La historia concreta comienza una clara y fresca mañana de primavera, el sol comienza a despuntar y el aire huele a arcoiris. Edward camina pausadamente por su amada campiña galesa. Hace tiempo que un impulso irrefrenable le lleva cada mañana a los prados verdes de su tierra natal. Ese mismo impulso que le hizo transitar desde los más “sólidos conocimientos” de la ciencia hipocrática hasta los sutiles matices de la sabiduría paracelsiana.
No se recuerda bien si deambulaba por un lecho de mostazas o si fue la impaciencia o la rosa silvestre las causantes de su relámpago interno, pero en ese amanecer Edward contempló el prodigio que desde su silencio realiza la naturaleza todos los días. Sintió la alquimia de los cuatro elementos al deslumbrarle una gota de rocío depositada en el pétalo de una flor inundada de sol; y ya nada fue igual.
Quizá ésta podría ser una descripción del momento cumbre en el que Edward Bach intuye el principio energético que le llevaría a elaborar esencias de flores y de esta forma redescubrir para el mundo moderno una energía sutil y poderosa que culturas como la inca o la celta, y filosofías como la taoísta, conocieron y manejaron, y aún más, nos podríamos remontar, según relatos de Edgar Cayce, a la utilización de la energía de las flores en la rememorada Atlántida.
Mas esto no hubiera sido posible sin su extraordinaria sensibilidad y su precoz y profunda consagración al servicio de la humanidad. Edward Bach nació y creció en un ambiente rural cerca de Birmingham en el año 1886. Este hecho y su prematura toma de conciencia del dolor y la enfermedad, le ayudó, de un lado, a ser receptivo y sensible al mundo vegetal y a la naturaleza, y de otro, tomar muy tempranamente la decisión de estudiar medicina. Cursa estudios en Londres y practica la medicina ortodoxa hasta el año 1919; pero a partir de ese año, y ante su incertidumbre en ir a la causa profunda de la enfermedad por esa vía, adopta posiciones más “naturistas” y comienza a practicar la homeopatía, la inmunología y la bacteriología. Imparte numerosas conferencias y escribe artículos en revistas especializadas, lo que le da una proyección internacional importante. Crea remedios homeopáticos a partir de toxinas; remedios que hoy día se siguen utilizando por muchos homeópatas y que son conocidos como los “nosodes de Bach”. En ese tiempo prepara homeopáticamente flores como la mostaza y la impaciencia, obteniendo muy buenos resultados en su utilización.
Durante todos estos años, Edward Bach no para de buscar dónde está el “quid” de la enfermedad, del dolor. No le llenan los métodos que utiliza, pues éstos no hacen sino que tratar más o menos superficialmente los síntomas de la dolencia, y él entiende o siente que las llamadas “causas” no son más que pasos intermedios del verdadero origen que intuye más allá de lo puramente vegetativo o psíquico. En 1930 se produce un suceso que marcará definitivamente su orientación. Conoce a Rudolf Steiner y asiste a las conferencias que éste pronuncia en Londres y en las que refiere el gran poder de curación de las flores, sobre todo a nivel espiritual, y que aún estaba por descubrir.
Edward escribe “Cúrese usted mismo”; (publicado en: la Curación por las flores, por Editorial Edaf.), y en todo ese proceso llega a la profunda convicción de que la enfermedad es el resultado de un “desencuentro”, del alejamiento o la disonancia entre alma y personalidad, entre el mundo interno y el mundo externo, e intuye que en las flores, como máxima expresión del reino vegetal, hay una respuesta a esta discordancia; y que éstas, pueden intervenir terapéuticamente en todos los procesos emocionales que preceden y acompañan a la enfermedad.
Abandona todo lo que era su práctica médica hasta ese momento, deja su consulta de Londres y se dedica a investigar en el campo sobre los métodos de elaboración y aplicación de los preparados florales, tanto a través de decocción como de maceración solar.
En 1932 escribe “Los doce curadores”, que es una exposición de los doce remedios elaborados hasta entonces por él. Entre 1930 y 1936 elabora un sistema de 38 elixires florales que, junto al llamado “Remedio de rescate”, forman el conjunto de 39 elixires, hoy día conocido como “Flores de Bach”. Su sistema de investigación, sobre todo en el final del proceso, fue muy peculiar, rayando en la mediumnidad, puesto que él entraba espontáneamente en el estado de precariedad emocional específico por el cual se veía impulsado a buscar la flor adecuada.
Edward Bach muere en noviembre de 1936, con la certeza no sólo de haber aportado un sistema inofensivo de manejo, operativo y eficaz frente a la enfermedad, sino todo un método para el trabajo de crecimiento personal y liberación de la consciencia; ya que los elixires florales no actúan de forma sintomática y parcelaria, sino que lo hacen de forma global y holográmica, liberando los patrones de conducta y de pensamiento erróneos y posiblemente conducentes a desequilibrios sutiles, pero poderosos en el devenir de la enfermedad.
A lo largo de la lectura de este libro que tengo el honor de prologar, podemos asistir a todo el proceso de evolución personal de Bach, ya que es un compendio cronológico de conferencias impartidas por él; asistir no solamente a su evolución profesional, incluso a su maduración espiritual, sino deleitarnos con pequeños detalles, breves comentarios de primera mano sobre las esencias, detalles inéditos y no recogidos hasta ahora en toda la literatura que sobre el tema se ha escrito. Por lo tanto, os invito a que lo leáis con atención, a comprender cómo Edward, a través del ejercicio sistemático de la coherencia personal, pasa de concepciones racionalistas y científicas a posiciones que le llevan a concebir la vida como un flujo continuo y constante del espíritu y a experiencias tan “raras” como la proyección astral consciente para tratar a sus pacientes.
Desde su muerte han surgido nuevos investigadores y nuevas esencias, pero sin duda a él le corresponde el honor de ser el primero, el ermitaño que alumbró en nuestro tiempo una nueva forma de entender la vida, la enfermedad y la luz que de todo ello puede desprenderse.
Que el prólogo no sea sino un homenaje al hombre que sintió la llamada profunda de la vida, que vivió el sagrado hacer de la naturaleza a través del mundo de las flores. Esa consagración por la que, todos los días, “La Amada” –Gaia– renueva la promesa de amor eterno a su Amado –el Universo.
Pedro López Clemente
Biografía de Edward Bach (1886-1936)
Edward Bach nació en Moseley, un pueblo cerca de Birmingham, en
1886. Desde pequeño demostró un gran amor por la Naturaleza. Vagaba a
menudo, solitario y meditabundo por bosques y montañas. Era un chico
independiente, positivo y con un gran sentido del humor. Su compasión por los
seres infelices era tan fuerte ya desde niño, que decidió ser médico a una edad
muy temprana. La felicidad de los demás llegó a ser en él el objetivo principal
de su vida. Tenía ya la idea de conseguir una medicina simple que sanara
todas las enfermedades.
Cuando tenía 16 años terminó la escuela, y todavía persistía en él la
idea de ser médico, pero consideró que no les podía pedir a sus padres el
dinero para los largos y caros estudios de medicina, por lo que ingresó en la
fundición de su padre, donde trabajó hasta los 19 años. Ocupó
momentáneamente el puesto de agente comercial, pero su naturaleza
generosa y su falta de instinto negociador le impedía regatear, con lo que
ofrecía los productos a un precio muy bajo, cosa que hizo que se le cambiara
de ocupación dentro de la empresa.
En cierta ocasión le comentó a su padre su decisión de ser médico, y lo
que le movía a serlo. Para su sorpresa, su padre se ofreció a pagarle los
estudios. Así, a los 20 años ingresó en la Universidad de Birmingham. Terminó
sus estudios en el University College Hospital, en Londres, donde se graduó en
1912. No abandonó Londres hasta el año 1930.
La vida de la ciudad le agobiaba, como gran amante de la Naturaleza,
pero su afán de encontrar una medicina para la Humanidad era más fuerte que
el malestar (físico y mental) que le producía su estancia en Londres. Además,
se esforzó cuanto pudo para mantenerse por sí mismo y no depender
económicamente de sus padres. Así, trabajaba sin descanso día y noche,
realizando diversas actividades, como corregir exámenes, etc. Además su
salud no era muy buena. Pero su empuje podía con todos los obstáculos.
Ya en sus primeras experiencias con enfermos, se dio cuenta de que
era más importante la observación del paciente que el estudio teórico de las
enfermedades. Vio que el mismo tratamiento actuaba de diferente manera en
uno u otro paciente. También pudo comprobar que pacientes con el mismo
temperamento o personalidad respondían de la misma manera ante el mismo
tratamiento, mientras personas de diferente temperamento reaccionaban de
diferente manera aunque padecieran la misma enfermedad. Así llegó al
conocimiento de que los sentimientos, emociones, etc. del paciente eran más
importantes que el nombre científico de la enfermedad que padecían. Además
no le gustaba el hecho de que los tratamientos eran frecuentemente más
dolorosos y agresivos todavía que los síntomas de la enfermedad. Así, llegó a
declarar: “me costará cinco años olvidar todo lo que me han enseñado”.
Hasta 1913 Bach trabajó en el University College Hospital, y ese mismo
año ingresó como cirujano en el National Temperance Hospital, pero su
delicada salud le hizo abandonar ese puesto. Cuando se recuperó, abrió una
consulta médica en Harley Street, donde pronto tuvo mucho trabajo. Allí creció
más y más su insatisfacción con los métodos de la medicina ortodoxa. Pensaba
que los médicos olvidaban lo más importante: la personalidad; y se centraban
exclusivamente en lo más superfluo: los síntomas. Pensó que debería
investigar en el campo de la Inmunología. Así, ingresó en el University College
Hospital como bacteriólogo asistente.
En sus primeras investigaciones descubrió la presencia de unos
gérmenes intestinales (que hasta entonces habían sido considerados de poca
importancia) en todos los pacientes que padecían enfermedades crónicas. En
los individuos sanos también se hallaban dichos gérmenes, pero en mucho
menor proporción. Después de meses de investigación realizó una vacuna que,
inyectada directamente en sangre hacía desaparecer la enfermedad crónica
(artritis, reumatismo, migraña, etc.) de muchos pacientes. De todas maneras
ese método de aplicación de la vacuna le desagradaba, y además no era
efectivo en todos los casos. Aunque otro descubrimiento le animó: los
resultados eran mucho mejores si la segunda y subsiguientes dosis de vacuna
se administraban no antes de que los efectos de la anterior estuvieran ya
desapareciendo. Así, se necesitaban menos pinchazos. Estos descubrimientos
revolucionaron el tratamiento de las enfermedades crónicas.
En 1914, durante la I Guerra Mundial, solicitó varias veces prestar sus
servicios en el extranjero, pero para su disgusto se le denegó una y otra vez.
De todas maneras él estaba a cargo de más de 400 camas de heridos de
guerra en el University College Hospital, además de tener un cargo de
asistente de bacteriología en el Hospital Medical School (1915-1919), y además
de sus trabajos de investigación. Su cuerpo a duras penas aguantaba ese
ritmo; exhausto hasta el desmayo trabajaba continuamente en su afán de
ayudar a los que sufrían. Hasta que en 1917 tuvo una severa hemorragia que
hizo necesaria una intervención quirúrgica urgente a vida o muerte con el
consentimiento de sus padres, pues él se hallaba inconsciente. Terminada la
operación, se le pronosticaron tres meses de vida. Para él representaban tres
cortos meses que aprovechar al máximo ¡para terminar el trabajo que apenas
acababa de comenzar!
A la mínima que pudo volvió a los laboratorios del hospital y allí trabajó
día y noche, sin noción del tiempo, de tal manera que la luz que brillaba a
través de las ventanas de su laboratorio fue llamada “la luz que nunca se
apaga”. De manera casi milagrosa, su salud no sólo no empeoró, sino que fue
ganando fortaleza. Reflexionando acerca de este milagro, llegó a la conclusión
de que un propósito definido en la vida de un hombre, es el factor decisivo para
la felicidad, y que fue el seguimiento de su propio propósito lo que le había
devuelto a la vida. El éxito de sus vacunas fue finalmente adoptado por toda la
profesión médica. Durante la gripe epidémica de 1918, Bach salvó la vida de
miles de soldados de las tropas inglesas con su vacuna.
Cuando finalmente estuvo restablecido de su enfermedad, incrementó
su actividad investigadora, al mismo tiempo que su reputación como
bacteriólogo estaba por las nubes, propiciando el aumento de pacientes en su
consulta de Harley Street. En 1918, las autoridades del University College
Hospital obligaron a sus trabajadores a abandonar sus otros trabajos fuera del
hospital, además de aplicarles ciertas normas de horario, etc., cosa que causó
la dimisión de Edward Bach. Entonces organizó un pequeño laboratorio privado
donde pudo seguir con sus investigaciones. Andaba bastante mal
económicamente, pues todo el dinero que ganaba lo invertía en equipamiento
para el laboratorio, lo cual le obligó a vivir (dormir y comer) en una diminuta
habitación.
Entonces apareció una plaza vacante en el London Homeopatic
Hospital. La solicitud que Bach presentó fue aceptada, e ingresó en dicho
hospital como patólogo y bacteriólogo en 1919, donde estuvo hasta el año
1922. Fue allí donde cayó en sus manos eOl rganon de Hahnemann, creador
de la homeopatía. La coincidencia entre los descubrimientos de Bach y los de
Hahnemann (relación entre enfermedad crónica y envenenamiento intestinal;
aplicación de subsiguientes dosis cuando la anterior deja de actuar; relación
entre enfermedad y personalidad), le hizo interesarse grandemente por la
homeopatía. Así, el principio “tratar al paciente y no a la enfermedad” se hizo
ya inquebrantable para Bach. Para ese entonces, el departamento de
bacteriología del hospital había estado largamente descuidado por sus
antecesores, y Bach le dio un impulso, levantándolo de nuevo hasta que las
investigaciones prosiguieron, superando los prejuicios de los homeópatas
contra los métodos ortodoxos. Finalmente, realizó Bach unas vacunas orales
homeopáticas que substituían a la anterior vacuna inyectable. Bach clasificó en
siete grupos la gran variedad de bacterias presentes en el intestino, y preparó
una vacuna diferente para cada tipo de bacteria. Eran los llamados siete
nosodes de Bach. Un nuevo descubrimiento le llenó de júbilo: la presencia
intestinal de uno u otro de los 7 tipos se correspondía con impresionante
fiabilidad ¡a un tipo concreto de personalidad! De esta manera se podía saltar
el paso del diagnóstico, que retardaba el inicio del tratamiento. Se podía
deducir el nosode adecuado haciendo un simple estudio de la personalidad del
paciente, evitando las molestias de las pruebas del diagnóstico y acelerando el
inicio del tratamiento.
En 1922 abandonó su trabajo en el London Homeopatic Hospital para
proseguir su enorme trabajo en Harley Street y su actividad en su pequeño
laboratorio, donde atendía a pacientes pobres gratuitamente. Pero como debía
proseguir su trabajo con los siete nosodes, mudó su pequeño laboratorio a otra
parte, convirtiéndolo en un gran laboratorio. Los homeópatas le llamaban ya el
“segundo Hahnemann”. Escribió múltiples artículos y obras, dando siempre a
conocer cualquier pequeño descubrimiento a la profesión médica. Jamás
retenía ninguna información para sí mismo. Médicos de otros países iban a
trabajar con él en su laboratorio para aprender las nuevas técnicas médicas.
Sus vacunas se usaban ya en todo el mundo. ¡Sus ingresos anuales superaban
las 5.000 libras!
A pesar de lo conseguido hasta aquí, los nosodes no le acababan de
satisfacer: en primer lugar, no se podían tratar todas las enfermedades; en
segundo lugar, la materia prima de los nosodes (bacterias) no le parecía la más
adecuada, pues él deseaba obtener sus remedios a través de substancias más
puras. Empezó a pensar en las plantas de la Naturaleza.
En el tiempo en que estuvo en Londres ingresó en la Masonería, y tuvo
contactos con otros grupos herméticos. Esto hace suponer que buscaba un
conocimiento interior profundo, y el aumento progresivo de sus facultades
sensitivas y poderes de curación nos hacen pensar que efectivamente encontró
ese camino íntimo y particular que lleva a las verdades sobrenaturales. En
efecto, Bach empezó a confiar cada vez más en su intuición y percepción, y
cada vez menos en los métodos ortodoxos de investigación.
Este aumento de su sensibilidad empezó a darle conocimientos a
través de canales más espirituales. Un día de 1930 tuvo el fuerte impulso de
desplazarse a Gales. Obedeciendo ese impulso fue recompensado con el
descubrimiento de las plantas Impatiens y Mimulus, las cuales preparó de
manera similar a los nosodes, y añadió a éstos, prescribiéndolos según la
personalidad del paciente, con excelentes resultados. Ese mismo año hizo lo
propio con Clematis. Todo ello le acabó de convencer de que estaba naciendo
por fin su trabajo definitivo, y que debía abandonarlo todo (trabajo, laboratorio,
consulta, etc.) y trasladarse a Gales para buscar sus remedios en su amada
Naturaleza. La gente que le rodeaba no daba crédito a esa decisión, e
intentaron convencerle de que era una estupidez dar tal paso. ¡No entendían
cómo el eminente doctor Bach podía abandonar ese trabajo tan excelente para
ir a recoger "plantitas" al campo! Pero en el fondo Bach sabía que lo que iba a
hacer no era cualquier cosa. Su intuición le marcaba el camino y él la obedecía.
Así, abandonó todo, quedando sin trabajo y sin ingresos. Además, desde
entonces hasta el final de su vida, no cobró dinero a ningún paciente. Los
ingresos que recibía provenían de donaciones voluntarias de pacientes o
amigos. Nunca llegó a preocuparse por el dinero, porqué sabía que estaba
realizando una misión que le venía encomendada desde la divinidad; y esa
divinidad jamás le dejaba sin sustento. Sencillamente, cuando hacía falta el
dinero, aparecía por un lado o por otro.
El año 1930 destruyó todo el trabajo de su laboratorio, quemó sus
notas y partió hacia Gales abandonándolo todo, con el firme propósito de
culminar su obra. Tomó solamente algunas maletas y un puñado de libras
provenientes de la venta de su laboratorio. Cuando llegó a Gales se dio cuenta
de que en lugar de la maleta que había llenado de material de laboratorio para
preparar los remedios, se había llevado consigo otra que estaba llena de
zapatos. Este error se demostró muy simbólico, pues para encontrar los
remedios tuvo que andar muchas millas por bosques y montes, y en cambio
nunca necesitó ese material de laboratorio. Estuvo viviendo en varios pueblos
de Gales, cambiando a menudo de domicilio, según marcaba el curso de sus
investigaciones.
Bach sabía que sus remedios debían ser preparados mediante una
potenciación distinta a la de la homeopatía, pues en esta última, la substancia
primitiva es nociva para el hombre, y mediante la potenciación se vuelve
curativa. En cambio, Bach sabía que debería partir de substancias ya de por sí
puras e inofensivas. El verano de 1930 encontró ese método de potenciación.
Efectivamente, mediante su intuición comprobó que las propiedades de las
flores se transferían al rocío de sus pétalos cuando el sol lo calentaba. Así,
pudo comprobar que llenando de agua un bol de vidrio y cubriéndolo con flores,
se transferían las propiedades de la flor al agua, cuando se dejaba el bol al sol
durante unas cuatro horas. Además, podía notar cuáles eran las propiedades
curativas de una flor, simplemente poniéndose un pétalo en la palma de la
mano o debajo de la lengua. Como diría él mismo, nunca hasta entonces había
tenido un laboratorio tan bien equipado.
Ese verano escribió el libro “Cúrese Usted Mismo”. En él, define cuál
es la causa de toda enfermedad: la falta de armonía entre la personalidad y el
alma. Es decir, las enfermedades son debidas a errores psicológicos, y
solamente atacando esa causa se puede curar plena y completamente la
enfermedad. Atacar los síntomas o efectos que producen esos errores no
soluciona el problema. En dicho libro expresa la necesidad de que cada uno
realice en esta vida su particular propósito o misión, sin ser influenciado por los
demás. Escribió también el libro“ Los Doce Curadores”, el cual describe los
doce primeros remedios encontrados por Bach en sus largas excursiones por
los bosques de Gales asistido por su intuición. Cada uno de dichos remedios
(doce flores diferentes preparadas mediante el método de solarización antes
descrito) corresponde a un tipo concreto de personalidad. Aplicando la flor
adecuada a la personalidad del paciente, éste debe sanar independientemente
de la enfermedad que tenga, pues cada flor “repara” un determinado tipo de
error psicológico.
A medida que iba encontrando nuevos remedios, los iba poniendo en
práctica en su itinerante consulta, con excelentes resultados. Además seguía
comunicando cualquier pequeño avance a la profesión médica. El Dr. Bach era
muy querido allá donde iba, pues lo daba todo sin esperar nada a cambio,
siempre ayudando a la gente, curando incluso los casos más graves, a veces
poniendo simplemente su mano sobre el paciente. Se decía de él que “daba
más de lo que tenía”. Su gran sensibilidad y percepción, que aumentaba día
tras día, le hacía de repente salir de su casa corriendo hacia un lugar concreto,
presintiendo que su presencia era necesaria allí. Cuando llegaba,
efectivamente alguien necesitaba su ayuda urgente. Muchas veces predecía
acertadamente a los marineros de las poblaciones costeras qué día habría una
fuerte tormenta. Y así sucesivamente. Además tenía un carácter afable que le
permitía divertirse cantando en la posada con la gente del pueblo, o ayudar a
los marineros en sus tareas, etc.
Su poder económico distaba mucho del que había tenido en Londres,
pero a Bach no le preocupaba eso en absoluto. En una ocasión, con motivo de
pagar una deuda de 10 libras, se dispuso a vender su única posesión: su ropa.
“Casualmente” entonces, recibió un cheque de un antiguo paciente de Londres,
cuyo importe ascendía a ¡10 libras!
En 1932 escribió el libro “Libérese Usted Mismo”. Más tarde
descubrió siete remedios más que añadió a los doce anteriores. En 1934 se
trasladó a Sotwell, a una pequeña casa llamada Mount Vernon. Estando allí,
encontró los restantes 19 remedios en sólo 6 meses. La forma en que los
encontró difiere de los 19 anteriores: pocos días antes del descubrimiento de
cada uno de ellos, sufría en sí mismo graves síntomas de enfermedad. Dicha
enfermedad, que en condiciones normales debía venir provocada por un
determinado error psicológico, podía ser curada por la siguiente flor que debía
descubrir. Así, padecía tremendas agonías mentales y graves síntomas físicos.
Entonces salía a buscar el remedio; si no podía andar, iba en coche. Hasta que
no lo descubría, no sanaba. Bach preparó la mayoría de estos últimos
remedios por ebullición y no por solarización.
Durante todo este proceso de investigación, se rodeó de asistentes que
le ayudaban en sus visitas médicas y demás actividades. Dichos asistentes no
poseían estudios de medicina, cosa que propició uno de sus problemas con el
Consejo General de Medicina, el cual le amenazó con retirarle la licencia
médica.
En relación a esto, Bach escribió en 1935 esta carta al Presidente del
Consejo:
“Estimado Señor:
Habiendo recibido una notificación del Consejo respecto a trabajar con
asistentes no cualificados, me siento muy honrado de comunicarles que estoy
trabajando con varios, y que continuaré haciéndolo.
Como ya he informado previamente, considero un deber y un privilegio
de todo médico enseñar a los enfermos y a los demás cómo curarse a sí
mismos. Dejo enteramente a su discreción el rumbo que tomarán ustedes en el
futuro.
Habiendo demostrado que las hierbas de los campos son tan simples
de usar, como maravilloso su poder curativo, he desertado de las filas de la
medicina ortodoxa.
Edward Bach.”
Sorprendentemente, el Consejo nunca le retiró la licencia.
Su sensibilidad era ya tan grande, que pocas horas antes de recibir a
un paciente, notaba él mismo los síntomas que padecía dicho paciente. Así,
cuando éste llegaba, el Dr. Bach ya sabía perfectamente qué remedio
necesitaba.
Bach dio por concluido su sistema floral, pues expresó que todos los
estados negativos del hombre quedaban cubiertos con las 38 flores
descubiertas. Por lo tanto no tenía ningún sentido añadir más flores. Poco
tiempo después, en noviembre de 1936 murió mientras dormía, en su casa de
Sotwell.
En la carta que Bach escribió a su editor el mismo mes de su muerte,
podemos leer al final de la misma:
“Mi estimado Sr. Daniel, cuando nos encontramos en el límite de
internarnos en el Valle de las Sombras, quizá no nos comportamos con tanta
reserva como cuando estamos en medio de la vorágine, especialmente cuando
hemos tomado un brandy o dos para respaldarnos.
El Trabajo que he puesto en sus manos es un Gran Trabajo; es un
Trabajo Divino, y sólo Dios sabe por qué fui apartado en este momento de
continuar mi lucha por la humanidad que sufre.
Edward Bach.”
La carta que escribió ese mismo día a su equipo de colaboradores dice
así:
“Querida gente maravillosa:
Existen momentos como éste, en que uno espera una invitación a
quién sabe donde.
Por ello, si esa llamada llega, como puede hacerlo en cualquier
momento, les ruego, a los tres, que continúen con ese maravilloso trabajo que
hemos comenzado. Un Trabajo que puede quitarle a la enfermedad todos sus
poderes; un Trabajo que puede liberar al hombre de su esclavitud.
Lo que he intentado escribir debe agregarse a la introducción de la
próxima edición deLos Doce Curadores.
Edward Bach.”
En definitiva, consiguió lo que siempre había buscado: una medicina
simple, lo más simple posible, que pudiera ser practicada sin necesidad de
conocimientos de medicina. La sencillez y efectividad de su obra fue su
obsesión. En su obra definitiva “Los Doce Curadores y Otros Remedios”,
Bach nos da la descripción de su método (es decir, la parte teórica de su
método floral); dicha descripción abarca apenas un párrafo para cada flor. Más
sencillo imposible. Y por experiencia, más efectivo imposible.
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