estaba asombrada por lo que estaba sucediendo; sin embar­go, todo lo que estaba haciendo -sin saberlo siquiera- era fluir la energía positiva de "sentirse bien", y llevar a cabo las ideas inspiradas que me llegaban, como una corriente conti­nua. No se requiere nada más excitante que eso.

Señales, señales, señales

¿Cuántas veces te has dicho a ti mismo: "Tengo un deseo re­pentino (o una corazonada o una sensación en las entrañas) de ir a ese lugar?". Y eso hiciste: fuiste y encontraste que ha­bía estado bien hacerlo. Estabas siguiendo a tu guía. O se te ocurrió la loca idea de probar determinada cosa. Y lo hiciste. Y fue un éxito porque resultó divertido. Estabas siguiendo a tu guía.

Pero no necesitas estar iniciando un nuevo negocio para tener ideas, corazonadas o presentimientos. Así, tu "quiero" puede ser sortear el tráfico del centro de la ciudad para llegar a tiempo a tu oficina, lo mismo que encontrar una nueva pa­reja. Todo lo que tienes que hacer es prestar atención a las señales que harán que eso suceda..., ¡y aprender a confiar en ellas!

Una llamada telefónica inesperada de un viejo amigo, un programa de televisión que normalmente no ves, el deseo re­pentino de leer algo, o de llamar por teléfono a alguien, o de tomar una ruta diferente..., todos son pequeños empujones que te da tu Yo expandido, tu guía interna/externa, para ayu­darte a mantener tu curso en el camino que te llevará a la alegría, aunque sólo se trate de encontrar un buen lugar para estacionarte cuando está lloviendo. Has producido energía de "sentirte bien", combinada con varios "quiero", que a la vez han creado corredores de energía que fluyen hacia un sinnú­mero de remolinos y ahora, cuando entres en ellos acude a tu Guía. Tus impulsos para actuar -para hacer esto, ir a ese lugar, llamar por teléfono- proceden de la actividad magné­tica iniciada por tu energía bien enfocada.

Poco después de que me embarqué en este nuevo camino de creación deliberada, iba rumbo a Pórtland en mi viejo y querido Mercury Monarca modelo 77, un auto que había sido reparado muchas veces, porque era un modelo que me en­cantaba. Un nuevo motor, nuevo esto, nuevo aquello. Pero, debido a su edad, mi mecánico me había recomendado que usara aceite sintético para reducir el desgaste de sus piezas. Eso estaba muy bien, excepto que en ese tiempo los aceites sintéticos no eran nada comunes, y la marca que yo usaba tenía que pedir­se expresamente para que la enviaran a la población donde yo vivía.

Durante mucho tiempo yo no había salido de casa más allá de la tienda de abarrotes, así que el recorrido de dos horas que tenía que hacer para llegar a Pórtland, me resultaba muy atractivo. Puse la música que elevaba mi estado de ánimo y estaba en la cima misma de la alta frecuencia que produce la felicidad, una hora más tarde, fluyendo energía positiva, cuando recordé que no había puesto al auto el aceite que tanto nece­sitaba. Generalmente cargo con dos litros del extraño aceite en mi auto; pero eso se me había olvidado también y la posi­bilidad de encontrar el aceite -que además tenía que mez­clarse con cualquier otro- en ese trecho de tierras de cultivo, en la autopista del sur de Washington, no sólo era remota, sino absolutamente impensable.

Avancé unos cuantos kilómetros más, preguntándome qué podría hacer, cuando sentí el impulso repentino de desviar­me en la siguiente salida. Puesto que en esa época seguía mis corazonadas sin vacilación, me encogí de hombros y me salí de la autopista en cuanto pude para tomar un desolado cami­no local, a no más de un cuarto de kilómetro ge la autopista.

Lo que encontré parecía un viejo pueblo minero abando­nado, un pueblo fantasma, lleno de construcciones ruinosas o semi-derruidas y en condiciones deplorables. Todas esta­ban tapiadas, y tan deterioradas que se veían ladeadas. No se veían señales de vida por ninguna parte, pero, por alguna ra­zón, detuve el automóvil y bajé de él, extrañamente conscien­te de que no estaba cuestionando mi decisión o pensando en cosas como: "¿Qué diablos hago aquí?", sino sólo siguiendo mi corazonada.

Entonces lo ví, y mis ojos no podían creerlo. A unos veinte metros frente a mi auto había otro deteriorado edificio con un letrero apresuradamente pintado a mano, que decía: "Re­facciones para auto". No sé cómo no me había fijado en él al detenerme; pero ahí estaba, exactamente frente a mí. Ato­londrada, entré y pregunté si tenían aceite sintético. Sí, lo tenían, pero sentían mucho que sólo tenían de la marca Blurp, ¡que era exactamente la marca que yo necesitaba! "¡Sí, seño­r, nos quedan los dos últimos litros!".

La cabeza me daba vueltas cuando volví al automóvil. Se­guramente, estaba más emocionada y excitada de lo que pue­den describir las palabras. Seguro que estaba más que feliz de ver cómo funcionaba la Ley de la Atracción, pero, a decir verdad, me sentía atontada. Todo era tan abrumadamente evidente, que era imposible negarlo. Mis vibraciones habían estado en lo más alto. Entonces apareció una necesidad apremiante, pero sin un ápice de resistencia, nada de: "Estoy en 'problemas. Nunca encontraré por aquí ese aceite, ¿qué voy a hacer?". Con mis vibraciones tan aceleradas, yo había atraí­do en forma instantánea la solución; había recibido instruc­ciones muy claras de mi Yo expandido, en forma de una fuerte corazonada que decidí seguir obedientemente. Pero, caram­ba, ¿hasta qué punto se puede uno volver adivino?

¿Cómo sucedió? ¡Quién sabe! y, después de todo, ¿a quién le importa? Basta con confiar, con actuar de acuerdo con lo que sientes, y las cosas saldrán bien.

Lo importante es tratar de funcionar como un avión al que se le pone el piloto automático, y prestar atención a los im­pulsos. ¡Escucha! Mantente alerta a esas pequeñas sacudi­das que llamamos corazonadas, estate pendiente de las señales, observa y sigue tus impulsos. Si te sientes bien con lo que haces, es que estás obedeciendo a tu guía.

La mayoría de nosotros nos resistimos a creer que las co­sas pueden suceder, a menos que podamos ver de antemano cómo encajarán las piezas. Así que empieza a observar las pistas que se te ofrecen. Observa la forma maravillosa en que las cosas se unen, y verás cómo las partes que faltan toman for­ma y empiezan a colocarse en su lugar como por arte de ma­gia.

Ahora has entrado al extraño mundo de la sincronía; estás conectado a tu fuente original de energía y te dejas llevar por el flujo de ella. Pero nunca lo verás, ni aprenderás de ello, si no te vuelves observador.

Sin vacilaciones

Con la posible excepción de la oración, que es con mucha fre­cuencia una súplica que procede de una válvula más cerrada que abierta, pocos de nosotros aprendimos a introducirnos en lo más profundo de nuestro interior, ya no digamos siquie­ra a escuchar lo que esconde, y mucho menos seguirlo. Pero, ¿seguir qué? Escuchar, ¿a quién? ¡Tonterías! Mejor toma una pastilla. Todo eso es mera imaginación. No tiene sentido. No existen datos intelectuales o  empíricos para apoyarlo.

Me encanta cómo afirmamos que algo no existe, le damos la vuelta y le ponemos nombre. Nos mostramos despectivos ante la "guía divina", pero, de manera curiosa, le damos una amplia gama de nombres, como: corazonada, motivación, pre­sentimiento, intuición, inspiración, impulso, urgencia, pre­monición, deseo o imaginación. Todo esto es resultado de lo que nos indica la guía, el real que te está enviando mensa­jes desde la inteligencia infinita. Tú estás haciendo todo lo que te ofrece este poder, en forma de ideas o direcciones que debes seguir antes de cerrar otra vez la válvula.

La guía es tu alma que habla, Dios que habla, tu ser inter­no que habla, tu Yo expandido que habla, tu acompañante cósmico que habla. Tu guía hace lo necesario para atraer tu atención, y para ayudarte a entrar en tus "quiero", de la misma manera si se trata de un nuevo automóvil que de un nuevo peinado, o de un cabello radiante. Pero para hacer que esto funcione, debes aprender a confiar en lo que estás eligiendo en esa situación.

Una pareja que eran mis clientes en el negocio de las hipo­tecas, y a quienes llamaré George y Sally, se mostraban un poco confundidos cuando llegué a su casa una noche para re­coger su solicitud de préstamo. Cuando les pregunté qué les pasaba, George dijo que él y su esposa acababan de salvarse de una grave carambola de ocho automóviles en la autopista, y que todavía se sentían realmente alterados por la impre­sión, según lo expresó él.

Trabajaban en lugares diferentes, pero se transportaban a sus trabajos juntos. Parece ser que volvían a casa por la autopista, como de costumbre, y George empezaba a mostrarse molesto porque tenían que avanzar con lentitud, de­trás de un camión muy grande, de color rojo y desvencijado; así que decidió cambiar de carril. En forma repentina, y sin saber por qué lo hacía, Sally dijo en ese momento: "¡Mi amor, no hagas eso! ¡Tenemos que salir de la autopista ahora mis­mo!". Hubo la acostumbrada explosión por parte de George  acerca de que aquello era una tontería. Entonces, finalmente, para mantener las cosas en paz, George se desvió hacia la si­guiente salida y tomó varios caminos alternos, en dirección a su casa.

Cuando llegaron, George conectó el noticiario local de la televisión, como lo hacía siempre, y vio el desvencijado ca­mión rojo arriba de una pila de autos chocados, aplastado entre dos automóviles. El accidente había ocurrido en la autopista, a poca distancia del lugar de donde George y Sally se habían desviado. Dos personas habían fallecido en la carambola.
Sally era una mujer bien conectada, que había seguido sin vacilación las instrucciones de su guía. ¿Cuántos de nosotros hubiéramos escuchado, ya no digamos seguido, las instruc­ciones que nos estaba dando esa voz de salirnos del camino?

Es una gran broma cósmica el hecho de que hayamos sido diseñados para ser precisamente eso: para vivir de acuerdo con nuestros sentidos, y no con nuestros cerebros. Sin em­bargo, a lo largo de los siglos hemos aprendido a pensar nues­tras reacciones, en lugar de asentirlas, exactamente al contrario de la forma en la que vive el resto de la naturaleza. Los ani­males y las plantas lo hacen (vivir de acuerdo con sus senti­dos), mientras que nosotros, los cerrados y desconectados seres humanos, nos burlamos de ello.

Pero cuando realmente em­pieces a jugar el juego de "sentirte bien", te aseguro que será todavía mejor que pasar un día completo en Disneylandia. Escucha, y sigue escuchando, y actúa obedeciendo a tu guía sin vacilación.

Así que si tienes docenas de amigos y familiares que te di­cen que tienes que hacer "esto", pero en el fondo de tu ser sientes un profundo impulso de hacer "aquello", siempre, si­gue tu impulso (¡si hacerlo te hace sentir bien!). ¿Por qué? Sólo inténtalo unas cuantas veces y verás por qué. El sistema aplicado por tu guía lo está haciendo todo, sabe cómo llevarte a donde quieres ir, para seguir tu intuición original. Así que date la oportunidad. Conéctate bien y escucha, pues ese Yo ex­pandido sabe lo que está haciendo.

El paso final

Este es el cuarto y último paso en el proceso de diseño creativo.
El primero, como bien recordarás, es identificar lo que No queremos.
El segundo es aclarar y declarar lo que SÍ queremos.
El tercero es colocarse en el lugar del sentimiento donde se encuentran nuestros "quiero". Y            ahora, el cuarto es:
Paso cuatro: espera, escucha, y permite que el universo te lo proporcione.

            Eso significa que no es necesario golpear algo para ponerlo en su lugar, y hacer que suceda. Significa, por el contrario, que debemos sintonizarnos y escuchar a nuestro guía. Asimismo, significa que debemos seguir las instrucciones que recibimos, sin vacilación.

Significa que debemos dejar de averiguar cómo podríamos hacer que nuestro "quiero" se realice, porque no somos quie­nes debemos saber cómo lograrlo. Todo lo que tenemos que hacer es actuar de acuerdo con la inspiración que nos llega de nuestro Yo expandido, mantener abierta nuestra válvula, esperar lo que nuestro "quiero" nos traiga, hacernos a un lado y dejar que el universo haga lo que le corresponde, mante­niéndonos al margen de todo, sin impaciencia, guardando la calma tanto como sea posible. (En ese sentido, trata de con­servar la paciencia, porque perderla significa cerrar la válvu­la, y en el caso de que esté abierta, nuestra energía se enfocará en lo que no ha sucedido.)

El universo es un organizador mejor de lo que tú soñarías serlo nunca, así que dale la oportunidad de que te lo muestre y trata de no estorbar. Tú le has dado una tarea: le has enviado tu energía magnética; ahora, hazte a un lado y permite que se produzca la manifestación.

Pero, ¿dónde diablos está?

Muy bien, estás manteniendo en alto tus frecuencias, te con­servas sintonizado con la estación de tu guía, estás escuchando, recibiendo tUs corazonadas, observando la sincronía de los acon­tecimientos; pero ¿dónde diablos está ese sensacional "quiero"?

"¿Cómo puedo mantenerme contento y entusiasmado res­pecto de algo, si sigo hablando, sintiendo y fluyendo energía, hasta ponerme morado en el intento, sin que nada suceda?".
Si tu "quiero" no ha aparecido en ninguna forma, y en un periodo de tiempo que consideres razonable, simplemente sig­nifica que has estado más en el sentimiento de no tener que en el de tener.

De todos modos, no lo estás haciendo mal; tampoco has perdido el instructivo. El flujo deliberado de energía positiva nos es tan extraño, que con frecuencia parece una tarea im­posible, mientras que los sentimientos de resistencia a los que estamos acostumbrados -y que, por tanto, nunca notamos­ continúan dominando nuestra vida.

Es entonces cuando ha llegado el momento de dejar que las cosas marchen bien -deja que lo hagan- cuando tu "quie­ro" no se ha presentado todavía. Tú sabes que lo hará, pero es perfectamente normal que no lo haya hecho..., por el mo­mento.

La meta final, desde luego, es dejar de estar en un sube y ­baja, con las válvulas abiertas; es decir; cerrar válvulas, abrir válvulas, volverlas a cerrar. Es como decirle a un perro que se vaya y que se quede al mismo tiempo. Todo se atasca y aca­ba por detenerse. ¿Cómo, entonces, puedes controlar tu gran deseo de obtener algo que no se ha presentado aún, o que no ha sucedido?

Ante todo, verifica hacia dónde va tu flujo de energía. N o tiene mucho caso que hagas fluir tu energía hacia alguno de tus "no quiero" y dejes que se manifieste todavía más.

Luego, verifica la intensidad de tu flujo de energía. Cuan­to mayor sea tu excitación, cuanto más ardiente sea tu pa­sión, más rápida será la manifestación. (Pide ayuda a tu guía con esa misma intensidad y la recibirás).

Después, verifica tus repeticiones. ¿Con qué frecuencia te sientes impulsado por tus "quiero"? Si tienes un gran comien­zo y lo mantienes funcionando durante varios minutos, pero después no vuelves a pensar en ello durante mucho tiempo, tal vez logres que suceda algún día (lo cual es muy dudoso). Pero si te muestras constante al pensar y hablar sobre lo que quie­res durante todo un día, aunque sólo lo hagas para ti mismo, si repites y embelleces la historia constantemente, no sólo esta­rás manteniendo la fuerza del impulso, sino aumentándola.

Aunque dieciséis segundos son todo lo que se necesita para impulsar ese tornado que se está formando, si te mantienes bien enfocado y entusiasta sobre tu deseo durante diez o quince minutos todos los días, se realizará ante tus ojos antes de que te des cuenta, siempre y cuando conserves tu enfoque verda­deramente apartado de la idea de carencia.

Hay otro factor presente que puede intervenir para que lo que deseas se haga realidad o no, pero que he dudado en men­cionarlo porque puede convertirse en la excusa perfecta de por qué algo no ha sucedido o no se ha presentado: la oportu­nidad.

Puedes haber estado haciendo fluir energía en gran­des cantidades hacia un tema en particular, con una válvula completamente abierta, llevando a cabo todo lo que tu guía te dice que debes hacer para fluir con la fuerza de una nave espacial, y aun así no tener nada en las manos. ¡Hazlo con oportunidad! Quizá lo que ocurre es que no se ha presentado el mejor momento para que se realice ese "quiero", y eso te esté distrayendo de todo lo demás que deseas.

Como ése podría ser el caso, entonces es mejor que retro­cedas un poco, te relajes y dejes que el universo y tu guía hagan las cosas. La Ley de la Atracción no es inconsistente. El universo te da­rá lo que quieres en el momento oportuno. ¡La clave es -siem­pre- el enfoque!

¿Qué me ha estado molestando?

Ya sabemos que lo único que altera nuestras experiencias es resistirnos a nuestras propias energías elevadas; pero algunas veces el mantenernos en esas energías elevadas puede hacer que sucedan cosas que no siempre son agradables. Lanzarse a una frecuencia más alta es similar a dirigir una manguera ha­cia una vieja banqueta llena de lodo. El pesado chorro de agua arrastra el lodo, y al hacerlo quedan a la vista algunas desagra­dables grietas de la acera. Si no tienes cuidado al lavar la acera con la manguera, es posible que dejes al descubierto algunas grietas que habían estado ocultas.

Esas grietas son nuestra resistencia, nuestra crítica inter­na o nuestros prejuicios, nuestras viejas ideas de lo que es co­rrecto e incorrecto en el ámbito social, nuestra antigua frecuencia baja, que nos dejan sin protección cuando quedan al descu­bierto por frecuencias más altas.

Cuanto más grande es nuestro deseo, mayor es la energía que estamos dirigiendo hacia él, como si fuera el poderoso chorro de agua de la manguera, que descubre un mayor número de grietas. De repente, nos sen­timos inseguros, vulnerables, expuestos a los elementos sin protección, como si lo que había estado oculto hasta entonces surgiera y luchara por sobrevivir. A final de cuentas, lo que había estado oculto morirá, desaparecerá, pero no se dará por vencido fácilmente. Eso puede hacer que algunos tengamos trayectos emocionales llenos de baches.

Pero no te preocupes, hay un camino rápido para salir. En el momento, en que te des cuenta de que te estás sintiendo un poco tembloroso o desubicado, pregúntate a ti mismo: ¿Qué me ha estado molestando?, Y sigue insistiendo hasta hallar la respuesta. La encontrarás.

Mientras lo discutes contigo mismo, cualquiera que haya sido la causa descubierta para que resurgieran esos desagra­dables sentimientos, se mostrará a sí misma en la forma de una vieja creencia, de un viejo temor, de un antiguo "no quie­ro". Una vez que descubras lo que es, te tomará sólo tres minutos al día hablar contigo mismo para convencerte de cómo salir del asunto o cómo reducir el problema al mínimo (recuerda hablar con ternura), habla, habla y habla, hasta lograr que se disipe ese temor, dentro de los siguientes treinta días, junto con la resistencia inconsciente que ha estado impidiendo que se realice tu "quiero".

Pasión es creación

Pasión. Hemos hablado mucho de ella. Es una de esas pala­bras que suenan sensacionales, pero, ¿qué significa?, ¿cómo la obtenemos?, y ¿realmente la necesitamos?

He aquí la clave: ¡pasión es creación!
La satisfacción está muy bien, pero la pasión hace que las cosas sucedan.
La satisfacción es una válvula abierta, un agradable y segu­ro refugio sin enfoques negativos,    un lugar de descanso.
La pasión hace que las cosas sucedan. La pasión es vida. La pa­sión es creación.
La pasión tiene que ver con sentir tu poder. Cuando apa­recen condiciones negativas, por la razón que sea (ya que siem­pre surgirán porque necesitamos el contraste), en lugar de hablar sobre lo difíciles que son las cosas, ahonda un poco más y siente tu poder. No sólo estás conectado a la fuerza del bien­estar: eres esa fuerza. Esa fuerza es vida, esa fuerza es pa­sión, y la pasión es creación.

La pasión proviene de la emoción que provoca tener algo en proceso. La satisfacción, por otra parte, es el resultado de mirar algo que ya se realizó. La satisfacción es energía posi­tiva, cierto, pero no es un combustible y no te llevará a nin­guna parte. No es la energía de la creación.

Si piensas que te falta el más sublime de los sentimientos, la pasión, analiza si todavía estás hablando de un "no quie­ro", o enfocándote en él. No existe algún "no quiero" en el universo que pueda evocar pasión, porque todos los "no quie­ro" provocan energía negativa, válvulas cerradas, gran resis­tencia y más "no quiero".

Así que esa es otra razón para dedicar más tiempo a tus "quiero", pues cuanto más tiempo les dediquen, más apasio­nado te volverás. Y la pasión es creación.

La pasión no significa gritar ¡hurras! como una porrista, o saltar muros como loco. Por supuesto, la pasión tiene diver­sos grados de excitación y entusiasmo, pero lo más importan­te es que es una fuente de conocimiento interno. Es la confianza absoluta de que la vida ya no tiene que traerte de las orejas, y de que el tigre que estás deteniendo por la cola en realidad eres tú mismo.

¿Quieres más pasión? Entonces, ¡déjate llevar por tu ale­gría! Huele más rosas, observa más atardeceres, encuentra más campos que puedas recorrer descalzo, visita más segui­do tus restaurantes favoritos, ríe más, encuentra más luga­res que explorar, más juegos de pelota que ver, más obras de teatro que disfrutar, practica más pasatiempos que te divier­tan, sé más espontáneo, juega más golf, escucha más música, encuentra más lugares para divertirte, sonríe más y diviérte­te. Ahora estás vibrando con la válvula abierta de la pasión. Y la pasión es creación.

Déjalo llegar

¡Yaya, no vas a lograr que me enfrasque en una discusión con­tigo! Todo este asunto de la energía entraña un cambio total de como estamos acostumbrados a vivir y a ser, así que hay que darle tiempo. No te impacientes. Si has leído hasta aquí, hay cambios importantes que están ya en camino.

Algunas veces resultará fácil. La mayor parte del tiempo al principio no lo será, y ésa es la razón por la cual es esencial observar eso que llamamos coincidencias. Son la comproba­ción de que algo está realmente sucediendo, lo que te mantie­ne en actividad.

Principalmente, solo ilumina tu vida. Sé natural. No te de­jes abrumar por el hecho de no ser perfecto. Date golpecitos en la espalda por el esfuerzo. ¡Date crédito por desear tomar el control de tu vida lo más pronto de lo que te imaginas, lo harás!

Si inviertes un poco de tiempo todos los días hablando so­bre cada uno de tus "quiero", sin preocuparte de si se cum­plirán o cuándo lo harán, sin tratar de forzar los cómo de su realización, y permaneces conectado con tu guía y lo obede­ces sin vacilación, esos "quiero" vendrán. Debido al poder que tienes, lo harán.

No estás separado del poder del bienestar infinito. No es­tás separado del poder y de la fuerza de la vida creativa. N o estás separado del poder universal de Todo lo que Es. Ese poder es tuyo, porque el poder eres tú y tu poder, como las leyes di­vinas que lo gobiernan, es absoluto.