Análisis de radioestesia

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

La energía y la materia emiten vibraciones

A partir de las aportaciones que hizo Albert Einstein, la ciencia establece que la energía es de naturaleza vibratoria y que la materia - que es una forma particular de energía - también emite radiaciones.
Nuestro organismo es un receptor que capta las radiaciones emitidas por otros cuerpos y por las diversas formas de energía.

Radiestesia y el pénduloSentimos y pensamos con todo el cuerpo

El cuerpo capta entre otras vibraciones, los diferentes colores de la energía luminosa, así como los diferentes tonos de la energía sonora, cada uno de los cuales vibra a una frecuencia determinada. Pero éstas percepciones no se llevan a cabo únicamente a través de los órganos de la vista o del oído, ya que sentimos y pensamos con todo el cuerpo.
Desde la década de los años veinte, la hipótesis de los cinco sentidos desarrollada por Aristóteles ha sido superada. Ahora sabemos que existen en nuestro cuerpo muchísimos receptores interiores y exteriores que nos proporcionan información.

 

El péndulo o el método radiestésico, empleado de modo correcto, en manos de un experto médico, es acaso el medio de diag­nóstico más exacto y penetrante conocido por el hombre. La mis­ma facultad que permite al adivino percibir la cercanía del agua y que producía unos reflejos nerviosos específicos en el alumno del doctor Abrams, se utiliza ahora para detectar enfermedades.
Hay numerosos y variados métodos para diagnosticar enferme­dades con el péndulo. En Inglaterra, Francia e Italia, los médicos han usado el péndulo durante años y lo consideran parte de su práctica médica normal. En consecuencia, hay muchas obras escri­tas sobre el tema, y cada practicante auspicia su propio método. Así, pues, nos proponemos presentar los más sencillos de emplear y que pueden ser practicados por los médicos en sus pacientes o por cualquier persona que desee mejorar su salud.

Vivimos en un universo de energía donde cada organismo está rodeado por todas clases de ella, algunas beneficiosas y otras com­pletamente destructivas. Para sobrevivir, cada organismo ha teni­do que desarrollar ciertos medios para detectarlas, beneficiándose de las primeras y protegiéndose de las segundas. Esta capacidad de detectar y distinguir diferentes energías es una propiedad fun­damental del protoplasma. Las plantas se retraen de las personas que irradian una energía hostil hacia ellas, como demostraron los experimentos de Cleve Backster. También los animales perciben un peligro próximo. Incluso los humanos se echan atrás o retroce­den ante cualquier sensación dolorosa o desagradable. Toda mate­ria viviente parece poseer una inteligencia innata que se manifiesta en una especie de «percepción primaria» de lo que es beneficioso o perjudicial para su estructura concreta.
Los humanos han desarrollado esta capacidad en un grado su­mamente alto, aunque la mayor parte del tiempo no somos cons­cientes de ello. O acaso, debido a que nos identificamos excesiva­mente con nuestras facultades intelectuales, ignoramos esta sensibilidad y no percibimos lo que ocurre en el otro nivel de percepción.

¿Alguna vez al entrar en una habitación se ha sentido inmediatamente incómodo y a disgusto? ¿Ha observado que se contraen sus músculos, se pone nervioso y se siente enfadado y atemorizado? Por lo general, ignoramos estos sentimientos y proseguimos con lo que estamos haciendo, pero esta reacción es una señal del sistema nervioso indicando que la atmósfera y la energía del lugar nos son perjudiciales, por algún motivo. El mismo proceso puede tener lugar con las personas. Con cierta persona nos sentimos co­mo si nuestro cuerpo cantara: relajados y cómodos; mientras que con otra se nos contraen los músculos del estómago y los hom­bros, sentimos calambres, se altera nuestra respiración y después de unos pocos minutos de conversación nos sentimos exhaustos. Sin embargo, nuestros cinco sentidos externos no nos han propor­cionado ningún dato en que basar nuestra sensación de incomodi­dad. La otra persona puede ser rica, educada y de modales exqui­sitos, pero algo más profundo en nuestro interior, algo más elemental y real, registra la energía negativa y comunica esta in­formación a través del sistema nervioso.
El sistema nervioso humano sigue siendo en buena medida un misterio. Sabemos que es el sistema de comunicación del cuerpo y que a través suyo el cerebro obtiene todos los datos de los órga­nos internos y luego transmite los mensajes apropiados a dichos órganos. Es el medio de coordinación del organismo.
Las posibilidades del sistema nervioso humano parecen infini­tas. El Conde Alfred Korzybski llega a definir la vida como la cantidad de energía que contiene cualquier sistema nervioso dado. Parece funcionar como un ordenador cósmico, acoplado a un apa­rato receptor cósmico ultrasensible. Un sistema nervioso adecua­damente entrenado y sensible no necesitaría ningún tipo de ayuda externa para averiguar la información que deseara. La persona dotada de tal sensibilidad sólo tendría que pensar en la pregunta o problema y su cerebro enviaría haces de energía a explorar el infinito y traerle la información deseada. Recibiría o percibiría la respuesta como una sensación física.
Desgraciadamente, la mayoría de nosotros no hemos evolucio­nado hasta ese punto. Necesitamos ayudas concretas para inter­pretar y aumentar las señales que desea comunicarnos nuestro sistema nervioso. Y ésa es precisamente la función del péndulo.
Por lo tanto, no es el péndulo mismo el que da las respuestas, sino nuestra inteligencia superior interior que se comunica mediante el sistema nervioso y nos transmite ciertas señales. Lo que hace el péndulo es aumentar la señal e interpretar el significado de los códigos establecidos entre su mente consciente y subconsciente.
Un buen rabdomante no se limita a ver su respuesta en el movimiento de la vara o del péndulo, sino que también la siente o detecta -en términos de registros de frecuencia- en la mano, explicar la tele radiestesia (detección desde cierta distancia). La mente hace funcionar algo parecido a una radio de combinación o recep­tor y transmisor de TV. Una persona cuya mente esté adecuada­mente adiestrada, capaz de concentrarse y enfocar su pensamiento intensamente en un objeto, idea, persona, sustancia o idea deter­minada, llega a ponerse en sintonía con éste. La persona toca al objeto dado en su propia frecuencia. Las células nerviosas comien­zan a vibrar en resonancia, y esta vibración tiene una frecuencia (ritmo vibratorio) y una longitud de onda que le dan una cuali­dad, un tono o color exclusivos. El maestro operador de péndulos Isidore Friedman mantiene que estas frecuencias tienen también una cierta forma. El sistema nervioso traduce luego esta cualidad, causando el movimiento correspondiente en el péndulo.
Ahora bien, ya que todos estamos familiarizados con las ban­das de radio y frecuencias de TV, este principio no debe resultar difícil de comprender. La atención y la concentración constituyen los dispositivos de sintonización de la mente humana. Las estacio­nes transmisoras son los objetos o las personas mismas, que conti­nuamente están emitiendo o irradiando frecuencias de energía. Únicamente surgen problemas cuando hay demasiadas interferencias en nuestras propias mentes o en el ambiente circundante; entonces el péndulo puede equivocarse.
Llevando aún más allá nuestra analogía con un aparato de radio y TV, todos sabemos que cuando ocurren trastornos eléctricos (por ejemplo, tormentas o relámpagos atmosféricos) éstos interfieren con la recepción de nuestros aparatos de radio y TV. Sonido e imágenes zumban, hacen ruidos y saltan erráticamente. Las frecuencias se alteran y deforman. Lo mismo ocurre cuando estalla la tormenta en nuestras mentes y sentimientos, o cuando ciertas influencias planetarias alteran el equilibrio eléctrico de la atmósfera mental.
Para enfrentarse a las interferencias ambientales, basta con retrasar nuestra respuesta hasta otro momento en que la situación esté más calmada. Afortunadamente, estos trastornos atmosféri­cos son sólo temporales. Por el contrario, no es tan sencillo librar de interferencias nuestra mente y sentimientos. Se requiere la ca­pacidad de concentrarse y enfocar el pensamiento, y esto constitu­ye realmente el factor más difícil de la técnica del manejo del péndulo,  en el brazo o en todo su cuerpo. Esto sucede sólo después de un buen entrenamiento.
Cuando el experto suspende el péndulo sobre un objeto o per­sona (por ejemplo, en la radiestesia médica), está midiendo la in­teracción entre un campo de fuerza dado y su propio sistema ner­vioso.
Sin embargo, como demostraron los primeros experimentos de radiestesia, no es necesario que los objetos o personas estén de hecho presentes para obtener respuestas exactas, sino que pueden hallarse a cientos y hasta miles de millas de distancia, sin que esto influya. El abate Mermet, sacerdote francés y uno de los gran­des pioneros de este campo, podía escudriñar corrientes de agua y filones de minerales en África, mientras estaba confortablemen­te sentado en su despacho en un pueblo francés. Se limitaba a suspender su péndulo sobre mapas del territorio particular y éste giraba en el sentido de las agujas del reloj sobre los puntos donde había agua o minerales.
A Verne Cameron, famoso zahorí de corrientes de agua, le prohibieron salir de los Estados Unidos por considerársele como un riesgo para la seguridad nacional. ¿Por qué? Porque había demostrado las técnicas de rabdomancia con mapas a los almiran­tes de la Armada de los Estados Unidos, localizando con toda exactitud la posición y profundidad de todos los submarinos y bases de submarinos norteamericanos en el Pacífico. Además tam­bién podía diferenciar los submarinos norteamericanos de los rusos.
¿Cómo lo hizo? Hay toda clase de teorías y explicaciones. Una autoridad en la materia. Max Freedom Long opina que se trata de fenómenos subconscientes que el péndulo hace conscientes. El mismo Verne Cameron mantiene que se trata de energías súper conscientes. Otros proponen toda clase de explicaciones metafísi­cas y religiosas de los fenómenos, que son los ángeles o Dios quie­nes mueven el péndulo, y cosas por el estilo.
La importancia de un conocimiento o técnica no radica tanto en el «por qué» como en el «cómo». Una vez que se sepa el «có­mo», el «por qué» ya no tiene tanta importancia. Las teorías únicamente son útiles para calmar la insaciable curiosidad del intelecto, que no tolera la incertidumbre. El intelecto debe tener motivos y razones.
He aquí una explicación tan buena como cualquier otra para

Cualquier persona con una mente adiestrada y una razonable capacidad de concentración y que sea emocionalmente estable puede usar el péndulo y llegar a emplearlo con bastante exactitud al ca­bo de breve tiempo. A quienes no posean las dotes necesarias no les irá muy bien. Nuestro consejo es que adquiera en primer lugar el necesario control mental y emocional, antes de fiarse de sus adivinaciones.
Si lo desea, puede emplear el péndulo para desarrollar estas cualidades: al comenzar a practicar el equilibrio emocional, gana­rá un mayor control y serenidad, y observará que sus adivinacio­nes son cada vez más exactas. También otras facetas de su vida empezarán a mejorar.
En todo caso, la ciencia de la radiestesia no necesita más teo­rías, sino practicantes bien entrenados que vean por sí mismos a lo que ésta puede llegar, y que amplíen y difundan las investiga­ciones de esta importante ciencia de la Nueva Era. En cuanto em­piece a manejar el péndulo y compruebe su utilidad por sí mismo, dejarán de preocuparle excesivamente las teorías subyacentes. Como respondió Edison cuando le preguntaron « ¿Qué es la electrici­dad?»: «No sé qué es, pero ahí está, usémosla.»

 

C- DEEPAK CHOPRA -El poder del Pensamiento 3-7

 

Uno no puede dejar de preguntarse por las consecuencias que tendría para la humanidad en su conjunto la experiencia y domnio crecientes en el manejo del péndulo. El desarrollo de la facul­tad o sentido radiestésico trasciende con mucho la importancia de cualquier avance meramente tecnológico. Pues se trata en este caso de un avance en la evolución del hombre, del desarrollo completo de un nuevo sentido, cuyos límites parecen extenderse al infinito. Todos sabemos lo que un adelanto como la invención de la máquina de vapor significó para la civilización. Dio origen a la Revolución Industrial y transformó la sociedad por completo. Pues bien, la máquina de vapor y otros adelantos tecnológicos son meramente externos. Fueron efectos de un cambio interior en algunos miembros de la humanidad que habían adiestrado y desarrollado su intelecto. Primero fue el método científico, el avance tecnológico fue su resultado.
Para hacernos una idea del alcance del concepto insinuado, imagínese viviendo en una sociedad y civilización basadas en una raza de seres con sólo cuatro sentidos: todos nuestros sentidos actuales menos el de la vista. Intente imaginar tal sociedad.
La gente viviría en un mundo de eterna oscuridad. No habría luz, ni colores, ni literatura tal como la entendemos. Es dudoso que pudiera desarrollarse algún tipo de ciencia o tecnología. Aun­que acaso pudieran superarse los obstáculos para la construcción de herramientas y máquinas de precisión, llevaría millones de años más. Sería una sociedad primitiva y en tinieblas.

Imagine ahora que gracias a la evolución algunos miembros de esta humanidad comienzan a desarrollar el sentido de la vista y que advierten que podría desarrollarse en los demás. ¿No cree que puede transformarse radicalmente una sociedad de ciegos? Los seres capaces de ver serían como una nueva raza, un paso más allá de la evolución, como el gusano que se convierte en maripo­sa, serían una categoría distinta de seres. A medida que más miem­bros de esa sociedad fueran videntes, las antiguas instituciones, ética, costumbres y hábitos de pensamiento y vida desaparecerían por completo.
Los problemas insolubles que ocuparon las mejores mentes de la antigua civilización serían naderías para los niños de la nueva raza. Con el don de la visión, la mayoría de los problemas desa­parecerían. No tendrían ya sentido, serían irrelevantes.
Actualmente nos enfrentamos a una situación parecida. Hasta ahora, la gran mayoría de los humanos hemos funcionado única­mente con cinco sentidos. Nuestra percepción de la realidad ha sido limitada, y, debido a esto, hemos levantado una civilización que refleja la limitación. En esta segunda parte del siglo veinte nos enfrentamos a tal cúmulo de problemas aparentemente insolu­bles que casi toda la humanidad, incluidos nuestros líderes e inte­lectuales, está en un estado de confusión, miedo y desesperación. Como dice S. 1. Hayakawa: «Cuando los intelectuales de una so­ciedad están confundidos, la población en general lo está». Pues los intelectuales son a la sociedad lo que las células cerebrales al cuerpo.
Ahora intente imaginar nuestra cultura cuando la ciencia de la radiestesia y física de radiaciones se hayan admitido y acepta­do, y una buena parte de la gente sean expertos en su uso. Desapa­recería la criminalidad, en general. ¿Quién cometería violaciones, hurtos o asesinatos sabiendo que serían casi irremediablemente des­cubiertos y capturados por detectives entrenados en las técnicas radiestésicas y teleradiestésicas? Sosteniendo el péndulo encima de un mapa o unas huellas dactilares, o una prenda de vestir, o un retrato-robot, un operador experto puede rastrear y dar con un delincuente en cualquier lugar del mundo. ¿Quién falsificaría che­ques sabiendo que cualquier persona entrenada puede observarlo mediante el péndulo y localizarle de inmediato?
La administración de justicia se enfrenta a un tremendo pro­blema, debido al exceso de trabajo de los jueces, los lentos y com­plicados procesos de los tribunales y el derecho de todo individuo a exigir un juicio con jurado. Si un número apreciable de jueces supiera manejar el péndulo, podrían determinar de inmediato la culpabilidad de un acusado, o si el testigo está mintiendo. En últi­ma instancia, el péndulo podría servir para formular las senten­cias, no en base a antecedentes o códigos anticuados, sino de acuer­do con las necesidades estructurales concretas y dinámicas del momento presente. Si el delincuente es capaz de rehabilitarse, el péndulo lo captará de inmediato y pueden adoptarse medidas para enviarle a un centro de rehabilitación. Si el péndulo indica que no puede rehabilitarse (son medidas de vibraciones exactas), la persona podría ser enviada a otro tipo de institución, destinada a mantenerle alejado de la sociedad.
Debido a nuestra falta de percepción, tratamos casi del mismo modo a todos los delincuentes, en base a la idea de que todos tienen derecho a una segunda oportunidad. El resultado es que muchos delincuentes empedernidos quedan enseguida en libertad y repiten sus delitos. Desde el punto de vista de la energía esto es un error. No todos tienen siempre derecho a una segunda opor­tunidad, sobre todo si son una fuerza destructora permanente pa­ra la sociedad. Esto puede medirse con gran exactitud y confir­marse empíricamente.
Antiguo Egipcio, la civilización que levantó las pirámides y que fue la fuente de la cual el mundo occidental recibió la mayor par­te de sus conocimientos científicos y filosóficos, fue la que más cerca estuvo de ser una sociedad perfecta.
En Egipto la justicia era administrada por los sacerdotes en los templos, por adivinos y visionarios adiestrados, que dedicaban años al aprendizaje y adiestramiento del carácter y de los conocimientos. En otras palabras, eran seres perceptivos. Los hechos y querellas criminales que se les presentaban eran tratados con eficacia, evaluando objetiva y fríamente la solución mejor para la sociedad y en última instancia para la propia evolución superior del delincuente. Estos antiguos administradores de la justicia sa­bían que del mismo modo que el escorpión y el tiburón han de ser fieles a su propia naturaleza de animales depredadores, hay ciertos seres humanos cuyo estado de conciencia sólo puede mani­festarse destructivamente.
Dos de los mayores problemas a que se enfrenta en la actuali­dad el consumidor son el fraude y la propaganda que falsea los hechos. Ambos podrían convertirse en delitos del pasado. Cuando las personas adquieran este sentido extra o supersentido (término acuñado por Christopher Hills), podrán comprobar de inmediato si un producto es bueno o no lo es. Cuando los publicistas advier­tan que ya no se puede engañar al público se limitarán a competir partiendo de la calidad en lugar de intentar lavar el cerebro del consumidor. Los fabricantes de alimentos lo pensarán dos veces antes de saturar sus artículos de aditivos perjudiciales para la sa­lud. Cuando sepan que el público puede comprobar su calidad fácilmente, abandonarán sus prácticas fraudulentas.
Aumentará la armonía doméstica, porque las personas incom­patibles sabrán que lo son y no intetarán formar relaciones a lar­go plazo. Las personas serían más felices en sus trabajos, pues tendrán los medios para escoger su vocación de acuerdo con sus facultades y dotes internas.
Al difundirse el uso del sentido radiestésico, los empleados se­rán elegidos tanto por su destreza y conocimientos como por la compatibilidad, lo que eliminará gran parte de la frustración y nerviosismo que hace que tantas personas odien su trabajo: Aumen­tará la productividad, y la calidad, así como la paz interior.
Las personas descubrirán la importancia de hallar su propio ritmo de trabajo. Con el péndulo puede saberse por cuánto tiem­po conviene trabajar antes de hacer una pausa o tomarse un des­canso, una variable que depende de las necesidades particulares de cada individuo.
Con mayor tranquilidad en los hogares, satisfacción por la ca­rrera, mejores hábitos dietéticos, relaciones más armónicas y me­nor inseguridad ciudadana, la mayoría de las causas de la enfer­medad desaparecerán. La salud del país se mejorará extraor­dinariamente. La enfermedad será interpretada como lo que es, la violación de una o más de las leyes vitales de la energía.
La radiestesia y la física de radiaciones revolucionarán por com­pleto la medicina. Los médicos podrán diagnosticar en cuestión de minutos, y recetar tratamientos hasta para las enfermedades más graves. Tendrán más tiempo para dedicarse a la prevención y a educar y enseñar a los pacientes cómo vivir en armonía con el proceso del orden natural que llamamos Dios. Porque la fun­ción verdadera del médico es tratar la causa y a todo el ser huma­no. En la actualidad, los médicos tienen tal exceso de trabajo que
este aspecto de su misión resulta imposible de realizar y por lo general sólo se ocupan de mitigar el dolor o el síntoma en vez de descubrir la causa del mal.
Cambiarían los hábitos de negocios de la sociedad. El mercado se transformaría de selva en cultivado jardín. Nadie intentaría apro­vecharse ni defraudar, pues ¿qué proveedor adulterará su mercan­cía si el cliente puede comprobar su calidad en cuestión de segun­dos? ¿Qué vendedor mentiría a un cliente si su sinceridad puede confirmarse casi de inmediato?
Las artes y ciencias vivirían un nuevo renacimiento. Se inter­pretarían como formas de belleza para transmitir poder. El artista sería tan respetado como el ingeniero o el médico. Por su visión y arte, el artista es el creador de los vehículos a través de los cuales la energía universal puede mostrar el camino al futuro. El artista y el científico serán a la sociedad lo que los faros al coche. Serán luces iluminando el camino por recorrer para que los res­ponsables de dirigir la nación puedan ver adónde se dirigen y hacer los ajustes y correcciones necesarios.
Todo lo deforme, degradado y vil del arte, todo lo que degra­da las mentes de las masas será eliminado, ya que también las obras de arte pueden comprobarse por la radiestesia. Arte y cien­cia alimentan la mente y las emociones, del mismo modo que la comida alimenta el cuerpo físico. Para estar sana, la persona debe tener tanto cuidado con la calidad, y digestibilidad de su alimento mental y emocional como con los alimentos físicos, ya que las ideas venenosas (ideas erróneas) y emociones negativas envenenan los cuerpos interiores y crean enfermedades psíquicas y físicas. No puede levantarse una sociedad sana con individuos que no lo sean.
Con la ayuda de la radiestesia, la ciencia podrá explorar di­mensiones desconocidas hasta entonces. Los métodos científicos se aplicarán a las realidades espirituales y la ciencia entrará en una nueva era de desarrollo y evolución. Se descubrirán nuevas fuentes de energía, seguras y no contaminantes.
Es difícil imaginar lo que sucederá con la ciencia gracias a este nuevo instrumento, como le fue difícil a Galileo imaginar las consecuencias del primer telescopio. Puesto que la ciencia se basa en la observación y orden de los datos empíricos, un nuevo senti­do, que es otra abertura o ventana al exterior, debe aumentar
nuestra capacidad de observar, medir y acumular datos en propor­ción geométrica. Debe revolucionarla.
En la física de radiaciones, se encuentra la ciencia, la religión y el arte. Los significados internos o esotéricos de las antiguas regiones se hacen evidentes. La humanidad interpretará el ritual religioso de acuerdo con su verdadera función: la imposición de pautas superiores y más auténticas en las facetas mundanas de la vida. La sociedad verá a la ciencia como un proceso de conoci­miento, al arte como el proceso de aplicar dicho conocimiento a la creación de formas bellas y armónicas, y a la religión como una combinación de ciencia y arte, que guie nuestras relaciones y vida cotidiana. La religión, en nuestra nueva sociedad, se convertirá en la ciencia-arte de vivir de acuerdo con nuestras pautas naturales.
Con el desarrollo de la conciencia de la raza vendrá también un cambio ético. La gente no sufrirá la esclavitud y tiranía de culpas y miedos procedentes de una ética anticuada formulada ha­ce miles de años, distorsionada y desviada con el paso del tiempo de sus significados originales, aplicada fuera de contexto a un «con­tinuum» espacio-temporal diferente e interpretada por unos líderes cuya percepción de la realidad se basaba únicamente en cinco sen­tidos, siendo así errónea e incompleta. Se formularán nuevos có­digos morales y métodos de ética basados en las leyes de la ener­gía, percibidas por seres capaces de verlas y entenderlas.
Naturalmente todo esto no ocurrirá de la noche a la mañana, ni acaso en nuestras vidas, pero podemos empezar ahora a reo­rientar nuestra conciencia hacia la dinámica de universo de ener­gía, que es manifestación de Dios. Como dice Isidore Friedman: «No busquéis ningún otro dios».
El péndulo es un instrumento quizá uno entre muchos que puede llevarnos hasta el umbral de la nueva percepción.



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