La homeostasis

 
 
 
 
 
 
 
 
 
Vibración y energía
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

La pregunta para la radiestesia sería: ¿ Qué nivel de energía (del 1 al 10) tengo en este sistema?

Si la respuesta está por encima de valores medios, 4 ó 5, no sería un sistema corporal grave a tratar. Si los valores son inferiores, este sistema afectará y consumirá recursos de nuestra salud integral y holística. Posiblemente exista en algún nivel del aura humana un nudo de energía, quiste energético, parásito energético o una baja vibración por emociones reprimidadas o mal asimiladas.

La homeostasis: mantenimiento dentro de los límites fisiológicos.


Como hemos visto, el cuerpo humano está formado por varios sis­temas y órganos, cada uno de ellos compuesto por millones de cé­lulas. Para mantener una función eficaz y contribuir a la supervi­vencia del organismo en su conjunto, estas células necesitan unas condiciones relativamente estables. El mantenimiento de las con­diciones estables para sus células es una función esencial de todo organismo pluricelular. Los fisiólogos llaman homeostasis a esta estabilidad relativa, que es uno de los temas principales de esta web.

Otro tema es la patología, es decir, las enfermedades que se producen cuando se altera la homeostasis.
La homeostasis (homeo = mismo; stasis = permanecer quieto) es una situación en la que el ambiente interno del organismo se man­tiene dentro de determinados límites fisiológicos. Para que las células del organismo sobrevivan, la composición de los líquidos que las rodean ha de mantenerse de una forma precisa en todo mo­mento. El líquido que se encuentra fuera de las células recibe el nombre de liquido extracelular (extra = fuera) (LEC) y ocupa dos localizaciones principales. El LEC que ocupa los estrechos espacios existentes entre las células es el liquido intersticial (inter = entre), liquido intercelular o liquido hístico. El LEC existente en los vasos sanguíneos es el plasma (fig. 1.2). El líquido del interior de las células es el liquido intracelular (intra = dentro) (LIC). El plasma circula desde las arterias a las arteriolas y a vasos microscópicos llamados capilares sanguíneos. Determinados componentes del plasma abandonan la sangre a través de los capilares y el líquido circula por los espacios existentes entre las células del organismo. En estos lugares recibe el nombre de líquido intersticial. La mayor parte de este líquido vuelve a los capilares en forma de plasma y pasa a las vénulas y a las venas. Una parte del líquido intersticial pasa a microscópicos vasos linfáticos llamados capila­res linfáticos. En ellos, el líquido recibe el nombre de linfa. En úl­timo término, la linfa vuelve a la sangre. Como el líquido inters­ticial rodea a todas las células del organismo, suele aplicársele el nombre de medio interno. Entre las sustancias disueltas en el agua del LEC y del LIC hay gases, elementos nutritivos y partículas químicas cargadas eléctricamente llamadas iones, como los de sodio (Na*) y cloro (Cl-), necesarios para mantener la vida.
Se dice que un organismo está en homeostasis cuando su medio interno 1) tiene la concentración óptima de gases, elementos nutritivos, iones y agua, 2) su temperatura es óptima y 3) tiene un volumen óptimo para la salud de las células. Cuando la homeos­tasis se altera puede producirse una enfermedad. Si los líquidos orgánicos no recuperan la homeostasis, la consecuencia final puede ser la muerte.
Estrés y homeostasis
La homeostasis de todos los organismos está siendo continuamente alterada por el estrés, es decir, por todos los estímulos que tienden a crear un desequilibrio en el medio interno. El estrés puede proceder del medio externo, en forma de estímulos como el calor, el frío, los ruidos intensos o la falta de oxígeno. También puede originarse en el interior del organismo, en forma de estímulos como un bajo nivel de glucosa en sangre, un aumento de la aci­dez del líquido extracelular, el dolor o las ideas desagradables. Casi todos los factores estresantes son leves y habituales, por lo que las respuestas de las células del organismo consiguen restablecer rá­pidamente el equilibrio del medio interno. Una intoxicación, la ex­posición excesiva a temperaturas extremas o una infección grave son ejemplos de factores estresantes importantes, situaciones en las que la homeostasis puede fallar.
Afortunadamente, el cuerpo tiene muchos instrumentos de re­gulación (homeostásicos) para oponerse a las fuerzas del estrés y recuperar el equilibrio del medio interno. Algunas personas viven en desiertos en los que la temperatura diurna alcanza fácilmente los 49 °C. Otras trabajan todo el día al aire libre a temperaturas bajo cero. Sin embargo, el medio interno de todas ellas permane­ce cercano a los 37 °C. Los alpinistas hacen un ejercicio extenuan­te a grandes alturas, en las que el contenido de oxígeno del aire es bajo, pero una vez que se adaptan a la nueva altitud no suelen sufrir a causa de esta disminución del oxígeno. Los extremos en las temperaturas y en el contenido de oxígeno del aire son facto­res estresantes externos y el ejercicio realizado es un factor estre­sante interno, que el organismo debe compensar para mantener su homeostasis.
Walter B. Cannon (1871-1945), el fisiólogo norteamericano que acuñó el término homeostasis, señaló que el calor producido por los músculos durante un ejercicio enérgico podría coagular e inac­tivar a las proteínas del organismo si no se disipara rápidamente. Junto al calor, los músculos también producen ácido láctico du­rante el ejercicio. Si el organismo no dispusiera de algún mecanis­mo homeostásico para reducir la cantidad de ácido, el líquido extracelular se acidificaría demasiado y destruiría las células. Cada estructura del organismo, desde el nivel celular al de los sistemas, contribuye de una u otra forma a mantener el medio interno den­tro de sus límites normales.

 

Regulación de la homeostasis por los sistemas nervioso y endocrino
Las respuestas homeostáticas del organismo están reguladas por el sistema nervioso y el sistema endocrino, que actúan al unísono o de manera independiente. El sistema nervioso regula la homeos­tasis detectando las desviaciones que se producen en relación al estado de equilibrio y enviando mensajes en forma de impulsos nerviosos a los órganos adecuados para contrarrestar el estrés. Por ejemplo, cuando se activan las fibras (células) musculares, consu­men una gran cantidad del oxígeno de la sangre, a la vez que pro­ducen mucho anhídrido carbónico, que también penetra en ella. Determinadas células nerviosas detectan estos cambios químicos de la sangre y envían impulsos al encéfalo que, en respuesta a ellos, manda impulsos al corazón para que bombee la sangre de una forma más rápida y potente hacia los pulmones, a fin de que éstos expulsen el anhídrido carbónico y favorezcan la captación de oxígeno a mayor velocidad. Al mismo tiempo, el encéfalo en­vía impulsos nerviosos a los músculos que controlan la respiración para que se contraigan con mayor frecuencia. Como consecuen­cia, se expulsa más anhídrido carbónico y se inhala más oxígeno.
El sistema endocrino (un grupo de glándulas que emiten hacia la sangre unos reguladores químicos llamados hormonas) también interviene en la regulación de la homeostasis. Mientras que los im­pulsos nerviosos producen cambios rápidos, las hormonas suelen actuar de una forma más lenta. Ambos mecanismos de regulación trabajan juntos para conseguir un mismo fin, mantener la ho­meostasis.


Sistemas de retroalimentación
Un sistema de retroalimentación es un ciclo de acontecimientos en el que la información sobre el estado de la situación es monitori­zado de forma constante y enviado de vuelta a una región central de control . Un sistema de retroalimentación consta de tres componentes básicos: centro de control, receptor y efector.

1. El centro de control determina el punto en el que ha de man­tenerse algún aspecto del organismo, llamado condición contro­lada. En el cuerpo existen cientos de condiciones controladas. Algunos ejemplos son la frecuencia cardíaca, la presión arterial, la acidez de la sangre, el nivel de la glucemia, la temperatura y la frecuencia respiratoria. El centro de control recibe la infor­mación que sobre el estado de la condición controlada le envía un receptor, y a continuación determina la correspondiente actuación.
2. El receptor monitoriza los cambios que se producen en la condición controlada y envía esta información, llamada impul­so aferente, al centro de control. Todo estrés capaz de alterar una condición controlada recibe el nombre de estímulo. Por ejemplo, un estímulo como el ejercicio eleva la temperatura cor­poral (la condición controlada) y los receptores térmicos (de ca­lor) envían impulsos al centro de control, que en este caso está en el encéfalo.
3. El efector recibe un mensaje llamado impulso eferente que procede del centro de control y produce una respuesta (efecto). Así, cuando se hace ejercicio, el encéfalo (el centro de control) envía señales para que aumente la secreción de las glándulas su­doríparas (efectores). Cuando el sudor se evapora de la piel, la temperatura del cuerpo tiende a volver a la normalidad.

La respuesta que se produce también está monitorizada de forma continua por el receptor, que vuelve a enviar la información al centro de control. Si la respuesta invierte el estímulo original, como sucede en el ejemplo antes descrito, el sistema recibe el nom­bre de sistema de retroalimentación negativa. Si la respuesta po­tencia el estímulo original, estamos ante un sistema de retroalimentación positiva.
Los sistemas de retroalimentación negativa tienden a mantener las condiciones que requieren monitorizaciones y adaptaciones fre­cuentes dentro de los límites fisiológicos, por ejemplo, la tempe­ratura corporal o el nivel de la glucemia. Por su parte, los siste­mas de retroalimentación positiva son importantes para las con­diciones que no son tan frecuentes y que no requieren un ajuste fino continuo. Como los sistemas de retroalimentación positiva tienden a intensificar la condición controlada, suelen ser inhibidos por un mecanismo externo al sistema si forman parte de una res­puesta fisiológica normal.
Dadas las características de los sistemas de retroalimentación, tanto positiva como negativa, no es sorprendente que la mayoría de los existentes en el organismo sean negativos. Los sistemas po­sitivos pueden ser destructivos y dar lugar a diversas alteraciones, aunque algunos son normales y beneficiosos, como sucede con la coagulación de la sangre, que ayuda a interrumpir la pérdida de sangre por una herida, o con las contracciones del parto.
Una vez considerados los componentes y la forma de actuar de los sistemas de retroalimentación en general, veamos ahora cuáles son las relaciones entre estos sistemas y la homeostasis del orga­nismo. Como ejemplos describiremos la homeostasis de la presión arterial, un sistema de retroalimentación negativa, y las contrac­ciones del parto, un sistema de retroalimentación positiva.


Homeostasis de la presión arterial: retroalimentación negativa


La presión arterial (PA) es la fuerza que ejerce la sangre cuando presiona contra las paredes de los vasos sanguíneos, especialmente de las arterias. Cuando el corazón late a mayor velocidad o con más fuerza, la PA aumenta, y lo mismo sucede cuando aumenta el volumen sanguíneo.
Si hay algún estímulo (estrés), interno o externo, que produzca un aumento de la presión arterial (condición controlada), se pondrá en marcha la siguiente secuencia de acontecimientos . El aumento de la presión es detectado por las células nerviosas sensibles a la presión (los receptores) existentes en las paredes de determinadas arterias. Estas células envían impulsos nerviosos (aferentes) al encéfalo (centro de control), que los interpreta y responde enviando impulsos nerviosos (eferentes) al corazón (efector). La frecuencia cardíaca disminuye y la presión arterial desciende (respuesta). Así, la presión arterial (condición controlada) vuelve a la normalidad y se restablece la homeostasis.


Existe un segundo grupo de efectores que también contribuyen al mantenimiento de una presión arterial normal. Las arterias pe­queñas, llamadas arteriolas, tienen paredes musculares que pueden contraerse (estrechar el calibre del vaso) o dilatarse (ampliar el calibre del vaso) cuando reciben las señales adecuadas proce­dentes del encéfalo. Cuando un estímulo hace que la presión ar­terial ascienda, las células nerviosas sensibles a la presión (recep­tores) de algunas arterias envían impulsos nerviosos (aferentes) al encéfalo (centro de control). El encéfalo interpreta estos mensajes y responde enviando menos impulsos nerviosos (eferentes) a las arteriolas. Ello hace que las arteriolas (efectores) se dilaten (res­puesta). De esta forma, la sangre fluye a través de unas arteriolas más anchas que le ofrecen menos resistencia, la presión arterial desciende hacia la normalidad y se restablece la homeostasis.


Homeostasis de las contracciones del parto: retroalimentación positiva


La hormona oxitocina se produce en una región del encéfalo lla­mada hipotálamo. Una de sus funciones es potenciar la contrac­ción muscular (condición controlada) del útero gestante (v. fig. 18.11). Cuando se inicia el parto, el útero está distendido (estímulo) y las células nerviosas sensibles a la presión de la pared uterina (receptores) envían impulsos nerviosos (aferentes) al hipo­tálamo (centro de control) en el encéfalo. El hipotálamo responde liberando oxitocina (eferente), que penetra en la sangre hasta lle­gar al útero (efector), al que estimula para que se contraiga con mayor fuerza (respuesta). Cuando la cabeza del feto desciende ha­cia el canal del parto, se produce una nueva distensión del útero, que provoca una liberación adicional de oxitocina y nuevas y más potentes contracciones uterinas. Es decir, se trata de un ciclo de retroalimentación positiva. El nacimiento del niño rompe el ciclo al interrumpirse la distensión uterina y, por tanto, la liberación de oxitocina.
Enfermedad: desequilibrio de la homeostasis
Mientras que los distintos procesos del organismo permanezcan dentro de los límites de la normalidad fisiológica, la células del cuerpo funcionan de manera eficiente y se mantiene la homeostasis (salud). Sin embargo, cuando uno o varios de los componentes del organismo pierden su capacidad para contribuir a la homeostasis los procesos orgánicos no funcionan de manera eficiente. Si el desequilibrio de la homeostasis es moderado puede producirse una enfermedad, mientras que si es intenso puede dar lugar a la muerte del individuo.
La enfermedad es toda alteración en relación al estado de salud de una parte o de la totalidad del organismo, que no funciona de manera normal. Una enfermedad local es la que afecta a una par­te o a un área limitada del organismo. Una enfermedad general o sistémica afecta a la totalidad del organismo o a varias de sus par­tes. Cada enfermedad altera la estructura y función orgánicas de una forma específica. Un paciente puede presentar ciertos sínto­mas. Los síntomas son alteraciones subjetivas de las funciones or­gánicas que no son evidentes para un observador, por ejemplo, el dolor de cabeza o las náuseas. Las alteraciones objetivas que el clí­nico puede observar y medir reciben el nombre de signos. Los sig­nos pueden ser alteraciones anatómicas o funcionales: sudoración, fiebre, erupción, parálisis, etc.
La ciencia que trata el porqué, cuándo y dónde se producen las enfermedades y cómo se transmiten en la comunidad humana recibe el nombre de epidemiología (epi = en o entre; demos = gente; logos = estudio de). La ciencia que trata de los efectos y usos de los fármacos para el tratamiento de las enfermedades es la farmacología (pharmakon = medicamento o veneno).

 

 

DIAGNÓSTICO DE LA ENFERMEDAD


Diagnóstico (dia = a través; gnosis = conocimiento) es el arte de dis­tinguir una enfermedad de otra o de determinar la naturaleza de la en­fermedad. Es uno de los primeros pasos en la valoración de la enfer­medad, que suele seguir a la realización de la historia clínica y de la exploración física. Una historia clínica es la información que se re­coge sobre los acontecimientos previos que pueden estar relaciona­dos con la enfermedad del paciente (molestias principales, historia de la enfermedad actual, problemas médicos previos, problemas médi­cos de la familia, historia social y resumen de los síntomas). La ex­ploración física es una valoración metódica que consta de inspec­ción (visión del paciente o de su interior con diversos instrumentos), palpación (tocar para descubrir las irregularidades), auscultación (es­cucha), percusión (suave golpeteo), medida de las constantes vitales (temperatura, pulso, frecuencia respiratoria y presión arterial) y, a ve­ces, análisis de laboratorio.

 

 

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